No te soporto CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

El primer paso (y la pizza del martes)

El lunes por la mañana llego a la oficina con una decisión.

No voy a preguntar a Noah por Manchester.

No voy a preguntarle si ha hablado con la agencia, si ha pedido más tiempo, si está pensando en aceptar la oferta o si ya ha empezado a imaginarse viviendo allí.

Tampoco voy a preguntarle si ha pensado en qué pasaría con nosotros, aunque esa sea probablemente la pregunta que más ganas tengo de hacerle.

No voy a preguntarle nada.

Porque si hay algo que he aprendido durante las últimas semanas es que intentar controlar una situación no hace que deje de dar miedo.

Solo consigue que pases más tiempo intentando anticiparte a algo que todavía no ha ocurrido.

Y porque, por una vez, quiero que Noah tome una decisión que sea suya.

No quiero que elija Manchester porque yo le haya dicho que no me importa.

No quiero que se quede porque yo tenga miedo de que se vaya.

No quiero que, dentro de unos meses, ninguno de los dos pueda preguntarse qué habría pasado si hubiéramos tomado decisiones sin tenernos en cuenta.

Quiero que sea libre de decidir.

El problema es que mi decisión dura exactamente treinta y siete minutos.

A las nueve y siete, Noah aparece junto a mi mesa con dos cafés. Deja uno delante de mí, exactamente como me gusta, y se apoya un segundo en el borde de la mesa.

—Buenos días.

Levanto la mirada.

—Buenos días.

—He traído soborno.

Miro el café.

—¿Soborno?

—Café.

—Eso no es un soborno.

—Depende de lo desesperada que estés a las nueve de la mañana.

—Estoy bastante desesperada.

—Entonces técnicamente funciona.

Lo miro unos segundos antes de coger el vaso.

—Gracias.

—De nada.

No se va.

Eso me hace levantar una ceja.

—¿Qué?

—Nada.

—Me estás mirando.

—Estoy esperando a ver si preguntas.

—No voy a preguntar.

Una sonrisa pequeña aparece en su cara.

—Vale.

—¿Qué?

—Nada.

—Noah.

—Has aguantado treinta y siete minutos.

Miro el reloj de la esquina de mi pantalla.

9:07.

Después vuelvo a mirarlo.

—¿Estabas contando?

—No.

—Mentiroso.

—Un poco.

No puedo evitar sonreír.

Él también.

Durante unos segundos todo parece normal.

Demasiado normal, incluso. Estamos en la oficina, rodeados de ordenadores, teléfonos, documentos y personas entrando y saliendo de reuniones.

Yo tengo tres correos pendientes y una presentación que terminar.

Él tiene una reunión de producción a las diez.

El mundo sigue exactamente igual que ayer.

Excepto por el hecho de que ahora sé cómo se siente besarle.

Y, peor todavía, sé que quiero volver a hacerlo.

Pero hay algo en su expresión que me distrae de ese pensamiento.

Está cansado.

No físicamente.

De otra manera.

Como si llevara toda la noche pensando.

—¿Has dormido? —pregunto.

—Poco.

—¿Por la oferta?

Asiente.

—Entre otras cosas.

No pregunto cuáles.

Esta vez cumplo mi promesa.

—Vale.

Noah me mira durante un instante, como si esperara algo más.

—¿Eso es todo?

—Sí.

—Qué autocontrol.

—Estoy trabajando en ello.

Su expresión se suaviza.

—Estoy orgulloso de ti.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Precisamente.

Se ríe por lo bajo y se aparta de mi mesa.

Antes de marcharse, se detiene.

—Por cierto.

—¿Sí?

—Si necesitas ayuda con la presentación de mañana, dímelo.

—La tengo controlada.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué lo dices?

—Porque ahora sé que puedo ofrecerte ayuda sin asumir que la necesitas.

Lo miro.

—Eso ha sonado sospechosamente maduro.

—Estoy evolucionando.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Se marcha antes de que pueda responder.

Y me quedo mirando la pantalla sin leer una sola palabra de lo que aparece delante.

Porque, por primera vez, no necesito saber qué va a pasar para poder seguir adelante.

Eso debería tranquilizarme.

No lo hace.

El martes por la mañana tenemos la presentación con Hamilton & Reed.

Durante los últimos días he trabajado en ella hasta el punto de conocer cada diapositiva, cada cifra y cada argumento de memoria. No porque quiera impresionar a nadie, sino porque todavía existe una parte de mí que siente que, si estoy suficientemente preparada, nada podrá salir mal.

Sé que no funciona así.

Lo sé desde el primer día que empecé a trabajar en eventos.

Y aun así sigo haciéndolo.

La sala de reuniones está llena cuando entramos. Dos personas de dirección, tres representantes de Hamilton & Reed y Victoria. Noah se sienta a mi izquierda, con su portátil abierto, pero no intercambiamos más que una mirada antes de empezar.

Esta vez quiero hacerlo sola.

No porque no confíe en él.

Precisamente porque confío en mí.

La primera parte de la presentación sale bien.

Hablo de la evolución de la cuenta, de las oportunidades para los próximos meses, de cómo podemos reducir determinados costes sin afectar a la experiencia del cliente y de la estructura que propongo para los siguientes eventos.

Cuando llegamos a la estrategia de crecimiento, el director financiero me hace una pregunta que no había previsto exactamente.

Durante diez segundos siento que el viejo pánico vuelve.

La sensación de que he llegado demasiado lejos.

