No te vi venir Capítulo 3
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Capítulo 3

Entré directamente en el aparcamiento y me dirigí sin demora hacia la zona que el aeropuerto tenía reservada para los empleados.

Y menos mal que era así, porque, con lo pillada de tiempo que iba, si hubiera tenido que ponerme a buscar sitio en la parte destinada a pasajeros, taxistas o vehículos de alquiler, no habría llegado a trabajar ni pasado mañana.

Entré en la zona de personal y, ya desde lejos, vi a Sam en la puerta de la sala donde todos nos reuníamos antes de dirigirnos a la pista correspondiente según el vuelo que nos tocara. Estaba con los brazos cruzados y me miraba como si hubiera robado cien bolsas de caramelos a unos niños.

Samantha. Sam para los amigos o para cualquiera que tuviera la osadía de llamarla así sin que ella le hubiera dado permiso y quisiera arriesgarse a llevarse el mayor corte de su vida.

Nos conocíamos desde que las dos éramos unas bebés babosas que llevaban pañales, gracias a que su padre y el mío eran amigos y compañeros de trabajo.

Su madre ya era otra historia. Una de esas para no dormir.

Cuando Sam tenía tres años, su madre se enamoró, o eso dijo, de un londinense que había ido a Los Ángeles de vacaciones y al que conoció en el hotel donde trabajaba.

Se le fue tanto la cabeza que, sin pensar en las consecuencias ni en el daño que podía causar, uno que Sam ya tenía más que superado, los abandonó a ella y a su padre para largarse a Londres con aquel hombre.

Al principio hubo llamadas, visitas muy cortas y cartas bastante escuetas, pero hacía muchos años que todo eso había terminado. Dejó de llamar y de venir; el contacto fue disminuyendo poco a poco y hacía ya muchísimo tiempo que no sabían nada de ella. Ni querían saberlo tampoco.

Así que, como Sam se había criado sin madre, la mía había ocupado ese lugar para ella.

Y menuda era Sabela. La había acogido bajo su ala y la trataba exactamente igual que si fuera su hija.

Si tenía que reñirla, lo hacía como conmigo y, si tenía que darle un abrazo, no le daba uno, sino todos los que hicieran falta.

Éramos amigas, sí, pero nosotras nos sentíamos como hermanas.

Tanto era así que, además de haber compartido infancia y adolescencia, cuando llegó el momento de decidir qué estudiar y a qué queríamos dedicarnos, tampoco tuvimos ninguna duda: hicimos lo mismo.

Nos preparamos para ser azafatas y llevábamos ya nueve años trabajando juntas.

Me acerqué unos pasos más y sonreí al verla. Estaba guapísima, aunque en su caso no era que estuviera guapa ese día, era que lo era siempre.

Morena, con el pelo largo y rizado, en aquel momento lo llevaba recogido en un moño como yo, pero cuando se lo soltaba era impresionante.

Tenía un cuerpo que, aunque ella se empeñara en no reconocerlo, era de escándalo, con curvas muy bien puestas justo donde tenían que estar.

Pero lo que más llamaba la atención de Sam, sin ninguna duda, eran sus ojos, de un color miel que, cuando les daba el sol, parecían amarillos como los de una gata.

Y luego estaba su carácter, que ese sí era para echarle de comer aparte.

Tenía una personalidad fuerte y no permitía que nadie se le subiera a la chepa. Para quien no la conociera podía incluso parecer una borde, pero aquello era un error de los grandes, porque yo, que la conocía mejor que nadie, sabía que tenía un corazón tan enorme que no le cabía en el pecho.

Eso sí, aparte de estar ambas como dos cabras, no nos parecíamos en absolutamente nada. Ni físicamente ni en carácter. Éramos como la noche y el día.

Yo era rubia, tenía el pelo completamente liso y, a diferencia de Sam, que lo llevaba casi hasta la cintura, el mío apenas me llegaba a los hombros.

Mi cuerpo tampoco era como el suyo. A mí me sobraban algunos kilos, pero no me importaba lo más mínimo.

Yo hambre no pensaba pasar y, al que no le gustara, que mirara para otro lado.

Mis ojos también eran distintos. Los tenía verdes, iguales a los de mi madre, mientras que el pelo lo había heredado de mi padre.

