No te soporto CAPÍTULO 14 #2
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CAPÍTULO 14 #2

Podemos hacerlo, podemos estar juntos en una sala y trabajar, podemos discutir sobre una cifra sin pensar en besarnos, podemos hablar de proveedores sin que cada mirada tenga un segundo significado.

Bueno, casi.

Hasta que Victoria termina la reunión.

—Y una última cosa.

Levanto la cabeza.

—Este proyecto va a durar varios meses. Vais a trabajar juntos mucho más de lo que habéis trabajado hasta ahora. Necesito que mantengáis claras las líneas.

—Lo haremos —respondo.

Victoria me mira.

Después mira a Noah.

—¿Algún problema con eso?

—Ninguno —dice él.

—Perfecto.

La reunión termina.

La gente empieza a salir.

Yo recojo mis cosas.

Noah espera.

Cuando la sala queda vacía, se acerca.

—¿Cena?

Lo miro.

—¿Eso es una invitación?

—Sí.

—¿Una cita?

—No he dicho eso.

—¿Entonces qué es?

—Una cena.

—¿Y qué diferencia hay?

—Que si fuera una cita tendría que intentar impresionarte.

—¿Y ahora no?

—Ahora ya sé que te gusto.

Abro la boca.

La cierro.

—Eres insoportable.

—Eso sí que no ha cambiado.

Me río.

Y él se queda mirándome.

—¿Qué?

—Nada.

—Noah.

—Me gusta cuando te ríes conmigo.

La sonrisa desaparece lentamente de mi cara.

—Eso ha sonado peligrosamente sincero.

—Lo era.

Nos quedamos en silencio.

Él mete las manos en los bolsillos.

—No tienes que responder ahora.

—¿Por qué?

—Porque sé que te asusta.

Frunzo el ceño.

—No me asusta.

—Sophie.

—Vale.

Respiro.

—Un poco.

Asiente.

—A mí también.

Eso me sorprende.

—¿Tú tienes miedo?

—Mucho.

—No lo parece.

—Porque soy mejor fingiendo.

La confesión me toca algo dentro.

—¿Y qué hacemos?

Noah me mira.

—Podemos ir despacio.

—¿Cuánto es despacio?

—Lo suficiente para que no tengas que arrepentirte.

Pienso durante unos segundos.

Después sonrío.

—Vale.

—¿Vale qué?

—Cena.

Su sonrisa aparece lentamente.

—¿Esto es una cita?

Lo miro.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Esa noche, cuando llego a casa, dejo el bolso en el sofá y me quedo mirando el teléfono durante varios minutos.

Tengo un mensaje de Noah.

Lo leo dos veces antes de responder.

La respuesta llega casi inmediatamente.

Sonrío.

Tarda unos segundos.

Mi sonrisa desaparece poco a poco.

No porque me incomode. Todo lo contrario.

Porque de repente pienso en todas esas pequeñas cosas que Noah ha hecho durante las últimas semanas.

El café.

El croissant.

Preguntarme si había comido.

Recordar que odio llegar tarde.

Saber cuándo estoy nerviosa.

Saber cuándo necesito espacio.

Saber cuándo estoy a punto de discutir.

Y ahora entiendo algo que no había querido entender antes.

Noah no empezó a sentir algo por mí ayer.

Ni en el hotel.

Ni en aquella cena.

Probablemente empezó mucho antes.

Quizá incluso antes de que yo pudiera imaginar que alguna vez dejaría de odiarlo.

Miro el mensaje otra vez.

Me muerdo el labio.

Y, por primera vez, no quiero que sea él quien dé el siguiente paso, quiero hacerlo yo.

Abro el chat y escribo.

Lo miro, lo borro y vuelvo a escribir.

También lo borro.

Me siento ridícula.

Es solo un mensaje.

He negociado contratos mucho más complicados que esto.

He gestionado proveedores que amenazaban con cancelar un evento veinticuatro horas antes.

He presentado presupuestos delante de clientes que podían decidir mi futuro profesional.

