No te soporto CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

Distancia de seguridad y café frío

Durante los tres días siguientes hago exactamente lo que me prometí.

Trabajo.

No pienso en Noah, no pienso en el casi beso,no pienso en la manera en que se apartó de mí aquella tarde porque quería asegurarse de que, cuando finalmente ocurriera, yo no tuviera ninguna duda de que había sido una decisión mía.

Y, sobre todo, no pienso en lo mucho que quiero que ocurra.

Al menos eso es lo que me digo cada mañana cuando llego a la oficina.

La realidad es ligeramente distinta.

Porque Noah está a seis metros de mi mesa.

Y resulta bastante difícil no pensar en alguien que está a seis metros de ti durante ocho horas al día, especialmente cuando ese alguien parece haber decidido convertirse en la versión más profesional, educada y absolutamente insoportable de sí mismo.

No vuelve a mencionar el beso. Ni una sola vez.

No hace bromas sobre lo que pasó, no intenta quedarse conmigo después del trabajo, no me escribe por la noche, no me manda mensajes absurdos y, lo que resulta todavía más desconcertante, no aparece por mi mesa con dos cafés como si llevara haciéndolo toda la vida.

Tampoco me pregunta si he comido.

Y debería estar agradecida.

Debería disfrutar de la tranquilidad, de la distancia, de haber recuperado unas fronteras profesionales que probablemente nunca debimos cruzar.

En cambio, llevo tres días echando de menos que me moleste.

Lo cual es ridículo.

Porque hace unas semanas habría dado cualquier cosa por conseguir exactamente esto: distancia, silencio, límites profesionales y la posibilidad de pasar un día entero sin tener que soportar una de sus sonrisas.

Ahora llevo tres días mirando de reojo hacia su mesa cada vez que necesito levantarme para ir a la impresora.

La primera vez me digo que simplemente estoy comprobando si está ocupado. La segunda, que necesito saber si puedo preguntarle algo sobre el presupuesto. La tercera ni siquiera consigo inventarme una excusa.

Está ahí.

Trabajando.

Tiene los auriculares puestos y una camisa azul remangada hasta los antebrazos. Está revisando algo en el ordenador mientras habla con producción y toma notas en una libreta. No hace nada especial. No intenta llamar mi atención. No me mira.

Y eso es precisamente lo que me molesta.

Antes siempre hacía algo para llamar mi atención.

Ahora parece estar haciendo un esfuerzo consciente por no hacerlo.

A las nueve y veinte del miércoles estoy revisando el presupuesto cuando Clara se acerca a mi mesa.

—¿Estás enfadada con Noah?

Levanto la mirada.

—No.

—Vale.

—¿Por qué preguntas eso?

Clara se encoge de hombros.

—Porque lleváis tres días hablando como si fuerais dos personas que acaban de conocerse.

Miro hacia el otro lado de la oficina.

Noah está hablando con uno de los responsables de producción.

Ni siquiera mira hacia aquí.

—Estamos trabajando.

—Ya.

—Eso es lo que hacemos.

—Ya.

Frunzo el ceño.

—¿Puedes dejar de decir “ya” de esa manera?

Clara sonríe.

—Solo digo que antes discutíais muchísimo más.

—Eso no es algo que eche de menos.

—Tú sabrás.

Se marcha antes de que pueda responder.

Vuelvo al presupuesto.

Intento concentrarme.

Dos minutos después recibo un correo.

De Noah.

Asunto: Hamilton & Reed — propuesta revisada

He actualizado la parte de producción con los cambios que comentamos. He dejado marcados en amarillo los puntos que necesitan tu aprobación antes de enviarlo al cliente.

Nada más.

Ni una broma.

Ni una provocación.

Ni siquiera un comentario sobre los marcadores amarillos que sabe perfectamente que odio.

Miro la pantalla durante unos segundos antes de responder.

De: Sophie

Asunto: RE Hamilton & Reed — propuesta revisada

Perfecto. Lo reviso antes de las doce.

Me quedo mirando el correo.

No sé por qué siento que falta algo, no debería.

Es exactamente el tipo de correo profesional que necesito recibir.

Pero hace una semana habría terminado con algo como y no, no voy a cambiar el color de los marcadores porque sé que te molestan .

Ahora no hay nada, solo trabajo.

Y, de alguna manera, eso me molesta.

A las once y media entro en la sala de reuniones con mi portátil.

Noah ya está dentro.

Hay una botella de agua sobre la mesa y varios documentos abiertos. Tiene una libreta delante, un bolígrafo entre los dedos y esa expresión concentrada que últimamente he empezado a reconocer demasiado bien.

Levanta la mirada cuando entro.

—He pensado que sería mejor revisar juntos la propuesta antes de enviarla.

Asiento.

—Vale.

Me siento enfrente.

Durante los primeros diez minutos trabajamos sin ningún problema. Él explica los cambios, yo hago preguntas, él responde, yo modifico dos cifras y él comprueba los cálculos. Todo funciona.

Demasiado bien.

No hay discusiones.

No hay comentarios innecesarios.

No hay bromas.

Solo trabajo.

Y empiezo a echar de menos incluso las discusiones.

—¿Esto te parece correcto? —pregunto.

—Sí.

—¿No vas a discutirlo?

Me mira.

—¿Quieres que lo discuta?

—No.

—Entonces no.

Vuelvo a mirar el ordenador.

—Antes discutías todo.

—Antes no sabía que necesitabas que te dejara ganar de vez en cuando.

Levanto la cabeza.

Ahí está.

Una pequeña parte del Noah de siempre.

—No necesito que me dejes ganar.

—Lo sé.

—Entonces no lo hagas.

—No lo estoy haciendo.

—Bien.

