No te soporto CAPÍTULO 10 #2
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CAPÍTULO 10 #2

Sus dedos se cierran alrededor de los míos durante apenas un segundo, pero el contacto basta para que ambos parezcamos olvidar durante un instante qué estamos haciendo. Sus ojos bajan a nuestras manos y después vuelven a los míos. No dice nada. Yo tampoco.

—Trato —repito.

Cuando soltamos las manos, ambos volvemos a nuestros ordenadores.

Pero ninguno de los dos trabaja durante los siguientes cinco segundos.

La apuesta se convierte en una guerra durante las dos horas siguientes.

No una guerra real, evidentemente. No llegamos a lanzar documentos ni a esconderle el cargador al otro, aunque la tentación existe en más de una ocasión.

Es una competición silenciosa en la que cada uno intenta demostrar que puede terminar antes, con Noah escribiendo a una velocidad absurda y yo revisando cada dato como si estuviera preparando un informe para una comisión internacional.

A las dos y cuarto, Clara, una de las coordinadoras del equipo, entra en la sala para pedirnos un documento. Nos encuentra a los dos completamente concentrados, cada uno frente a su ordenador.

—¿Interrumpo algo?

—No —decimos los dos al mismo tiempo.

Clara mira de Noah a mí y después a la mesa.

—Vale.

Nos deja el documento que necesita.

Antes de salir, vuelve a mirarnos.

—¿Estáis compitiendo?

—No —respondo.

—Sí —dice Noah.

Lo miro.

—Traidor.

Clara se ríe.

—Sabía que algo pasaba.

—No pasa nada —digo.

—Claro.

Sale.

Noah se gira hacia mí.

—Creo que la gente empieza a sospechar.

—¿De qué?

—De que somos incapaces de hacer algo normalmente.

—Eso ya lo saben.

—Buen punto.

A las tres y cuarto, él se levanta.

—Terminado.

Levanto la cabeza.

—No.

—Sí.

—No puedes haber terminado.

—Acabo de decir que sí.

—Déjame verlo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque la apuesta funciona si confías en mí.

—Precisamente por eso quiero verlo.

Se ríe.

—Te quedan siete minutos.

—¿Qué?

—He terminado hace tres minutos. Te doy siete para que acabes.

—No necesito siete.

—Eso espero.

Vuelvo al ordenador.

Los últimos puntos son sencillos, pero mis manos parecen haberse vuelto más lentas de repente.

Noah se apoya en la mesa y me observa.

—Deja de mirarme.

—No te estoy mirando.

—Sí.

—Estoy mirando el reloj.

—El reloj está detrás de mí.

—Casualidad.

Acelero.

—Cinco minutos.

—Noah.

—Cuatro.

—Cállate.

—Tres.

—Como sigas hablando, voy a perder solo para poder echarte la culpa.

—Dos.

—Eres insoportable.

—Uno.

Pulso guardar y cierro el portátil.

—Terminado.

Noah mira el reloj.

—Dos segundos tarde.

Me quedo inmóvil.

—No.

—Sí.

—Eso no cuenta.

—La regla era terminar antes que yo.

—No habíamos establecido una hora.

—La competición empezó cuando aceptaste.

—Eso no tiene sentido.

—Tiene todo el sentido del mundo.

Lo miro con los ojos entrecerrados.

—Has hecho trampa.

—No.

—Sí.

—No.

—Sí.

—Sophie.

—Noah.

Nos quedamos mirándonos.

Y entonces él sonríe.

—Me debes una cena.

Siento algo extraño en el estómago.

No es la misma sensación de ayer.

Esta vez no hay celos.

Hay anticipación.

Y quizá eso sea todavía peor.

—Una cena —repito.

—Una cena.

—No significa nada.

—Por supuesto que no.

—Es una apuesta.

—Evidentemente.

—Y no es una cita.

La sonrisa de Noah se vuelve más lenta.

—Nunca he dicho que lo fuera.