De que alguien va a descubrir que en realidad no sé lo que estoy haciendo.

Miro mis notas.

Después levanto la cabeza.

—Creo que la respuesta está en separar crecimiento de volumen —digo—. No necesitamos hacer más eventos. Necesitamos que cada evento tenga un objetivo comercial más claro y medir el resultado en función de ese objetivo.

El director financiero me hace otra pregunta.

La respondo.

Después otra.

También.

Noah no interviene.

No intenta ayudarme.

No busca mi mirada para ofrecerme una salida.

Simplemente permanece allí.

Cuando terminamos, la directora de marketing de Hamilton & Reed se acerca.

—Sophie.

—Sí.

—Quiero que seas tú quien presente la siguiente fase al comité.

Mi corazón da un vuelco.

—Por supuesto.

—Y quiero que empieces a involucrarte también en la parte estratégica de la cuenta.

Asiento.

—Gracias.

Ella sonríe.

—Te has ganado la confianza de mi equipo.

No sé qué responder a eso. Después de todo lo que ha pasado con la cuenta, después de perder la gala y tener que demostrar que aquello no definía mi capacidad, esas palabras significan más de lo que quiero admitir.

Así que sonrío.

Cuando se marcha, Noah se acerca.

—¿Lo has oído?

—Sí.

—Te lo dije.

—No digas “te lo dije”.

—No lo he dicho.

—Lo estabas pensando.

—Un poco.

Le miro.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por no hablar durante la reunión.

Se queda serio.

—Eso ha sido difícil.

—¿Por qué?

—Porque tenía ganas de presumir de ti.

Siento calor en las mejillas.

—Noah.

—¿Qué?

—Estamos en la oficina.

—Lo sé.

—Y estás siendo insoportable.

—También lo sé.

Pero está sonriendo.

Y yo también.

El miércoles por la tarde recibo un correo de Recursos Humanos.

Lo abro pensando que será alguna actualización sobre vacaciones, una formación obligatoria o uno de esos mensajes corporativos que empiezan con «Estimado equipo» y terminan pidiéndote que rellenes un formulario que nadie quiere rellenar.

No lo es.

Es una convocatoria.

Revisión de promoción — viernes, 10:00.

Me quedo inmóvil frente a la pantalla.

Viernes.

Eso significa que Victoria ha adelantado la revisión.

Eso significa que quizá...

No termino el pensamiento.

Cojo el teléfono y voy directa a su despacho.

—¿Tienes un minuto?

Victoria levanta la mirada.

—Sí.

Le enseño el correo.

—¿Qué significa esto?

—Que vamos a revisar tu promoción el viernes.

—Pensaba que se había retrasado.

—La decisión sobre el puesto se había retrasado. No necesariamente la evaluación de tu trabajo.

—Pero la gala...

—No es la única métrica.

Me quedo callada.

Victoria cierra el portátil.

—Sophie, la gala fue importante. Mucho. Pero tú llevas meses trabajando en Hamilton & Reed.

Has gestionado al cliente, has coordinado proveedores, has defendido presupuestos, has presentado propuestas y has tomado decisiones cuando las cosas se complicaron.

Una parte del proyecto salió mal por una circunstancia que no dependía de ti.

—Pero perdimos la gala.

—Sí.

La sinceridad de su respuesta me obliga a mirarla.

—Y eso tiene un impacto comercial. No voy a fingir lo contrario. Pero una promoción no se decide porque un proyecto salga perfecto. Se decide por cómo trabaja una persona de forma sostenida.

Asiento lentamente.

—Entonces...

Victoria me observa.

—Entonces el viernes hablaremos.

—¿Eso significa que...?

Una pequeña sonrisa aparece en su cara.

—Significa que el viernes hablaremos.

Salgo de su despacho intentando no ilusionarme.

No funciona.

Cuando vuelvo a mi mesa, Noah me está esperando.

—¿Qué pasa?

—Tengo revisión el viernes.

Sus ojos se iluminan.

—Sophie.

—No lo digas.

—¿Qué?

—Que me lo merezco.

—No iba a decir eso.

—Lo estabas pensando.

—Sí.

—Idiota.

—Pero feliz por ti.

Y esta vez no intento esconder que me hace feliz que esté feliz por mí.

El jueves por la tarde, después de una jornada interminable, Noah me manda un mensaje.

Miro la pantalla unos segundos antes de responder.

Tres segundos después aparece otro.

Sonrío.

Nos encontramos en mi barrio a las ocho.

Noah llega con dos bolsas de comida y una expresión demasiado satisfecha consigo mismo.

—He tomado una decisión estratégica.

—¿Cuál?

—Pizza.

—Eso no es una estrategia.

—Lo es cuando no quieres pensar.

—¿Y desde cuándo no quieres pensar?

—Desde que tengo demasiadas cosas en la cabeza.

La frase me hace mirarlo.

Él también se da cuenta.

—No era una indirecta.

—Ya.

—De verdad.

—Lo sé.

Le dejo pasar.

Cenamos en mi salón, sentados en el suelo porque todavía no he comprado una mesa de comedor decente.

La conversación empieza con tonterías: una película que Noah asegura que es una obra maestra y que yo considero una pérdida de dos horas de mi vida, un restaurante al que él quiere ir y que yo digo que parece diseñado para gente que no tiene que mirar los precios de la carta, el vecino de arriba, que lleva tres días tocando exactamente la misma canción al piano.

Durante un rato conseguimos no hablar de trabajo.

Y me gusta.

Me gusta mucho.