No te vi venir Capítulo 1
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No te vi venir

No te vi venir

Por Valentina Gala

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Capítulo 1

La puerta de la habitación se abrió y, sin necesidad de abrir los ojos, ya sabía que era mi madre la que había entrado.

Tenía esa costumbre de meterse en mi cuarto sin llamar y, sinceramente, no me molestaba.

Que me viera desnuda, que era como estaba tumbada en la cama en esos momentos, me daba igual.

Total, más que ella no me había visto el culo nadie desde que nací, así que seguí tan pancha, esperando a que dijera algo.

Porque tenía claro que había venido a decirme alguna cosa; si no, no habría entrado.

Pasaron unos segundos y nada. No hablaba.

Abrí un ojo, solo uno, y con eso tuve suficiente para verla apoyada en el marco de la puerta, con los brazos cruzados y los labios apretados mientras contenía la risa.

—¿Qué pasa? —pregunté, incorporándome un poco y abriendo el otro ojo.

—No lo sé, dímelo tú.

—Yo no tengo nada que decir, madre. Eres tú la que ha entrado. Ya chocheas, ¿o qué?

—¡Que chocheo ni chocheo, niña! A mí no me digas esas cosas, que me da igual que tengas treinta años: te pego un azote y te pongo el culo más colorado que un tomate.

—Deja mi culito en paz, que, con lo duro que lo tengo, te puedes hacer daño en la mano. Mira —dije, dándome una palmada que la hizo echarse a reír.

—¿No te vas a levantar?

—Pues no tenía pensado hacerlo, la verdad. Estoy cansada y tengo un sueño de la leche.

—Si no te quedaras hasta las mil viendo series, dormirías cuando tienes que dormir.

Chasqué la lengua mientras me sentaba en la cama para verla mejor.

—Madre, es que la serie está tan interesante que me lío, me lío y, cuando quiero darme cuenta, el episodio que tenía pensado ver se ha convertido en cinco.

—Pues sarna con gusto no pica, hija. Si te has quedado sin dormir por gusto, ahora te aguantas.

—Y aguantada estoy, ¿no me ves? Estoy despierta.

—¿Hoy no tienes que ir a trabajar?

—¿Nos ha tocado la lotería?

—No —contestó, negando con la cabeza mientras sonreía.

—¿Ha llamado algún abogado para decirnos que vamos a recibir una herencia millonaria de un tío desconocido?

—No. Que yo sepa, no ha llamado nadie ni tampoco hemos recibido ninguna carta.

—¿Y ha venido algún millonario en las últimas horas a pedir mi mano?

Mi madre soltó una carcajada tan fuerte que hasta se dobló por la mitad.

—Pues, si ha venido, yo no lo he visto, pero, si quieres, salgo a mirar a la puerta de la calle por si está allí esperando.

—Entonces, si no ha pasado ninguna de esas tres cosas, para mi desgracia, sí, tengo que ir a trabajar.

—¿Y eso será en este siglo o en el que viene?

La miré entrecerrando los ojos.

—Madre, estás hoy de lo más rara. No habrás desayunado orujo de tu tierra, ¿no? ¿Cómo va a ser el siglo que viene si te acabo de decir que hoy tengo que ir?

—¿Y a qué hora tenías el primer vuelo?

—Ya te lo dije ayer: a las once —respondí con cansancio por tener que repetir las cosas dos veces.

—Pues me parece a mí que hoy los pasajeros van a tener que servirse ellos mismos los aperitivos.

—¿Eso por qué? Aunque no estaría mal que los pesadísimos lo hicieran, porque vaya paciencia debo tener algunas veces.

—La misma paciencia que tengo yo contigo. Míriam, hija, que son las nueve. Si tienes un vuelo a las once, o vuelas tú para llegar al aeropuerto o hoy no trabajas.

—¡¿Qué dices?! ¿Las nueve? Eso no es posible.

—Son las nueve aquí y en todos los sitios que tienen la misma franja horaria que nosotros. Ahora, que si tú te riges por la de otro sitio, entonces yo me callo.

—¿¡Las nueve!? —repetí, levantándome de la cama de un salto.

—Las nueve, sí. Esas que van después de las ocho y antes de las diez.

