CAPÍTULO 16
Promociones, maletas y decisiones a medias
El martes por la mañana llego a la oficina siete minutos antes de lo habitual.
No porque haya dormido bien. De hecho, he dormido exactamente cuatro horas y media, me he despertado tres veces durante la noche y, en una de ellas, he cometido el error de mirar el móvil por si Hamilton & Reed había respondido al correo que enviamos ayer.
No había nada. Solo un mensaje de Noah preguntándome si había llegado bien a casa, seguido, diez minutos después, por otro en el que añadía que no tenía intención de convertirse en una persona que mandaba mensajes de «¿has llegado?
» cada vez que yo salía de la oficina, pero que aparentemente ya había cruzado esa línea.
Le respondí que sí había llegado bien. Él contestó: «Bien.
Entonces mañana puedes seguir ignorándome profesionalmente».
Yo le escribí: «No prometo nada». Y eso fue todo.
Dos mensajes. Nada importante. Nada que pudiera explicar por qué los he leído cinco veces desde anoche.
Cuando entro en la oficina, Noah ya está allí.
Lo veo al fondo, junto a la máquina de café, con una carpeta bajo el brazo y el teléfono en la mano.
Lleva una camisa azul remangada hasta los antebrazos y tiene esa expresión concentrada que últimamente he aprendido a reconocer como la versión de Noah que aparece cuando algo le importa de verdad.
Levanta la cabeza justo cuando me ve y durante un segundo ninguno dice nada. Después señala mi vaso de café.
—Eso no es café.
Miro el vaso.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué lo llevas?
—Porque necesito fingir que tengo una vida bajo control.
Una pequeña sonrisa aparece en su cara.
—Buenos días, Sophie.
—Buenos días.
Y seguimos cada uno hacia nuestro sitio.
Es ridículo. Después de todo lo que ha pasado, después de las cenas, los casi besos, las conversaciones a media noche y la forma en que hemos empezado a mirarnos cuando creemos que el otro no está mirando, seguimos siendo capaces de mantener una conversación de siete segundos sobre café como si no hubiera nada más.
Quizá eso es precisamente lo que me tranquiliza. O quizá lo contrario.
A las ocho y media, Victoria nos llama a su despacho.
Los tres sabemos por qué.
Hamilton & Reed.
La gala.
La decisión.
Entro detrás de Noah y me siento frente a Victoria. Ella no tiene cara de malas noticias, pero tampoco de buenas noticias. Tiene esa expresión neutral que utiliza cuando todavía está decidiendo qué información merece la pena compartir.
—Han contestado —dice.
Mi espalda se tensa.
—¿Y?
Victoria mira primero a Noah y después a mí.
—Quieren seguir trabajando con nosotros.
Durante un segundo no reacciono.
Es como si mi cerebro necesitara tiempo para procesar las palabras.
—¿La gala? —pregunto.
Victoria hace una pausa.
Demasiado larga.
—No.
La sensación de alivio que acababa de aparecer desaparece antes de que llegue a instalarse.
—¿Qué?
—Quieren mantener la cuenta anual —explica—. Los eventos internos, las acciones de marca y el resto del calendario siguen con nosotros. Pero han decidido que la gala la gestionará la otra agencia.
Noah se queda completamente quieto.
Yo también.
—¿Han decidido... dársela a ellos? —pregunto.
—Sí.
Las palabras me golpean de una forma mucho más física de lo que esperaba.
—Pero han aceptado nuestra propuesta.
—Han aceptado nuestra propuesta para el resto de la cuenta.
Miro la carpeta que Victoria tiene delante.
—¿Y por qué?
Victoria no responde inmediatamente.
—Porque consideran que el problema del proveedor introdujo un nivel de riesgo que no quieren asumir en la gala más importante del año.
Siento que se me encoge el estómago.
—Pero resolvimos el problema.
—Lo resolvisteis.
—La propuesta funcionaba.
—Sí.
—Entonces no entiendo.
Victoria me sostiene la mirada.
—Entiendes perfectamente.
No quiero hacerlo.
No quiero entenderlo.
Porque entenderlo significa aceptar que hicimos todo lo que podíamos hacer y aun así no fue suficiente.
—La otra agencia les ofrece una estructura con un único proveedor y una única responsabilidad operativa —continúa Victoria—. Después de lo que ocurrió, Hamilton & Reed ha decidido que para la gala prefieren pagar más por reducir el riesgo.
Noah habla por primera vez.
—¿Han dicho algo sobre nuestra propuesta?
—Sí. Han dicho que era técnicamente sólida y que vuestra solución era viable.
Lo miro.
Noah no parece sorprendido.
Eso me enfurece un poco.
—Entonces, ¿por qué no la han elegido?
Victoria respira hondo.
—Porque una cosa es que una solución sea viable y otra que el cliente quiera asumir el riesgo de ponerla en práctica.
Silencio.
Miro mis manos.
Hay una parte de mí que quiere discutir.
Quiero decir que no es justo. Que nosotros no provocamos las bajas del proveedor.
Que no podemos controlar que una empresa tenga técnicos disponibles o que su equipo esté comprometido con otro evento.
Quiero recordarles que fuimos nosotros quienes encontramos una alternativa en cuestión de horas, quienes rediseñamos la iluminación, quienes dividimos la producción y quienes nos quedamos hasta casi medianoche preparando una solución que funcionaba.
Pero ninguna de esas cosas cambia la decisión.
Hamilton & Reed no está diciendo que lo hicimos mal.
Está diciendo que, después de ver cómo se complicó todo, ya no quiere que nosotros gestionemos la parte más delicada.
