CAPÍTULO 15
El arte de improvisar cuando todo se cae
El lunes por la mañana, Hamilton & Reed nos espera con una decisión que puede cambiarlo todo.
Lo sé antes incluso de entrar en la sala de reuniones.
Lo noto en la forma en que Victoria camina por el pasillo con el móvil en la mano y el ceño ligeramente fruncido, en que Noah llega cinco minutos antes de la hora acordada y, por una vez, no hace ningún comentario sobre mi café, sobre mi cara de sueño ni sobre el hecho de que llevo diez minutos revisando el mismo documento.
Pero, sobre todo, lo noto en el silencio extraño que se instala entre nosotros cuando nos sentamos frente a la pantalla.
Hace apenas dos días estábamos en una pequeña terraza cubierta por la lluvia, compartiendo una cena que empezó como una cita y terminó convertida en una reunión improvisada porque uno de nuestros proveedores decidió darnos el peor tipo de sorpresa posible.
No fue exactamente que desapareciera, aunque durante unas horas se sintió así.
El viernes por la tarde, el proveedor principal que teníamos contratado para la gala nos confirmó que dos de sus técnicos de producción, ambos imprescindibles para el montaje, habían sufrido una baja inesperada y no podrían trabajar el día del evento.
Al principio parecía un problema solucionable.
El proveedor nos aseguró que buscaría sustitutos, pero cuando empezó a revisar disponibilidad descubrió algo peor: parte de su equipo de iluminación profesional ya estaba comprometido con otro evento esa misma noche y no podía garantizar que tuviera material suficiente para cubrir nuestro diseño original.
El sábado por la mañana llegó la confirmación definitiva.
Podían mantener el servicio de sonido y parte de la producción, pero no podían comprometerse con toda la iluminación ni con el equipo técnico necesario para ejecutar el montaje tal y como estaba planteado.
Nos ofrecieron buscar una empresa externa que cubriera las funciones que ellos no podían asumir, pero eso significaba añadir un segundo proveedor, aumentar la coordinación y, sobre todo, asumir un coste que no estaba contemplado en el presupuesto aprobado.
Y entonces Hamilton & Reed se enteró.
Antes de que nosotros pudiéramos presentar una solución cerrada, otra agencia aprovechó el problema para hacer exactamente lo que haría cualquier competidor que detectara una grieta: ofreció hacerse cargo de la gala completa.
Una sola empresa. Un solo contrato. Un solo equipo.
Sin tener que dividir responsabilidades ni gestionar dos proveedores distintos.
La clase de propuesta que suena perfecta cuando alguien está preocupado por perder el control de un evento importante.
Ahora estamos sentados a menos de un metro de distancia, con tres carpetas abiertas, dos portátiles encendidos y una cuenta que podría dejar de ser nuestra antes de que llegue la hora de comer.
—Han recibido una propuesta de otra agencia esta mañana —dice Victoria finalmente.
Noah levanta la mirada.
Yo dejo el bolígrafo sobre la mesa.
—¿La gala? —pregunto.
Victoria asiente.
—La gala.
Durante un segundo nadie dice nada.
La palabra parece quedarse flotando entre nosotros con un peso mucho mayor del que debería tener.
No estamos hablando de un evento cualquiera.
La gala es la parte más visible de la cuenta de Hamilton & Reed, el proyecto para el que llevamos semanas preparando proveedores, concepto, producción, invitados, patrocinadores y una propuesta que, hasta hace cuarenta y ocho horas, parecía prácticamente cerrada.
Ahora una incidencia técnica que no provocamos nosotros ha abierto la puerta a que otra agencia intente quedarse con una parte fundamental del proyecto.
—¿Qué quieren exactamente? —pregunta Noah.
Victoria desliza el móvil sobre la mesa y nos enseña el correo.
—Una solución integral. Producción, montaje, coordinación y dirección creativa de la gala. Han aprovechado el problema del proveedor para plantear que ellos pueden asumirlo todo sin que Hamilton & Reed tenga que preocuparse por las incidencias.
Leo el correo dos veces.
No porque no lo entienda.
Porque entiendo perfectamente lo que significa.
—Quieren quitarnos la gala —digo.
—Quieren que Hamilton & Reed considere quitarnos la gala —corrige Victoria—. No es lo mismo.
Noah se inclina hacia delante.
—¿Y qué ha dicho el cliente?
—Que quiere ver nuestra alternativa antes de decidir.
Siento que algo dentro de mí se afloja ligeramente. Solo un poco. Lo suficiente para poder respirar.
Victoria nos mira a los dos.
—Tenemos hasta las doce.
Miro el reloj.
Son las ocho y siete.
—Cuatro horas.
—Tres horas y cincuenta y tres minutos —corrige Victoria—. Y antes de que empecéis a hacer magia con números, quiero dejar una cosa clara.
Sé exactamente lo que viene.
—Esto no se arregla con un descuento —continúa—.
Si intentáis ganarles bajando precio, perdemos.
Ellos están ofreciendo tranquilidad. Tenemos que demostrar que nosotros podemos ofrecer algo mejor: conocimiento del proyecto, continuidad y una solución que no obligue a Hamilton & Reed a empezar de cero.
Noah asiente lentamente.
