CAPÍTULO 16 #2
Durante una hora revisamos los dos nuevos eventos, distribuimos tareas y analizamos los cambios que Hamilton & Reed quiere incorporar al calendario.
Noah hace exactamente lo que Victoria le ha pedido: aporta información cuando hace falta, cuestiona algunas decisiones y deja que yo tome las definitivas.
Cuando termina la reunión, Clara se acerca a mí.
—¿Estás bien?
—Sí.
Ella me mira.
—No tienes cara de sí.
—Tengo cara de lunes.
—Es martes.
—Peor todavía.
Clara sonríe.
—¿Han decidido lo de la gala?
Asiento.
—Se la queda la otra agencia.
Su expresión cambia.
—Joder.
—Sí.
—Lo siento.
—No pasa nada.
—Sophie.
—De verdad.
Clara duda.
—¿Y tu ascenso?
No respondo.
Ella entiende.
—Ah.
Solo eso.
Ah.
No necesito que diga nada más.
Cuando se marcha, me quedo mirando la pantalla.
La rabia llega entonces.
No antes.
No durante la reunión.
Ahora.
Una rabia silenciosa, fría, que no sé contra quién dirigir.
Contra el proveedor.
Contra Hamilton & Reed.
Contra la otra agencia.
Contra Victoria.
Contra mí.
Y, aunque no quiero admitirlo, una pequeña parte de mí está enfadada con Noah.
No porque haya hecho nada malo.
Precisamente porque no lo ha hecho.
Porque ha estado ahí.
Porque me ha apoyado.
Porque me conoce.
Porque ha visto cuánto quería esto.
Y porque, de repente, me da miedo que esa parte de mí que se está acostumbrando a tenerlo cerca también se esté acostumbrando a necesitarlo.
No puedo permitirme eso.
No ahora.
A las dos y media, Noah aparece con dos cafés.
Lo veo acercarse y, por un segundo, tengo ganas de sonreír.
Después recuerdo la mañana.
—No.
Se detiene.
—¿No qué?
—No necesito café.
—No te lo he preguntado.
—Entonces, ¿por qué lo traes?
—Porque quería darte uno.
—No necesito que me cuides.
La frase sale más seca de lo que pretendía.
Noah se queda quieto.
—No estaba intentando cuidarte.
—¿Entonces qué hacías?
—Darte un café.
—Pues no lo hagas.
Silencio.
Me arrepiento inmediatamente.
Pero él no discute.
Deja el vaso sobre la mesa.
—Vale.
Se da la vuelta.
—Noah.
Se detiene.
No sé qué decir.
—Yo...
Él espera.
—Lo siento.
Asiente.
—Lo sé.
—Estoy enfadada.
—También lo sé.
—Y no sé con quién.
—Probablemente con todo el mundo.
Eso consigue arrancarme una sonrisa mínima.
—Puede.
Noah vuelve a mirarme.
—Puedes estar enfadada conmigo si quieres.
—No estoy enfadada contigo.
—Bien.
—Solo...
Me cuesta decirlo.
—No quiero que me mires como si necesitaras arreglarlo.
—No puedo arreglarlo.
—Ya.
—Y, además, no quiero hacerlo.
Lo miro.
—¿No?
—No.
Se apoya ligeramente en el borde de mi mesa.
—Porque no quiero quitarte algo que necesitas sentir que has conseguido tú.
Bajo la mirada.
—La gala era importante.
—Lo sé.
—Muchísimo.
—Lo sé.
—Y ahora no la tengo.
—No.
La sinceridad me duele.
Pero prefiero eso a que me diga que no importa.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no decirme que da igual.
Noah tarda un segundo.
—No da igual.
Le miro.
—Pero tampoco significa que hayas perdido.
Trago saliva.
—La decisión sobre el ascenso se ha retrasado.
—Sí.
—Eso significa que sí he perdido algo.
Noah asiente.
—Sí.
No intenta negarlo.
Y por alguna razón, eso hace que me resulte más fácil respirar.
—Entonces supongo que toca trabajar.
—Supongo.
Se queda un segundo más.
—¿Y el café?
Miro el vaso.
—Puedes dejarlo.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Y mañana?
—Mañana puedes traerme uno.
Una pequeña sonrisa.
—Vale.
Se marcha.
Yo cojo el vaso.
Está exactamente como me gusta.
Y esta vez no intento convencerme de que no significa nada.
A las seis, la oficina vuelve a vaciarse.
Estoy terminando una presentación cuando Noah aparece en la puerta.
—¿Sigues aquí?
—Sí.
—Yo también.
—Eso lo había deducido.
Entra.
—Victoria se ha ido.
—Bien.
—¿Quieres cenar?
Levanto la mirada.
No esperaba la pregunta.
—¿Ahora?
—Sí.
—No tengo hambre.
—No te he preguntado si tienes hambre.
—No empieces.
—No estoy empezando.
Cierro el portátil.
—¿Dónde?
—En cualquier sitio.
—Eso no es una respuesta.
—Entonces elige tú.
Le miro.
—¿Por qué?
—Porque la última vez elegiste tú.
Recuerdo la pequeña terraza, la lluvia, la primera cita que se convirtió en una reunión improvisada y el momento en que me preguntó si podía besarme.
—Vale.
Cogemos nuestras cosas.
Al salir, el frío de la calle me obliga a subir el cuello del abrigo.
Caminamos juntos.
Esta vez no hablamos del proyecto.
