No te soporto CAPÍTULO 10 #3
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CAPÍTULO 10 #3

Durante la primera media hora hablamos de cosas completamente absurdas.

Discutimos sobre qué comida debería considerarse desayuno aunque nadie la coma a primera hora, sobre quién sobreviviría más tiempo en un reality de supervivencia y sobre cuál de los dos tiene peor sentido de la orientación.

Noah insiste en que él sabe orientarse perfectamente y yo le recuerdo que, durante el viaje del viernes, utilizó el GPS para encontrar una gasolinera que estaba literalmente delante de nosotros.

—Eso fue una decisión estratégica.

—Te pasaste la salida.

—El GPS estaba recalculando.

—Porque te habías pasado la salida.

—No puedes demostrarlo.

—Estuve en el coche.

—Eso no constituye una prueba objetiva.

Me río.

Y me doy cuenta de que llevo casi una hora sin pensar en la presentación.

Ni en Victoria.

Ni en el ascenso.

Ni en Laura.

Ni siquiera en el casi beso.

Solo estoy aquí.

Con él.

Y resulta sorprendentemente fácil.

Cuando llega el plato principal, la conversación cambia poco a poco.

Noah me pregunta qué quería hacer antes de trabajar en eventos y yo le cuento que, durante un tiempo, pensé que acabaría trabajando en una empresa de organización de bodas porque me fascinaba la idea de construir algo desde cero y ver cómo todas las piezas terminaban encajando.

—Eso explica muchísimo —dice.

—¿Qué?

—Te gusta controlar todas las piezas.

—No controlo todas las piezas.

Me mira.

—Sophie.

—Vale. Intento controlar todas las piezas.

—Mucho mejor.

Le pregunto qué habría hecho si no hubiera acabado en Bennett & Cole.

—Probablemente algo que implicara viajar.

—¿Por qué?

—Porque siempre he tenido curiosidad por cómo vive la gente en otros sitios. Supongo que me gusta la sensación de llegar a un lugar en el que nadie sabe quién eres.

—Eso no parece muy propio de ti.

—¿Por qué?

—Porque a ti te gusta que todo el mundo sepa quién eres.

Sonríe.

—Eso es lo que parece.

La respuesta me hace callar.

—¿Y qué es lo que no parece?

Noah deja los cubiertos a un lado.

—Que a veces me cansa.

—¿La gente?

—La versión de mí que esperan los demás.

No sé por qué esa confesión me resulta tan familiar.

—¿Y qué versión eres tú cuando nadie espera nada?

Me mira durante unos segundos.

—Esta.

No sé qué decir.

Así que bebo agua.

Él sonríe ligeramente.

—¿Qué?

—Nada.

—No copies mis respuestas.

—Perdón.

La cena continúa y, cuanto más hablamos, más evidente resulta que hay partes de Noah que todavía no conozco.

No es solo el hombre que hace bromas en la oficina, ni el que encuentra soluciones cuando todo se complica, ni siquiera el chico que decidió quedarse en casa cuando le ofrecieron aquel trabajo en Manchester.

Hay una versión más tranquila de él, una que parece aparecer cuando no tiene que impresionar a nadie.

Me cuenta historias de su infancia, habla de su hermano, de su madre y de la costumbre que tiene de llamar a casa los domingos.

Yo le cuento cosas que normalmente no cuento a nadie en el trabajo: que llevo meses ahorrando para independizarme, que odio sentir que decepciono a la gente y que, cuando estoy nerviosa, organizo cosas que ni siquiera necesitan organización.

—Eso explica muchas cosas —dice.

—¿Qué cosas?

—Tu obsesión con las listas.

—No es una obsesión.

—Tienes una lista para hacer listas.

—Eso no existe.

—La he visto.

—Era una excepción.

—Tenía colores.

—Eso se llama organización.

—Eso se llama miedo.

Lo miro.

—¿Miedo a qué?

La pregunta lo hace callar durante un instante.

—A que algo salga mal y no poder arreglarlo.

No respondo.

Porque ha acertado.

Y eso me molesta más que cualquier broma.

—No me conoces tanto.

—Estoy empezando.

La frase queda suspendida entre nosotros.

No sé qué responder.

Él tampoco parece necesitar una respuesta.

La conversación continúa.

Y cuando llega el postre, me doy cuenta de que llevo casi dos horas sin mirar el teléfono.

Dos horas sin pensar en trabajo.

Dos horas sin sentir que tengo que demostrar nada.

Dos horas con Noah.

Cuando salimos del restaurante, hace todavía más frío.

Me abrazo a mí misma.

Noah se quita la chaqueta.

—No.

—Ni siquiera sabes qué iba a hacer.

—Vas a darme tu chaqueta.

—Sí.

—No.

—Sophie.

—No necesito que me cuides.

Me mira durante un instante.

—Ya lo sé.

Y me coloca igualmente la chaqueta sobre los hombros.

Esta vez no discuto.

No porque tenga frío.

O no solo por eso.

La chaqueta huele ligeramente a él, a ese perfume que he empezado a reconocer sin querer, y me odio un poco por ser consciente de algo tan absurdo. Meto las manos en los bolsillos y noto que uno de ellos está ocupado.

—¿Qué tienes aquí?

Saco una llave pequeña.

—Mi llave de casa.

—¿La llevas siempre?

—Sí.

—Pensaba que tenías una copia en la oficina.

—Tengo tres.

Lo miro.

—Por supuesto que tienes tres.

—Una en casa, una en el bolso y una en la oficina.

—¿Ves? Esto es exactamente lo que digo.

—¿Qué?

—Que tienes miedo de perder el control.

Me río.

—Y tú tienes demasiada confianza.

—También.

Llegamos a la esquina donde nuestras calles se separan.

Durante unos segundos ninguno parece tener prisa por despedirse.

—Entonces —digo—, supongo que has ganado.

—He ganado.

—No te emociones.

—Estoy intentando contenerme.

—No parece.

Me mira.

—¿Lo he hecho bien?

La pregunta me sorprende.

—¿Qué?

—La cena.

Sonrío.

—Sí.

—¿Sí?

—Sí.

—Entonces ha merecido la pena perder el resto de la tarde.

—No has perdido nada.

—He perdido la posibilidad de cenar contigo otro día bajo una excusa diferente.

Me quedo callada.

Él parece darse cuenta de que ha dicho más de lo que pretendía.

—Buenas noches, Sophie.

—Buenas noches.

Empiezo a caminar, pero me giro.

—Noah.

—¿Sí?

—Gracias.

Él sonríe.

—De nada.

Camino hacia casa con su chaqueta todavía sobre los hombros y una sensación extraña instalada en el pecho.

No ha pasado nada.

No nos hemos besado.

No hemos hablado de lo que ocurrió en el hotel.

No hemos hecho nada que pueda considerarse una mala idea.

Y, sin embargo, siento que esta noche hemos cruzado otra línea.

Una más peligrosa, porque no ha sido accidental.

Ha sido una elección.

Mientras subo las escaleras de mi edificio, saco el móvil del bolso y veo un mensaje suyo.

Noah: Por cierto, sigues debiéndome una revancha.

Sonrío.

Tardo unos segundos en responder.

Yo: Cuando quieras.

Miro el mensaje después de enviarlo.

Cuando quieras.

Dos palabras.

Nada más.

Pero de repente parecen mucho más importantes de lo que deberían.

Porque la apuesta nunca fue realmente por una cena.

Era una excusa para estar juntos.

Y lo peor de todo es que creo que los dos lo sabemos.

Solo que ninguno de los dos está preparado para decirlo en voz alta.