Y, sin embargo, estoy sentada en mi sofá incapaz de escribirle a un hombre que probablemente está esperando una respuesta.

Respiro hondo y finalmente escribo.

Me quedo mirando la pantalla.

No lo envío.

Mi pulgar permanece sobre el botón.

Después recuerdo la conversación de la cocina.

¿Quieres que deje de gustarte?

No.

Y recuerdo su forma de apartarse de mí aquella tarde.

Cuando puedas besarme sin tener que preocuparte por nada más.

Pulso enviar y los tres puntos aparecen casi inmediatamente.

Desaparecen.

Vuelven a aparecer.

Sonrío.

Me quedo pensando.

Podría decirle porque quiero, porque me apetece, porque estoy cansada de que seas siempre tú quien se acerque.

Porque quiero saber cómo se siente una cita contigo cuando no estamos fingiendo que es una cena entre compañeros.

Pero ninguna de esas respuestas me parece suficiente.

Así que vuelvo a escribir.

Tarda un poco en contestar.

Miro alrededor del salón y pienso en los sitios que conozco.

Los restaurantes elegantes me parecen demasiado formales. Un bar sería demasiado informal. El sitio al que suelen ir mis compañeros implicaría demasiadas preguntas.

Entonces recuerdo un pequeño restaurante italiano al que fui con mi madre hace unos meses.

Está un poco alejado del centro. Tiene mesas pequeñas, luz cálida y una terraza cubierta que da a una plaza tranquila. La comida es buena y nadie parece tener prisa.

Me gusta.

Y, de repente, me doy cuenta de que quiero enseñárselo.

No sé por qué.

Solo quiero.

Le mando el nombre.

La respuesta llega enseguida.

Sonrío.

Me quedo mirando el teléfono antes de escribir.

Me río.

Sonrío.

Me quedo quieta unos segundos, después abro la página del restaurante, busco el número y llamo.

—Buenas noches, quería reservar una mesa para mañana a las ocho y media.

Me piden el número de personas.

Dos.

La palabra me hace sentir algo extraño.

Dos.

No compañeros.

No dos personas que tienen que trabajar juntas.

Dos.

Una cita.

—¿Interior o terraza?

Miro por la ventana.

Está empezando a llover.

—Terraza cubierta, si es posible.

Me dan una mesa junto a la pared, bajo una de las estufas exteriores.

Perfecto.

Cuelgo.

Miro el teléfono.

Y entonces pienso que quizá todavía puedo hacer algo más.

Abro el chat.

Noah responde:

Tarda unos segundos.

Mi corazón da un pequeño vuelco y antes de que pueda pensarlo demasiado, escribo nuevamente.

Me quedo mirando la pantalla.

Podría dejarlo ahí, pero no quiero.

Así que escribo:

Esta vez no hay respuesta inmediata.

Espero unos segundos antes de que vuelva a aparecer.

Sonrío.

La respuesta me hace detenerme.

Porque sé exactamente a qué se refiere.

No necesita que le prometa que esto va a funcionar.

No necesita que le prometa que mañana le voy a besar.

No necesita que le prometa que sé qué somos.

Solo necesita que esté allí.

Y eso puedo hacerlo.

Dejo el teléfono sobre la mesa.

Por primera vez en semanas, no siento que estoy esperando a que algo suceda.

He decidido que suceda, y la diferencia es enorme.

A la mañana siguiente me despierto antes de que suene la alarma.

Me quedo mirando el techo.

Hoy tengo una cita.

Con Noah Bennett.

La frase sigue sonándome absurda.

Me levanto, preparo café y paso demasiado tiempo delante del armario.

No porque quiera impresionarlo.

Eso sería ridículo.

Solo quiero ir cómoda.

Después de veinte minutos, tengo cuatro conjuntos encima de la cama.

Los miro.

—Esto es ridículo.

Termino eligiendo unos vaqueros oscuros, una blusa blanca y una chaqueta que llevo meses sin ponerme.