Según Sam, me había quedado con el mejor rasgo de cada uno.

En cuanto al carácter, tampoco podíamos ser más diferentes. Yo intentaba tomármelo todo de forma positiva y siempre procuraba ver lo mejor de las personas. Luego me llevaba los palos que me llevaba, claro, pero ni siquiera eso había conseguido cambiarme con los años.

Era una mujer alegre, parlanchina, bromista y sarcástica hasta decir basta.

—Vamos, guapa, pensaba que el avión iba a tener que pasar por tu casa a recogerte.

Solté una risita al llegar a su lado y le planté un beso en la mejilla que sonó bien alto.

—No me hagas la rosca dándome besos, que llevo aquí un rato esperándote para tomarme un café contigo y tú apareces tan tranquila.

—Tan tranquila, no. Casi me da un chungo cuando mi madre ha entrado a decirme la hora que era. No me ha sonado el despertador.

Entrecerró los ojos y se quedó pensativa durante un par de segundos.

—¿El despertador? ¿Qué despertador? ¿Ese que llevaba fallando varios días?

Resoplé.

—Sí, ese. Esta noche ha pasado a mejor vida.

—Te olvidaste de ponerle una pila nueva. Pero de ver la serie esa a la que estás enganchada no te olvidaste, ¿a que no?

—Eso es culpa tuya.

—¿Mía? ¿Cómo puedes tener la jeta de decir que es culpa mía que te quedes hasta las tantas viendo un episodio detrás de otro?

—Porque tú me dijiste que esa serie estaba bien, que te lo había dicho un pasajero.

—Y estará bien, o eso creo, porque yo no la he visto, pero, joder, tampoco era para que te la tragaras en dos semanas. Coño, Míriam, que tiene más de cien episodios.

—Lo sé… No seas pesada.

—Tú sí que eres pesada. Anda, vamos hacia el avión, que nos tocará tomarnos el café allí.

La agarré del brazo y juntas salimos de la sala de personal para dirigirnos al avión que nos tocaba ese día.

Era martes y teníamos un vuelo de Los Ángeles a San Diego. Apenas duraba una hora. Una vez allí, descansábamos, comíamos y, después, volvíamos a Los Ángeles y terminábamos la jornada.

Así funcionaba normalmente cuatro o cinco días a la semana, dependiendo de los vuelos y de la duración que tuvieran. Luego descansábamos dos o tres días, algunas veces seguidos y otras alternos.

Era un buen trabajo, con buenos turnos, pero lo más importante era que nos encantaba.

Sin verlo venir, sentimos que alguien nos rodeaba a las dos con los brazos desde atrás. No necesité mirar para saber quién era: el tercero en discordia de nuestro pequeño grupo de amigos y, además, compañero de trabajo.

Dylan Meyer.

Más conocido como el terror del aeropuerto.

Dylan tenía treinta y tres años, tres más que nosotras. Era pelirrojo, tenía los ojos grises y un cuerpazo que se curraba en el gimnasio y que conseguía que no hubiera hombre o mujer que pasara a su lado sin girarse para contemplarlo.

Aunque que lo miraran las mujeres se la traía al pairo, como nos repetía a menudo. Eso sí, si era un hombre quien lo hacía, entonces ya era otro cantar.

Dylan era ruidoso, alegre hasta en el día más gris, deslenguado y sin ningún tipo de filtro. Y un ligón de primera, eso también.

Aunque aquello era más fachada que otra cosa porque, sí, ligaba muchísimo, pero de todos los tíos que se le acercaban se iba con muy pocos. En el fondo era un romántico empedernido que seguía esperando que el amor de su vida apareciera en cualquier momento.

Llevaba trabajando como auxiliar de vuelo un año más que nosotras y, desde hacía ocho, los tres coincidíamos siempre en los mismos vuelos y turnos.

Para todos en el aeropuerto éramos los tres mosqueteros: los que más líos formábamos y, por qué no decirlo aunque sonara un poco engreído, también de los que más disfrutaban los pasajeros cuando coincidían con nosotros en sus vuelos.

—¿Cómo están las dos azafatas más cañones de Estados Unidos?

—Con sueño —contesté.

