CAPÍTULO 17
Manchester al fondo y un “todavía no”
Durante los siguientes cuatro días intento convencerme de que estoy bien.
No funciona.
Estoy bien, pero no de la forma en que me gustaría. Trabajo. Cumplo horarios. Respondo correos. Dirijo reuniones. Corrijo presupuestos. Reviso propuestas y, cuando alguien me pregunta cómo estoy, sonrío y digo que todo va bien. Nadie parece notar la diferencia.
Excepto Noah.
No sé exactamente cuándo empezó a conocerme lo suficiente como para distinguir entre mi sonrisa real y la que utilizo cuando no quiero que nadie haga preguntas, pero lo hace.
Lo noto el miércoles por la mañana, cuando termino una reunión con el equipo creativo y vuelvo a mi mesa. Noah está sentado frente a su ordenador, hablando con uno de los responsables de producción. Cuando levanta la mirada y nuestros ojos se encuentran, no me pregunta si estoy bien.
Solo me mira.
Y eso es peor.
Porque sabe que no lo estoy.
Pero también sabe que no quiero hablar de ello.
Así que vuelve a su pantalla.
Yo hago lo mismo.
Es una especie de acuerdo silencioso que hemos aprendido a mantener desde que Hamilton & Reed decidió quedarse con nuestra cuenta pero quitarme la gala.
Noah no intenta salvarme.
Yo no intento fingir delante de él.
Y, extrañamente, funciona.
El jueves por la mañana, Victoria entra en nuestra sala de reuniones con una carpeta y una expresión que no consigo interpretar.
—Sophie, necesito hablar contigo.
Miro a Noah por instinto.
Victoria lo ve.
—Contigo sola.
Noah asiente y sale.
Cuando la puerta se cierra, Victoria deja la carpeta sobre la mesa.
—Hamilton & Reed quiere que presentes tú la estrategia del próximo trimestre.
Parpadeo.
—¿La estrategia completa?
—Sí.
—¿Sin Noah?
—No he dicho eso. Él estará en la reunión porque producción y presupuesto forman parte de la cuenta. Pero la presentación general será tuya.
Abro la carpeta.
Hay un documento de casi treinta páginas.
—Esto es...
—Una oportunidad.
La miro.
—Pensaba que la gala era mi oportunidad.
Victoria no se inmuta.
—La gala era una oportunidad.
—Que perdimos.
—Que Hamilton & Reed decidió gestionar con otra agencia.
—Ya.
Victoria se sienta frente a mí.
—Sophie, tienes que dejar de medir tu carrera por una sola cosa que salió mal.
—No fue una cosa pequeña.
—No.
Su respuesta me sorprende.
—Fue una oportunidad importante y la perdiste.
Trago saliva.
—Gracias por la sinceridad.
—No estoy intentando hacerte sentir mejor.
—Ya me había dado cuenta.
—Estoy intentando que entiendas algo. Si te digo que eres buena, no quiero que me creas porque soy tu jefa. Quiero que empieces a creerlo porque tienes pruebas.
Bajo la mirada hacia la carpeta.
—¿Y si no estoy preparada?
—Entonces cometerás errores.
Levanto los ojos.
—Qué tranquilizador.
Victoria sonríe.
—Ser responsable de una cuenta no significa no equivocarse. Significa saber qué hacer cuando ocurre.
La frase me recuerda a Noah.
Eso me molesta.
Muchísimo.
—¿Cuándo es?
—Martes.
—¿El martes?
—Sí.
—Tengo cuatro días.
—Tienes cinco.
—Hoy es jueves.
—Precisamente.
Cierro la carpeta.
—Vale.
Victoria se levanta.
—Y Sophie.
—¿Sí?
—Noah no va a preparar esta presentación por ti.
Sé exactamente por qué lo dice.
—Lo sé.
—Pero tampoco quiero que hagas lo contrario y te niegues a pedir ayuda por orgullo.
Asiento.
—Lo sé.
Victoria se dirige a la puerta.
—Bien.
Antes de salir, se gira.
—Y una última cosa.
—¿Qué?
—La gala no fue una prueba que suspendiste.
Me quedo callada.
—Fue una situación en la que el cliente tomó una decisión que no podías controlar.
Victoria abre la puerta.
—Aprende a distinguir entre las dos cosas.
