No te soporto CAPÍTULO 13
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CAPÍTULO 13

Demostrar que no necesito que me salven

A las siete y cincuenta y tres de la mañana estoy sentada frente al despacho de Victoria con un café que se ha quedado frío entre mis manos y una carpeta abierta sobre las rodillas.

No he dormido más de cuatro horas.

Cada vez que cerraba los ojos volvía a ver el mismo momento: Noah acercándose, su mano junto a mi cara, el roce apenas perceptible de sus labios contra los míos y, justo después, la voz de Victoria preguntando qué estábamos haciendo.

No hemos llegado a besarnos.

Y, de alguna manera, eso no hace que la situación sea menos complicada.

Durante toda la noche intenté convencerme de que lo importante era la reunión de esta mañana.

Que tenía que preparar argumentos, revisar el proyecto y pensar en cómo demostrarle a Victoria que nada de lo ocurrido fuera de la oficina debía afectar a mi trabajo.

Me levanté a las cinco y media, rehice el calendario de Hamilton & Reed, revisé los presupuestos, preparé un documento con todas las decisiones que había tomado desde que empezó el proyecto y añadí una segunda versión de la estructura de responsabilidades por si Victoria quería modificarla.

He hecho exactamente lo que hago siempre cuando algo me asusta.

He intentado controlarlo.

El problema es que esta vez no puedo controlar la decisión.

La puerta del despacho se abre.

—Puedes pasar.

Me levanto.

Noah está al final del pasillo.

Nuestros ojos se encuentran durante apenas un segundo.

Él no se mueve.

Yo tampoco.

Después entro en el despacho de Victoria.

Cierro la puerta.

Y, por primera vez desde que empecé a trabajar en esta empresa, tengo la sensación de que mi futuro profesional depende de una conversación para la que no puedo preparar la respuesta correcta.

Victoria está detrás de su mesa.

Hay dos carpetas delante de ella.

Una es la mía.

La otra es la de Noah.

Eso no me tranquiliza.

—Siéntate.

Lo hago.

Victoria no empieza inmediatamente. Abre mi carpeta, revisa unas páginas y después levanta la mirada.

—Antes de nada, quiero que entiendas una cosa.

Asiento.

—No estás aquí porque hayas hecho mal tu trabajo.

No respondo.

—Estás aquí porque lo que vi ayer me obliga a replantearme algo que hasta ahora daba por hecho.

—¿La estructura del equipo?

—Exactamente.

Siento que se me tensa el estómago.

—Quiero que Hamilton & Reed siga siendo tu proyecto. Eso no ha cambiado.

Parpadeo.

—¿Sigue siendo mío?

—No he dicho que sea exclusivamente tuyo.

La pequeña esperanza que acababa de aparecer desaparece un poco.

—Vale.

Victoria se inclina ligeramente hacia delante.

—Sophie, llevas tres años trabajando aquí. Sé cómo trabajas. Sé cuánto te importa este proyecto y sé que llevas meses preparándote para una oportunidad como esta. Precisamente por eso no quiero quitártela por algo que ocurrió ayer.

—Pero...

—Déjame terminar.

Asiento.

—No puedo permitir que una relación personal entre dos personas que trabajan en la misma cuenta genere dudas sobre quién toma las decisiones, quién revisa el trabajo del otro o quién tiene capacidad para cuestionar una decisión.

—No estamos en una relación.

La frase sale demasiado rápido.

Victoria arquea una ceja.

Me arrepiento inmediatamente.

—No quería decir...

—Sé lo que querías decir.

Me quedo callada.

—Pero también sé lo que vi.

No tengo nada que responder a eso.

Victoria cierra mi carpeta.

—Quiero que me convenzas de que puedes dirigir Hamilton & Reed sin que lo ocurrido con Noah interfiera.

Mi corazón late más deprisa.

—¿Cómo?

—Eso depende de ti.

—¿No vas a decirme qué tengo que hacer?

—No.

La respuesta me desconcierta.

—¿Por qué?

—Porque si te digo exactamente qué decir, no estarías demostrando que puedes dirigir la cuenta. Estarías demostrando que sabes seguir instrucciones.

Me quedo mirándola.

Victoria señala las dos carpetas.

