CAPÍTULO 15 #3
Les cuento exactamente qué ocurrió con el proveedor original, sin intentar esconderlo ni minimizarlo.
Les explico que las bajas de los técnicos y la indisponibilidad de parte del equipo de iluminación hicieron imposible mantener el montaje original con un único proveedor, pero que eso no significa que el evento haya dejado de ser viable.
Les presento la nueva distribución de responsabilidades, los controles que hemos añadido y el plan de contingencia.
Noah interviene únicamente cuando la conversación llega a producción.
No habla por mí.
No corrige mis respuestas.
No completa mis frases.
Cuando me preguntan por qué deberían confiar en que varios proveedores funcionen mejor que uno, respondo yo.
—Porque no estamos intentando sustituir una pieza rota por otra idéntica.
Estamos cambiando la estructura para que el problema que hemos tenido no vuelva a convertirse en un punto único de fallo.
Además, nosotros ya conocemos el proyecto, los tiempos, las prioridades y las decisiones que hemos tomado hasta ahora.
Cambiar de agencia a estas alturas tendría un coste operativo que quizá no sea evidente en la primera propuesta.
La directora de marketing permanece en silencio unos segundos.
—¿Y si volvemos a tener un problema?
Respiro.
—Entonces seremos nosotros quienes respondamos por él.
Noah me mira.
Solo un instante.
Pero lo veo.
Orgullo.
No lástima.
No preocupación.
Orgullo.
—Eso es lo que quería escuchar —dice la directora.
La reunión continúa diez minutos más.
Cuando termina, no tenemos una confirmación definitiva.
Pero tampoco hemos perdido la gala.
Hamilton & Reed quiere veinticuatro horas para revisar ambas propuestas.
Veinticuatro horas.
No es una victoria.
Pero tampoco es una derrota.
Cuando la pantalla se apaga, me dejo caer contra el respaldo de la silla.
Victoria cierra su carpeta.
—Bien.
La miro.
—¿Bien?
—Bien.
—¿Eso es todo?
—¿Quieres que te dé un discurso?
—No.
—Entonces sí. Bien.
Miro a Noah.
Él está recogiendo sus cosas.
—¿Y tú? —pregunto.
Me mira.
—¿Yo qué?
—¿Nada que decir?
—Sí.
Se acerca a mi mesa y deja el café vacío en la papelera.
—Has estado muy bien.
Siento que algo dentro de mí se calma.
—Gracias.
—Y antes de que lo preguntes, no, no voy a decirte que todo va a salir bien.
—Gracias a Dios.
—Pero sí voy a decirte que, pase lo que pase mañana, has hecho exactamente lo que tenías que hacer.
Lo miro.
—¿Y qué pasa con nosotros?
La pregunta sale antes de que pueda detenerla.
Noah se queda quieto.
Victoria sigue en la sala, así que no podemos tener esa conversación de verdad.
Pero los dos sabemos qué significa.
—Eso —dice él— lo hablamos fuera de aquí.
Victoria levanta una ceja.
—Por una vez, estoy de acuerdo.
Los dos la miramos.
Ella recoge su bolso.
—Y, por favor, intentad que no tenga que volver a encontraros a punto de besaros en la puerta de la oficina.
Me quiero morir.
Noah se ríe.
Victoria sale de la sala.
Yo escondo la cara entre las manos.
—No puedo trabajar aquí.
—Yo sí.
—Cállate.
—Lo intento.
Levanto la cabeza.
Está mirándome.
Ya no hay una pantalla entre nosotros.
Ni una presentación.
Ni un cliente.
Solo él.
Y yo.
—¿Te arrepientes? —pregunta.
Sé exactamente a qué se refiere.
La cena.
El casi beso.
El no esta noche.
La forma en que todo se ha complicado desde entonces.
Niego lentamente con la cabeza.
—No.
Él respira hondo.
—Yo tampoco.
Durante unos segundos ninguno se mueve.
Podría acercarme.
Podría hacerlo.
Esta vez no hay lluvia, ni una llamada, ni Victoria entrando por una puerta.
Solo tengo que dar un paso.
Y quizá por eso no lo doy.
Porque ahora entiendo que el primer beso no debería suceder porque estamos agotados, porque acabamos de superar una crisis o porque llevamos semanas esperando.
Quiero que ocurra porque lo elijo.
No porque todo lo demás nos haya empujado hasta allí.
Noah parece entenderlo.
—Entonces mañana —dice.
—¿Mañana qué?
—Seguimos con esto.
—¿Con el proyecto?
Me mira durante un segundo.
—Con todo.
Y esta vez no necesito preguntarle qué significa.
Sonrío.
—Vale.
Él coge su chaqueta.
—Te acompaño a casa.
—Puedo ir sola.
—Ya lo sé.
—Entonces...
—Entonces quiero acompañarte.
Y esa diferencia, tan pequeña y tan sencilla, consigue que deje de discutir.
Salimos juntos de la oficina.
No nos damos la mano.
No nos besamos.
Ni siquiera caminamos especialmente cerca.
Pero cuando llegamos al ascensor, nuestras manos se rozan.
Ninguno se aparta inmediatamente.
Es solo un segundo.
Un roce casi accidental.
Pero esta vez no siento miedo.
Siento elección.
Y mientras las puertas del ascensor se cierran delante de nosotros, entiendo algo que me habría parecido imposible hace apenas unas semanas.
No sé si vamos a conseguir la gala.
No sé si voy a conseguir el ascenso.
No sé qué va a pasar mañana.
Y, por primera vez en mucho tiempo, no necesito saberlo todo.
Porque hay cosas que no puedo controlar.
Y quizá querer a alguien sea una de ellas.
Lo único que sí puedo decidir es si quiero seguir avanzando.
Miro a Noah.
Él me devuelve la mirada.
Y avanzo.