No te soporto CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

No sé qué responder.

Por suerte, el camarero aparece para preguntarnos si queremos pedir.

Estamos revisando la carta cuando el teléfono de Noah vibra sobre la mesa.

Él lo mira.

No lo coge.

La pantalla vuelve a iluminarse.

Esta vez puedo leer el nombre.

Victoria.

Los dos nos quedamos quietos.

—No tienes que cogerlo —digo.

—Probablemente sí.

—Es nuestra primera cita.

—Lo sé.

Mira el teléfono otra vez.

La llamada termina.

Un segundo después llega un mensaje.

Noah lo abre.

Su expresión cambia.

No es miedo.

Es concentración.

—¿Qué pasa?

—No lo sé todavía.

—¿Victoria?

Asiente.

—Me ha escrito que hay un problema con Hamilton & Reed.

Siento cómo desaparece inmediatamente la ligereza que había entre nosotros.

—¿Qué tipo de problema?

—No lo especifica.

Me incorporo.

—Llama.

Noah me mira.

—Sophie.

—¿Qué?

—Estamos cenando.

—Ya.

—Y esto no es nuestra mesa de reuniones.

—Lo sé.

—Entonces podemos esperar cinco minutos.

Lo miro.

Tiene razón.

Y, por primera vez, entiendo que no quiero que esta noche se convierta en otra noche de trabajo.

—Vale.

Dejo el teléfono sobre la mesa.

—Cinco minutos.

Él sonríe ligeramente.

—Trato hecho.

Intentamos continuar la conversación.

No funciona.

A los tres minutos llega otro mensaje.

Esta vez de Victoria para los dos.

Mi estómago se encoge.

La gala.

Es uno de los eventos principales de la cuenta, no una cena corporativa cualquiera.

La pieza más importante de toda la propuesta.

La que justificaría buena parte del presupuesto y, para mí, la que podía demostrar que estaba preparada para asumir una cuenta de este tamaño.

Si la perdemos, no solo perdemos dinero.

Perdemos una parte importante de la confianza que Hamilton & Reed acaba de depositar en nosotros.

Y aunque intento mantener la calma, mi cabeza empieza a calcular inmediatamente las consecuencias.

—No puede ser —murmuro.

Noah deja el teléfono boca abajo.

—Mañana lo veremos.

—Pero si el proveedor no puede garantizar la fecha...

—Sophie.

—Tenemos que saber por qué.

—Mañana.

Lo miro.

—¿No te preocupa?

—Muchísimo.

—No lo parece.

—Porque estoy intentando que nuestra primera cita no termine con una hoja de cálculo.

A pesar de todo, se me escapa una pequeña risa.

—Esto no tiene gracia.

—Un poco sí.

—Noah.

—Lo siento.

Me mira.

—Mañana lo solucionaremos.

Vuelve a coger la carta.

—¿Qué vas a pedir?

Lo miro.

—¿En serio?

—Sí.

—Podríamos estar perdiendo una parte del proyecto.

—Y mañana seguiremos teniendo un problema que resolver.

—Pero esta noche...

—Esta noche tenemos una cita.

La palabra me golpea de una manera extraña.

Una cita.

No una reunión.

No un proyecto.

No una emergencia.

Nosotros.

—Vale —digo finalmente.

Noah asiente.

—Bien.

Vuelve a mirar la carta.

—Entonces dime qué está bueno.

Le recomiendo la pasta.

Él pide exactamente la que le digo.

Durante unos minutos conseguimos volver a hablar de cualquier cosa.

Hasta que el teléfono de Noah vuelve a vibrar.

Esta vez no es Victoria.

Es el proveedor.

Noah mira la pantalla.

No contesta.

Vuelve a vibrar.

Y otra vez.

—Noah...

—No.

—¿Qué?

—No voy a cogerlo.

La tercera llamada llega inmediatamente después.

Esta vez Noah cierra los ojos un segundo.

—Esto no me gusta.

—Entonces cógelo.

Me mira.

—¿Seguro?

Asiento.

—Sí.

Pulsa responder.

—¿Sí?