Y se va.
Me quedo sola con la carpeta.
La abro.
Y empiezo.
El jueves por la tarde descubro algo que no esperaba.
Me gusta estar al frente.
No me gusta estar nerviosa. No me gusta que cada decisión parezca tener una lupa encima. No me gusta tener que defender ideas que todavía están en desarrollo ni responder preguntas que no tienen una respuesta perfecta.
Pero me gusta.
Me gusta sentarme en una sala y ser la persona a la que todos miran cuando necesitan saber qué viene después.
Me gusta decidir.
Me gusta construir algo desde cero y verlo tomar forma.
Y, sobre todo, me gusta descubrir que quizá Victoria tenía razón.
No necesitaba la gala para demostrar que podía hacerlo.
Solo necesitaba otra oportunidad.
A las seis y media seguimos en la oficina.
Noah está trabajando en la parte de producción de la presentación, aunque esta vez no se mete en mi estructura.
—¿Quieres que revise esta parte? —pregunta desde el otro lado de la mesa.
—Sí.
Le paso el portátil.
Lee durante unos minutos.
—Está bien.
—Eso no es una revisión.
—Vale.
Sigue leyendo.
—Cambiaría esto.
Señala una diapositiva.
—¿Por qué?
—Porque aquí estás intentando explicar tres decisiones diferentes en una sola pantalla.
—Son tres decisiones relacionadas.
—Lo sé. Pero el cliente no debería tener que descubrir la relación por su cuenta.
Lo miro.
—Eso tiene sentido.
—Ya lo sé.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Sonrío.
Él me devuelve el portátil.
Nuestros dedos se rozan.
Esta vez ninguno aparta la mano inmediatamente.
Noah baja la mirada hacia nuestros dedos.
Después vuelve a mirarme.
—¿Sigues sin querer que te bese?
Mi corazón da un vuelco.
—No he dicho eso.
—Has dicho “todavía no”.
—Correcto.
—¿Y ahora?
La pregunta es tan tranquila que casi me parece más peligrosa.
Miro alrededor.
La oficina está casi vacía.
—Ahora tampoco.
Noah asiente.
—Vale.
No protesta.
No intenta convencerme.
Simplemente vuelve a su ordenador.
Y esa paciencia suya está empezando a ser un problema.
Porque cada vez tengo menos excusas para no acercarme.
El viernes, a las cuatro y diez, estoy revisando una propuesta cuando escucho a Noah hablando por teléfono en la sala pequeña del fondo.
No debería prestar atención.
No lo hago.
Hasta que escucho una palabra.
—Manchester.
Me quedo quieta.
No sé por qué.
Probablemente porque conozco esa ciudad.
Porque sé lo que significa para él.
Porque sé que allí está la decisión que tomó años atrás y que todavía forma parte de la persona que es.
Intento volver a leer el correo.
No puedo.
La puerta de la sala está cerrada.
No escucho toda la conversación.
Solo fragmentos.
—Sí, lo entiendo.
Pausa.
—No, no es un mal momento.
Otra pausa.
—Es una propuesta bastante buena.
Mi estómago se encoge.
Me obligo a mirar la pantalla.
Noah continúa hablando.
—Necesito pensarlo.
Silencio.
—Sí. Gracias por llamarme.
La puerta se abre.
Levanto la vista demasiado rápido.
Noah sale y me encuentra mirándolo.
Durante un segundo, ninguno dice nada.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Me estabas mirando.
—No.
—Sophie.
—Vale. Sí.
Noah se acerca.
—¿Estás bien?
—Sí.
La palabra sale demasiado rápido.
Él entrecierra los ojos.
—Eso ha sido sospechosamente rápido.
—¿Quién era?
Se queda quieto.
—¿Quién?
—La persona del teléfono.
Noah duda.
Solo un segundo.
Pero lo noto.
—Una agencia.
Mi corazón se acelera.
—¿De Manchester?
Asiente.
No dice nada más.
Y yo tampoco.
Hay demasiadas preguntas que podría hacer.
¿Qué agencia?
¿Qué quieren?
¿Por qué te han llamado?
¿Cuánto tiempo llevas hablando con ellos?
¿Te vas?
Pero ninguna sale.
Noah parece darse cuenta.
—Sophie...
—No tienes que explicármelo.
