No te soporto CAPÍTULO 12 #2
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CAPÍTULO 12 #2

—El cliente quiere la propuesta final antes del viernes. Si todo sigue así, Sophie, quiero que seas tú quien lleve la cuenta.

Me quedo inmóvil.

Durante un instante no sé qué decir.

Esto es lo que llevo años esperando.

La oportunidad.

La posibilidad de dejar de ser la persona que prepara el trabajo de otros para empezar a ser la persona que toma las decisiones.

—Gracias —consigo decir.

Victoria asiente.

—Te lo has ganado.

Noah me mira.

Y esta vez no dice nada.

Pero la forma en que me mira hace que entienda perfectamente lo que está pensando.

Está orgulloso de mí.

Y, por alguna razón, eso significa muchísimo.

Terminamos de trabajar pasadas las siete. La oficina está prácticamente vacía. Las luces de algunos despachos ya están apagadas y solo se escucha el sonido lejano del ascensor y el zumbido del aire acondicionado.

Guardo el portátil en el bolso mientras Noah recoge sus cosas.

—¿Quieres que revisemos una última vez el documento? —pregunta.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Estás enferma?

Lo miro.

—Muy gracioso.

—Estoy intentando ayudarte.

—Lo sé.

Esas dos palabras hacen que el ambiente cambie ligeramente.

Noah deja lo que tiene en las manos.

—Sophie.

—¿Qué?

—Lo de ayer...

Bajo la mirada.

—No deberíamos hablar de eso.

—Probablemente no.

—Tenemos que mantenerlo profesional.

—Probablemente también.

—Y mañana tenemos que volver a reunirnos con Victoria.

—Lo sé.

Levanto la mirada.

—Entonces estamos de acuerdo.

Noah tarda unos segundos en responder.

—Sí.

Pero no suena convencido.

Salimos juntos de la oficina.

En el ascensor no hablamos.

Cuando llegamos a la planta baja, caminamos hacia la puerta principal. Afuera está lloviendo otra vez. Una lluvia fina y constante que convierte las aceras en espejos bajo las farolas.

Me quedo bajo el pequeño tejado de la entrada.

—Genial.

—¿No llevas paraguas?

—No.

Noah abre el suyo.

—Ven.

—Puedo pedir un taxi.

—Está lloviendo.

—Ya lo sé.

—Entonces ven.

Lo miro.

—Noah...

—No te estoy pidiendo que te cases conmigo. Solo que camines veinte metros bajo un paraguas.

No puedo evitar reírme.

—Eres idiota.

—Y tú estás evitando responder.

Finalmente me acerco.

Caminamos juntos bajo el paraguas.

Durante unos segundos no decimos nada.

Hasta que Noah habla.

—Lo de ayer no me ha parecido un error.

Me detengo.

Él también.

—Noah...

—No quiero presionarte. Solo quiero que lo sepas.

La lluvia golpea el paraguas por encima de nuestras cabezas.

—Yo tampoco creo que fuera un error.

Él me mira.

—Entonces, ¿qué fue?

Trago saliva.

—No lo sé.

—Yo sí.

—¿Qué?

Da un paso hacia mí.

—Fue algo que llevamos semanas evitando.

Mi corazón empieza a latir demasiado rápido.

—No deberíamos.

—Probablemente no.

—Tenemos un proyecto.

—Lo sé.

—Y mi promoción.

—También lo sé.

—Y Victoria.

—Sophie.

—¿Qué?

—Mírame.

Lo hago.

Y es un error.

Porque en cuanto nuestros ojos se encuentran, todas las razones que tenía preparadas empiezan a perder fuerza.

Noah baja ligeramente la voz.

—Cada vez que intento convencerme de que no debería querer besarte, tengo más ganas de hacerlo.

No sé qué responder.

Así que digo la única verdad que soy capaz de admitir.

—Quizá yo tampoco quiero seguir fingiendo.

Algo cambia en su expresión.

No es una sonrisa.

Es algo más serio.

Más vulnerable.

—¿Estás segura?

Asiento.

—Sí.

Noah deja el paraguas ligeramente hacia un lado.

Se acerca despacio, dándome tiempo para apartarme.

No lo hago.

Puedo sentir su respiración.

Su mano se levanta y se detiene junto a mi mejilla, sin llegar a tocarme.

—Dime que me aparte si quieres que lo haga.

Lo miro.

—No quiero.

Entonces se acerca un poco más.

Cierro los ojos.

Y durante un instante todo se reduce a la distancia mínima que queda entre nosotros.

A su respiración.

A mi corazón golpeándome las costillas.

A la certeza de que estoy a punto de hacer algo que llevo semanas diciéndome que no debo hacer.

Sus labios rozan los míos.

Apenas un roce.

Ni siquiera llega a ser un beso.

Y entonces—

—¿Qué estáis haciendo?

La voz de Victoria corta el momento como una puerta cerrándose de golpe.

Abro los ojos.

Me aparto inmediatamente.

Noah retrocede.