Yo cierro el correo.
—Entonces tenemos que demostrarles que el problema del proveedor no cambia lo que podemos hacer.
Victoria me mira.
—Exactamente.
Hace una pausa antes de añadir:
—Y quiero que lo lideres tú.
Mi estómago da un vuelco.
Noah no dice nada.
Victoria continúa:
—Noah se ocupará de producción y proveedores. Tú presentarás la solución al cliente. Pero quiero que quede claro que esta vez no vais a trabajar como si uno pudiera cubrir al otro. Cada uno responde de su parte.
No sé si lo dice por la cuenta o por nosotros.
Probablemente por ambas cosas.
—Entendido —respondo.
Victoria se levanta.
—Tenéis tres horas. Quiero una propuesta cerrada a las once y media. A las doce estamos con Hamilton & Reed.
Cuando sale de la sala, cierro los ojos durante un segundo.
Noah permanece en silencio.
Abro el portátil.
—Vale.
—Vale.
—No tenemos tiempo para entrar en pánico.
—Tú sí puedes entrar en pánico si quieres. Yo prometo no contárselo a nadie.
Lo miro.
Ahí está.
Ese tono.
El que había echado de menos durante los últimos días.
—No empieces.
—No he empezado nada.
—Te conozco.
—Eso es peligroso.
A pesar de mí misma, sonrío. Muy poco, pero él lo ve.
Siempre lo ve.
—Tenemos que trabajar —digo.
—Lo sé.
Noah se acerca a la pantalla y empieza a revisar la documentación del proveedor.
Durante los siguientes cuarenta minutos apenas hablamos de nada que no tenga que ver con trabajo.
Y, extrañamente, eso me tranquiliza. Porque trabajar con Noah es fácil.
Demasiado fácil. Incluso ahora, cuando cada decisión parece tener el peso de una cuenta entera.
Mientras yo reviso la propuesta creativa, él llama a los proveedores que tenemos disponibles.
El primero puede cubrir el montaje, pero no tiene técnicos suficientes para el día de la gala.
El segundo tiene personal, pero no puede garantizar el equipo de iluminación que necesitamos.
El tercero puede asumir prácticamente todo, pero el presupuesto que nos ofrece nos deja muy por encima de la cifra que Hamilton & Reed aprobó.
—¿Cuánto? —pregunto.
Noah gira el portátil hacia mí.
Veo la cifra.
—Eso nos deja fuera del presupuesto.
—Sí.
—Bastante fuera.
—También.
Me paso una mano por el pelo.
—Entonces no sirve.
—No necesariamente.
Levanto la mirada.
—Noah.
—Escúchame antes de matarme.
—No prometo nada.
Señala la tabla que tiene delante.
—El problema es que estamos intentando sustituir al proveedor original por otro que haga exactamente lo mismo.
Si buscamos una empresa que pueda asumir de golpe sonido, iluminación, montaje, desmontaje y producción completa, vamos a pagar muchísimo más porque estamos comprando una solución integral de emergencia.
—¿Y qué propones?
Noah abre el plano del evento.
—Dividir las funciones.
Lo miro.
—Explícame.
—Mantenemos al proveedor original para todo lo que todavía puede cubrir.
Ellos se quedan con sonido y parte de la producción porque eso sí pueden garantizarlo.
Para montaje y desmontaje buscamos una empresa local que pueda entrar antes.
Y para iluminación contratamos un proveedor especializado que solo se ocupe de esa parte.
—Eso significa tres equipos.
—Sí.
—Tres contratos.
—Sí.
—Tres posibilidades de que alguien se equivoque.
—También.
—¿Y eso te parece una solución?
—Me parece una solución más barata y más controlable que entregar la gala entera a una agencia nueva cuatro semanas antes del evento.
Tiene sentido.
Odio que tenga sentido.
—El problema es la coordinación —digo.
—Ahí entro yo.
—No puedes estar en todas partes.
—No necesito estar en todas partes. Necesito estar donde importe.
Señala el plano y empieza a explicarme cómo dividiría las ventanas de acceso, qué proveedor entraría primero, qué elementos deberían quedar montados antes de que llegara el segundo equipo y qué puntos tendríamos que revisar personalmente. Mientras habla, me doy cuenta de que no está improvisando.
Está pensando en el evento completo.
No en cómo salvar una pieza.
En cómo hacer que todas las piezas encajen.
—¿Y si no funciona? —pregunto cuando termina.
Noah deja de hablar.
—Entonces buscamos otra cosa.
—No tenemos mucho margen para buscar otra cosa.
—Lo sé.
—Podríamos perder la gala.
—Lo sé.
Su respuesta es tan tranquila que me irrita.
—¿Y no te preocupa?
Noah me mira directamente.
—Muchísimo.
La respuesta me desarma un poco porque no parece despreocupado. Parece decidido. Y hay una diferencia enorme.
—Entonces ¿por qué estás tan tranquilo?
—Porque si me pongo nervioso ahora, tú vas a ponerte más nerviosa y tendremos dos personas bloqueadas en vez de una.
—Eso es muy arrogante.
—Probablemente.
—Y muy típico de ti.
—También.
Bajo la mirada para que no vea que estoy sonriendo.
Seguimos trabajando.