No te vi venir Capítulo 2
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Capítulo 2

Salí de casa a toda prisa a las diez menos cuarto.

Porque sí, vestirme me había vestido a toda pastilla, pero yo por las mañanas no salía a la calle sin desayunar y sin café ni aunque anunciaran que iba a acabarse el mundo.

Así que, una vez vestida, volví a mi cuarto y me recogí el pelo en el mismo moño bajo que llevaba haciéndome durante los nueve años que llevaba trabajando como azafata de vuelo.

Me di un poco de colorete y máscara de pestañas, que era el único maquillaje que solía usar para trabajar, y bajé a la cocina a toda prisa.

Menos mal que la señora Sabela, al ver que iba tardísimo, se había apiadado de mí y ya me estaba preparando el desayuno.

Dos tostadas, un huevo revuelto, un zumo y un café tamaño industrial fue lo que me metí entre pecho y espalda antes de ponerme los zapatos de tacón bajo, que era lo único que me faltaba, coger mi bolso con todas las cosas que necesitaba y las que no también, porque de ahí cualquier día podía salir hasta un murciélago volando, darle un besazo a mi madre, desearle un buen día y marcharme hacia el coche.

Salí del aparcamiento de nuestra casa que yo utilizaba siempre, porque el otro era el de mi padre, y recorrí las calles de nuestro tranquilo barrio un pelín más deprisa de lo que debería.

Me encantaba vivir allí, aunque, siendo sincera, tampoco había vivido en ningún otro sitio desde que nací treinta años atrás, así que no tenía demasiado con qué compararlo.

Los Feliz era el barrio de la ciudad de Los Ángeles en el que vivíamos y no tenía nada que ver con otros lugares donde la gente se movía entre el caos y edificios que parecían darse la mano unos a otros.

Allí apenas había ruido, algo que todos agradecíamos. Las casas unifamiliares estaban rodeadas de árboles y jardines y muchas parecían tener más historia y anécdotas a sus espaldas que sus propios propietarios.

Las había de todos los tamaños y la nuestra estaba en un término medio.

Tenía dos plantas. En la de abajo estaban la cocina, un aseo, el salón, donde los tres pasábamos más horas que en ninguna otra parte de la casa, el cuarto de la plancha y una habitación de un tamaño bastante decente que mi padre utilizaba como despacho.

En la segunda planta había cuatro dormitorios: el de mis padres, el mío, otro para invitados que apenas se usaba y el último, del que mi mejor amiga Sam se había apropiado desde que tenía uso de razón y en el que dormía cada vez que se quedaba con nosotros, que eran bastantes veces.

En la parte delantera teníamos un porche lleno de flores del que mi madre era dueña y señora y que despertaba la envidia de todo aquel que pasaba por delante de nuestra casa.

Y detrás estaba otro de los lugares en los que nos pasábamos las horas muertas: el jardín, igual de cuidado que el porche y en el que mi madre tenía plantadas flores con nombres imposibles de recordar y árboles que, según ella, daban frutos, aunque yo no había visto ninguno en mi vida.

Allí estaba también la piscina, esa en la que había aprendido a nadar cuando era niña y en la que seguía pasando algunos de los mejores ratos de mi vida.

Salí de nuestro barrio y empecé a recorrer las calles de Los Ángeles con bastante más cautela, porque a esas horas el tráfico ya era considerable.

El aeropuerto estaba a unos veinte minutos de casa, por eso siempre tenía que salir con suficiente antelación. Nunca se sabía qué imprevisto podía surgir por el camino y, desde luego, un vuelo no podía retrasarse porque a mí no me hubiera dado tiempo de llegar a mi puesto.

La tripulación de cabina, como las azafatas y los auxiliares asignados al vuelo, solíamos entrar en el avión con media hora de antelación. Primero para comprobar que todo estuviera en orden y después para ayudar y acomodar a los pasajeros en sus asientos.

Giré por la siguiente calle y, al ver a una mujer cruzando por el paso de peatones que se parecía a mi madre, no pude evitar echarme a reír al recordar la conversación tan absurda que habíamos tenido un rato antes.

Y es que mi madre era única. Bueno, y mi padre también.

Para mí eran los mejores del mundo y, junto con Sam, las personas a las que más quería. A la vista estaba que, con treinta años, seguía viviendo con ellos y sin ninguna prisa por marcharme, porque estaba encantada y ellos, como bien se encargaban de recordarme a menudo, también.