Eso debería tranquilizarme, pero no lo hace.

A las cuatro menos cuarto, justo cuando Noah empieza a cerrar su portátil, su teléfono vibra sobre la mesa.

Mira la pantalla y su expresión cambia.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—Nada.

La respuesta me hace fruncir el ceño.

—No pongas esa cara.

—¿Qué cara?

—La de que acabas de recibir un correo que preferirías no haber recibido.

Mira el teléfono otra vez.

—Es del departamento comercial.

—¿Y?

—Han detectado un problema en la propuesta.

El alivio que había sentido al ganar la apuesta desaparece de golpe.

—¿Qué problema?

Noah abre el correo.

Durante unos segundos solo lee.

—La cifra del presupuesto de producción que hemos utilizado no es la definitiva.

—¿Cómo que no es la definitiva?

Me levanto de la silla y me acerco a él.

—Es la que nos pasó producción esta mañana.

—Sí, pero parece que era una versión preliminar.

—¿Y por qué no nos han enviado la actualización?

—No lo sé.

Me pasa el teléfono.

Leo el correo.

El presupuesto actualizado es considerablemente más alto.

No es una diferencia pequeña. Si utilizamos esas cifras, el margen del proyecto cambia y la propuesta que tenemos delante deja de ser tan competitiva.

—Esto no puede estar pasando —murmuro.

—Podemos arreglarlo.

—La reunión es el jueves.

—Lo sé.

—Victoria quiere la versión final mañana.

—También lo sé.

Empiezo a caminar por la sala.

—Entonces tenemos que rehacerlo.

—Sí.

—Y cambiar la presentación.

—Sí.

—Y revisar el precio final.

—Sí.

—¿Puedes dejar de decir que sí?

—Puedo.

—Noah.

Él deja el teléfono sobre la mesa.

—Sophie, lo solucionaremos.

—No quiero solucionarlo mañana a las ocho de la mañana. Quiero saber ahora por qué ha ocurrido.

—Porque alguien nos ha enviado un documento equivocado.

—Eso no es una explicación.

—Es exactamente una explicación.

—No, es un problema.

—Y los problemas tienen solución.

—No todos.

Él me mira.

—Este sí.

Me quedo callada.

Quizá estoy más alterada de lo necesario. Quizá llevo todo el día acumulando tensión y esto ha sido simplemente la gota que faltaba.

Pero entonces veo algo en la pantalla, un correo reenviado.

La fecha, el remitente y la hora.

—Tú tenías esta versión.

Noah frunce el ceño.

—¿Qué?

Señalo la pantalla.

—Aquí. Te la enviaron ayer por la tarde.

Él mira el correo.

Después me mira a mí.

—Sí.

—¿Y no me la pasaste?

La pregunta sale más fría de lo que pretendía.

—No la había visto.

—Está marcada como urgente.

—Lo sé.

—Entonces...

—Sophie, te estoy diciendo que no la había visto.

—Pero la tenías.

—Sí.

—Y hemos estado trabajando con una versión antigua.

—Sí.

Me cruzo de brazos.

—Eso no me parece precisamente tranquilizador.

Su expresión cambia.

—¿Estás insinuando que ha sido culpa mía?

—No estoy insinuando nada.

—Lo estás haciendo.

—Solo estoy diciendo que si tenías la información y no la revisaste...

—No la revisé porque me llegó cuando estábamos cerrando el informe del evento y pensé que era la versión que ya teníamos.

—Pues no era.

—Ya lo sé.

El tono de su voz hace que me detenga.

No está enfadado, está frustrado.

Y, por primera vez en todo el día, no sé si estamos discutiendo por el presupuesto o por algo más.

—Lo siento —digo.

Él se pasa una mano por el pelo.

—Yo también.

Silencio.

—No quiero que esto afecte a mañana —añado.

—No va a hacerlo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque voy a solucionarlo.

—No tienes que hacerlo tú solo.

Me mira.

—Lo sé.