Y eso duele mucho más.
—¿Y la cuenta? —pregunto.
—La mantenemos.
—¿Completa?
—Excepto la gala.
Asiento lentamente.
Victoria abre la carpeta y saca un documento.
—Quiero que entendáis algo antes de seguir. Esto no significa que hayáis perdido la cuenta. De hecho, que hayan decidido mantener el resto del proyecto después de lo ocurrido es una señal bastante clara de que confían en vuestro trabajo.
—Pero no en el mío para la gala.
La frase sale demasiado rápido.
Victoria me mira.
—No exactamente.
—Sí exactamente.
Noah gira ligeramente la cabeza hacia mí.
Victoria se toma unos segundos antes de contestar.
—Sophie, tú has hecho un trabajo excelente. Pero ahora mismo estás intentando convertir una decisión comercial en un juicio sobre tu capacidad. No son lo mismo.
—La gala era la parte que iba a presentar.
—Lo sé.
—Era la parte que podía demostrar que estaba preparada para asumir más responsabilidad.
Victoria no dice nada.
Y eso es respuesta suficiente.
Porque ahí está el coste.
La gala no era solo una gala.
Era mi oportunidad.
Mi escaparate.
El proyecto con el que podía demostrar que podía dirigir algo grande de principio a fin.
Y ahora alguien más lo va a hacer.
—¿Qué significa esto para el ascenso? —pregunto.
Noah me mira.
Victoria también.
Y esta vez la respuesta tarda demasiado.
—Significa que la decisión se retrasa.
Siento un vacío en el pecho.
—¿Cuánto?
—No lo sé.
—¿Victoria?
—No quiero darte una fecha que quizá no pueda cumplir.
—Pero estaba previsto que se revisara después de Hamilton & Reed.
—Sí.
—Y la gala era parte de esa evaluación.
Victoria asiente.
—Era una parte importante.
Cierro los ojos un instante.
Ahí está.
El coste real.
No he perdido mi trabajo.
No he perdido la cuenta.
No he perdido el proyecto.
He perdido el momento que llevaba meses esperando.
Y nadie puede decirme que no importa porque, profesionalmente, importa muchísimo.
—Entendido —digo.
Victoria me observa.
—No quiero que salgas de aquí pensando que has fracasado.
Abro los ojos.
—No lo pienso.
Es mentira.
Y creo que ella lo sabe.
—Quiero que salgas de aquí entendiendo que esto no termina hoy —dice—. Hamilton & Reed sigue siendo vuestra cuenta. Tendrás otras oportunidades para demostrarlo.
Asiento.
—Vale.
Victoria mira a Noah.
—Y tú.
—¿Sí?
—No intentes arreglar esto.
Él frunce ligeramente el ceño.
—No iba a hacerlo.
Victoria lo mira como si no le creyera del todo.
—Bien.
Se levanta.
—Porque si Sophie quiere demostrar que está preparada, tiene que hacerlo sin que tú conviertas cada problema en una oportunidad para protegerla.
Noah asiente.
—Lo entiendo.
Victoria abre la puerta.
—Bien. Entonces trabajad.
Salimos.
Durante todo el pasillo no digo una palabra.
Noah tampoco.
Llegamos a mi mesa.
Dejo la carpeta encima.
—Bueno.
Él se queda de pie frente a mí.
—Sophie...
—No.
Levanta las manos ligeramente.
—No iba a decir nada.
—Gracias.
Me siento.
Enciendo el ordenador.
Él sigue ahí.
—¿Qué?
—Nada.
—No me mires así.
—¿Así cómo?
—Como si estuvieras esperando que me derrumbe.
—No estoy esperando eso.
—Pues parece.
Noah baja la mirada.
—Lo siento.
Levanto la cabeza.
—¿Por qué?
—Por nada concreto.
—Entonces no lo hagas.
—¿Hacer qué?
—Sentirte culpable.
Su expresión cambia.
—No me siento culpable.
—Sí.
—No.
—Noah.
Se queda callado.
Y entonces lo entiendo.
No se siente culpable porque piense que la decisión fue culpa suya.
Se siente culpable porque sabe cuánto significaba para mí.
—No quiero que hagas esto —digo.
—¿El qué?
—Que intentes cargar con algo que no es tuyo.
—No estoy cargando con nada.
—Bien.
—Pero sí estoy aquí.
Lo miro.
—Ya lo sé.
—Entonces déjame estar aquí.
No sé qué responder.
Así que abro el correo.
—Tenemos una cuenta que sacar adelante.
Noah asiente.
—Sí.
—Y un montón de trabajo.
—Muchísimo.
—Entonces trabaja.
—Eso puedo hacerlo.
Se marcha.
Y durante los siguientes treinta minutos consigo concentrarme.
Hasta que aparece un correo de Hamilton & Reed.
De: Hamilton & Red
Asunto: Next Steps — Annual Account.
Lo abro.
Leo los puntos.
Dos nuevos eventos.
Una presentación de estrategia para el trimestre siguiente.
Una reunión con dirección.
Y una frase que me obliga a releerla.
La coordinación general continuará bajo la responsabilidad de Sophie Hayes.
Me quedo mirando la pantalla.
La cuenta sigue siendo mía.
La gala no.
La contradicción me resulta insoportable.
A las once y cuarto tenemos una reunión con el equipo creativo.
No debería importarme tanto.
Pero me importa.
Porque ahora cada pequeño proyecto parece una prueba.
Cada correo.
Cada reunión.
Cada decisión.
Noah se sienta al otro lado de la mesa.
No intenta hacerme sentir mejor.
Y se lo agradezco.
Trabajamos.