Ni de la gala.
Ni del ascenso.
Hasta que llegamos al restaurante.
Es pequeño, tranquilo y está casi vacío.
Nos sentamos junto a la ventana.
Noah deja la carta sobre la mesa.
—Regla.
—¿Cuál?
—Durante una hora no hablamos de trabajo.
—¿Y si quiero?
—No puedes.
—¿Y si tú quieres?
—Tampoco.
—¿Quién ha decidido eso?
—Yo.
—Qué autoritario.
—Estoy aprendiendo de ti.
Sonrío.
Durante los primeros veinte minutos funciona.
Hablamos de comida, de viajes, de una película horrible que Noah vio tres veces porque le gustaba tanto que era mala, de mi incapacidad para entender cómo alguien puede disfrutar del cilantro y de una discusión absurda sobre quién sobreviviría más tiempo en una isla desierta.
Es fácil.
Demasiado fácil.
Hasta que Noah me pregunta:
—¿Estás mejor?
Sé a qué se refiere.
—Un poco.
—¿Sigues enfadada?
—Sí.
—¿Conmigo?
Niego con la cabeza.
—No.
—¿Con la otra agencia?
—Un poco.
—¿Con Hamilton & Reed?
—Mucho.
—¿Con Victoria?
—No.
—¿Contigo?
No respondo.
No hace falta.
Noah deja los cubiertos.
—Sophie.
—¿Qué?
—No has hecho nada mal.
—No puedes saberlo.
—Sí puedo.
—No.
—Porque estaba allí.
Lo miro.
—Y porque vi cómo lo hiciste.
Me quedo callada.
—El problema es que tú crees que si algo no sale exactamente como querías, significa que no lo hiciste suficientemente bien.
—No siempre.
—Casi siempre.
—Eso no es verdad.
—Vale.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de “tengo razón y los dos lo sabemos”.
—No tengo esa cara.
—La tienes.
Sonríe.
Y, por primera vez desde esta mañana, siento que la presión en el pecho afloja.
—¿Sabes qué es lo peor? —digo.
—¿Qué?
—Que si hubieran perdido la cuenta completa, habría sabido cómo sentirme.
—¿Y ahora?
—Ahora la hemos conservado. Debería estar feliz.
—Pero no lo estás.
—Estoy feliz.
—Y también estás decepcionada.
Asiento.
—Sí.
—Puedes estar las dos cosas.
Lo miro.
—¿Desde cuándo eres tan razonable?
—Desde que tú me obligas.
—No te he obligado.
—Un poco.
Me río.
Y entonces me doy cuenta de algo.
Noah no está intentando borrar lo que siento.
Está dejando que exista.
Y quizá eso es lo que más necesito.
Después de cenar, caminamos despacio.
Noah me acompaña hasta mi calle.
Esta vez no me pregunta si puede besarme.
Yo tampoco se lo pido.
Nos detenemos bajo una farola.
—Gracias por la cena —digo.
—Gracias por venir.
—No tenía muchas ganas.
—Lo sé.
—Eso no ha sonado muy amable.
—No era una crítica.
Sonrío.
Él mete las manos en los bolsillos.
—¿Sabes qué creo?
—No.
—Que esto no es el final de nada.
—¿De la gala?
—De nada.
Lo miro.
—La gala sí se ha terminado para nosotros.
—Sí.
La honestidad vuelve a doler.
—Pero tú sigues aquí.
—Sí.
—Y la cuenta sigue aquí.
—Sí.
—Y tendrás otra oportunidad.
—Eso espero.
Noah da un pequeño paso hacia mí.
No demasiado.
Solo lo suficiente para que el espacio entre nosotros cambie.
—Y yo también.
—¿Tú qué?
—Yo sigo aquí.
Mi corazón late más deprisa.
—Ya lo sé.
—Quería asegurarme.
No sé qué decir.
Así que hago algo que hace unas semanas me habría parecido imposible.
Levanto la mano y le acomodo el cuello de la camisa, que se le ha doblado ligeramente bajo el abrigo.
Es un gesto pequeño.
Casi doméstico.
Cuando retiro la mano, sus ojos siguen los míos.
—Buenas noches, Noah.
—Buenas noches, Sophie.
Doy un paso atrás.
Él no intenta detenerme.
Y eso hace que quiera acercarme otra vez.
Pero no lo hago.
Todavía no.
Subo las escaleras hacia mi casa y, antes de entrar, miro hacia atrás.
Noah sigue allí.
Esperando hasta comprobar que he llegado a la puerta.
Entonces se da la vuelta.
Y se marcha.
Me quedo unos segundos quieta.
Hamilton & Reed sigue siendo nuestra cuenta.
La gala no.
Mi ascenso sigue siendo posible.
Pero ya no tiene la fecha que tenía.
He perdido una oportunidad que llevaba meses esperando.
Y eso duele.
Noah no puede arreglarlo.
Victoria no puede arreglarlo.
Yo tampoco puedo arreglarlo esta noche.
Lo único que puedo hacer es seguir.
Y, quizá por primera vez, empiezo a entender que seguir adelante no siempre significa ganar.
A veces significa aceptar lo que has perdido sin dejar que decida quién eres.
Mañana volveré a la oficina.
Volveré a trabajar.
Volveré a demostrar lo que sé hacer.
Y cuando llegue la próxima oportunidad, no pienso dejar que nadie decida por mí que no estoy preparada.
Ni siquiera yo.