Escucho solo una parte de la conversación.

Su tono cambia casi inmediatamente.

—No, espera. ¿Qué quieres decir con que no podéis garantizarla?

Silencio.

Noah se incorpora un poco en la silla.

—Pero teníamos confirmación por escrito.

Otra pausa.

—No, el contrato especifica el montaje del jueves y la producción del viernes. No podéis cambiarlo ahora.

Me quedo mirándolo.

Algo está pasando.

Algo serio.

—No, necesito que me expliques exactamente qué ha ocurrido.

Otra pausa.

Su mandíbula se tensa.

—Vale. ¿Y qué alternativa estáis proponiendo?

Me mira.

Esta vez sé que las noticias no son buenas.

—Entiendo.

Silencio.

—No. No aceptéis nada con la otra agencia todavía.

Otra pausa.

—Porque somos nosotros quienes llevamos la cuenta y necesito hablar con mi equipo antes.

Cuelga.

Deja el teléfono sobre la mesa.

—¿Qué ha pasado?

No responde inmediatamente.

—El proveedor ha perdido a dos de sus técnicos principales.

—¿Y?

—No pueden cubrir el montaje completo.

—¿Entonces quieren cancelar?

—Quieren subcontratar la producción a otra empresa.

Me quedo quieta.

—¿Y Hamilton & Reed?

—Todavía no lo saben oficialmente.

—Victoria ha dicho que están planteándoselo.

Noah asiente.

—Sí.

—¿Y cuánto tiempo tenemos?

Mira el teléfono.

—Menos de lo que me gustaría.

El camarero aparece con nuestros platos.

Los deja sobre la mesa.

Nos desea que disfrutemos de la cena.

Ninguno de los dos responde inmediatamente.

Cuando se marcha, miro mi plato.

Después a Noah.

—Tenemos que hacer algo.

—No.

—¿No?

—No aquí.

—Pero...

—Sophie, si empezamos ahora, dentro de diez minutos estaremos trabajando.

—Ya estamos trabajando.

—No.

Señala mi plato.

—Todavía no.

No sé si enfadarme o reírme.

—¿Cómo puedes estar pensando en comida ahora?

—Porque mañana tendremos que pensar en proveedores, contratos, alternativas y presupuestos. Esta noche no quiero que lo único que recordemos de nuestra primera cita sea una crisis.

Lo miro.

Y, por alguna razón, eso me calma.

No porque el problema haya desaparecido.

Sino porque él no está intentando arreglarlo a toda costa.

Está intentando proteger esta noche.

Cojo el tenedor.

—Cinco minutos.

—¿Qué?

—Comemos cinco minutos.

—Vale.

—Después hablamos.

Noah sonríe.

—Sabía que acabarías negociando.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Comemos.

Durante cinco minutos exactos.

Después mi teléfono vibra.

Victoria.

Esta vez soy yo quien cierra los ojos.

—¿Qué?

—Mensaje.

Lo abro.

Levanto la mirada.

Noah ya me está observando.

—¿Qué dice?

Le enseño el mensaje.

Lo lee.

Durante unos segundos ninguno habla.

—Vale —dice finalmente.

—¿Vale?

—Ahora sí tenemos un problema.

—Gracias por la aclaración.

Se inclina ligeramente hacia mí.

—¿Qué alternativas tenemos?

La pregunta me resulta casi automática.

Empiezo a pensar.

—Podríamos mantener al proveedor actual para la parte de montaje y contratar otro para producción durante el evento.

—Eso implica coordinación entre dos equipos.

—Sí.

—Y más coste.

—También podríamos cambiar de proveedor completamente.

—No tenemos tiempo para hacer una transición limpia.

—Podríamos usar al proveedor que descartamos en la primera propuesta.

Noah niega con la cabeza.

—No puede cubrir el número de técnicos que necesitamos.

—Entonces necesitamos dividir el servicio.

—¿En qué partes?

Empiezo a explicarlo.

Montaje.

Iluminación.

Producción durante el evento.

Desmontaje.

Noah escucha.

No me interrumpe.

Cuando termino, coge una servilleta y empieza a escribir.

