No te soporto CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

Firmar con el bolígrafo correcto

El lunes por la mañana entrego a recursos humanos la respuesta que llevo todo el fin de semana pensando.

No necesito volver a leerla, no necesito hacer otra lista, no necesito calcular todas las posibilidades.

La decisión está tomada.

—Acepto.

La mujer de Recursos Humanos sonríe y gira el documento hacia mí.

—Enhorabuena, Sophie.

Firmo.

Mi mano tiembla un poco.

No porque tenga dudas, sino porque, por primera vez, estoy firmando algo que cambia mi vida profesional de verdad.

Cuando salgo del despacho, me quedo unos segundos en el pasillo mirando el documento que llevo entre las manos.

Hay algo extraño en la sensación. Durante años he imaginado cómo sería conseguir un ascenso.

Pensaba que sentiría una especie de explosión de felicidad, que llamaría a mi madre inmediatamente, que quizá incluso lloraría.

En realidad, lo que siento es más silencioso.

Orgullo.

Un orgullo tranquilo, casi desconocido.

Como si una parte de mí que llevaba años esperando permiso para creer en sí misma acabara de dejar de necesitarlo.

Entonces levanto la mirada.

Noah está al final del pasillo, me está mirando.

Y sé inmediatamente que quiere saberlo.

Camina hacia mí.

—¿Y?

Le enseño el documento.

—He aceptado.

Su sonrisa aparece despacio.

No dice nada durante un segundo.

Después me abraza.

No es un abrazo rápido ni incómodo, de esos que puedes justificar delante de cualquier compañero como una felicitación profesional.

Me rodea con los brazos y me aprieta contra él durante unos segundos, y yo cierro los ojos porque de repente todo lo que he sentido durante las últimas semanas parece concentrarse en ese momento.

—Estoy muy orgulloso de ti —murmura.

—Gracias.

—De verdad.

Me separo un poco.

—¿Incluso aunque ya no vaya a trabajar contigo?

—Especialmente por eso.

Le doy un pequeño golpe en el brazo.

—Idiota.

—Tu idiota.

—Sigues demasiado emocionado con esa frase.

—Es una de mis favoritas.

Sonrío.

Y entonces veo que su expresión cambia.

Solo un poco.

Pero lo suficiente.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—Noah.

Suspira.

—Me han escrito esta mañana.

El orgullo que sentía hace unos segundos se mezcla con algo más.

—¿Manchester?

Asiente.

—Quieren una respuesta antes del viernes.

Miro el documento que todavía tengo entre las manos.

Mi promoción.

Su decisión.

Dos cosas que hasta hace unas semanas habrían parecido completamente independientes.

Ahora parecen estar conectadas por un hilo demasiado fino.

—¿Y qué vas a hacer?

Noah me mira.

—No lo sé.

Asiento.

—Vale.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—¿No quieres preguntarme nada?

Lo miro durante unos segundos.

—Quiero preguntarte todo.

Él sonríe ligeramente.

—Pero no vas a hacerlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero que me lo cuentes cuando tú sepas la respuesta.

Su expresión se suaviza.

—Eso es probablemente lo más difícil que has hecho nunca.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

El martes empieza mi última semana como coordinadora junior.

Hay algo extraño en saber que, dentro de unos días, mi mesa seguirá estando en el mismo sitio, la oficina seguirá oliendo al mismo café horrible y Clara seguirá apareciendo cada mañana con alguna pregunta absurda, pero yo ya no ocuparé exactamente el mismo lugar.

Tengo una reunión con el equipo de dirección para revisar la transición de la nueva cuenta. Victoria me presenta oficialmente como responsable del proyecto y, durante casi una hora, hablamos de objetivos, presupuesto, equipo y calendario.

Estoy nerviosa.

Muchísimo.

Pero también estoy preparada.

Cuando termina la reunión, Victoria me acompaña hasta el pasillo.

—Lo has hecho bien.

—Gracias.

—Ahora viene la parte difícil.

—¿Cuál?

—Aprender a no intentar hacerlo todo tú sola.

La miro.

—No prometo nada.

—Ya lo sé.

Sonríe.

—Por eso te lo digo.

Me quedo pensando en la frase mientras vuelvo a mi mesa.

Aprender a no hacerlo todo sola.

Quizá eso también sirve para otras cosas.

Noah está en una reunión cuando paso por su mesa.

No puedo evitar mirar.

Su portátil está abierto. Tiene varias hojas extendidas alrededor y una taza de café que probablemente lleva allí demasiado tiempo.

Es exactamente la misma persona con la que empecé trabajando.

Y, al mismo tiempo, no.

Ahora sé que hay una oferta en Manchester esperándolo.

Ahora sé que existe una posibilidad real de perderlo.

Y saberlo cambia la manera en que lo miro.

No porque lo quiera menos.

Porque lo quiero más.

El miércoles por la tarde tenemos una reunión sobre Hamilton & Reed.

Es la primera vez que entramos juntos en una sala después de que se haya confirmado nuestra nueva estructura profesional.

No debería ser extraño.

No lo es.

Al menos al principio.

