No te soporto CAPÍTULO 18 #2
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CAPÍTULO 18 #2

Porque con Noah todo empezó girando alrededor de reuniones, presupuestos, proveedores y discusiones. Ahora podemos estar sentados en el suelo comiendo pizza y hablar de cualquier estupidez sin que ninguno de los dos tenga que justificar por qué quiere estar ahí.

Hasta que, después de terminar el último trozo, Noah deja la caja a un lado.

—He hablado con ellos.

Sé inmediatamente de quién habla.

—¿Manchester?

Asiente.

Mi estómago se encoge.

—¿Y?

—Me han ofrecido unos días más para decidir.

—¿Cuántos?

—Una semana.

Asiento.

—Vale.

Noah me observa.

—No parece que te sorprenda.

—Me alegro.

—¿De verdad?

Le miro.

—Sí.

—¿Aunque pueda aceptar?

La pregunta queda suspendida entre nosotros.

Respiro antes de contestar.

—Sí.

Noah se acerca un poco.

—¿Por qué?

—Porque quiero que tomes la decisión correcta para ti.

—¿Y si la decisión correcta no te incluye?

Me quedo callada.

No porque no tenga respuesta.

Porque tengo demasiadas.

Al final, elijo la más honesta.

—Eso sería duro.

Él espera.

—¿Y?

—Y sobreviviría.

Noah baja la mirada.

—No quiero que tengas que hacerlo.

Mi corazón empieza a latir demasiado deprisa.

—Noah...

—Llevo días intentando decidir qué quiero.

—¿Y?

—Y creo que lo sé.

No digo nada.

Él tampoco durante unos segundos.

—No sé si quiero irme.

Mi respiración se detiene.

—¿Por qué?

—Porque hay cosas que quiero aquí.

Me mira.

—Y una de ellas eres tú.

No puedo apartar la mirada.

Durante semanas hemos estado rodeando esa verdad. La hemos escondido detrás de bromas, de discusiones, de reglas absurdas y de conversaciones sobre trabajo. Hemos tenido tantas oportunidades para decirla que casi parece ridículo que ahora resulte tan difícil.

Pero está ahí.

Sin bromas.

Sin excusas.

Sin una interrupción.

—No quiero que decidas quedarte por mí —digo finalmente.

—No lo haría.

—Entonces...

—Pero tampoco quiero fingir que tú no formas parte de la decisión.

Siento un nudo en la garganta.

—No sé qué decir.

—No tienes que decir nada.

—Sí tengo.

—No.

Se acerca.

Muy despacio.

Me da tiempo para apartarme.

No lo hago.

Su mano roza mi mejilla y el gesto es tan delicado que casi duele.

—Sophie.

—¿Sí?

—Esta vez no voy a preguntarte si quieres que me aparte.

Mi corazón late tan fuerte que casi puedo escucharlo.

—¿Por qué?

—Porque quiero que seas tú quien decida.

Lo miro.

Y entiendo.

No está intentando besarme.

Está esperando.

Esperándome.

Por una vez, no tengo que anticipar lo que ocurrirá después.

No tengo que pensar en el trabajo, en Manchester, en Victoria o en la promoción.

Solo tengo que decidir qué quiero hacer ahora.

Y sé la respuesta.

Me acerco.

Soy yo quien acorta la distancia.

Y le beso.

El mundo no se detiene.

No hay música.

No hay lluvia.

No ocurre nada extraordinario fuera de nosotros.

Solo el calor de sus labios, la mano que sigue junto a mi cara y la sensación absurda de estar haciendo algo que, al mismo tiempo, llevaba demasiado tiempo evitando y había querido desde el principio.

El primer beso es suave, casi tímido, como si los dos estuviéramos comprobando que aquello es real. Noah no se mueve más de lo necesario. No intenta convertirlo en algo más grande de lo que es. Simplemente me deja decidir cuánto dura.

Me separo unos centímetros.

Él abre los ojos.

Me mira.

Y sonríe.

