No te soporto CAPÍTULO 20
97%

CAPÍTULO 20

El principio de lo que ya sabíamos

El lunes por la mañana llego a la oficina a las ocho menos diez.

No porque tenga que hacerlo, sino porque no sé llegar tarde el primer día de algo importante.

Mi nuevo puesto empieza hoy.

Durante todo el fin de semana he intentado convencerme de que no es para tanto.

Que sigo entrando en el mismo edificio, que voy a sentarme en el mismo sitio durante las primeras semanas, que seguiré viendo a las mismas personas y que, en realidad, la única diferencia es el nombre que aparece debajo del mío en algunos documentos.

Pero sé que no es verdad, hoy empieza algo distinto.

Y, por primera vez, no estoy intentando convencerme de que estoy preparada.

Sé que lo estoy.

Subo las escaleras con un café en una mano y la carpeta de mi nueva cuenta en la otra. Cuando llego a mi mesa, hay una pequeña caja encima.

Frunzo el ceño.

La abro.

Dentro hay un bolígrafo.

Uno bueno.

No uno de los que desaparecen de la sala de reuniones y reaparecen tres semanas después en el cajón de alguien.

Debajo hay una nota

No hace falta que vea la letra para saber quién la ha escrito.

Sonrío.

—Qué cursi.

—Lo sé.

Me giro.

Noah está apoyado contra el marco de la puerta.

Lleva un café en una mano y esa expresión de satisfacción que utiliza cada vez que cree que ha hecho algo brillante.

—¿Lo has comprado tú?

—No.

—Noah.

—Vale, sí.

—Es demasiado bonito.

—Por eso lo he comprado.

—¿Y la nota?

—Eso sí es mío.

La vuelvo a mirar.

—“Para que firmes cosas importantes”.

—Pensé que era apropiado.

—Es un poco cursi.

—Lo sé.

—Mucho.

—También lo sé.

Levanto la mirada.

—Me gusta.

Sonríe.

—Lo sé.

Me acerco a él.

—¿Has dormido?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Cuánto?

—Suficiente.

—Eso no es una cantidad.

—Dormí ocho horas.

—¿Ocho?

—Sí.

—¿Quién eres y qué has hecho con Noah Bennett?

Se ríe.

—Estoy intentando ser una persona responsable.

—No te pega.

—Estoy evolucionando.

—Eso dijiste la semana pasada.

—Y mira qué bien me está yendo.

Lo miro durante unos segundos.

Hay algo diferente.

No en él.

En nosotros.

Quizá porque ya no estamos intentando averiguar qué somos.

Lo sabemos.

No necesitamos escondernos detrás de bromas ni fingir que cada conversación es una casualidad.

Y, aun así, seguimos siendo nosotros.

—¿Estás nerviosa? —pregunta.

Miro mi mesa.

—Mucho.

—Bien.

—¿Bien?

—Significa que te importa.

—Qué frase tan de persona sensata.

—Estoy lleno de sorpresas.

Me besa rápidamente.

Un beso corto.

Suficiente para hacerme sonreír.

—Buena suerte, coordinadora de cuentas.

—Gracias.

—No te hace falta.

—¿Por qué?

—Porque eres muy buena.

Le miro.

—Vete a trabajar.

—Sí, jefa.

—No soy tu jefa.

—Lo sé.

—Entonces no me llames así.

—Vale, jefa.

Se marcha antes de que pueda lanzarle el bolígrafo.

Me río sola.

Y cuando me siento frente al ordenador, miro la pantalla durante unos segundos antes de abrir el primer documento.

Nuevo proyecto.

Escribo mi nombre.

Sophie Hayes — Coordinadora de cuentas.

Me quedo mirándolo.

Y sonrío.

Las siguientes semanas pasan más rápido de lo que esperaba.

No son perfectas.

De hecho, algunas son un desastre.

Mi primera reunión con el nuevo equipo dura cuarenta minutos más de lo previsto porque dos personas empiezan a discutir sobre proveedores y termino teniendo que intervenir antes de que aquello se convierta en una competición personal.

Un presupuesto llega con una cifra incorrecta.

Un proveedor cancela una reunión con menos de veinticuatro horas de margen.

