CAPÍTULO 14 #4
El hombre que acaba de pasar media hora pensando en cómo salvar una cuenta conmigo y que, aun así, ha tenido cuidado de no convertir nuestra primera cita en una reunión.
—Dividimos —digo finalmente.
—Vale.
—Pero la próxima invitas tú.
Noah levanta una ceja.
—¿Próxima?
Me doy cuenta demasiado tarde.
—No he dicho eso.
—Lo acabas de decir.
—He dicho que la próxima vez que comamos juntos.
—Eso sigue siendo una próxima.
—Noah.
—Estoy disfrutando demasiado de esto.
Pago mi parte antes de que pueda seguir hablando.
Cuando salimos del restaurante, la lluvia ha aumentado.
Noah abre el paraguas.
—Ven.
Me acerco.
Caminamos juntos bajo el mismo paraguas hasta el coche. Esta vez nuestros hombros se rozan más veces de las que puedo contar y ninguno se aparta.
—¿Sabes qué? —digo.
—¿Qué?
—Creo que esta ha sido una cita bastante mala.
Noah me mira.
—¿Por qué?
—Nos han dado un problema de trabajo en mitad de la cena.
—Eso no ha sido culpa nuestra.
—Hemos hablado de trabajo durante más de media hora.
—Treinta y cuatro minutos.
—Lo has contado.
—Claro.
Me río.
Llegamos al coche.
Antes de abrirme la puerta, Noah se queda frente a mí.
La lluvia golpea el paraguas.
—A mí me ha gustado.
—¿La cita?
—Sí.
—¿Incluso con el problema?
—Especialmente con el problema.
Frunzo el ceño.
—¿Por qué?
Noah tarda un segundo en responder.
—Porque hemos tenido una razón perfecta para convertirla en una reunión y, aun así, hemos conseguido seguir siendo nosotros.
Me quedo callada.
Tiene razón.
—Además —añade—, ahora sé que cuando estás nerviosa haces esa cosa con el bolígrafo.
—¿Qué cosa?
—Lo giras entre los dedos.
Miro mi mano.
No tengo ningún bolígrafo.
—No lo hago.
—Lo haces.
—No.
—Sí.
—Te estás inventando cosas.
—Llevo meses observándote, ¿recuerdas?
La frase vuelve a mi cabeza.
Pero esta vez no me asusta.
Me gusta.
—Entonces tendrás que seguir observando.
Noah deja de sonreír durante un instante.
—¿Eso es una invitación?
—Puede.
—Sophie.
—¿Qué?
Se acerca un poco.
No demasiado.
Lo suficiente para que mi corazón empiece a latir más rápido.
—¿Puedo besarte?
La pregunta se queda entre nosotros.
Podría decir que sí.
Una parte de mí quiere hacerlo.
Muchísimo.
Pero miro la lluvia, el coche, el restaurante a nuestras espaldas y pienso en lo que acaba de pasar.
Nuestra primera cita ha sido un caos.
Ha habido llamadas, proveedores, clientes, presupuestos y una posible crisis de proyecto.
Y, aun así, estoy feliz.
No quiero que nuestro primer beso sea algo que ocurra porque por fin encontramos cinco minutos tranquilos entre dos problemas.
Quiero elegirlo.
De verdad.
Así que sonrío.
—No esta noche.
Noah asiente inmediatamente.
No parece decepcionado.
Solo me mira con esa calma que últimamente empieza a gustarme demasiado.
—Vale.
—¿No vas a insistir?
—No.
—¿Ni siquiera un poco?
—No.
—Bien.
—Pero voy a preguntarte otra vez.
—¿Cuándo?
Sonríe.
—Cuando crea que estás preparada.
Siento algo cálido en el pecho.
—Eso puede tardar.
—Tengo paciencia.
—No parecía.
—Contigo sí.
La respuesta me deja sin palabras.
Subo al coche.
Él cierra la puerta.
Cuando se coloca al volante, me mira.
—¿Te arrepientes?
—¿De qué?
—De haberme invitado.
Miro por la ventana.
Pienso en la noche.
En la conversación.
En las risas.
En el problema.
En la manera en que hemos conseguido trabajar juntos sin que él intente salvarme ni yo necesite controlarlo todo.
—No.
—¿Segura?
Lo miro.
—Sí.
Noah arranca.
Durante unos minutos ninguno habla.
La lluvia golpea el parabrisas y las luces de la ciudad se reflejan en el cristal.
Finalmente digo:
—Mañana a las ocho.
—A las ocho.
—Tenemos que llegar con una propuesta.
—La tendremos.
—Y si Hamilton & Reed decide llevarse la gala...
Noah me mira brevemente.
—Entonces lo afrontaremos.
—¿Juntos?
La pregunta sale antes de que pueda detenerla.
Él sonríe.
—Si quieres.
Miro hacia delante.
—Quiero.
No dice nada.
No hace falta.
Porque por primera vez no estoy hablando solo del proyecto.
Y creo que él lo sabe.
Cuando llego a casa, son casi las once.
Me quito la chaqueta y la dejo sobre una silla, dejo el bolso en el suelo y me quedo quieta en mitad del salón.
Ha sido una cita extraña.
No ha salido como la imaginé.
No hemos terminado besándonos.
Ni siquiera hemos conseguido pasar toda la noche sin hablar del trabajo.
Pero no me siento decepcionada.
Me siento...
Feliz.
La palabra aparece en mi cabeza y me asusta un poco.
No porque sea demasiado grande.
Sino porque es demasiado sencilla.
Estoy feliz.
Con él.
El teléfono vibra.
Es Noah.
Sonrío.
Los tres puntos aparecen.
Frunzo el ceño.
Su respuesta llega enseguida.
Me río.
Tarda unos segundos.
Y entonces llega otro mensaje.
Me quedo mirando la pantalla.
No sé si se refiere a la cuenta, a la cena o a algo mucho más peligroso.
Probablemente a las tres cosas.
Sonrío.
Apago el teléfono.
Y mientras me preparo para dormir, pienso en lo que ha pasado esta noche.
No hemos resuelto el problema.
Mañana tendremos que enfrentarnos a Hamilton & Reed, a un proveedor que nos ha fallado y a una agencia que quiere quedarse con una parte importante de nuestra cuenta.
Pero por primera vez desde que empezó todo, no siento que tenga que saber exactamente cómo va a terminar.
Sé algo más importante.
Cuando las cosas se complican, Noah no intenta ocupar mi lugar.
No intenta salvarme.
No intenta decidir por mí.
Se queda.
Y quizá eso sea lo que más me asusta.
Porque empiezo a pensar que quiero que siga haciéndolo.
No solo cuando estamos trabajando.
También cuando no haya ningún proyecto que nos obligue a estar juntos.
Cierro los ojos.
Mañana tenemos que salvar la gala.
Pero esta noche he dado otro paso.
No he besado a Noah.
No he dicho que estoy enamorada.
No he prometido nada.
Solo he elegido un restaurante, he reservado una mesa, he dejado que una cita se complicara sin salir corriendo y, cuando todo terminó, le he dicho que quiero volver a verlo.
Para alguien que siempre necesita saber qué viene después, quizá sea suficiente.
Por ahora.