CAPÍTULO 18 #3
Por supuesto que diría eso.
Salgo del despacho con la carpeta contra el pecho.
Noah está al otro lado del pasillo.
En cuanto me ve, se pone de pie.
—¿Y?
Le miro.
Quiero sonreír.
Quiero decirle que me han ascendido.
Quiero abrazarlo.
Quiero contarle que todo el esfuerzo ha servido.
Pero entonces recuerdo la última página.
—Me han dado el puesto.
Su cara se ilumina.
—Sophie.
—Me han ascendido.
—Lo sabía.
—No podías saberlo.
—Sí podía.
—No empieces.
Se ríe.
—Estoy muy orgulloso de ti.
Y esta vez no me molesta escucharlo.
De hecho, hay algo en la forma en que me mira que hace que el pecho se me apriete.
Pero su expresión cambia cuando ve mi cara.
—¿Qué pasa?
Aprieto la carpeta contra mí.
—Hay un cambio de estructura.
—¿Qué cambio?
—No vas a trabajar conmigo en la nueva cuenta.
Se queda quieto.
No parece sorprendido.
Eso me molesta.
—Ya lo sabías.
—Sí.
—¿Y no me lo dijiste?
—Victoria me pidió que dejara que te lo explicara ella.
—¿Por qué?
—Porque es tu decisión. No quería influir.
—¿Y qué opinas?
Noah me mira durante unos segundos.
—¿Quieres saber lo que opino como tu novio?
La palabra me golpea directamente en el pecho.
Novio.
Todavía no sé si estamos oficialmente ahí, pero escuchárselo decir hace que todo parezca mucho más real.
—Sí.
—Me parece bien.
Frunzo el ceño.
—¿Cómo que te parece bien?
—Creo que es una estructura razonable.
—Pero vamos a trabajar separados.
—En una cuenta.
—Sí.
—No en nuestra vida.
Me quedo callada.
—¿No te molesta?
—Claro que me molesta.
La sinceridad me sorprende.
—¿Entonces?
—Que me moleste no significa que piense que es una mala decisión.
Miro la carpeta.
—Tengo que aceptar antes del lunes.
—Entonces deberías aceptar.
Levanto la cabeza.
—¿Así de fácil?
—No.
—Porque parece que para ti lo es.
Noah se acerca un poco.
—No es fácil. Me gustaría trabajar contigo. Me gustaría estar en tu equipo. Me gustaría que pudiéramos hacer todo juntos. Pero llevas tres años trabajando para conseguir una oportunidad como esta.
—Y tú podrías estar en Manchester.
Su expresión cambia.
—Eso todavía no lo sé.
—Precisamente.
—Sophie.
—¿Qué?
—No quiero que rechaces una promoción porque tengas miedo de que yo me vaya.
La frase me deja sin respuesta.
—Y tampoco quiero aceptar Manchester solo porque tenga miedo de perderte.
Le miro.
—Entonces estamos en un problema.
—No.
Me sorprende.
—¿No?
—Estamos en una situación complicada.
—Eso suena mejor.
—Muchísimo.
Sonríe.
—Pero hay una diferencia.
—¿Cuál?
—Un problema es algo que tienes que arreglar. Esto es algo que tenemos que decidir.
Lo miro.
Y, por alguna razón, esa diferencia me tranquiliza.
—¿Y si la decisión cambia las cosas?
—Entonces las cambiaremos juntos.
—¿Y si trabajar separados hace que sea más difícil?
—Lo hablaremos.
—¿Y si Manchester...
Se detiene.
—Todavía no he decidido nada.
—Ya lo sé.
—Entonces no empieces a despedirte de mí antes de tiempo.
Sonrío débilmente.
—No me estoy despidiendo.
—Bien.
Se acerca un poco más.
Estamos en mitad de la oficina.
Hay gente alrededor.
Así que simplemente me toca la mano durante un segundo.
Nada más.
Pero ese gesto consigue decirme más de lo que habría conseguido cualquier discurso.
—Acepta el puesto —dice.
—¿Orden?
—Consejo.
—Ah.
—Pero uno bueno.
Sonrío.
—Lo pensaré.
—No demasiado.
—¿Por qué?
—Porque te conozco.
—¿Y?
—Vas a hacer una lista.
Me río.
—Ya la estoy haciendo mentalmente.
—Lo sabía.
—Ventajas, inconvenientes, impacto a largo plazo...
—Y probablemente una tabla.
—Dos.
—Claro.
—Una con la parte profesional y otra con la personal.
—¿Y cuál va a ganar?
Lo miro.
—No lo sé.
Noah aprieta ligeramente mis dedos antes de soltarlos.
