CAPÍTULO 20 #2
—Te quiero.
Él sonríe.
—Yo también.
—Qué poco original.
—Puedo hacerlo mejor.
—A ver.
—Te quiero incluso cuando conviertes una discusión sobre proveedores en una batalla personal.
—Eso es porque tengo razón.
—Te quiero incluso cuando organizas tu armario por colores.
—Es eficiente.
—Te quiero incluso cuando dices que no tienes hambre y después te comes la mitad de mi comida.
—Eso ha ocurrido una vez.
—Ocho.
—Exageras.
—Te quiero incluso cuando dices que no estás nerviosa y empiezas a respirar como si fueras a correr una maratón.
Me río.
—Eso es mentira.
—No.
—Sí.
—Te quiero incluso cuando intentas controlarlo todo.
La sonrisa se me apaga un poco.
—Y te quiero precisamente porque has aprendido que no tienes que hacerlo.
Me quedo mirándolo.
—Eso ha sido demasiado bonito.
—Lo sé.
—¿Lo habías preparado?
—Un poco.
—Sabía que había trampa.
Se ríe.
—Ven aquí.
Me acerco.
Y esta vez no necesito pensar en nada más.
El domingo por la tarde estoy en mi salón, revisando por última vez la presentación que tengo que hacer el lunes.
No porque necesite hacerlo.
Porque todavía no he conseguido eliminar del todo el hábito.
Noah está sentado en el sofá, leyendo.
—¿Sabes que no tienes que trabajar hoy?
—No estoy trabajando.
—Llevas cuarenta minutos mirando la misma diapositiva.
Levanto la mirada.
—Estoy pensando.
—Llevas veinte minutos pensando en la misma diapositiva.
—Es una diapositiva complicada.
—Es una diapositiva azul con tres puntos.
—Eso no significa que no sea complicada.
Noah deja el libro.
—Ven.
—Estoy ocupada.
—Sophie.
—¿Qué?
—Ven.
Me levanto.
Voy hasta el sofá.
Él me hace sentarme a su lado.
—¿Qué?
—Nada.
—Entonces, ¿por qué me has llamado?
—Porque quería tenerte cerca.
La respuesta es tan sencilla que me desarma.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Ahora eres tú la que no sabe qué decir.
—No te acostumbres.
Se ríe.
Apoyo la cabeza en su hombro.
—¿Alguna vez pensaste que acabaríamos así?
—No.
—¿Ni un poco?
—El primer día pensé que eras guapa.
Levanto la cabeza.
—¿El primer día?
—Sí.
—Pero dijiste que era insoportable.
—También.
—Entonces...
—Las dos cosas podían ser verdad.
—¿Y cuándo empezaste a enamorarte?
Noah tarda unos segundos en responder.
—Antes de que tú te dieras cuenta.
—Eso no es una respuesta.
—Sí lo es.
—¿Cuándo?
Me mira.
—En el hotel.
Mi corazón da un pequeño vuelco.
—¿Cuando tuvimos que compartir cama?
—Un poco antes.
—¿Cuándo?
—Cuando te quedaste dormida en el coche.
Sonrío.
—¿Eso fue todo?
—No.
Piensa.
—Cuando discutiste con el hotel por el problema de la instalación y, aunque estabas aterrada, seguiste intentando encontrar una solución.
—Eso no es romántico.
—Para mí sí.
Se queda callado.
—Cuando defendiste el proyecto aunque pensabas que podíamos perderlo.
—Noah...
—Y cuando me dijiste que no querías que me quedara por ti.
Le miro.
—¿Por qué?
—Porque ahí entendí que si alguna vez estaba contigo, quería que fuera porque los dos elegíamos estarlo.
Siento un nudo en la garganta.
—Eso es bastante romántico.
—Te dije que podía hacerlo mejor.
Sonrío.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Cuándo te diste cuenta de que yo estaba enamorada?
Se ríe.
—Mucho antes de que tú.
—Eso es imposible.
—No.
—¿Cuándo?
—Cuando te pusiste celosa de Laura.
Me tapo la cara.
—No.
—Sí.
—No quiero hablar de eso.
—Fue adorable.
—Fue humillante.
—Un poco.
—Noah.
—Vale, vale.
Me abraza.
—Pero me gustó.
—¿Por qué?
—Porque por primera vez pensé que quizá no era el único idiota de esta historia.
Me río contra su hombro.
—Somos dos idiotas.
—Definitivamente.
Nos quedamos así unos segundos.
Después miro la pantalla del portátil.
—Creo que ya está.
—¿La presentación?
—Sí.
Cierro el ordenador.
—¿Ves?
—¿Qué?
—He conseguido dejar algo sin revisar una última vez.
Noah sonríe.
—Estoy orgulloso de ti.
—Lo sé.
—¿Y ahora?
—Ahora quiero pizza.
—Sabía que acabaríamos aquí.
—Es nuestra tradición.
Se levanta.
—Entonces vamos.
Lo sigo hasta la cocina.
Y mientras le veo buscar el teléfono para pedir la cena, pienso en lo extraño que resulta todo.
Hace unos meses no podía soportar estar cerca de él.
Ahora no sé imaginar mi vida sin esta versión de nosotros.
No es perfecta.
No lo será.
Habrá discusiones.
Habrá decisiones difíciles.
Habrá días en los que uno de los dos tenga miedo y no sepa qué hacer.
Pero ya no necesito que todo salga exactamente como lo había planeado.
Porque he aprendido algo que probablemente debería haber aprendido mucho antes.
El amor no consiste en controlar lo que va a pasar.
Consiste en elegir.
Elegir quedarse.
Elegir escuchar.
Elegir confiar.
Elegir a la otra persona sin dejar de elegirse a uno mismo.
Y quizá por eso, cuando Noah vuelve hacia mí con el teléfono en la mano y una sonrisa en la cara, no pienso en el futuro.
No pienso en cuánto durará.
No pienso en qué problemas vendrán después.
Solo pienso que, de todas las cosas que podrían haber ocurrido cuando Victoria decidió ponerme a trabajar con él, esta era la última que habría imaginado.
—¿Qué? —pregunta Noah.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Estoy pensando.
—Eso me preocupa.
Sonrío.
—En que sigues siendo insoportable.
—Ah.
Se acerca.
—¿Sigues odiándome?
Sonrío.
—Muchísimo.
—Perfecto.
—¿Por qué?
Noah me rodea la cintura y se inclina hacia mí.
—Porque ya no sé cómo besarte sin que parezca que te quiero.
Y esta vez, cuando me besa, no intento averiguar qué pasará después.
Porque por fin entiendo que no necesito saberlo.
Solo necesito saber que, mientras podamos elegirnos, quiero seguir eligiéndolo.
A él.
A nosotros.
Incluso cuando sea insoportable.
Especialmente entonces.
Y quizá ese sea el verdadero problema de Noah Bennett.
Que después de todo este tiempo, ya no puedo imaginar cómo volver a odiarlo.