—Quiero que me expliques qué harías si Noah y tú no estuvierais de acuerdo en una decisión importante. Quiero saber cómo controlarías el presupuesto. Quiero saber qué decisiones asumirías tú y cuáles delegarías. Quiero saber qué harías si el cliente cuestionara una decisión tuya.

—¿Y después?

—Después decidiré si sigues siendo la coordinadora principal.

La palabra decidiré pesa más de lo que debería.

—¿Y Noah?

—Noah no va a participar en esta conversación.

La miro.

—¿Por qué?

—Porque si él entra aquí y te defiende, no sabré si te estoy dando la oportunidad porque eres buena o porque él piensa que eres buena.

Siento un pequeño pinchazo.

—No necesito que me defienda.

Victoria asiente.

—Eso es exactamente lo que quiero comprobar.

Durante los siguientes cuarenta minutos, Victoria no me deja esconderme detrás de ningún documento.

Me hace preguntas.

Muchas.

No pregunta si sé organizar un evento. Eso ya lo sabe.

Pregunta qué haría si el cliente cambia el número de invitados tres días antes.

Qué haría si producción supera el presupuesto.

Qué haría si un proveedor falla.

Qué haría si Noah propone algo que considero incorrecto.

Qué haría si él tiene razón y yo no.

Esta última pregunta me incomoda más que todas las demás.

—Escucharía su propuesta.

—Eso no es suficiente.

—La analizaría.

—Tampoco.

Respiro hondo.

—Si tiene razón, cambiaría mi decisión.

Victoria asiente.

—¿Aunque sea tu proyecto?

—Precisamente porque es mi proyecto.

Por primera vez desde que hemos empezado, parece satisfecha.

—Continúa.

—Mi responsabilidad no sería demostrar que siempre tengo razón. Sería conseguir que el proyecto funcione. Si Noah tiene una solución mejor, la utilizaría. Si no estoy de acuerdo, tendría que explicar por qué. Pero no convertiría una diferencia profesional en algo personal.

Victoria me observa durante unos segundos.

—¿Y podrías hacer eso ahora?

Sé perfectamente lo que está preguntando.

No está hablando de presupuesto.

Ni de producción.

Está hablando de él.

Bajo la mirada hacia mis manos.

—Sí.

—¿Incluso después de ayer?

Levanto la cabeza.

—Precisamente después de ayer.

Victoria no dice nada.

Así que continúo.

—Lo que ocurrió ayer fue una decisión personal. Puede haber sido una mala decisión. Puede haber sido una decisión que todavía no sé cómo gestionar. Pero no cambia mi forma de trabajar. Y si cambia algo, quiero que sea algo que pueda demostrar con hechos, no con promesas.

Victoria se recuesta en su silla.

—Eso ha estado mejor.

Suelto el aire lentamente.

—¿Significa que sigo con la cuenta?

—Significa que todavía no he tomado una decisión.

Mi corazón vuelve a caer.

—Vale.

—Quiero que presentes conmigo la reunión de esta tarde con Hamilton & Reed.

Parpadeo.

—¿Esta tarde?

—Sí.

—¿Y Noah?

—Estará.

La miro.

—¿Como responsable de producción?

—Sí.

—¿Y yo?

Victoria me sostiene la mirada.

—Como coordinadora principal.

No puedo evitar que se me escape una pequeña respiración de alivio.

—Pero hay una condición.

Claro.

Siempre hay una condición.

—¿Cuál?

—Si durante la reunión detecto que no podéis trabajar juntos con normalidad, cambiaré la estructura del equipo.

Asiento.

—Entendido.

—Y una cosa más.

—Sí.

—No quiero que Noah te ayude.

La frase me sorprende.

—¿Perdón?

—No quiero que intervenga para cubrirte. No quiero que responda preguntas que puedas responder tú. No quiero que corrija una decisión tuya delante del cliente. Si tienes un problema, quiero ver cómo lo resuelves.

Trago saliva.

—¿Y si necesito ayuda?

—Entonces me la pides a mí.

Asiento lentamente.

—Entendido.

Victoria abre la carpeta de nuevo.

—Bien. Ahora demuéstrame que puedo confiar en ti.

Cuando salgo del despacho, Noah está exactamente donde estaba antes.

No se ha acercado, no me ha esperado junto a la puerta.

Solo está sentado frente al ordenador, revisando algo.

Levanta la mirada, no dice nada y yo tampoco.

