Capítulo 4
Los pasajeros empezaron a subir y cada uno de nosotros, situado en una parte del avión como hacíamos siempre, fue ayudándolos a encontrar sus asientos, guardar sus pertenencias en el portaequipajes superior o resolver las dudas que iban planteando.
Unas eran absurdas, otras nos dejaban sin saber muy bien qué contestar y algunas eran importantes para ellos, aunque para nosotros ya formaran parte de la rutina.
—Perdone.
Me giré hacia el hombre que me había llamado. Ni siquiera estaba sentado todavía en su asiento.
Y no necesitó decirme nada más para saber el tipo de pasajero que tenía delante.
Traje perfectamente planchado, corbata tan apretada que seguramente le faltaba hasta el aire, el pelo revuelto de haberse pasado la mano varias veces por él y el móvil sujeto con fuerza en la mano derecha, como si ni aunque hubiera un terremoto pensara soltarlo.
Allí delante tenía a un obseso del trabajo.
—Dígame, caballero.
—¿Este avión tiene wifi?
Y ahí estaba. Su única preocupación era tener conexión para poder seguir trabajando.
Ni un «buenos días», ni un «hola», ni nada.
Pues conmigo vas mal, tío, porque lo primero es tener educación, pensé mientras dibujaba una sonrisa falsa en mi cara.
—Sí.
—¿Y funciona?
—Eso depende del humor que tenga Dios hoy.
El hombre me miró con los ojos abiertos como platos y, unos pasos más atrás, vi a Sam apretar los labios para contener la risa, sabiendo perfectamente que la conversación no iba a quedarse ahí.
—¿De Dios?
—Sí, eso he dicho.
—¿Por qué?
—Pues porque dentro de unos minutos estaremos en su territorio y allí manda él. Bueno, manda en todos lados, pero en el suyo más.
Si era posible, el hombre abrió todavía más los ojos, cada vez más alucinado.
—¿Su territorio?
—Claro, hombre. El cielo —dije señalando hacia arriba con una mano—. Es su territorio y, si hoy tiene el mismo humor que muchos un lunes por la mañana, igual la señal del wifi le molesta y decide desenchufar el cable.
Oí una risita procedente de una chica que ya estaba sentada justo detrás del asiento que debía ocupar aquel hombre. La miré un segundo y le guiñé un ojo. Ella negó con la cabeza mientras se contenía para no soltar una carcajada.
El hombre pareció darse cuenta por fin de que le estaba vacilando. Ya era hora, porque trabajar trabajaría mucho, pero lento parecía ser un rato, y frunció el ceño.
—¿Y según su experiencia cree que hoy dejará el cable tranquilo?
—Pues eso ya no sabría decírselo. Como supongo que sabe, los caminos del Señor son inescrutables y él hace lo que le da la gana.
Murmuró algo entre dientes que no llegué a entender y, por fin, se sentó en su sitio dejándose caer de no muy buenas maneras.
—Caballero, puede quedarse tranquilo. Voy a intentar que el mandamás, ese que ya es un viejo conocido para mí porque hace años que paso muchas horas en su territorio, deje el cable quieto para que pueda usar el wifi.
—¿Le va a mandar un wasap? —preguntó con sorna.
—No, hombre. A Dios la tecnología no le gusta demasiado. Móvil no tiene.
—¿Entonces le manda una carta?
—Eso tampoco. El servicio postal aquí funciona regular. Hay demasiado aire en las alturas, ¿sabe? Se utilizó en el pasado, pero muchas de las cartas se las llevaba el viento, así que decidieron buscar otros métodos.
—Y dígame, ¿cuál es el suyo?
—El más directo y el mejor.
—¿Y ese es?
—Decir las cosas a la cara. No hay mejor método.
—¿Habla con Dios a la cara?
—Sí. Cuando necesito algo, como atender peticiones de vida o muerte como la suya, una vez estamos bien arriba saco la cabeza por una de las ventanillas, le silbo, Dios se asoma entre una nube, yo le cuento lo que pasa y él actúa en consecuencia.
El hombre resopló y decidió ignorarme. Desbloqueó su dichoso móvil y empezó a teclear a toda velocidad.
Pues estupendo. Uno que ya no iba a darme más guerra durante el vuelo.
Seguí ayudando a los demás pasajeros a guardar sus cosas.
—Este te pone una queja por vacilona —me susurró Sam al pasar junto a mí.
—No.
—¿No?
—No tiene tiempo. Solo le interesa el trabajo, así que no va a perder ni un minuto rellenando un formulario de queja.
Sam soltó una risita y negó con la cabeza.
—Míriam, un día te van a despedir.
—Eso me lo llevas diciendo años y aquí seguimos.
—Y con las que liamos, es algo que no entiendo. A ver si va a ser verdad que el de ahí arriba nos tiene aprecio por todo lo que le visitamos e intercede a nuestro favor.
—Eso no lo dudes. Y más que aprecio, lo que siente es lástima.
—¿Lástima?
—Claro. El todopoderoso está ahí arriba, en primera fila, viendo nuestro sufrimiento diario y toda la paciencia que le echamos para aguantar a la gente.
Sam soltó una carcajada.
—Pues vamos a seguir aguantándolos una hora más y luego, como recompensa, con la que seguro que Dios está de acuerdo, en San Diego vamos a ese sitio que está cerca del aeropuerto y nos comemos una hamburguesa gigante.