Victoria está a pocos metros de nosotros, bajo el techo de la entrada, con el bolso colgado del hombro y las llaves en una mano.

Nos mira.

Primero a mí.

Después a Noah.

Después al paraguas.

Y finalmente vuelve a mirarnos a los dos.

No sé qué cara tengo.

Probablemente una que dice exactamente lo que acaba de pasar.

—Victoria...

—No.

Su voz no es enfadada.

Y, por alguna razón, eso resulta todavía peor.

—No hace falta que me expliquéis nada ahora.

Noah guarda silencio.

Yo siento que quiero desaparecer.

—Son las siete y cuarenta y dos —continúa Victoria—. Mañana tenemos una reunión a las ocho.

—Lo sé —digo.

—Quiero hablar contigo antes de que llegue nadie.

Miro a Noah.

Victoria también lo hace.

—Y contigo.

Noah asiente.

—Claro.

Victoria respira hondo.

—El proyecto no se ha visto afectado. Hasta ahora.

La palabra queda suspendida entre nosotros.

Hasta ahora.

—Pero después de lo que acabo de ver, necesito revisar cómo vamos a estructurar las responsabilidades de la cuenta.

Siento que el estómago se me hunde.

—Victoria, yo...

—Sophie, no estoy diciendo que hayas hecho nada mal.

—Pero...

—Déjame terminar.

Me callo.

—Has hecho un trabajo excelente con Hamilton & Reed. Eso no ha cambiado. Pero precisamente porque el proyecto es importante, necesito asegurarme de que las decisiones profesionales se toman por los motivos correctos y de que nadie puede cuestionar quién tiene responsabilidad sobre qué.

Miro al suelo.

No quiero llorar.

No voy a llorar.

No después de haber conseguido exactamente lo que quería esta mañana.

—¿Esto afecta a mi puesto en el proyecto? —pregunto finalmente.

Victoria tarda unos segundos en contestar.

—Ahora mismo, no lo sé.

La respuesta me duele más de lo que esperaba.

—Mañana lo hablaremos.

Noah interviene.

—¿Esto afecta a Sophie?

Victoria lo mira.

—Afecta a cómo voy a plantear las responsabilidades. No he dicho que Sophie haya perdido nada.

—Pero...

—Noah.

Él se calla.

—Precisamente porque ambos sois buenos en vuestro trabajo, quiero que esto se gestione correctamente. No quiero tomar una decisión precipitada y tampoco quiero que ninguno de los dos tenga que justificar su trabajo por algo personal.

Victoria vuelve a mirarme.

—A las ocho. En mi despacho.

Asiento.

—Sí.

—Bien.

Se gira para marcharse, pero antes de entrar en el edificio se detiene.

—Y una cosa más.

Nos mira por encima del hombro.

—La próxima vez que queráis hablar de vuestra vida personal, intentad no hacerlo delante de la puerta de la oficina.

Y se marcha.

Durante unos segundos ninguno de los dos dice nada.

La lluvia sigue cayendo.

Yo miro al suelo.

—Esto es exactamente lo que no quería.

Noah baja el paraguas.

—Sophie...

—No.

Me aparto un poco.

—No quiero que intentes arreglarlo.

—No iba a...

—Sí ibas.

Me mira en silencio.

—Porque eso es lo que haces. Cuando algo va mal, buscas una solución.

—Porque normalmente funciona.

—Esto no es un problema de producción.

—Lo sé.

—No puedes solucionarme esto.

Su expresión cambia.

—No estaba intentando solucionarte.

—Entonces, ¿qué estabas intentando hacer?

—Protegerte.

La palabra me deja quieta.

—No necesito que me protejas.

—Ya lo sé.

—Entonces no lo hagas.

Noah asiente lentamente.

—Vale.

Me duele verlo aceptar tan rápido.

—Mañana entramos ahí como compañeros —digo—. Solo como compañeros. Dejamos que nuestro trabajo hable por nosotros y ya está.

—De acuerdo.

—Y si Victoria decide que no debo llevar la cuenta...

Noah niega con la cabeza.

—No pienses en eso todavía.

—Tengo que pensarlo.

—No.

Lo miro.

—¿No?

—No esta noche. Ya has hecho todo lo que podías hacer hoy.

No sé por qué esas palabras me calman.

Quizá porque no intenta convencerme de que todo saldrá bien.

Solo me recuerda que, por una vez, no tengo que solucionar algo inmediatamente.

—Buenas noches, Noah.

—Buenas noches, Sophie.

Me alejo.

Doy unos pasos antes de girarme.

Él sigue ahí.

Mirándome.

Y durante un instante quiero volver.

Quiero volver bajo el paraguas.

Quiero terminar lo que empezamos.

Quiero descubrir qué habría pasado si Victoria no hubiera aparecido.

Pero no lo hago.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar bajo la lluvia.

Esta vez no me detiene.

Y, mientras avanzo hacia casa, solo puedo pensar en una cosa.

No hemos llegado ni siquiera a besarnos.

Y ya estamos pagando el precio.