Dylan miró a Sam y los dos se dijeron todo sin necesidad de abrir la boca. Entre nosotros aquello pasaba bastante. Eran ya muchos años de amistad y muchas horas compartidas, y habíamos creado una complicidad que hacía que con una sola mirada supiéramos lo que estaba pensando el otro.

—¿Cuántos episodios cayeron?

—Solo cinco.

Dylan soltó una carcajada.

—Solo cinco, dice la tía. No me jodas, Míriam, si duran una hora y pico. ¿A qué hora te has acostado?

—A las tres y media —susurré.

—¿A las tres y media? A ti la cabeza no te funciona bien, tía.

—Sam, eso no es nada nuevo. Sabes que ahí dentro algo no va como en la cabeza de los demás.

Y era completamente cierto.

En mi cabeza pasaba algo. Nada malo, o al menos así lo considerábamos tanto yo como las únicas cuatro personas que lo sabían: mis padres, Sam y Dylan.

Mis padres lo sabían desde que empezó a ocurrirme. A Sam se lo conté poco después y a Dylan cuando ya llevábamos tiempo siendo amigos.

Nadie más lo sabía y estaba bastante segura de que seguiría siendo así el resto de mi vida, porque no creía que fuera a encontrar a alguien en quien confiara lo suficiente como para contarle algo tan íntimo, personal e impactante sobre mí.

Lo que me pasaba, como insistía en llamarlo mi madre, era que tenía un don.

Yo nunca lo había visto de esa manera. Para mí, simplemente era más receptiva que el resto de las personas y percibía cosas que los demás no podían.

Algunas veces eran presentimientos de que algo iba a pasar y, al final, terminaba ocurriendo. Otras, las menos, aunque sí sucedía con cierta frecuencia, de repente aparecían en mi cabeza imágenes de algo que unos minutos después acababa pasando.

No era como si pudiera ver el futuro ni nada parecido, aunque la fantasiosa de Sam insistiera en que sí. Para mí eran más bien advertencias sobre pequeñas cosas que iban a sucederles a las personas que estaban a mi alrededor.

Y no siempre eran cosas malas. Había de todo.

Por ejemplo, podía aparecer en mi cabeza la imagen de un líquido derramado en el suelo y, pocos minutos después, un pasajero tiraba un zumo. O veía una mano con un anillo en uno de los dedos y, al momento, alguien que estaba cerca le pedía matrimonio a otra persona.

También podía escuchar en mi cabeza una frase que alguien iba a pronunciar o el sonido de un teléfono segundos antes de que empezara a sonar. En fin, cosas pequeñas, la mayoría de las veces sin demasiada importancia e incluso ridículas.

Eran flashes que llegaban sin pedir permiso y sin que yo los buscara. Tampoco podía evitar que aparecieran y, aunque muchos no me molestaban, ojalá algunos de ellos no hubieran llegado nunca porque había otros que, madre de Dios, me daban ganas de arrancarme la cabeza.

Pero nunca veía cosas grandes ni acontecimientos realmente importantes. Ni el número ganador de la lotería, ni un desastre enorme, ni la cara de ese hombre que, según mi madre, estaba destinado a mí y debía de vivir escondido en una caverna porque, desde luego, aparecer todavía no había aparecido.

Desde niña había aprendido a convivir con aquello, a interpretar los flashes, a saber cuándo podía utilizarlos para evitar ciertas cosas, cuándo debía callarme y cuándo era mejor ignorarlos porque no me gustaba lo que había visto.

Mi madre decía que era cosa de meigas. En Galicia, su tierra, se llamaba así a las mujeres capaces de percibir cosas, tener presentimientos y saber algo antes de que ocurriera.

Ella creía muchísimo en todo aquello y desde niña me había contado cientos de historias que, a su vez, su abuela le había contado a ella: leyendas y relatos sobre cosas que supuestamente habían hecho mujeres a las que consideraban meigas.

Y, desde que descubrió lo que me ocurría, cada vez que pasaba algo extraño lo asociaba siempre a lo mismo.

«Eso es cosa de meigas», me repetía.

—Pues espero que hoy tu cabecita nos anticipe que vamos a tener un vuelo tranquilo, porque no tengo ni el cuerpo ni la mente para aguantar a ningún pesado —dijo Sam en voz baja, dando por zanjado el tema al ver que varios compañeros que se dirigían a sus respectivos aviones se unían a nosotros en el pasillo.