—¿He oído hamburguesa gigante?
Las dos nos giramos y allí detrás estaba Dylan, con los ojos brillándole y casi babeando al oír la palabra hamburguesa, que era una de sus mayores debilidades.
—Tú oyes lo que te conviene y te da la gana.
—Nos ha jodido, como todo el mundo.
—Venga, vamos a currar y, si te portas bien, hasta te dejo pedir patatas.
Dylan hizo un sonido con la boca como si se relamiera y consiguió que las dos nos echáramos a reír.
—Vamos, vamos a currar, que por una hamburguesa soy capaz hasta de atender yo solo a todo el pasaje, pero no quiero haceros el feo de dejaros mirando —soltó con toda la chulería del mundo, haciéndonos reír todavía más.
Cuando todo el pasaje estuvo sentado, cada uno ocupó su posición.
Siempre eran las mismas. No por ninguna razón especial, sino porque llevábamos años repartiéndonos así y nunca solíamos cambiar.
Sam en la parte delantera, Dylan en la trasera y yo en la zona central. Y desde allí era yo quien hablaba mientras ellos hacían las demostraciones.
—Buenos días y bienvenidos a bordo. Antes de despegar, les pido unos minutos de atención o, al menos, que finjan tenerla.
Hice una pequeña pausa antes de continuar para conseguir que unos cuantos levantaran la vista y otros, tal y como acababa de decir, fingieran hacerlo para quedar bien.
—Sé que muchos de ustedes ya se saben esto de memoria, pero yo voy a repetirlo para los despistados, los novatos o los que estén aburridos.
»Así que atentos, que mis compañeros y yo vamos a explicarles qué hacer en caso de emergencia. Aunque todos sabemos que luego no harán ni caso, pero tenemos que hacerlo igualmente.
Las reacciones fueron las mismas de siempre: sonrisas, negaciones de cabeza y ojos abiertos como platos ante la sorpresa de una presentación que seguramente no habían escuchado nunca de boca de otra azafata.
Minutos después, ya en el aire, los tres nos levantamos de nuestros asientos para pasar a la siguiente parte de nuestra rutina: sacar los carros de bebidas y aperitivos.
—Vamos a escuchar preguntas chorras, protestas y peticiones de cosas que no tenemos —dijo Dylan mientras se adelantaba con su carro.
—Rutina, pequeño. Esto es rutina.
—Pues menos dar por culo y más aceptar que están en un avión y no en un resort de esos con todo incluido.
—Sigue soñando —le contestó Sam entre risas mientras salía detrás de él con su carro.
Dos minutos después, hice lo mismo con el mío.
Fui sirviendo las bebidas y los aperitivos que teníamos con bastante agilidad y, lo más importante, sin ningún incidente hasta que el pasajero del asiento 7D, uno con una cara de amargado que no podía con ella, decidió darme el viaje.
Se quedó unos segundos mirando el carro y frunció el ceño.
—¿Esto es todo? ¿No tenéis nada más?
Sí, hijo, sí. Tengo un saco de paciencia, pero ese me lo he dejado en el armario junto a mi bolso, así que piensa muy bien qué vas a decir antes de abrir la boca, le respondí mentalmente.
—Pues sí, esto es todo.
—¿No hay comida?
—En este vuelo no. Es de poca duración.
No era que yo no quisiera darle nada, pero funcionaba así en todos los vuelos cortos como aquel, que duraría aproximadamente una hora y diez minutos.
No se servía comida porque entre repartirla, esperar a que la gente terminara y recogerlo todo no daba tiempo. Algo que, en mi opinión, cualquiera podía entender sin necesidad de recibir cuarenta mil explicaciones.
—Pero es casi mediodía.
—Casi, pero no lo es.
—Entonces debería haber comida.
Miré hacia delante y vi a Sam poner los ojos en blanco. Yo habría hecho exactamente lo mismo, pero preferí cerrarlos un momento y contar hasta cinco.
—Puedo ofrecerle galletas.
—No quiero galletas.
Y yo no quiero aguantarte, pero ya ves, aquí estamos, pensé mientras me contenía.
—¿Cacahuetes?
—No.
—¿Agua?
—No.
—¿Zumo?
—No.
—¿Un somnífero?
—¿Qué?
—Que si quiere un somnífero. Si duerme, igual deja de pensar en comida.
El hombre frunció aún más el ceño.
—En otras aerolíneas sirven comida.
—Otras aerolíneas no son esta.
—Ya lo veo. Tenéis un pésimo servicio.
—El servicio está al fondo, si necesita utilizarlo, y le aseguro que no es pésimo. Está limpio y, aunque sea pequeño, podrá sentarse sin ningún problema.
—No quiero usar el servicio.
Pues fíjate que no descarto que vayamos los dos en breve y te meta la cabeza en la taza del váter, a ver si así te callas un rato.
—Entonces, ¿le pongo el somnífero o no? Tengo que seguir repartiendo.
—Agua —dijo apretando los dientes.
—Buena elección. El agua aclara la vista, las ideas y es buena para los riñones —comenté mientras dejaba una botella y un vaso sobre su bandeja.
Seguí avanzando por el pasillo mientras, a mi espalda, escuchaba cómo el gilipollas, porque lo era, continuaba protestando.
Una hora después, Sam, Dylan y yo bajamos los últimos del avión junto con el piloto y el segundo, comentando el buen tiempo que hacía en San Diego.