Mis padres, Sabela Castro, de cincuenta y cinco años, en la actualidad ama de casa y cotilla incluso mientras dormía, y Chad Walton, de cincuenta y siete, profesor universitario de Física y poseedor de una paciencia infinita, eran mi pilar y mi ejemplo a seguir.

Mientras continuaba conduciendo, la sonrisa me salió sola al recordar su historia, esa que había escuchado de boca de los dos tantas veces que había perdido la cuenta y que, aun así, no me importaba volver a oír una vez más porque era una de esas historias que parecían sacadas de una novela romántica.

Mi madre era natural de La Coruña, una ciudad del norte de España, y allí tenía su vida. Una bastante tranquila.

No había podido estudiar porque en su casa las cosas nunca estuvieron demasiado bien económicamente.

Era hija única, había perdido a su padre siendo muy joven y tenía una madre chapada a la antigua que no es que la obligara…

o sí, pero lo cierto era que tuvo que ponerse a trabajar con tan solo quince años en todo lo que le iba saliendo.

Mi padre, en cambio, era natural de Los Ángeles, procedía de una familia de clase media y estudiaba Física con la intención de terminar ejerciendo como profesor.

Durante un viaje que organizó su facultad, y después de reunir todos los ahorros que tenía y recibir algo de ayuda de sus padres, se apuntó a aquella aventura sin imaginar que, cuando se subió al avión con destino a España, aquello no sería un viaje más, sino el que cambiaría su vida y en el que acabaría perdiendo el corazón y la cabeza por una gallega con un arte más propio del sur de aquel país que de su propia tierra.

El viaje incluía varias ciudades que él y sus compañeros visitarían durante los veinte días que iban a estar allí.

Mi padre no pasó de la primera: La Coruña.

La segunda noche, salió a un bar a tomar algo y fue mi madre quien le sirvió la copa que pidió.

Y allí, con una copa de por medio y palabras sueltas en sus respectivos idiomas, ambos perdieron el corazón. Un flechazo en toda regla, eso fue lo que tuvieron.

Mi padre no visitó ninguna ciudad más. Se pasó los días que le quedaban de viaje viendo a mi madre todo el tiempo que el trabajo de ella le permitía y, cuando llegó el momento de despedirse en el aeropuerto, los dos lloraron a mares por tener que separarse.

Mi padre prometió volver y mi madre prometió esperarlo.

Sin embargo, una semana después, ella se lio la manta a la cabeza y pensó que en La Coruña no tenía nada.

Allí solo tenía a una madre que cada vez la trataba peor, pero ni un futuro ni ninguna posibilidad de prosperar, así que hizo una maleta, cogió todos sus ahorros y, con tan solo dieciocho años, cruzó ella sola medio mundo para ir a buscar al hombre del que supo, desde la primera mirada que intercambiaron, que era el amor de su vida.

Cuando mi padre abrió la puerta de su casa, o más bien la de sus padres, porque todavía vivía con ellos, y la vio allí delante, solo pudo ponerse a llorar y abrazarla.

Mis abuelos, que en paz descansen, la recibieron con los brazos abiertos y ella llegó a quererlos como si fueran sus propios padres hasta el día en que fallecieron.

Mientras mi padre terminaba sus estudios, mi madre buscó trabajo. Siempre en sitios que no requirieran formación ni un dominio perfecto del idioma, porque no llegó a desenvolverse bien con él hasta casi un año después de llegar.

Y el tiempo fue pasando.

Cuando mi madre tenía veintitrés años y mi padre veinticinco, él ya daba clases en un instituto y se casaron. Dos años después llegué yo, la mayor alegría de sus vidas.

Les habría gustado tener más hijos, pero, al parecer, eso no estaba escrito en su destino y no pudieron tenerlos. Aunque tampoco los había oído lamentarse nunca por ello.

Y esa era su historia, una historia de amor.

La más bonita que yo conocía y también una historia de valentía.

Porque vaya huevos, hablando mal, los que le echó mi madre para marcharse siendo una cría, ir en busca de mi padre a un país que, hasta conocerlo a él, ni siquiera sabía situar en el mapa, con un idioma del que apenas conocía cuatro palabras y sin estar segura de nada.

Pero todo había salido bien y allí seguían, treinta y siete años después, igual de enamorados que el primer día.

Era una maravilla verlos juntos, observar cómo se miraban, lo cariñosos que eran siempre el uno con el otro y la complicidad que tenían, esa que hacía que, sin necesidad de hablar, ya supieran lo que estaba pensando el otro.

Y yo solo ansiaba encontrar a alguien con quien compartir mi vida y llegar a ser tan feliz como ellos.