—Por una vez, no tienes que saberlo todavía.
Esa tarde trabajo hasta casi las ocho.
No porque tenga que hacerlo, sino porque quiero.
Abro el documento de la nueva cuenta.
Leo el briefing.
Reviso los objetivos.
Empiezo a hacer anotaciones.
La cuenta es enorme. Hay una estrategia que construir desde cero, un equipo que coordinar, varios proveedores que evaluar y una presentación ante dirección dentro de tres semanas.
Me asusta.
Pero no de la forma en que me asustaba antes.
Antes el miedo significaba que podía perder algo.
Ahora significa que puedo ganar algo que nunca había tenido.
Responsabilidad.
Confianza.
Espacio para demostrar lo que sé hacer.
Por primera vez desde que entré en Bennett & Cole, tengo delante algo que lleva mi nombre de verdad.
No soy la ayudante.
No soy la coordinadora junior que tiene que demostrar que puede.
Soy la persona responsable.
Y aunque la idea me hace sentir un poco pequeña, también me hace sentir orgullosa.
A las ocho menos cuarto, Noah aparece en la puerta.
—¿Sigues aquí?
—Sí.
—¿Has cenado?
Miro el reloj.
—No.
—Lo suponía.
Deja una bolsa sobre mi mesa.
—Pizza.
Miro la bolsa y después a él.
—¿Otra vez?
—Es nuestro alimento oficial.
—Vamos a acabar odiándola.
—Tú no odias nada que tenga queso.
—Eso es mentira.
—¿Qué comida odias?
—Las aceitunas.
—Eso explica muchas cosas.
—¿Qué explica?
—Que seas tan controladora.
—No tiene ningún sentido.
—Lo sé.
Sonrío.
Él se queda junto a la puerta.
—¿Vas a aceptar?
Miro la carpeta.
Después le miro.
—No lo sé.
—Vale.
—¿Tú qué harías?
Noah se queda pensativo.
—No te voy a decir qué haría yo.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que tomes una decisión profesional pensando en mí.
—¿Y si quiero saber qué piensas?
—Entonces te diré lo que pienso.
—¿Qué piensas?
Se acerca unos pasos.
—Que te han dado exactamente la oportunidad por la que llevas años trabajando.
Mi garganta se cierra.
—Sí.
—Y que deberías aceptar.
—Aunque signifique que no trabajemos juntos.
—Sí.
—¿Aunque complique las cosas?
—Sí.
—¿Aunque te vayas a Manchester?
La pregunta sale antes de que pueda detenerla.
Noah se queda callado.
—Eso es diferente.
—¿Por qué?
—Porque Manchester todavía no sé si lo quiero.
—¿Y esto?
Señala la carpeta.
—Esto sé que lo quieres.
No puedo evitar sonreír.
—Eres desesperantemente razonable.
—Lo sé.
—Te odio.
—No mucho.
Le miro.
—No.
—Yo tampoco.
El silencio que sigue ya no es incómodo.
Es nuestro.
Noah se acerca y me da un beso breve en la frente.
—Acepta el puesto.
—¿Orden?
—Consejo.
—Ah.
—Pero uno bueno.
Sonrío.
—Lo pensaré.
—Bien.
Se dirige hacia la puerta.
—Noah.
Se gira.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no pedirme que elija.
Me mira unos segundos.
—Nunca te pediría eso.
Y se marcha.
Me quedo sola.
Miro la carpeta.
Después miro la puerta por la que acaba de salir.
Por primera vez entiendo que quizá querer a alguien no significa intentar mantenerlo cerca.
Quizá significa ser capaz de verlo avanzar incluso cuando su camino no coincide exactamente con el tuyo.
Cojo el bolígrafo.
Abro el documento.
Y escribo en la primera página:
Acepto.
Me quedo mirando la palabra durante unos segundos.
Después sonrío.
La promoción es mía.
La cuenta será mía.
Y Noah sigue siendo Noah.
Por ahora, eso tiene que ser suficiente.
Porque todavía queda una semana para que él decida qué hacer con Manchester.
Y, aunque no sé qué va a pasar cuando llegue ese momento, hay algo que sí sé.
No pienso renunciar a mi futuro para que alguien se quede conmigo.
Y tampoco quiero que él renuncie al suyo por mí.
Si vamos a estar juntos, tendrá que ser porque los dos elegimos quedarnos.
No porque uno de los dos tenga miedo de perder al otro.
Cierro el portátil.
Cojo la bolsa de pizza.
Y, por primera vez en mucho tiempo, salgo de la oficina sin intentar calcular qué va a pasar mañana.
Solo sé que mañana estaré aquí.
Y que, de momento, eso es suficiente.