CAPÍTULO 15 #2
A las nueve y cuarto ya tenemos una estructura. A las diez, una primera solución. A las diez y veinte, una llamada con el nuevo proveedor de iluminación.
La llamada empieza bien.
Termina bastante peor.
Noah cuelga y se queda unos segundos mirando la pantalla.
—Tenemos un problema.
—¿Otro?
—Uno pequeño.
—Eso es lo que dices antes de contarme uno enorme.
—No quería asustarte.
—No me asusto.
Me mira.
—Sophie.
—Vale. Me asusto un poco.
Eso consigue que sonría, aunque apenas.
—El proveedor puede cubrir sonido y producción, pero no tiene suficiente iluminación para el diseño original.
Miro el plano.
—Entonces quitamos parte de la iluminación.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es uno de los elementos que más impacto tiene en la gala. Si eliminamos la iluminación principal, la propuesta visual pierde buena parte de lo que la hace diferente.
—Entonces cambiamos el diseño.
—Eso puede funcionar.
—¿Puede?
—Sí.
—¿Estás seguro?
Noah se queda callado unos segundos.
—No.
Lo miro.
—¿Perdona?
—No estoy seguro. Pero creo que podemos hacerlo.
—Eso es muy diferente.
—Ya.
—Necesito que estés seguro.
—Y yo necesito que aceptes que ahora mismo no podemos tener seguridad absoluta.
La frase me golpea más de lo que debería.
Porque no está hablando solamente del evento.
Lo sé.
Y él también.
—No es lo mismo —digo.
—No.
—Esto es trabajo.
—Lo sé.
—Aquí necesitamos saber qué estamos haciendo.
—También lo sé.
—Noah...
Él se reclina en la silla.
—¿Qué quieres que te diga?
No respondo.
—¿Que va a salir bien? —continúa—. No puedo prometerte eso. ¿Que no vamos a perder la gala? Tampoco. ¿Que tengo una solución perfecta? No la tengo.
Su voz no sube, pero la tensión sí.
—Entonces necesito que encontremos una.
—Eso es exactamente lo que estoy intentando hacer.
—Pues no parece suficiente.
Silencio.
Lo sé en cuanto lo digo.
Sé que me he pasado.
Noah también.
Pero ninguno retrocede inmediatamente.
—No puedes pedirme que garantice algo que no puedo garantizar —dice finalmente.
—No te estoy pidiendo eso.
—Sí. Me lo estás pidiendo.
—Te estoy pidiendo que no te comportes como si todo fuera a salir bien.
—Y yo te estoy diciendo que no me estoy comportando así.
—Pues no lo parece.
Noah aparta la mirada.
Durante un momento creo que va a discutir.
No lo hace.
Cierra el portátil.
—Necesito cinco minutos.
Se levanta.
Lo observo alejarse hacia la puerta.
Y me odio un poco.
Porque sé perfectamente qué acaba de pasar.
No he discutido con mi compañero.
He discutido con Noah.
Y eso es mucho más peligroso.
Los cinco minutos se convierten en ocho.
Cuando vuelve, trae dos cafés.
Deja uno delante de mí.
—No sabía si querías.
Lo miro.
—Gracias.
Se sienta.
No dice nada más.
Abro el café.
Es exactamente como me gusta.
Y, por alguna razón, ese pequeño gesto me duele más que la discusión.
—Antes...
Noah levanta la mirada.
—Lo siento.
Él tarda un segundo en responder.
—Yo también.
—No quería decir que no estuvieras haciendo suficiente.
—Ya lo sé.
—No parecía.
—Lo sé.
Bajo la mirada hacia el café.
—Estoy asustada.
La confesión sale tan baja que casi no la reconozco como mía.
Noah no hace ningún comentario. Solo espera.
—Quiero esta cuenta —continúo—. Muchísimo. Y después de todo lo que ha pasado, no quiero que Victoria piense que no puedo manejarla. No quiero que Hamilton & Reed piense que somos una agencia que no puede resolver un problema. Y tampoco quiero que todo esto termine afectando a mi promoción.
Noah asiente lentamente.
—Lo entiendo.
—Y ahora mismo siento que si perdemos la gala, todo lo demás se puede venir abajo.
—No creo que sea así.
—No necesitas decirme que no.
—No te lo digo para tranquilizarte.
Lo miro.
—¿Entonces?
—Te lo digo porque no es verdad.
Se inclina ligeramente hacia delante.
—La gala es importante. Muchísimo. Pero tú no eres la gala. La cuenta tampoco depende de una sola decisión. Y tu trabajo de las últimas semanas no desaparece porque un proveedor falle.
Me quedo callada.
—No quiero que pienses que tienes que salvarlo todo —añade—. Ni siquiera conmigo.
Siento un nudo en la garganta.
—No estoy intentando salvarte.
—Lo sé.
—Estoy intentando salvar mi trabajo.
—También lo sé.
—Entonces deja de decir cosas que hacen que parezca que me conoces demasiado.
Una pequeña sonrisa aparece en su rostro.
—No puedo prometerte eso.
Esta vez sí sonrío.
Y la tensión entre nosotros cambia.
No desaparece.
Pero deja de doler.
A las once y veinte tenemos una propuesta.
No es perfecta.
Pero es buena.
Hemos rediseñado parte de la iluminación para que el nuevo proveedor pueda ejecutarla sin perder el efecto visual principal.
Hemos dividido la producción entre tres equipos con responsabilidades perfectamente delimitadas, reducido determinados costes sin tocar la experiencia del cliente y añadido un plan de contingencia para las áreas críticas.
Además, hemos conseguido mantener la dirección creativa original.
Mi dirección.
La propuesta que empezó como una idea en una sala de reuniones hace semanas y que ahora puede convertirse en la razón por la que Hamilton & Reed decida quedarse.
A las once y cuarenta y cinco, entramos en la videollamada.
Victoria está con nosotros.
Del otro lado aparecen tres personas de Hamilton & Reed.
La directora de marketing habla primero.
—Tenemos que ser sinceros. La propuesta de la otra agencia nos ofrece una solución muy sencilla. Ellos asumirían la gala completa y nosotros no tendríamos que gestionar varios proveedores.
Mi corazón se acelera.
—Lo entiendo —respondo—. Y precisamente por eso hemos querido plantear una alternativa que mantenga el control del proyecto sin obligaros a cambiar de agencia.
Le explico la estructura.