Capítulo 5
Eran las cuatro y media de la tarde cuando, ya sin prisas porque nuestra jornada había terminado, Sam, Dylan y yo avanzábamos por los pasillos reservados al personal mientras nos reíamos y recordábamos algunas de las anécdotas del día.
De repente, me detuve en seco.
Aquella sensación que aparecía algunas veces volvió sin previo aviso.
Primero llegó el pequeño escalofrío que siempre me recorría la nuca y que, un segundo después, se extendía por todo mi cuerpo para dar paso a una imagen que apenas duraba unos instantes.
Cerré los ojos, como hacía siempre, y, dependiendo de lo que había visto, decidí qué hacer. En aquel caso, al reconocer al tío que había aparecido en mi cabeza, hablé de inmediato.
—Siguiente cruce de pasillos: gilipollas rubio a la vista en menos de diez segundos.
Sam me entendió enseguida y soltó un resoplido tan grande que casi rebotó contra las paredes.
Dylan tardó un par de segundos más en pillarlo y se puso rígido como si estuviera preparándose para una batalla.
El tío que acababa de ver en mi cabeza no era otro que el ex de Sam.
Jake, que así se llamaba, era piloto de la compañía y había estado saliendo con ella durante dos años. Todo había parecido ir bien hasta que dejó de hacerlo. Y no porque Sam lo decidiera, sino porque fue él quien se encargó de cargárselo todo.
El muy cabrón, porque no se le podía llamar de otra manera, además de estar con mi amiga, estaba también con unas cuantas azafatas.
Sam lo había pasado mal durante un tiempo cuando descubrió lo ligerito de cascos que era el muy capullo, pero ya lo tenía más que superado.
Había estado enamorada de él y el golpe había sido importante.
Pero aquello ni siquiera era lo peor.
Lo peor era que el piloto infiel no perdía ocasión de insistirle cada vez que se cruzaban para que volvieran, haciéndole mil promesas y jurándole que jamás volvería a mirar a otra mujer.
Todo mentira, por supuesto.
Porque, aunque él dijera que estaba arrepentidísimo y que lloraba por ella, debía de hacerlo durante los ratos en los que no estaba metido entre las bragas de alguna otra azafata.
Había que ser gilipollas para seguir haciendo exactamente lo mismo en un aeropuerto donde el cotilleo era prácticamente un deporte y donde, cuando alguien hacía algo, la noticia llegaba a oídos de todo el mundo aunque estuvieran en pleno vuelo.
Pero nada, ahí seguía él, pico y pala, dándole la murga a Sam a la menor oportunidad.
Tal y como había visto, Jake apareció por la esquina del siguiente pasillo y, en cuanto nos vio, vino hacia nosotros como una flecha.
—Hola.
—Adiós —contestamos los tres al mismo tiempo.
Se echó a reír y nosotros, como si estuviéramos perfectamente sincronizados, pusimos los ojos en blanco a la vez sin molestarnos siquiera en detenernos.
—Sam.
—No estoy.
—Venga, mujer. Dame una oportunidad y hablemos.
—¿Hablar? Tú y yo no tenemos nada de lo que hablar.
—Vamos a comer.
Sam soltó una carcajada, nos miró a Dylan y a mí y finalmente se detuvo para encararlo con una expresión que decía que estaba pensando seriamente en arrancarle algún miembro. Preferiblemente, el que le colgaba entre las piernas.
—¿A comer? Tú flipas. ¿Qué pasa, que has estado volando y el cerebro se te ha quedado sin oxígeno?
Jake frunció el ceño y la miró como si no entendiera a qué se refería.
—He tenido un vuelo tranquilo.
—Cada día es más tonto —me susurró Dylan.
—Pues ahora lárgate volando con tus propios pies adonde te dé la gana, pero bien lejos de mí —le soltó Sam, ya cabreada.
—Joder, Sam, siento lo que pasó. Yo te quiero.
—Yo sí que siento haber perdido dos años de mi vida contigo.
—No digas eso. Fuimos muy felices.
—Tú más que yo. O, mejor dicho, tu cosa, que ha viajado por más vaginas que tú por ciudades.
—Fue un error y ya te he dicho que no volverá a pasar.
—Tú sí que eres un error. El más grande que he cometido en mi vida.
—No digas eso.
—¿Y por qué no voy a decirlo si es la puta verdad?
—Porque yo te quiero y sé que tú también me quieres a mí. Venga, hablamos, volvemos juntos y verás lo bien que nos va.
Sam se giró hacia nosotros.
—¿Cómo se puede ser tan pesado?
Dylan y yo nos encogimos de hombros.
—Mira, Jake, déjame en paz. Estoy harta de ti y de tu insistencia. No quiero comer contigo, no quiero volver contigo y no quiero ni verte ni oírte. Así que tú sigue metiéndote en las bragas que quieras, porque las mías no vas a volver a verlas ni en foto, y haz como si yo no existiera.
—Sam…
—Ni Sam ni hostias. Que me dejes en paz.
—Pero…
Sam levantó la mirada hacia el techo y respiró hondo.
—Al final me va a obligar a hacer algo que no quiero, de verdad que sí.
—¿Le parto la boca para que se calle de una vez? —preguntó Dylan, dando un paso al frente.
—No merece la pena, Dylan —intervine.
Sam se puso seria y miró a Jake de una manera en la que nunca la había visto mirarlo.
Aquello nos dejó claro que su paciencia con él había llegado definitivamente a su fin.
