CAPÍTULO 11
Líneas profesionales y pulso acelerado
El miércoles descubro que hay cosas mucho más difíciles que trabajar con Noah Bennett.
Trabajar con Noah Bennett cuando empieza a importarme lo que piensa de mí.
La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Hasta hace unas semanas, si Noah cuestionaba una decisión mía, me molestaba porque era Noah.
Ahora, cuando lo hace, una parte de mí escucha con demasiada atención.
Cuando me felicita, me afecta más de lo que debería.
Cuando me mira durante una reunión, tengo que recordarme que estamos en una oficina y que el hecho de que ayer cenáramos juntos no significa que hoy exista algo diferente entre nosotros.
El problema es que sí existe algo diferente.
Y lo sé desde que esta mañana he llegado a la oficina con su chaqueta todavía en mi memoria, su mensaje de anoche en el móvil y una conversación pendiente que ninguno de los dos ha mencionado.
A las ocho y veinte, Noah aparece junto a mi mesa con dos cafés.
—No digas nada.
Levanto la vista.
—Todavía no he dicho nada.
—Lo sé. Estoy intentando adelantarte.
Deja el café delante de mí.
—Gracias.
—De nada.
Miro el vaso.
Leche. Sin azúcar.
Exactamente como siempre.
—No tienes por qué seguir acordándote.
—¿De qué?
—De cómo tomo el café.
Se encoge de hombros.
—Es difícil olvidarlo cuando llevas tres años quejándote de que la máquina de la tercera planta intenta asesinarte.
Sonrío a pesar de mí misma.
—Eso no significa que tengas que traerme uno.
—Ya lo sé.
Y ahí está el problema.
No tiene que hacerlo.
Lo hace porque quiere.
Antes de que pueda responder, Clara aparece con una carpeta.
—Victoria quiere veros a los dos en diez minutos.
—¿Para qué? —pregunto.
—No lo sé. Pero tenía cara de reunión importante.
Noah mira el reloj.
—Eso nunca es buena señal.
—Para ti quizá no —respondo.
—¿Ves? Ya estamos volviendo a la normalidad.
No digo nada.
Porque precisamente eso es lo que me preocupa.
Que no sé si quiero volver a la normalidad.
Victoria nos espera en una de las salas grandes con la presentación abierta en la pantalla. Hay varios documentos sobre la mesa y, junto a ellos, una carpeta con el logotipo de Hamilton & Reed.
Eso me pone inmediatamente en alerta.
—Sentaos.
Lo hacemos.
Victoria no pierde tiempo.
—La presentación de mañana ha cambiado.
Miro a Noah.
—¿En qué sentido?
—Hamilton & Reed quiere ampliar la propuesta.
Abre la carpeta y saca varios documentos.
—La serie de eventos que estábamos preparando ya no sería solo una colaboración de seis meses. Están considerando un contrato anual. Cinco eventos principales, tres acciones más pequeñas y una parte importante de producción recurrente.
Se me queda el cuerpo quieto.
Es mucho más grande de lo que esperábamos.
Muchísimo.
—¿Y qué significa eso para nosotros? —pregunta Noah.
Victoria lo mira.
—Que mañana no estáis presentando simplemente una propuesta. Estáis presentando una posible cuenta anual.
Miro las cifras.
Son enormes.
Una cuenta así podría cambiar por completo el peso de nuestro departamento.
Y también mi posición dentro de él.
Victoria continúa.
—Si el cliente acepta, quiero que Sophie sea la coordinadora principal.
Tardo un segundo en reaccionar.
—¿Principal?
—Sí.
Siento una mezcla de emoción y nervios que me sube directamente al pecho.
—De acuerdo.
—Noah seguiría llevando la parte comercial y de producción.
Él asiente.
—Perfecto.
Victoria coloca las manos sobre la mesa.
—Pero hay una condición.
La emoción desaparece un poco.
—¿Cuál?
—Quiero que las responsabilidades estén muy claras. Sophie lidera la coordinación. Noah lidera la parte comercial y de producción. Ninguno invade el terreno del otro sin consultarlo.
Asiento inmediatamente.
—Entendido.
Victoria me mira.
—Y quiero que entiendas por qué te lo digo.
—Sí.
—Porque si conseguimos esta cuenta, vas a tener mucha más exposición. Y cuando digo mucha, quiero decir que tu trabajo va a ser revisado por dirección y por el cliente directamente.
—Lo sé.
—No quiero que tengas que demostrar que mereces el puesto. Quiero que empieces a ejercerlo.
Sus palabras me golpean más fuerte de lo esperado.
—Lo haré.
Victoria mira a Noah.
—Y tú tienes experiencia suficiente para saber cuándo debes intervenir y cuándo debes dejar que ella tome la decisión.
—Lo sé.
—Bien.
Cierra la carpeta.
—Mañana quiero veros funcionar como si ya llevarais la cuenta.
La reunión termina, pero yo me quedo sentada unos segundos.
Una cuenta anual.
Coordinadora principal.
Visibilidad directa con dirección.
Es exactamente la oportunidad que llevo años esperando.