—Sí tengo.
—No.
—Sí.
—No somos...
Me detengo.
No sé qué palabra usar.
Novios.
Pareja.
Nada.
No somos nada que tenga derecho a exigir explicaciones.
Y, sin embargo, quiero saber.
Muchísimo.
—No tienes que contarme algo que todavía no has decidido —digo finalmente.
Noah me mira.
—Eso es exactamente lo que pasa.
—¿Qué?
—Todavía no he decidido nada.
Asiento.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
—No parece que esté bien.
—¿Qué quieres que haga?
—Nada.
—Entonces nada.
Cojo el portátil.
—Tengo que terminar esto.
Noah se queda frente a mí.
—Sophie.
—¿Qué?
—No te lo estaba ocultando.
Levanto la mirada.
—No he dicho que lo estuvieras.
—Pero lo estás pensando.
—No sé qué estoy pensando.
—Sí lo sabes.
Me quedo callada.
Él suspira.
—Me han hecho una oferta.
Ahí está.
La palabra.
Oferta.
—¿Para qué?
—Un puesto de dirección de proyectos.
—¿En Manchester?
—Sí.
No sé qué decir.
—Es una buena oportunidad —añade.
—¿Quieres aceptarla?
Noah tarda en responder.
—No lo sé.
Eso debería tranquilizarme.
No lo hace.
—¿Cuándo te la han hecho?
—Hoy.
—¿Y ya tienes que decidir?
—No. Me han dado un par de semanas.
Asiento.
Dos semanas.
Me parece muchísimo tiempo.
Y, al mismo tiempo, demasiado poco.
—Vale.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que diga?
—No lo sé.
—Yo tampoco.
Noah me mira durante unos segundos.
—No quiero que pienses que...
—No pienso nada.
—Sophie.
—Noah, de verdad. No tienes que explicarme tus decisiones profesionales.
—No es solo una decisión profesional.
Mi corazón se detiene.
—¿Qué significa eso?
Él abre la boca.
No llega a responder.
Porque Clara aparece por el pasillo.
—Sophie, Victoria te está buscando.
Me separo de la mesa.
—Voy.
Cojo la carpeta.
Antes de salir, miro a Noah.
—Hablamos luego.
Él asiente.
—Sí.
Victoria quiere revisar conmigo la presentación del martes.
Durante una hora hablamos de estrategia, objetivos, presupuesto y posibles preguntas del cliente.
Trabajo.
Me concentro.
Pero una parte de mí sigue en aquella sala.
Manchester.
Una oferta.
Dos semanas.
Noah.
Cuando termino, son casi las siete.
Recojo mis cosas.
Noah no está en su mesa.
Miro el móvil.
No hay mensajes.
Salgo de la oficina.
Y lo encuentro en la entrada.
Está apoyado contra una columna, con el teléfono en la mano.
Cuando me ve, guarda el móvil.
—¿Te vas?
—Sí.
—¿A casa?
—Sí.
—¿Puedo acompañarte?
Dudo.
Después asiento.
Caminamos juntos.
Durante los primeros minutos ninguno habla.
Finalmente soy yo quien rompe el silencio.
—¿Te quieres ir?
Noah se detiene.
—No lo sé.
—Pero es una buena oportunidad.
—Sí.
—¿Y te gustaría?
—Probablemente.
La honestidad me duele.
—¿Manchester?
—Sí.
—Volver.
—No sé si volvería.
—¿Entonces?
—No lo sé, Sophie.
Lo miro.
—Siempre sabes qué hacer.
—No.
—Sí.
—Contigo no.
La frase me deja quieta.
Noah también parece darse cuenta de lo que acaba de decir.
—¿Qué significa eso?
—Que no sé qué decisión tomar porque ahora hay más cosas en juego.
Mi corazón late demasiado rápido.
—¿Qué cosas?
Me mira.
Y durante un segundo creo que va a decirlo.
Que va a decir que yo soy una de esas cosas.
Pero no lo hace.
—Mi vida.
Eso duele.
Aunque sea injusto.
Aunque probablemente no debería.
Asiento.
—Claro.
—Sophie...
—No, está bien.
—No parece estarlo.
—Porque no lo está.
Él da un paso hacia mí.
—No quiero que esto se convierta en algo que tengas que soportar.