—Bien.

Silencio.

Y entonces él sonríe.

No mucho.

Lo justo.

Mi estómago hace algo que no debería hacer.

—¿Qué? —pregunto.

—Nada.

—Noah.

—Es que echaba de menos esto.

Mi corazón se detiene un segundo.

—¿Esto qué?

Se encoge de hombros.

—Que me discutas.

Bajo la mirada.

—No deberías echarlo de menos.

—Probablemente no.

—Entonces no lo hagas.

—Demasiado tarde.

La frase me resulta demasiado familiar.

Levanto la mirada y él sigue mirándome.

Durante un segundo volvemos a estar en aquella oficina vacía, bajo la lluvia, a centímetros de distancia, con la sensación de que cualquier movimiento podía cambiarlo todo.

Aparto la mirada.

—Tenemos que terminar esto.

—Sí.

Y seguimos trabajando.

Pero algo ha cambiado.

No mucho.

Lo suficiente.

A las dos estoy en la cocina preparando un café cuando escucho a Noah entrar.

No me giro inmediatamente.

—Hola.

—Hola.

Abro un sobre de azúcar.

—¿Has comido?

—Sí.

—Bien.

Silencio.

Lo miro.

—¿Y tú?

—También.

—Bien.

Se sirve agua.

—¿Eso es todo?

Frunzo el ceño.

—¿Qué?

—Nada.

—Noah.

—Pensaba que me ibas a preguntar qué he comido.

—¿Por qué?

—Porque llevas semanas haciéndolo.

—Estoy intentando respetar tus límites.

La expresión de su rostro cambia ligeramente.

—No tienes que dejar de preocuparte por mí.

—Pensaba que eso era lo que querías.

—No.

La respuesta sale demasiado rápido.

Nos quedamos callados.

—Entonces, ¿qué quieres? —pregunto.

Noah apoya el vaso sobre la encimera.

—Quiero que sigas siendo tú.

—Eso es bastante ambiguo.

—Lo sé.

—No ayuda.

—Ya.

Me cruzo de brazos.

—Pues tendrás que explicarlo.

Me mira durante unos segundos antes de hablar.

—Quiero poder preguntarte si has comido sin que pienses que estoy intentando arreglarte la vida.

Quiero poder hacerte un café sin que eso signifique nada.

Quiero poder discutir contigo por una cifra y después hablar contigo de cualquier tontería.

Quiero que podamos estar cerca sin que cada cosa tenga que convertirse en una decisión.

Mi respiración se hace más lenta.

—¿Y el beso?

Silencio.

Esta vez no aparta la mirada.

—El beso es diferente.

—¿Por qué?

—Porque ese sí significa algo.

No sé qué responder.

Él se pasa una mano por el pelo.

—Y precisamente por eso no quiero hacerlo mal.

La puerta de la cocina se abre y Clara entra.

—¿Interrumpo?

Nos separamos inmediatamente.

—No —respondo demasiado rápido.

Ella nos mira, después mira a Noah, luegoa mí.

—Vale.

Se sirve agua.

—Voy a fingir que no he visto nada.

—No has visto nada —digo.

—Exactamente.

Sale.

Miro a Noah.

—Esto es ridículo.

—Bastante.

—Tenemos que encontrar una forma de trabajar juntos sin que todo sea tan...

—¿Tenso?

—Sí.

—¿Quieres que deje de gustarte?

La pregunta me deja sin palabras.

—No.

La respuesta sale antes de que pueda pensarla.

Noah tampoco parece esperarla.

Durante unos segundos solo nos miramos.

Después él sonríe.

—Bien.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Sí lo estás haciendo.

—Me acabas de decir que no quieres que deje de gustarte.

—No dije eso.

—Lo acabas de decir.

—Dije que no quiero que dejes de gustarme.

—Eso es exactamente lo mismo.

Me doy cuenta demasiado tarde.

—Vete.

Se ríe.

—Vale.

Y sale de la cocina.

Me quedo sola.

Con el café en la mano y una certeza incómoda instalándose lentamente dentro de mí.

Ya no estoy intentando evitar lo que siento. Estoy intentando encontrar una forma de vivir con ello.

El viernes a las cuatro y doce recibimos la confirmación de Hamilton & Reed.

Quieren seguir adelante con nuestra propuesta, la cuenta es oficialmente nuestra.

Durante unos segundos me quedo mirando la pantalla sin moverme.

He leído el correo tres veces.

Después una cuarta.

Finalmente me levanto.

—¿Lo habéis visto? —pregunta Clara desde su mesa.

—Sí.

No consigo evitar sonreír.

No es una sonrisa pequeña ni controlada.

Es una de esas que aparecen antes de que tengas tiempo de decidir si quieres enseñarla.

Noah levanta la cabeza desde el otro lado de la oficina.

Nos miramos.

Él sonríe.

Esta vez no intenta esconderlo.

Victoria nos reúne en la sala de reuniones cinco minutos después.

—Enhorabuena.

Me siento y abro mi libreta.

Noah se sienta a mi lado, aunque dejando una distancia prudente entre nosotros.

Y, por un instante, toda la oficina desaparece.

El hotel.

El proyecto.

La discusión.

La presentación.

Victoria.

La lluvia.

El casi beso.

Todo parece formar parte de una historia que empezó como una guerra absurda y que, sin que ninguno de los dos se diera cuenta, se convirtió en algo completamente distinto.

Victoria empieza a explicar los siguientes pasos. Habrá reuniones semanales con el cliente, varios eventos durante los próximos meses y una revisión del presupuesto al final de cada fase.

Yo tomo notas.

Noah hace preguntas.

Todo vuelve a ser profesional.

Y me doy cuenta de algo que me tranquiliza.