Una presentación se modifica tres veces en una tarde.

Y un martes a las siete y media de la tarde descubro que he enviado un documento con una versión equivocada del calendario a seis personas.

Durante aproximadamente treinta segundos pienso que quizá Victoria tenía razón.

Quizá todavía intento controlarlo todo.

Entonces respiro.

Corrijo el documento.

Llamo a quien tengo que llamar.

Explico el error.

Y sigo.

No porque haya dejado de importarme hacer las cosas bien.

Porque he aprendido que hacer las cosas bien no significa evitar todos los problemas.

Significa saber qué hacer cuando aparecen.

Una tarde, después de una reunión especialmente complicada, Victoria entra en mi despacho.

—¿Cómo estás?

—Cansada.

—¿Solo eso?

—Un poco frustrada.

—Bien.

La miro.

—¿Por qué todo el mundo me dice “bien” cuando estoy frustrada?

Victoria sonríe.

—Porque antes habrías intentado fingir que no estabas frustrada.

Me quedo callada.

—Ahora no.

—No.

—Eso también es progreso.

Victoria se sienta frente a mí.

—Lo estás haciendo muy bien.

Esta vez no necesito que me lo diga para creérmelo.

Pero me gusta escucharlo.

—Gracias.

Se levanta.

Antes de salir, se gira.

—Y, Sophie.

—¿Sí?

—No tienes que demostrarme nada.

La frase me alcanza de una manera que no esperaba.

Durante tanto tiempo he pensado que mi objetivo era demostrar que podía hacerlo.

A Victoria.

A dirección.

A mí misma.

Quizá el siguiente paso no es demostrarlo.

Es simplemente hacerlo.

Hamilton & Reed también llega a su siguiente etapa.

La cuenta sigue adelante.

No recuperamos la gala que perdimos.

Eso no cambia.

Pero el resto del proyecto funciona.

El cliente está satisfecho.

La estrategia que presentamos consigue buenos resultados.

Y, una mañana de jueves, recibimos un correo de la directora de marketing.

Queremos ampliar la colaboración con vosotros el próximo trimestre.

Leo el mensaje dos veces.

Después levanto la mirada hacia Noah.

Él ya me está mirando desde su mesa.

No hace falta decir nada.

Levanto el pulgar.

Él sonríe.

Cinco minutos después aparece junto a mi mesa.

—¿Has visto el correo?

—Sí.

—¿Sabes qué significa?

—Sí.

—Que somos increíbles.

—Que hemos hecho un buen trabajo.

—Eso también.

—Noah.

—Vale.

Se apoya en mi mesa.

—¿Estás orgullosa?

Miro la pantalla.

Después a él.

—Sí.

—Bien.

—¿Y tú?

—Mucho.

—¿De nosotros?

—De ti.

La respuesta me hace sonreír.

—Eso no cuenta.

—¿Por qué?

—Porque yo también estoy orgullosa de mí.

Noah sonríe.

—Entonces estamos empatados.

—Perfecto.

—Aunque yo sigo pensando que el éxito de la cuenta se debe en un sesenta por ciento a mí.

—¿Sesenta?

—Cincuenta y cinco.

—Treinta.

—Cuarenta.

—Veinte.

—Sophie.

—Quince.

Se ríe.

—No puedes negociar así.

—Mírame.

—Te estoy mirando.

Y durante un segundo ninguno de los dos dice nada.

No porque haya tensión.

Porque hay algo mucho más sencillo.

Familiaridad.

La clase de intimidad que no necesita grandes gestos.

La clase que aparece cuando ya conoces cómo alguien toma el café, qué hace cuando está nervioso, qué canción escucha cuando necesita concentrarse y qué cara pone cuando está intentando no reírse en una reunión.

—¿Cena esta noche? —pregunta.

—Sí.

—¿Restaurante?

—Pizza.

—¿Otra vez?

—Es nuestra tradición.

—Voy a terminar odiando la pizza.

—No puedes.

—¿Por qué?

—Porque yo te lo prohíbo.

—Ah.

Me mira con una sonrisa.

—Ya vuelves a ser mandona.

—Nunca he dejado de serlo.