—Si hacemos esto, necesitamos confirmar tres proveedores antes de las diez de la mañana.

—Dos.

—Tres.

—El de iluminación ya está disponible.

—Para el montaje sí. No para la gala completa.

Pienso un segundo.

—Tienes razón.

—Lo sé.

—No te emociones.

—Imposible.

Por primera vez desde que empezó el problema, sonrío.

Y seguimos.

No sacamos el portátil.

No llamamos a nadie.

No enviamos correos.

Solo hablamos.

Y, poco a poco, la crisis empieza a convertirse en algo que podemos entender.

Hasta que Noah dice:

—Hay otro problema.

—¿Cuál?

—Hamilton & Reed no solo está valorando la producción.

—¿Qué más?

Me mira.

—La agencia que ha contactado con ellos también les ha ofrecido asumir la coordinación creativa de la gala.

Me quedo en silencio.

Eso sí que duele.

Porque esa parte es mía.

Es una de las razones por las que Victoria me dio la cuenta.

—No.

—Lo sé.

—No pueden hacer eso.

—Pueden cambiar de agencia si quieren.

—Pero la propuesta creativa es nuestra.

—Sí.

—Y la aprobaron.

—Sí.

Me incorporo ligeramente.

—Entonces no podemos permitir que se lleven la gala.

Noah me mira.

—No es cuestión de impedirlo.

—¿Qué?

—Es cuestión de demostrarles por qué no deberían hacerlo.

La frase me hace callar.

—Mañana —continúa— no podemos llegar diciendo que el proveedor nos ha fallado y que necesitamos tiempo.

—No.

—Tenemos que llegar con una solución mejor que la que les está ofreciendo la otra agencia.

Asiento lentamente.

—Necesitamos algo que no tengan ellos.

—Exacto.

Miro hacia la lluvia al otro lado del cristal.

Pienso en la gala.

En la propuesta.

En el concepto creativo.

En todo lo que he trabajado para llegar hasta aquí.

Y entonces se me ocurre.

—Podemos mantener el concepto original, pero cambiar la experiencia de entrada.

Noah frunce el ceño.

—Explícame.

Empiezo a hablar.

Le explico cómo podemos convertir el acceso en parte de la experiencia, cómo podemos reorganizar el espacio para que el producto tenga más presencia sin aumentar el coste de producción y cómo podemos aprovechar la iluminación existente de otra manera.

Noah escucha.

Después añade una idea.

Yo la modifico.

Él encuentra un problema.

Yo encuentro una alternativa.

Y durante los siguientes veinte minutos olvidamos completamente que estamos en una cita.

Hasta que finalmente me doy cuenta.

Estoy hablando de trabajo.

Con Noah.

En nuestra primera cita.

Y, sin embargo, no me siento atrapada.

Me siento bien.

Él también parece darse cuenta.

—Estamos trabajando.

Lo miro.

—Sí.

—Mucho.

—Sí.

—En nuestra primera cita.

Sonrío.

—Sí.

Se queda callado.

Después se inclina hacia atrás.

—Creo que somos un desastre.

Me río.

—Probablemente.

—Pero uno bastante bueno.

—No te emociones.

—Ya es demasiado tarde.

Esta vez no puedo evitar reírme.

El camarero se acerca con la cuenta.

La miro.

Noah estira la mano.

—Pago yo.

—Ni hablar.

—Te he invitado.

—Yo he elegido el restaurante.

—Eso no significa que pagues.

—Entonces dividimos.

—Sophie.

—Noah.

Nos miramos.

El camarero intenta contener una sonrisa.

—¿Os dejo un momento?

—Sí —respondemos los dos a la vez.

Cuando se aleja, Noah se ríe.

—Somos incapaces de hacer una cosa normal.

—No es culpa mía.

—Por supuesto.

—Tú has empezado.

—¿Yo?

—Sí.

—No sé cómo.

—Existiendo.

Se ríe.

Y por un momento vuelve a ser simplemente Noah.

El hombre con el que llevo semanas discutiendo.

El hombre que me hace reír cuando estoy intentando no hacerlo.