Y, por primera vez, también hay algo que puede complicarla.
Porque si Noah y yo hacemos algo que salga mal, no solo puede afectar a nuestra relación.
Puede afectar a mi carrera.
A las diez y media estamos en una sala pequeña revisando la presentación.
Esta vez hay una tensión diferente, no incómoda, profesional.
Más seria.
—Tenemos que modificar esta parte —digo, señalando la previsión de producción—. Si mañana preguntan por la escalabilidad de los eventos, no podemos responder solo con el presupuesto inicial.
—Ya lo he revisado.
—¿Y?
—Podemos reducir ciertos costes en los eventos pequeños y mantener la estructura principal para los grandes.
—¿Sin perder calidad?
—Sin perder calidad.
Lo miro.
—¿Seguro?
—Sí.
—Necesito verlo.
Me gira el portátil.
Los números tienen sentido.
—Vale.
—¿Eso es un vale de verdad o un vale de Sophie?
—¿Hay varios?
—Muchos.
—Entonces es un vale de verdad.
Sonríe.
Durante unos minutos seguimos trabajando con normalidad. Hasta que llegamos a una de las propuestas de producción.
—Esto no.
Noah levanta la mirada.
—¿Por qué?
—Porque elimina parte de la experiencia que quiere el cliente.
—Reduce el presupuesto en casi un quince por ciento.
—Pero también reduce el impacto.
—Sophie, si quieren ocho eventos al año, tenemos que controlar el coste.
—No si el objetivo es que sigan contratándonos.
—Precisamente por eso.
—No.
Noah se reclina en la silla.
—No puedes defender una propuesta como si el presupuesto no importara.
—Y tú no puedes defenderla como si el cliente solo quisiera gastar menos.
—No he dicho eso.
—Lo estás planteando así.
—Porque estoy mirando la viabilidad completa.
—Y yo estoy mirando la experiencia.
Se hace un silencio.
Noah baja la mirada hacia los documentos.
—Entonces tenemos un problema.
—Sí.
—No es personal.
—No he dicho que lo sea.
—Lo parece.
Eso me molesta.
—No todo tiene que ver con nosotros.
La frase sale demasiado rápido.
Noah levanta los ojos.
—No he dicho que tuviera que ver con nosotros.
Me arrepiento inmediatamente.
—Lo sé.
—Entonces no lo conviertas en algo que no es.
Me quedo callada, tiene razón.
Otra vez.
Y lo peor es que no está intentando ganar.
Está intentando hacer su trabajo.
—Vale —digo finalmente—. Volvamos a los números.
Trabajamos durante casi una hora hasta encontrar un punto intermedio: mantenemos la parte principal de la experiencia, pero reducimos determinados costes de producción en los eventos menores.
Cuando terminamos, la propuesta es mejor, más sólida, más realista. Y eso debería tranquilizarme, pero no lo hace.
Porque ahora entiendo algo que hasta este momento había intentado no pensar.
Si conseguimos esta cuenta, Noah y yo vamos a trabajar juntos mucho más de lo que imaginábamos.
No durante un fin de semana, no durante seis semanas.
Durante un año.
Y si lo que está empezando entre nosotros sigue creciendo, no voy a poder esconderme detrás de un hotel, una apuesta o una cena.
Voy a tener que decidir qué quiero hacer con ello.
A la una, salimos a comer, pero no juntos.
Por primera vez en varias semanas, cada uno se va por su lado.
No porque estemos enfadados, sino porque ambos necesitamos espacio.
Me siento con Clara en una cafetería cercana y apenas he terminado el primer plato cuando ella me mira.
—¿Qué ha pasado?
—Nada.
—No me lo creo.
—Estamos trabajando.
—Eso tampoco me lo creo.
La miro.
—¿Por qué todo el mundo cree que entre Noah y yo pasa algo?
Clara sonríe.
—Porque entre Noah y tú pasa algo.
Me quedo callada.
—No pasa nada.
—Sophie.
—Estamos trabajando juntos.
—Ya.
—Y nos llevamos bien.
—Ya.
—Y eso es todo.
Clara bebe agua.
—Vale.
—¿Qué?
—Nada.
—Esa cara significa algo.
—Solo estaba pensando que nunca te había visto defender tanto que algo no existe.
La miro fijamente.
—No existe.
—Perfecto.
—Clara.
—No he dicho nada.
Pero su sonrisa me dice que no me cree.
A las cinco, Noah aparece junto a mi mesa.
—¿Podemos hablar?
—Claro.
Lo sigo hasta una de las salas pequeñas.
Cierra la puerta.
—Sobre esta mañana.
—¿Qué pasa?
—No quiero que pensemos que no podemos discutir profesionalmente por lo que está pasando.
Mi estómago se tensa.
—No está pasando nada.
Me mira.
—Vale.
—Lo digo en serio.
—Lo sé.
—Entonces...
—Entonces quiero asegurarme de que, si esto sigue avanzando, no afecte a tu trabajo.
La frase me deja quieta.
—¿A mi trabajo?
—Sí.
—¿Por qué estás pensando tú en eso?