Hablamos de proveedores, de calendario y de los próximos eventos. Noah hace una observación sobre producción. Yo tomo nota. Le hago una pregunta sobre presupuesto. Él responde.

Todo funciona.

Hasta que Victoria nos deja solos para revisar una parte del plan.

Noah cierra la puerta.

—Bueno.

—¿Qué?

—Seguimos siendo buenos trabajando juntos.

—Nunca he dicho lo contrario.

—Lo sé.

Me mira.

—¿Estás bien?

—Sí.

—¿Seguro?

—Sí.

—Porque llevas diez minutos fingiendo que no me estás mirando.

—No te estaba mirando.

—Sophie.

—Vale.

Me cruzo de brazos.

—Te estaba mirando un poco.

Sonríe.

—Gracias.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Me siento frente a él.

—¿Has decidido algo?

La sonrisa desaparece.

—No.

Asiento.

—Vale.

—Sophie...

—¿Qué?

—No quiero que pienses que estoy evitando decírtelo.

—No lo pienso.

—Pero sí estás preocupada.

Miro mis manos.

—Sí.

No tiene sentido mentir.

—Mucho.

Él se queda en silencio.

—Yo también.

Levanto la mirada.

—¿Por qué?

—Porque no quiero irme.

Mi corazón se detiene un segundo.

—Entonces no vayas.

Noah niega con la cabeza.

—No es tan sencillo.

—Ya lo sé.

—Manchester es una oportunidad que no aparece todos los días.

—Lo sé.

—Y también está mi familia allí.

—Lo sé.

—Y llevo años pensando que quizá algún día debería hacer algo así.

Asiento.

—Lo sé.

—Pero aquí...

No termina la frase.

—Aquí estás tú.

Él me mira.

—Sí.

Bajo la mirada.

—No quiero que decidas quedarte solo porque ahora estamos juntos.

—Y yo no quiero que pienses que irme significaría que no te quiero.

Levanto la cabeza.

—Nunca pensaría eso.

—¿Seguro?

—Sí.

—Porque yo sí podría pensar que si te vas es porque no me quieres suficiente.

Se me escapa una risa pequeña.

—Eso ha sonado bastante irracional.

—Lo sé.

—Bien.

—Pero es verdad.

La honestidad de la frase me desarma.

Me levanto.

Camino hasta él.

—Noah.

—¿Sí?

—Si te vas, me va a doler.

—Lo sé.

—Mucho.

—Lo sé.

—Pero no quiero que te quedes por miedo a hacerme daño.

Noah me mira durante unos segundos.

—Y yo no quiero que renuncies a nada por miedo a perderme.

Me acerco un poco más.

—Entonces estamos de acuerdo.

—Parece que sí.

—Qué raro.

—Podemos discutir si quieres.

Sonrío.

—No.

—¿Seguro?

—No.

Se ríe.

Y me besa.

Es un beso corto, suave, pero suficiente para hacerme olvidar durante unos segundos que estamos en una sala de reuniones de la oficina.

Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya.

—Esto sigue siendo una pésima idea.

—Probablemente.

—Y me sigues gustando.

—Eso sí que es grave.

—Muchísimo.

El jueves llega el correo, lo recibo a las 10:16.

Noah me lo dice primero.

No con un mensaje.

No con una llamada.

Simplemente aparece junto a mi mesa.

—Ya está.

Levanto la mirada.

Sé lo que significa.

—¿Qué has decidido?

—Voy a rechazar Manchester.

No siento alivio inmediatamente.

Eso es lo primero que me sorprende.

Siento miedo.

Porque quiero preguntarle si está seguro.

Quiero saber si ha pensado en su familia, en su carrera, en lo que habría supuesto para él.

Quiero asegurarme de que no está renunciando a algo por mí.

—¿Por qué?

Noah se sienta frente a mí.

—Porque he pensado en todo.

—¿Y?

—Y no quiero irme.

—¿Por mí?

—No solo por ti.

Respiro.

—Explícame.

—La oferta es buena. Muy buena. Pero no es la única oportunidad que voy a tener. Y llevo demasiado tiempo pensando que las oportunidades solo existen cuando vienen con un nombre grande, una ciudad nueva y un salario mejor.

Hace una pausa.

—Y no quiero construir mi vida así.

Lo miro.

—¿Entonces?

—Entonces he decidido quedarme.

Siento los ojos llenarse de lágrimas.

—Noah...

—Espera.

Levanta una mano.

—Quiero decirte algo antes de que conviertas esto en una historia romántica sobre cómo me he quedado por ti.

—No iba a hacerlo.

—Sí ibas.

—Un poco.

Sonríe.

—Me he quedado porque quiero quedarme.

Asiento.

—Y tú formas parte de eso.

Me acerco.

—Gracias por decírmelo así.

—Necesitaba que lo supieras.

—¿Y tu familia?

—Hablé con mi hermano anoche.

—¿Qué te dijo?

Noah sonríe.

—Que si vuelvo a rechazar una oportunidad por miedo, él mismo vendrá a buscarme.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y tu madre?

—Mi madre me preguntó si estaba seguro.

—¿Y?