—Me alegro.

El viernes por la tarde salimos de la oficina juntos.

No tenemos ningún plan especial.

Solo caminar.

El aire está frío y la ciudad empieza a llenarse de gente que sale del trabajo. Noah mete las manos en los bolsillos del abrigo y yo camino a su lado, dejando que nuestros hombros se rocen de vez en cuando.

—¿Te das cuenta de algo? —pregunta.

—¿Qué?

—Que ya no discutimos tanto.

Lo miro.

—Eso no es verdad.

—Sí lo es.

—Discutimos ayer.

—Sobre dónde cenar.

—Eso cuenta.

—No.

—Sí.

—Eso fue una discusión de pareja.

—Entonces discutimos como pareja.

Sonríe.

—Me gusta.

—¿Qué cosa?

—Que seamos una pareja.

La frase me hace bajar la mirada durante un segundo.

Todavía me sorprende.

No porque no lo sepa.

Porque a veces sigo recordando a la Sophie del primer capítulo de todo esto.

La que pensaba que Noah Bennett era insoportable.

La que estaba convencida de que nunca iba a mezclar trabajo y sentimientos.

La que creía que si tenía un plan para cada cosa, nada podría salir mal.

No sé qué pensaría aquella Sophie si pudiera verme ahora.

Probablemente estaría horrorizada.

Y, al mismo tiempo, creo que estaría orgullosa.

—¿En qué piensas? —pregunta Noah.

—En que todo esto me parecía imposible hace unos meses.

—¿Qué parte?

—Tú.

—¿Yo?

—Nosotros.

Se queda callado.

—A mí también.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Pensabas que me ibas a odiar?

—No.

—Entonces...

—Pensaba que tú ibas a odiarme.

Me río.

—Eso sí.

—Muchísimo.

—Muchísimo.

Seguimos caminando.

—¿Te arrepientes? —pregunta.

La pregunta es tan seria que dejo de sonreír.

—¿De qué?

—De todo esto.

Miro hacia delante.

Pienso en el hotel.

En la única cama.

En las discusiones.

En la gala perdida.

En la promoción.

En Manchester.

En el primer beso.

En todas las veces que tuve miedo.

—No.

Noah asiente.

—Yo tampoco.

—Aunque nos complicamos muchísimo la vida.

—Eso también.

—Podríamos haberlo hecho más fácil.

—No habría sido nosotros.

Le miro.

—Probablemente no.

Llegamos al pequeño parque que hay cerca de mi casa.

Nos sentamos en un banco.

Durante unos minutos no hablamos.

Y no me incomoda.

Antes necesitaba llenar todos los silencios.

Ahora puedo quedarme en uno.

Noah me mira.

—¿Sabes qué es lo que más me gusta de ti?

—¿Solo una cosa?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Se ríe.

—Que has aprendido a dejar algunas cosas sin resolver.

—Eso es discutible.

—No.

—Sí.

—No.

—Noah.

—Sophie.

Me río.

Él se acerca.

—Antes querías saber cómo terminaba todo antes de empezar.

—Sí.

—Y ahora...

—Ahora sigo queriendo saberlo.

—Pero no necesitas saberlo.

Lo pienso.

—No.

—Eso es lo que ha cambiado.

Asiento.

—Sí.

Apoyo la cabeza en su hombro.

—¿Y sabes qué es lo que más me gusta de ti?

—¿Solo una cosa?

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Sonrío.

—Que siempre has sabido esperar.

Noah baja la mirada hacia mí.

—No siempre.

—Casi siempre.

—Contigo.

—¿Qué?

—Con todo el mundo soy bastante impaciente.

—No me sorprende.

—Pero contigo sabía que si intentaba correr, te irías.

Levanto la cabeza.

—¿Tan fácil me leías?

—No.

Sonríe.

—Solo sabía que eras complicada.

—¿Perdona?

—En el buen sentido.

—No existe un buen sentido de “complicada”.

—Para mí sí.

Me besa.

Esta vez el beso es tranquilo.

No hay urgencia.

No hay miedo.

No hay ninguna pregunta detrás.

Solo cariño.

Cuando nos separamos, me quedo mirándolo.