—Entonces deja de comportarte como si tuvieras que arreglarlo todo.

Durante unos segundos no dice nada.

Después asiente.

—Vale.

Y algo se relaja entre nosotros.

No del todo, pero lo suficiente.

—Llamo a producción —dice.

—Y yo reviso el presupuesto.

—Trato.

Trabajamos durante casi una hora más.

Cuando terminamos, hemos conseguido ajustar varias partidas sin perjudicar demasiado la propuesta y Noah ha hablado con producción para conseguir mejores condiciones. No es la solución definitiva, pero sí suficiente para llegar a mañana con una presentación sólida.

Cuando finalmente cerramos los ordenadores, son casi las seis.

Me dejo caer contra el respaldo.

—Estoy agotada.

—Yo también.

—Y seguimos teniendo una cena pendiente.

Noah me mira.

—¿Quieres cancelarla?

La pregunta me sorprende.

—No.

—Podemos hacerlo otro día.

—No.

—Sophie...

—He ganado.

—Has perdido.

—Detalles.

Sonríe.

—Entonces vamos.

A las seis y media, salimos de la oficina juntos.

El aire de la calle está frío y el cielo empieza a oscurecer.

Durante unos segundos caminamos en silencio, dejando atrás el ruido de la oficina y la sensación constante de que alguien puede aparecer en cualquier momento para pedirnos algo.

Noah mete las manos en los bolsillos y yo me ajusto el bolso sobre el hombro.

—¿Dónde vamos?

—Es una sorpresa.

—Odio las sorpresas.

—Lo sé.

—Entonces, ¿por qué haces esto?

—Porque también sé que, si te digo dónde vamos, vas a buscar la carta por internet, calcular cuánto cuesta todo y decidir si el sitio cumple tus estándares antes de llegar.

—Eso es completamente falso.

—Lo hiciste con el hotel.

—Eso era diferente.

—Claro.

—Noah.

—Sophie.

—¿A dónde vamos?

—Ya casi estamos.

El restaurante resulta ser pequeño, acogedor y mucho menos sofisticado de lo que esperaba. Está escondido en una calle lateral, lejos de los restaurantes más concurridos del centro, con mesas pequeñas, luz cálida y una carta corta que parece cambiar cada semana.

Me detengo en la entrada.

—¿Cómo conoces este sitio?

—Un amigo me lo enseñó hace años.

—¿Vienes mucho?

—No.

—¿Por qué?

Me mira.

—Porque normalmente no tengo con quién venir.

La respuesta me sorprende.

—¿No sales a cenar?

—Claro que sí.

—Entonces...

—No suelo venir aquí.

Hay algo en su forma de decirlo que me hace sentir que no está hablando únicamente del restaurante.

Entramos.

Nos sentamos en una mesa junto a la ventana y, durante los primeros minutos, ninguno de los dos parece saber exactamente cómo comportarse. En la oficina tenemos mesas, ordenadores, presupuestos y una excusa constante para mantener las manos ocupadas. Aquí no hay nada detrás de lo que esconderse.

Noah coge la carta.

—Regla número uno.

—¿Tenemos reglas?

—Acabamos de inventarlas.

—Eso nunca acaba bien.

—Esta sí. No hablamos de trabajo.

—Perfecto.

—Regla número dos: no puedes analizar los precios.

—No estaba pensando hacerlo.

—Estabas mirando la columna de precios.

—Porque estaba ahí.

—Exactamente.

Le quito la carta de las manos.

—Regla número tres: tú tampoco puedes decirme lo que tengo que hacer.

—Esa regla no me gusta.

—No me importa.

—Entonces creo que acabamos de descubrir quién manda en esta relación.

Lo miro.

—No uses esa palabra.

—¿Cuál?

—Relación.

Su expresión cambia apenas.

—Era una forma de hablar.

—Ya.

—Aunque técnicamente...

—Noah.

—Vale.

Me devuelve la carta y ambos sonreímos.