—Hola.

Me río.

—¿Hola?

—No sabía qué decir.

—Por una vez.

—No te acostumbres.

Vuelvo a besarle.

Esta vez no hay duda.

Sus manos se apoyan en mi cintura y yo agarro ligeramente su camisa. El segundo beso es distinto. Más seguro. Más nuestro. Hay algo que cambia cuando dejas de preguntarte si deberías hacer algo y simplemente aceptas que quieres hacerlo.

Cuando nos separamos, apoyo la frente contra la suya.

—Esto ha tardado muchísimo.

—Te dije que podía esperar.

—No presumas.

—Estoy intentando disfrutar de mi momento.

Sonrío.

—Idiota.

—Tu idiota.

La frase me hace reír.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Me quedo cerca de él unos segundos más.

Y entonces ocurre algo que me sorprende más que el beso.

No siento miedo.

No pienso en el lunes.

No pienso en la gala.

No pienso en Manchester.

Por unos minutos, simplemente estoy aquí.

Con él.

Y eso es suficiente.

A la mañana siguiente me despierto antes de que suene la alarma.

No estoy nerviosa por la revisión de promoción.

Estoy nerviosa porque ayer besé a Noah Bennett.

Y porque, aparentemente, después de meses de tensión, casi besos, discusiones y una cantidad absurda de café, ahora tengo que ir a trabajar como si no hubiera pasado nada.

Cuando llego a la oficina, Noah ya está allí.

Nos miramos desde nuestras mesas.

No dice nada.

Yo tampoco.

Después levanta su café.

—Buenos días.

—Buenos días.

—¿Has dormido?

—Sí.

—¿Mucho?

—No.

—Yo tampoco.

Intento no sonreír.

Fracaso.

Él también.

Entonces aparece Victoria por el pasillo.

—Sophie, cuando puedas, ven a mi despacho.

Mi sonrisa desaparece.

—Claro.

Noah me mira.

—Suerte.

—Gracias.

Entro en el despacho.

Victoria cierra la puerta.

Hay una carpeta sobre la mesa.

La reconozco inmediatamente.

—¿Qué es eso?

Victoria se sienta.

—Tu revisión.

Mi corazón empieza a latir demasiado deprisa.

Abro la carpeta.

Leo la primera página.

Después la segunda.

Y durante unos segundos no soy capaz de procesarlo.

No es una negativa.

Tampoco es una prórroga.

Es una propuesta formal de promoción.

Levanto la mirada.

—¿Esto es...?

—Sí.

—¿Me habéis ascendido?

Victoria sonríe.

—Te estamos ofreciendo el puesto.

Vuelvo a mirar el documento.

Coordinadora de cuentas.

Mi puesto.

Mi nombre.

El salario.

Las nuevas responsabilidades.

El equipo.

Las condiciones.

Todo está ahí.

Siento que se me humedecen los ojos.

—Pensaba que la decisión se había retrasado.

—La promoción se había retrasado porque queríamos ver cómo evolucionabas después de perder la gala. No queríamos que una decepción puntual definiera la evaluación.

—¿Y entonces?

—Entonces has hecho exactamente lo que necesitábamos ver.

Levanto la mirada.

—¿Qué?

—Has seguido adelante.

No sé qué decir.

Victoria continúa:

—No intentaste recuperar la gala a cualquier precio. No culpaste al cliente. No culpaste al proveedor. No dejaste que Noah solucionara el problema por ti. Y cuando perdiste el proyecto, no dejaste que eso afectara a Hamilton & Reed.

Bajo la mirada.

—Gracias.

—No me las des todavía.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué?

Victoria gira la carpeta y señala una sección concreta.

—Porque hay un cambio en la estructura.

Leo.

Asignación de equipo y responsabilidades.

Hay varios nombres.

No está el de Noah.

Frunzo el ceño.

—¿Por qué no está Noah?

Victoria no parece sorprendida por la pregunta.

—Porque no va a formar parte de tu equipo en esta cuenta.