Camino hasta mi mesa y dejo la carpeta.

Durante unos segundos intento concentrarme, pero no puedo. Siento su presencia al otro lado de la oficina.

Finalmente me levanto y camino hasta él.

—He hablado con Victoria.

—¿Cómo ha ido?

—Voy a seguir como coordinadora principal.

La expresión de Noah cambia.

—Sophie...

—Pero tengo que demostrar que puedo hacerlo.

Él asiente.

—Lo harás.

—Y tú no puedes ayudarme.

Se queda quieto.

—¿Qué?

—Victoria quiere que, durante la reunión de esta tarde, no intervengas para cubrirme.

—Eso no significa que no pueda ayudarte.

—Sí significa eso.

Noah me mira durante un segundo.

—¿Estás segura?

—Sí.

—Vale.

Me sorprende que no discuta.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres que haga?

—No sé.

—Sophie, si Victoria quiere ver si puedes dirigir la cuenta, tiene sentido que lo haga.

—¿No te molesta?

—No.

—¿Nada?

—Me molesta que pienses que necesitas que te salve.

La frase me deja callada.

—No pienso eso.

—Sí lo haces.

—No.

—Entonces demuéstramelo.

Nos miramos.

Hay algo diferente en su expresión, no está intentando protegerme, no está intentando arreglar nada.

Me está dejando hacerlo sola.

Y, aunque una parte de mí quiere que se quede a mi lado y me diga que todo va a salir bien, otra parte sabe que eso es exactamente lo que necesito.

—De acuerdo.

—De acuerdo.

Me giro para volver a mi mesa.

—Sophie.

Me detengo.

—¿Qué?

—Ayer no fue un error.

Cierro los ojos durante un instante.

—No podemos hablar de eso ahora.

—Lo sé.

—Tenemos trabajo.

—Lo sé.

—Y esta tarde tengo que demostrar que puedo dirigir la cuenta.

—Lo sé.

Me giro hacia él.

—Entonces deja de mirarme así.

Una sonrisa pequeña aparece en su rostro.

—No estoy haciendo nada.

—Precisamente ese es el problema.

Vuelvo a mi mesa antes de que pueda responder.

La reunión de la tarde empieza a las cuatro.

Hamilton & Reed llega con tres personas: el director de marketing, la responsable de eventos y Laura Mitchell.

Cuando Laura entra, veo que reconoce inmediatamente a Noah.

—Bennett.

—Mitchell.

Se estrechan la mano y Laura sonríe.

—¿Sigues sobreviviendo a clientes imposibles?

—Algunos días.

Ella ríe.

Yo permanezco a su lado con mi carpeta.

Laura me mira.

—Sophie.

—Hola.

—Me alegra volver a verte.

—Igualmente.

No hay nada raro en su tono, nada que me moleste.

Y, aun así, recuerdo el día anterior.

Me obligo a apartar ese pensamiento.

Hoy no.

Hoy no puedo permitírmelo.

La reunión empieza y durante los primeros veinte minutos todo va bien.

Explico el calendario, los objetivos, la estructura, las responsabilidades, los puntos de control y , después llega la primera pregunta complicada.

—¿Por qué habéis aumentado el presupuesto de producción un ocho por ciento?

Miro el documento.

Tengo la respuesta.

—Porque hemos añadido dos elementos que consideramos importantes para mantener la experiencia del evento: iluminación específica para la presentación principal y una ampliación del equipo técnico durante el montaje.

El aumento se compensa reduciendo otros costes que no afectan directamente a la experiencia del invitado.

El director de marketing frunce el ceño.

—¿Qué costes?

Le explico.

Me pregunta por los proveedores.

Respondo.

Después pregunta por los tiempos.

Respondo.

Por los riesgos.

Respondo.

Por qué no podemos utilizar una solución más barata.

Respiro.

—Porque esa solución nos deja sin margen operativo si ocurre un retraso durante el montaje.

El cliente se gira hacia Noah.

—¿Estás de acuerdo?

Durante un segundo siento que el corazón se me detiene.

Noah me mira.

Podría responder, podría salvarme, podría decir algo que cierre la discusión, pero no lo hace.

—Sí —dice simplemente—. Estoy de acuerdo con Sophie.

El cliente vuelve a mirarme.

—¿Y si el proveedor falla?

Es mi turno.