Nada especial.

O eso intento convencerme.

A las siete y cincuenta y cinco, mi teléfono vibra.

Sonrío.

Niego con la cabeza.

Me asomo a la ventana y ahí está.

Su coche aparcado frente al edificio.

No me está esperando dentro, está apoyado contra la puerta del conductor, con las manos en los bolsillos.

Cuando me ve, sonríe.

Cojo el bolso.

Bajo las escaleras.

Al salir, Noah me mira durante unos segundos.

—Hola.

—Hola.

—¿Estás bien?

—Sí.

—Pareces nerviosa.

—No estoy nerviosa.

—Estás apretando el bolso.

Miro mi mano.

Lo estoy haciendo.

—Cállate.

Se ríe.

Abre la puerta del copiloto.

—Señorita Hayes.

—Qué caballero.

—Estoy intentando impresionarte.

Me detengo.

—¿No habías dicho que no tendrías que intentarlo?

—He cambiado de opinión.

Me río y subo al coche.

Él cierra la puerta.

Cuando se sienta al volante, nuestras miradas se cruzan.

Esta vez ninguno aparta la mirada inmediatamente.

—¿Lista? —pregunta.

Miro hacia delante.

—Sí.

El restaurante es exactamente como lo recordaba.

Pequeño, cálido y con las mesas suficientemente juntas como para escuchar el murmullo de las conversaciones de alrededor, pero no tanto como para sentir que alguien puede escuchar la tuya.

La terraza está protegida por cristales y cubierta por una estructura de madera, y fuera la lluvia cae sobre la plaza con una constancia casi hipnótica.

Noah mira alrededor mientras nos acomodamos.

—Me gusta.

—Todavía no has probado la comida.

—No hablaba de la comida.

Lo miro.

—No empieces.

—Solo estoy diciendo que has elegido bien.

—Gracias.

—Aunque me sorprende.

—¿Por qué?

—Porque esperaba que escogieras un sitio donde hubiera que llevar una carpeta con instrucciones.

Me río.

—Había una posibilidad.

—¿Conoces algún restaurante así?

—Probablemente podría encontrarlo.

Nos entregan las cartas y, durante los siguientes veinte minutos, conseguimos algo que empieza a parecerse a una cita de verdad.

Hablamos de cosas que no tienen nada que ver con el trabajo.

De viajes que nos gustaría hacer, de comidas que odiamos, de la peor película que hemos visto, de quién sería capaz de sobrevivir menos tiempo en una isla desierta.

Noah sostiene que yo moriría primero porque intentaría organizar a los demás.

Yo sostengo que él moriría porque se haría amigo de una gaviota y confiaría demasiado en ella.

—Las gaviotas son animales inteligentes.

—Son ladronas.

—Eso no significa que no sean inteligentes.

—No voy a discutir sobre gaviotas contigo en nuestra primera cita.

—Entonces ya estás estableciendo reglas.

—Alguien tiene que hacerlo.

Él sonríe.

Y durante un rato todo resulta tan fácil que casi olvido que llevo semanas intentando averiguar cómo llegar hasta este momento sin estropearlo.

Me gusta cómo se comporta fuera de la oficina.

No tiene prisa.

No está intentando impresionar a nadie.

No mira alrededor para comprobar quién lo está observando.

Solo está conmigo.

—¿Qué? —pregunta de repente.

Me doy cuenta de que lo estoy mirando.

—Nada.

—Llevas unos segundos mirándome.

—Estaba pensando.

—Eso puede ser peligroso.

—Estaba pensando que eres diferente aquí.

—¿Diferente cómo?

—Más tranquilo.

Noah juega con el borde de su vaso.

—Porque aquí nadie me está pidiendo que arregle nada.

—Eso ha sonado triste.

—No era mi intención.

—Ya.

Me mira.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Eres diferente aquí?

Miro alrededor.

—Un poco.

—¿Más relajada?

—Mucho.

—Me gusta.

—¿Qué?

—Verte así.