—Menos coñas, madre —protesté mientras abría las puertas del armario de un tirón—. ¿Por qué no me has avisado antes?

Mientras esperaba su respuesta, abrí el cajón de la mesilla, saqué el primer conjunto de ropa interior que pillé y me lo puse a la velocidad de la luz.

—Primero, porque no estaba en casa. He bajado con tu padre cuando se ha ido; sabes que algunos días voy con él hasta la universidad para darme un paseo. Y segundo, porque ya eres mayorcita para levantarte a tu hora.

—Y lo soy, coño. Si tenía puesta la alarma del despertador, pero el muy traidor no ha sonado.

—¿Qué despertador? ¿Ese que está en la mesilla apagado y que dijiste que le fallaba la pila?

Miré hacia allí y, efectivamente, el despertador digital estaba muerto. No tenía ni una mísera luz encendida.

—Mierda… Se me olvidó cambiarla.

Con la ropa interior ya puesta, corrí hacia el armario.

—De verdad, Míriam, no pierdes la cabeza porque la llevas pegada al tronco. Si no, cualquier día me la encontraría rodando por el pasillo.

—Ha sido un fallo técnico.

—Sí, ya. Un fallo —contestó poniendo los ojos en blanco.

Removí de forma desesperada las prendas que tenía en el armario, llevando perchas de un lado a otro mientras buscaba mi uniforme, pero nada. Por más que miraba, no aparecía.

—¿Qué haces?

—Buscando un tesoro —contesté antes de resoplar.

—Pues espero que, si es un cofre, esté lleno de monedas.

—Joder, mamá, hoy te has levantado de lo más guasona, ¿no? ¿Tú qué crees que estoy buscando?

—Y yo qué sé —dijo encogiéndose de hombros—. ¿Un novio?

—Sí, eso mismo. Como por la calle no lo encuentro, estoy mirando en el armario a ver si tengo más suerte.

—Es que eres muy exigente, por eso no lo encuentras.

—¿Exigente? No, guapa, de exigente nada. Soy selectiva, nada más.

—¿Selectiva? Sí, seguro que es eso. Ni una pequeña duda tengo, fíjate.

—Mamá, el mercado está fatal —dije resoplando mientras seguía moviendo perchas de un lado a otro.

—Tú sí que estás fatal. Hija, no te vale ninguno. ¿Qué pasó con el último? Ese que conociste en el pub al que saliste hace dos semanas. Dijiste que era majo.

—Y lo era. Y guapo también. Eso me lo parecía a mí y, seguramente, su mujer es de la misma opinión.

Mi madre abrió los ojos como platos y soltó un jadeo.

—¿Estaba casado?

—Y con tres hijos.

—La hostia… ¿Y cómo te enteraste?

—Pues…

No quería contárselo porque iba a poner el grito en el cielo. Eso lo sabía yo y todos los ángeles que hubiera allí arriba. Iba a vestir de limpio al tío hasta dejarlo reluciente y, después, a mí me pondría la cabeza como un bombo. Y bastante tenía ya con el chasco que me había llevado.

Otro más para mi larga lista de fracasos porque, de verdad, parecía que tenía un imán para fijarme siempre en quien no debía.

El que no era un machista era tonto del culo y, si no estaba casado, le iban las cosas raras. Y eso sin contar las otras mil cosas que me habían pasado con los tíos con los que había salido o en los que me había fijado.

—Canta.

La miré.

—¿Cantar ahora? No me jodas, mamá, que sabes que lo hago fatal.

—Que hables, cojona , y me cuentes cómo te has enterado de que ese desgraciado estaba casado.

Y ahí estaba la señora Sabela poniéndole el primer adorno al tío. Bueno, al menos la primera lindeza había sido suave, aunque vendrían más. Vaya que sí vendrían.

—El tercer día que quedamos me llevó a un hotel porque, según él, su casa tenía un problema de goteras. Después del tema, cuando empezamos a vestirnos, se puso la chaqueta, se le cayó la cartera y se abrió por la mitad. Y ahí estaba él, en una fotografía con toda su familia.

Mi madre se llevó las manos al pecho de una forma que más que dramática era lo siguiente y empezó a soltar lo más grande por la boca.