—Entonces tenemos una segunda opción preparada.

—¿Ya?

—Sí.

Abro la carpeta.

—La hemos revisado esta mañana.

Noah permanece en silencio.

La reunión continúa.

Una pregunta, otra y otra más.

Poco a poco, empiezo a sentir que ya no estoy luchando por conservar mi puesto. Estoy haciendo mi trabajo.

Cuando termina, Laura cierra su carpeta.

—Me gusta la estructura.

El director de marketing asiente.

—Nosotros también.

Miro a Victoria, ella no sonríe, pero asiente una vez.

Y sé que eso significa algo.

Cuando el cliente se marcha, recojo mis documentos lentamente.

Victoria espera a que la puerta se cierre.

—Bien.

Noah se mantiene en silencio.

—Sophie —dice Victoria—, ¿qué habrías hecho si no hubieras tenido la respuesta sobre el proveedor alternativo?

Lo pienso.

—Habría pedido diez minutos.

—¿Para qué?

—Para confirmar una opción antes de comprometerme con una respuesta.

Victoria asiente.

—Correcto.

Me mira.

—Eso es dirigir una cuenta.

Siento que algo dentro de mí se afloja.

—¿Entonces...?

Victoria mira a Noah.

Después vuelve a mí.

—Sigues siendo la coordinadora principal.

No digo nada.

Durante un segundo creo que voy a llorar.

Así que simplemente asiento.

—Gracias.

—No me des las gracias todavía.

La miro.

—¿Por qué?

—Porque ahora viene la parte difícil.

—¿Cuál?

—Mantenerlo.

Victoria recoge sus cosas.

—Y eso significa que mañana tendrás que hacer exactamente lo que has hecho hoy. Sin esconderte detrás de Noah, sin intentar demostrar que eres perfecta y sin permitir que lo personal se convierta en el centro de tu trabajo.

Asiento.

—Lo haré.

—Lo sé.

Victoria se marcha.

Noah y yo nos quedamos solos.

Durante unos segundos ninguno habla.

Finalmente él se acerca.

—Enhorabuena.

Lo miro.

—No me has ayudado.

—Te dije que no lo haría.

—Lo sé.

—Ha sido difícil.

—Muchísimo.

—Pero lo has hecho.

Sonrío.

—Sí.

Noah se queda mirándome.

—Estoy orgulloso de ti.

Y esa frase consigue hacerme mucho más daño que todas las preguntas de Victoria.

Porque esta vez no necesito que me salve, no necesito que arregle nada, no necesito que diga que puedo hacerlo.

Ya lo he hecho.

Me acerco un poco.

—Gracias.

—De nada.

Nos quedamos demasiado cerca otra vez.

Solo que ahora no hay lluvia, no hay paraguas, no hay una puerta de oficina detrás de nosotros.

Solo estamos él y yo.

Y el recuerdo de ayer.

Noah baja la mirada hacia mis labios.

Yo hago lo mismo con los suyos.

Durante un segundo ninguno se mueve.

Después él retrocede.

—No.

Frunzo el ceño.

—¿No?

—Hoy no.

—¿Por qué?

Me mira.

—Porque quiero que cuando pase no tengas que preguntarte si te ha costado tu carrera.

No sé qué decir.

—Noah...

—No quiero que nuestro primer beso ocurra después de que casi pierdas algo por mi culpa.

Lo miro en silencio.

—Entonces, ¿cuándo?

Sonríe ligeramente.

—Cuando puedas besarme sin tener que preocuparte por nada más.

Y se aleja.

Me quedo quieta en medio de la oficina.

Por primera vez entiendo que quizá esto es lo que significa que alguien te cuide sin intentar decidir por ti.

No me ha salvado.

No ha hablado por mí.

No ha arreglado mi problema.

Me ha dejado demostrar que podía hacerlo sola.

Y, aun así, se ha quedado.

Miro la puerta por la que acaba de salir.

Después bajo la mirada hacia mis manos.

He conseguido mantener Hamilton & Reed.

He conseguido demostrarle a Victoria que puedo dirigir la cuenta.

Y, de alguna manera, eso debería ser suficiente.

Pero mientras recojo mis cosas, solo puedo pensar en una cosa.

Esta vez Noah no me ha besado.

Y quizá por eso tengo todavía más ganas de que lo haga.