Levanto la mirada.

—¿Por qué?

—Porque después de la revisión de los últimos meses, dirección considera conveniente separar temporalmente vuestras responsabilidades directas.

—¿Temporalmente?

—Durante la fase inicial de tu nuevo puesto.

—¿Por nuestra relación?

Victoria no evita la palabra.

—Sí.

Me quedo inmóvil.

—Pero...

—No es una sanción.

—Ya.

—Y tampoco es una prohibición de vuestra relación. No voy a decirte con quién puedes salir.

Asiento.

—Entonces, ¿qué significa exactamente?

Victoria gira la carpeta para que pueda ver una hoja adicional.

—Significa que en esta cuenta no habrá una relación de dependencia profesional entre vosotros. Tú dirigirás el proyecto y Noah no formará parte de tu equipo, no reportará directamente a ti y no tendrá capacidad de aprobar o modificar decisiones de tu área.

Leo el documento con más atención.

—¿Y Hamilton & Reed?

—Se mantiene la estructura actual porque la cuenta ya está en curso, porque las responsabilidades están definidas y porque cualquier decisión que implique a ambos pasa por mí. La nueva cuenta es distinta. Podemos diseñarla desde cero.

—Entonces esto no tiene que ver con que hayamos hecho algo mal.

—No.

—¿Y tampoco significa que no podamos trabajar juntos nunca?

—No. Si en algún momento necesitáis colaborar en un proyecto concreto, podréis hacerlo. Pero no quiero que exista una relación jerárquica o de dependencia directa entre vosotros mientras vuestra relación personal sea reciente.

Asiento lentamente.

Hay algo incómodo en la situación, pero también hay algo que no puedo negar.

Tiene sentido.

—¿Y si esto le ocurriera a cualquier otra pareja de la empresa?

Victoria no duda.

—Aplicaríamos el mismo criterio.

—¿Seguro?

—Sophie, esto no va de vosotros como personas.

Va de estructura. Si tú eres responsable de una cuenta, quiero que nadie pueda cuestionar una decisión tuya porque tu pareja estaba implicada en ella.

Y tampoco quiero que tú tengas que demostrar constantemente que tomaste una decisión por tu criterio y no porque Noah te ayudó.

La frase me golpea de una forma diferente.

Porque tiene razón.

No quiero que mi ascenso venga acompañado de una nota invisible que diga que tuve ayuda.

No quiero que nadie mire a Noah y después me mire a mí pensando que hay una explicación sencilla para que haya llegado hasta aquí.

Quiero haberlo conseguido.

Yo.

—¿Tengo que aceptar ahora?

—No.

La miro.

—¿No?

—Tienes hasta el lunes.

—¿Y si no acepto?

Victoria se queda en silencio un momento.

—Seguirás en tu puesto actual. No habrá ninguna penalización.

—Pero perdería la promoción.

—Sí.

Ahí está.

El coste.

No hay amenaza.

No hay ultimátum.

No hay nadie diciéndome que tengo que elegir entre mi trabajo y Noah.

Hay algo mucho más difícil.

Una oportunidad que quiero.

Una estructura profesional que entiendo.

Y una decisión que, por primera vez, no puedo tomar pensando solamente en lo que siento.

Victoria cierra la carpeta.

—No quiero que tomes la decisión pensando en Noah.

La miro.

—¿Y si no puedo evitarlo?

—Entonces espera.

La respuesta me sorprende.

—¿Espera?

—Sí. Si ahora mismo no puedes separar las dos cosas, no decidas hoy.

Asiento.

—¿Y él lo sabe?

Victoria tarda un segundo en responder.

—Sí.

Mi estómago se encoge.

—¿Desde cuándo?

—Desde ayer.

—¿Y qué ha dicho?

Victoria sonríe ligeramente.

—Que si la decisión te da una oportunidad que mereces, no quiere ser él quien la convierta en un problema.

Cierro los ojos durante un segundo.

Por supuesto.