—Mamá…

—¡Ni mamá ni leches! ¿Pero es que no hay hombres decentes ya en esta ciudad?

—Los habrá, pero yo no he tenido la suerte de cruzarme con ninguno todavía.

—Bueno, no hay que perder la esperanza. Vamos a pensar que no todos son sapos y que algún día llegará tu príncipe.

—Pues, como tarde mucho, se me va a poner la boca llena de verrugas de besar a tantos.

Mi madre se echó a reír y negó con la cabeza.

Y sí, era mejor reír que llorar, porque, si lo hiciera cada vez que me llevaba un chasco, ya tendría los ojos más secos que la mojama.

—Me estás poniendo nerviosa moviendo la ropa como si estuvieras poseída. ¿Qué buscas?

—Mi uniforme, madre. ¿Qué voy a buscar? —respondí resoplando.

—¿El de azafata?

Me giré hacia ella con una ceja alzada, pero, al ver que me estaba vacilando, cosa bastante normal entre nosotras, volví a resoplar.

—No, madre. Hoy me voy a poner el uniforme de policía y, en el avión, les hago un bailecito como si fuera un estriptis.

—Pues bien que lo van a disfrutar.

—¿Dónde coño estará? —murmuré ya desesperada.

—En la nevera.

Me giré de golpe para volver a mirarla.

—¿En la nevera? ¿Y qué narices hace mi uniforme en la nevera?

—Está allí doblado, cogiendo temperatura. Así, cuando te lo pongas, llevarás el culo fresco.

Al verla contener la risa y darme cuenta de que volvía a vacilarme, la apunté con un dedo de forma amenazante.

—Madre, como sigas así, cuando vuelva esta noche no te cuento ni un cotilleo de los pasajeros.

Me miró como si le hubiera anunciado que se acercaba el apocalipsis o algo parecido y negó varias veces con la cabeza.

—Míriam, no seas así. Sabes que no quiero saber cosas de la gente que ves a diario por cotillear, sino porque me preocupo por la humanidad en general.

—Claro… ¿Te preocupas? Sí, estoy segura de que es por eso y no porque disfrutas oyendo chismes. No me jodas, mamá, si hay días que hasta te haces unas palomitas y te las comes mientras me haces un tercer grado.

Soltó un jadeo, indignada.

—Eso es porque me entra hambre.

—Sí, sí, lo que tú digas.

—Por cierto…

—¿Qué pasa ahora?

—Tus uniformes están colgados en el armario del cuarto de la plancha.

Me quedé mirándola unos segundos.

—La madre que te parió. ¿Y me lo dices así, tan tranquila? Llevas un rato viéndome desesperada, moviendo perchas, y me lo dices ahora. Te cogía y no sé qué te hacía, de verdad.

Se encogió de hombros.

—Y yo qué sé. Si me lo hubieras dicho desde el principio en vez de ponerte a charlar…

—¿Que yo me he puesto a charlar? ¡Si eres tú la que me está aquí dando carrete!

—Y tú me lo sigues, así que algo de culpa tendrás también.

En eso no podía quitarle la razón porque, si ella era parlanchina, yo no me quedaba atrás. Cuando nos juntábamos las dos, aquello era un no parar. Había veces en las que mi pobre padre se ponía unos cascos con música para no oírnos; con eso lo digo todo.

Miré la hora en el móvil que tenía encima del tocador y solté un grito al comprobar que eran las nueve y cuarto y yo seguía allí, en bragas. Salí corriendo de la habitación y menos mal que mi madre se apartó lo justo para dejarme pasar porque, si no, me la habría llevado conmigo por delante.

—¿Dónde vas, loca?

—¡A vestirme! —grité sin volverme—. ¡Voy tardísimo!

Por el sonido de sus pasos, noté que mi madre venía detrás de mí a paso ligero hasta el cuarto de la plancha, donde estaba el dichoso uniforme.

—Eso ya te lo había dicho yo.

—Ya. Eso y más cosas que me han entretenido.

—Míriam, tú te entretienes sola, así que no me culpes a mí.

—Pues tienes razón.

—Claro que la tengo. Soy tu madre.

Nos miramos mientras terminaba de vestirme y acabamos echándonos a reír como las dos locas que éramos.