—Le dije que sí.

Se queda callado un momento.

—Me dijo que entonces no había nada más que hablar.

Sonrío.

—Me gusta tu familia.

—A mi madre le gustarías.

—¿Eso es una amenaza?

—Probablemente.

Nos quedamos mirándonos.

Entonces me doy cuenta de algo.

No estoy feliz porque Noah haya rechazado Manchester.

Estoy feliz porque ha elegido su propia vida.

Y porque, por primera vez, no siento que necesite controlar la decisión para saber que voy a estar bien.

Me levanto.

Él también.

Le abrazo.

Esta vez no hay ninguna preocupación escondida detrás.

Solo alivio.

Solo cariño.

Solo nosotros.

—Te quiero —murmura.

Me quedo inmóvil.

No porque no quiera oírlo.

Porque no esperaba que fuera a decirlo ahora.

Noah se separa ligeramente.

—No tienes que decirlo.

—No.

—Sophie...

—No, espera.

Le miro.

—Es que quiero decirlo bien.

Él sonríe.

—Vale.

Respiro.

—Yo también te quiero.

La sonrisa que aparece en su cara es tan sincera que siento que algo dentro de mí se rompe y se reconstruye al mismo tiempo.

—¿Sí?

—Sí.

—¿Mucho?

—No te pases.

Se ríe.

—Vale.

Le beso.

Y durante unos segundos no existe nada más.

Hasta que escuchamos una voz desde el pasillo.

—Espero que esto sea una reunión profesional.

Nos separamos de golpe.

Victoria está en la puerta.

Nos mira.

Después mira la sala.

—Porque si no, voy a tener que cobraros alquiler.

Noah se ríe.

Yo me tapo la cara.

—Lo siento.

Victoria suspira.

—Estoy empezando a arrepentirme de haber confiado en vosotros dos.

—Pero no te arrepientes de haberme ascendido —digo.

Victoria sonríe.

—Eso todavía está por ver.

—¡Victoria!

Se ríe.

—Estoy bromeando.

Se marcha.

Noah me mira.

—Tu jefa me da miedo.

—A mí también.

El viernes por la tarde termino mi última semana como coordinadora junior.

Recojo algunas cosas de mi mesa.

No todas.

No quiero hacer una ceremonia de algo que no necesita despedida.

Mi nueva posición empieza el lunes.

Mi nueva cuenta empieza el lunes.

Y Noah seguirá en la oficina.

No estamos dejando nada atrás.

Solo estamos cambiando la forma de hacerlo.

Cuando cierro el cajón, encuentro una hoja vieja.

La saco.

Es una lista que hice hace meses.

La reconozco inmediatamente.

Está dividida en tres columnas.

Cosas que puedo controlar.

Cosas que no puedo controlar.

Cosas que me niego a aceptar que no puedo controlar.

Me río al verla.

No recuerdo haber guardado aquello.

Noah aparece detrás de mí.

—¿Qué es?

—Nada.

Me quita la hoja con cuidado.

Lee.

—Esto es muy tú.

—Devuélvemela.

—“Cosas que me niego a aceptar que no puedo controlar”.

—No te rías.

—No me río.

Está sonriendo.

—¿Y cuál era el problema?

—Todos.

—¿Y ahora?

Miro la lista.

Después le miro.

—Ahora creo que la tercera columna sobra.

Noah asiente.

—Estoy orgulloso de ti.

—Ya lo has dicho.

—Lo seguiré diciendo.

—Pesado.

—Tu pesado.

Le miro.

—Eso sí me lo puedo quedar.

—¿El qué?

—A ti.

Su sonrisa desaparece durante un segundo.

—No soy una cosa que puedas quedarte.

—Ya lo sé.

—Entonces...

—Pero puedo elegir estar contigo.

Él se acerca.

—Eso sí.

Me besa

Esta vez no hay miedo.

No hay casi.

No hay interrupciones.

No hay una pregunta sobre si deberíamos.

Solo nosotros.

Cuando nos separamos, Noah me mira.

—¿Sigues odiándome?

Sonrío.

—Muchísimo.

Él se ríe.

—Perfecto.

—¿Por qué?

Me rodea la cintura.

—Porque todavía tenemos toda una vida para discutir.

Le miro.

—Eso no suena muy romántico.

—Es que no he terminado.

—Ah.

Se acerca a mi oído.

—Y porque creo que voy a disfrutar muchísimo consiguiendo que te enamores de mí otra vez cada vez que me odies.

Me río.

—Noah.

—¿Qué?

—Ya estoy enamorada de ti.

Se queda completamente quieto.

—Ah.

—¿Eso es todo?

—No esperaba que lo dijeras tan fácilmente.

—Llevas meses esperando.

—Sí.

—Pues ya está.

Me mira durante unos segundos.

Y entonces sonríe de esa manera que conozco demasiado bien.

—Entonces tengo una pregunta.

—¿Cuál?

—¿Sigues odiándome?

Sonrío.

—Muchísimo.

—Perfecto.

—¿Por qué?

Noah se inclina para besarme.

—Porque ya no sé cómo besarte sin que parezca que te quiero.