—No tienes que preocuparte por mí.
—Eso no es verdad.
—Sí lo es.
—No.
Su voz baja.
—No lo es.
Nos quedamos frente a frente en mitad de la acera.
La ciudad continúa alrededor.
Gente caminando.
Coches pasando.
Una pareja riéndose al otro lado de la calle.
Y nosotros dos, atrapados en una conversación que ninguno sabe terminar.
—Si aceptaras —digo—, ¿cuándo te irías?
—No lo sé.
—Pero podría pasar.
—Sí.
Asiento.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí.
—¿Eso es todo?
—No sé qué quieres que diga, Noah.
—Quiero que me digas lo que estás pensando.
Me río, pero no tiene gracia.
—Estoy pensando que quizá me he acostumbrado demasiado rápido a ti.
Él se queda inmóvil.
—Sophie...
—Y eso no es culpa tuya.
—No he dicho que lo fuera.
—Pero quizá ha sido un error.
La expresión de Noah cambia.
—¿Qué?
—Nada.
—No. Dilo.
—No quiero empezar algo que puede terminar antes de que empiece.
Silencio.
Noah me mira como si acabara de golpearlo.
Y entonces entiendo que quizá he dicho demasiado.
—No estoy diciendo que me vaya —dice.
—Ya.
—Estoy diciendo que me han ofrecido algo.
—Lo sé.
—Y que no sé qué voy a hacer.
—Lo sé.
—Entonces no decidas por mí antes de que yo decida.
La frase me duele.
Porque tiene razón.
—No estoy decidiendo por ti.
—Lo estás haciendo por los dos.
No sé qué responder.
Noah se acerca un poco.
—No quiero que te alejes de mí por una decisión que todavía no existe.
Lo miro.
—Y yo no quiero que te quedes por mí si no quieres quedarte.
Sus ojos cambian.
Durante unos segundos ninguno habla.
—Eso es lo que más miedo me da —admite.
—¿Qué?
—Que si me quedo, algún día pienses que lo hice por ti.
No esperaba eso.
—Nunca te pediría que hicieras algo así.
—Lo sé.
—Entonces...
—Entonces necesito pensar.
Asiento.
—Vale.
Noah extiende la mano.
No para besarme.
No para acercarme.
Solo para coger la mía.
La miro.
Después entrelazo mis dedos con los suyos.
—Piensa —digo.
—Lo haré.
—Pero no desaparezcas.
Su expresión se suaviza.
—No pienso hacerlo.
Nos quedamos así unos segundos.
Después seguimos caminando.
Juntos.
Pero esta vez el silencio pesa.
Esa noche, cuando llego a casa, dejo el bolso en el suelo y me siento en la cama sin quitarme el abrigo.
Manchester.
Una oferta.
Dos semanas.
Noah podría irse.
Y lo peor no es que pueda hacerlo.
Lo peor es que entiendo perfectamente por qué podría querer hacerlo.
Tiene veintisiete años.
Es bueno en su trabajo.
Tiene experiencia.
Es brillante con los clientes.
Tiene una vida entera por delante.
No tiene ninguna obligación de quedarse en una ciudad solo porque yo haya aparecido en ella.
Y yo tampoco quiero ser esa razón.
Cojo el móvil.
Hay un mensaje.
De Noah.
Sonrío a pesar de mí misma.
Los tres puntos aparecen.
Desaparecen.
Vuelven.
Finalmente llega otro mensaje.
Miro la pantalla durante unos segundos.
Dejo el móvil sobre la cama.
Y entonces llega otro.
Lo leo.
Una vez.
Dos.
Tres.
Y, aunque debería tranquilizarme, no lo hace.
Porque ahora sé algo que antes no sabía.
Noah puede elegir quedarse.
Y también puede elegir marcharse.
Por primera vez desde que lo conozco, hay una parte de su vida en la que no puedo hacer nada.
No puedo organizarla.
No puedo controlarla.
No puedo resolverla.
Solo puedo esperar.
Y, quizá por eso, la posibilidad de perderlo me da mucho más miedo que cualquier ascenso que haya perseguido en mi vida.
Me tumbo y apago la luz.
Intento dormir.
Pero solo puedo pensar en una cosa.
Noah todavía no se ha ido.
Y, aun así, ya empiezo a echarlo de menos.