—Porque sé cuánto significa para ti esta cuenta.
—Significa mucho.
—Más que mucho.
No respondo.
Noah se acerca un poco.
—Y no quiero que algún día alguien piense que has conseguido una oportunidad porque estabas conmigo.
Eso duele.
No porque me esté acusando.
Precisamente porque sé que podría ocurrir.
—Yo tampoco quiero eso.
—Lo sé.
—Y si tenemos que elegir entre esto y mi carrera...
Me cuesta terminar la frase.
—Mi carrera gana.
Noah asiente.
—Lo sé.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Qué eliges?
Me mira directamente.
—No quiero que tengas que elegir.
La respuesta me deja sin palabras.
—Pero si llega el momento...
—Entonces lo hablaremos.
—¿Y si no podemos?
—Entonces encontraremos otra manera.
—¿Cómo?
Noah sonríe apenas.
—No lo sé.
—No tienes una solución.
—No.
—Eso sí que es nuevo.
—Estoy aprendiendo.
Me río muy bajito.
Pero la tensión sigue ahí.
—Noah...
—No quiero que esto sea algo que te haga dudar de ti.
—No lo hace.
—Sí lo hace.
—No.
—Sophie.
Bajo la mirada.
—Quizá un poco.
Se acerca otro paso.
—Entonces no quiero que te precipites.
—No me estoy precipitando.
—Estás pensando demasiado.
—Eso es lo que hago.
—Lo sé.
Durante unos segundos ninguno dice nada.
Después Noah levanta una mano y roza suavemente mi muñeca.
El contacto es mínimo, pero suficiente.
—No voy a pedirte que decidas nada hoy.
Lo miro.
—¿Y tú?
—Yo ya sé lo que quiero.
Mi corazón late más rápido.
—¿Qué quieres?
Noah tarda unos segundos en responder.
—Quiero seguir conociéndote.
No sé por qué esa respuesta me afecta más que cualquier declaración.
Quizá porque no exige nada.
No promete nada.
Solo deja una puerta abierta.
Y, por primera vez, soy yo quien quiere cruzarla.
—Yo también —susurro.
Su mirada cambia.
—¿Sí?
Asiento.
—Sí.
Noah da un paso hacia mí.
Esta vez no retrocedo.
—Pero seguimos teniendo un problema.
—Lo sé.
—Trabajamos juntos.
—Lo sé.
—Y mañana tenemos una presentación.
—También lo sé.
—Y esto podría complicarlo todo.
—Sí.
—Entonces deberíamos parar.
—Sí.
No nos movemos.
—Dime que me aparte —susurra.
Lo miro.
Y esta vez no necesito pensar demasiado.
—No.
Noah se queda inmóvil.
Como si incluso él necesitara un segundo para asumir que lo he dicho.
—Sophie...
—No quiero que te apartes.
Su mano sube lentamente hasta mi mejilla, no me besa, todavía.
Solo me mira, esperando una última señal.
Yo cierro la distancia apenas un poco, y entonces mi teléfono empieza a sonar.
Los dos nos quedamos quietos.
Miro la pantalla.
Victoria.
Otra vez.
Cierro los ojos.
—Esto empieza a parecer personal.
Noah suelta una risa baja.
—Quizá Victoria tenga un sexto sentido.
Cojo el teléfono.
—Tengo que contestar.
—Sí.
Me aparto.
Esta vez cuesta mucho más.
—¿Sí?
—Sophie, perdona la hora. Acabo de recibir confirmación de Hamilton & Reed. Quieren la presentación mañana a primera hora y han pedido que esté también dirección.
Miro a Noah.
Su expresión cambia inmediatamente y vuelve a ser profesional.
Esa transición tan rápida me recuerda exactamente por qué todo esto es peligroso.
—De acuerdo —respondo—. Estaremos preparados.
Cuelgo.
—¿Dirección? —pregunta Noah.
—Sí.
Asiente.
—Entonces mañana importa.
—Mucho.
Recoge su portátil.
—Vamos a hacerlo bien.
Lo miro.
—Sí.
—Y después...
Se detiene.
—Después, ¿qué?
Me mira durante unos segundos.
—Después veremos.
Sale de la sala.
Me quedo sola.
Y por primera vez entiendo cuál es realmente el problema.
No es que Noah Bennett sea una mala idea.
No es que me atraiga.
No es que quiera besarle.
El problema es que, por primera vez, hay dos cosas que quiero al mismo tiempo y no sé si puedo permitirme tenerlas.
Quiero esa cuenta.
Quiero ese ascenso.
Quiero demostrar que estoy preparada.
Y también quiero saber qué pasaría si dejara de tratar lo que siento por Noah como un error que tengo que corregir.
Quizá por eso me da tanto miedo.
Porque mañana no solo voy a tener que convencer a Hamilton & Reed de que soy capaz de liderar una cuenta así.
También voy a tener que demostrarme a mí misma que puedo hacerlo sin perder el control.
Y justo ahora, con Noah Bennett a pocos metros de mí y el recuerdo de su mano todavía sobre mi mejilla, el control es precisamente lo último que siento que tengo.