—Mira, Jake, si no quieres problemas, no vuelvas a hablarme. Ni siquiera me mires. Porque, como sigas insistiendo, iré a Personal y les contaré el acoso al que me tienes sometida. A ver qué les parece a ellos.
Sam nunca haría una cosa así. Dylan y yo lo sabíamos, pero Jake, al parecer, no, porque la miró horrorizado.
Si aquello llegaba a suceder, cosa que ya digo que no iba a pasar, podía jugarse el puesto.
Y otra cosa no, pero Jake amaba volar incluso más que meterse entre las bragas de todas las ilusas que estuvieran dispuestas a dejarle hacerlo, así que, por la expresión que puso, supimos que aquello por fin se había terminado. En ese momento y para siempre.
—No volveré a molestarte.
—Perfecto.
Los tres echamos a andar esquivándolo, pero no habíamos dado ni seis pasos cuando otro escalofrío recorrió mi cuerpo y la imagen que apareció en mi cabeza consiguió que me detuviera mientras contenía una carcajada.
El karma existía, vaya que si existía.
Cerré los ojos durante un segundo.
—Míriam, ¿qué pasa? ¿Otra vez? —preguntó Sam.
Le hice un gesto con la mano para que esperara y giré la cabeza hacia Jake, que seguía parado en mitad del pasillo observándonos mientras nos alejábamos.
—Jake.
—¿Sí?
—Por tu bien, deberías ir al médico.
Frunció el ceño.
—¿Por qué? No me encuentro mal.
—Digamos que una parte de tu cuerpo, esa que utilizas bastante, va a necesitar ayuda dentro de poco si no quieres que se te caiga a cachos.
Abrió los ojos todo lo que pudo y me miró completamente horrorizado.
—¡¿Qué dices?!
No podía decirle que sabía lo que le ocurría porque acababa de verlo, así que, como siempre, recurrí a mis métodos para no descubrirme.
—Digamos que por este aeropuerto corren más cosas que gente cuando llega tarde.
—No entiendo.
—Ladillas. Sabes lo que son, ¿verdad?
Asintió porque ni siquiera fue capaz de responder. Estaba petrificado y, además, se había puesto más pálido que un fantasma.
—Pues deberías ir a que te miren. Con toda la actividad que has tenido últimamente, seguro que en estos momentos tienes cientos de ellas naciendo en tu cosa.
Los tres vimos cómo daba un paso atrás, después otro y, al tercero, se dio la vuelta y salió prácticamente corriendo.
Miré a Sam y a Dylan y los tres rompimos a reír a carcajadas.
—Dime que no es cierto. Dime que te lo has inventado solo para darle una lección —me pidió Dylan sin poder parar de reír.
—No me lo he inventado. Lo he visto rascándose a dos manos mientras pilotaba. No ha sido una imagen agradable, la verdad, pero, después de verle la cara que se le ha quedado, ha merecido la pena soportarla dentro de mi cabeza.
Ante mi respuesta, Dylan tuvo que agarrarse a la pared porque la risa no le permitía ni mantenerse derecho.
—Joder, el karma hace bien su trabajo —dijo Sam, que estaba llorando de la risa—. Qué asco más grande.
Así estuvimos los tres durante un buen rato, riéndonos hasta que por fin conseguimos calmarnos un poco.
Ya medio recuperados, seguimos avanzando por el pasillo, aunque no llegamos al final porque una de nuestras compañeras nos interceptó.
—Hola, chicos. Os estaba buscando.
Nos miramos los tres y las pocas risas que todavía nos quedaban desaparecieron de golpe.
Jesy, que así se llamaba la chica que nos había parado, trabajaba en Administración y, si nos estaba buscando, era porque algo pasaba.
—¿Para qué? ¿Pasa algo? —preguntó Dylan.
—Pues la verdad es que no lo sé. A mí solo me han dicho que os busque y que os diga que vayáis a las oficinas. Quieren hablar con vosotros.
—Mal asunto —murmuró Sam a mi lado.
—No creo que sea por nada malo, mujer. No habéis liado nada, ¿no?
Los tres nos miramos y pusimos exactamente la misma mueca.
La cuestión no era si habíamos liado algo, sino cuándo no lo hacíamos.
Nada grave ni malo, eso sí, pero sí cosas que para el resto del personal no eran demasiado normales, como vacilar a los pasajeros pesados, cambiarle el azúcar por sal a algún compañero que nos hubiera tocado las narices o montar algún pequeño lío dentro del avión.
—¿Nosotros? Claro que no. Si somos ángeles —contestó Dylan luciendo su mejor sonrisa, esa que podía hacer que cualquiera que no fuéramos Sam o yo se rindiera a sus pies.
—¿Ángeles? Sí, claro. Será de esos que son blancos pero tienen alas de demonio. No me jodas, Meyer, que vuestra fama os precede.
Dylan se llevó las manos al pecho con exageración, fingiendo indignación.
—¿Qué dices de fama, Jesy? Nosotros no tenemos ninguna.
—Y yo me chupo el dedo. Sé de sobra que os llaman los tres mosqueteros y que sois la revolución del aeropuerto, así que menos cuentos y subid de una vez, que os están esperando.
Como los niños buenos que éramos, asentimos y, dejando allí a Jesy, nos dirigimos hacia el ascensor que llevaba a la zona del aeropuerto donde estaban las oficinas de Personal.
—No es nada malo.
—¿Lo has visto? —me preguntó Sam, preocupada.
—No, pero lo presiento. Es por algo que va a cambiarnos un poco la vida, pero no para mal.
En aquel momento no sabía lo ciertas que eran mis palabras, pero no tardaría demasiado en averiguarlo.