No te soporto CAPÍTULO 10
42%

CAPÍTULO 10

Apuestas, cenas y un trato que se tambalea

El problema de trabajar con Noah Bennett es que convierte cualquier cosa en una competición.

No importa si estamos decidiendo qué proveedor responde más rápido, quién consigue una mesa de reuniones antes de las nueve de la mañana o quién recuerda primero una cifra de un presupuesto que los dos hemos visto unas veinte veces.

Para Noah, siempre hay una manera de convertirlo en un desafío, y para mí siempre parece existir una razón para aceptar.

Supongo que debería haber aprendido la lección después de todos estos meses, pero hay algo particularmente irritante en su manera de mirarme cuando cree que va a ganar que hace que mi sentido común desaparezca por completo.

El martes por la mañana estamos en una de las salas pequeñas de la oficina, revisando la propuesta para el siguiente proyecto de Hamilton & Reed.

Victoria nos ha dado hasta el viernes para preparar una presentación preliminar y, aunque todavía no sabemos si el cliente nos dará el proyecto completo, las cifras son lo bastante importantes como para que todo el departamento comercial esté pendiente del resultado.

Para mí, además, hay algo más. Después del evento del fin de semana, Victoria me ha dejado claro que está considerando mi nombre para asumir más responsabilidades durante los próximos meses.

No ha prometido nada, pero por primera vez siento que el ascenso que llevo tanto tiempo persiguiendo podría estar realmente al alcance de mi mano.

Por eso llevo casi una hora revisando cada página de la presentación como si de ello dependiera mi vida.

—Estás cambiando el mismo título por cuarta vez —dice Noah desde el otro lado de la mesa.

No levanto la vista.

—Porque la tipografía no funciona.

—La tipografía está bien.

—No.

—Sophie.

—Noah.

—Nadie va a decidir si nos dan el proyecto por el tipo de letra.

—Nadie que no tenga buen gusto.

Lo escucho reír.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La Sophie que conozco.

Levanto la mirada lentamente.

—No sé si eso era un insulto.

—Era una observación.

—Pues observa en silencio.

Noah se inclina sobre la mesa y mira la pantalla.

Su hombro queda prácticamente a la altura del mío, demasiado cerca para que mi cerebro no lo registre y demasiado cerca también para que pueda fingir que no me recuerda al hotel.

Durante una fracción de segundo me viene a la cabeza la imagen de aquella habitación, la cama compartida y el momento en que estuvimos a punto de besarnos.

Aparto la vista antes de que él pueda darse cuenta de lo que estoy pensando.

—La presentación está bien —dice finalmente—. De hecho, está muy bien.

—¿Eso significa que estás de acuerdo conmigo?

—No te acostumbres.

Lo miro.

—Has robado mi frase.

—Llevas semanas utilizándola conmigo. Creo que ya es de dominio público.

Sonrío a pesar de mí misma y vuelvo a la pantalla.

Durante unos minutos trabajamos en silencio.

Noah revisa la parte comercial mientras yo termino de ajustar la estructura de la presentación.

Es extraño lo bien que funcionamos cuando ninguno de los dos está intentando demostrar nada.

Él detecta problemas que yo paso por alto porque estoy demasiado pendiente de los detalles y yo encuentro incoherencias en los números que él da por buenas porque está pensando en el conjunto.

Al principio me costaba admitirlo, pero ahora sé que somos un buen equipo. Quizá incluso demasiado bueno.

—Aquí —dice él, señalando una cifra—. Esto no cuadra.

Me acerco a la pantalla.

—¿Qué?

—El coste por asistente. Está calculado con la previsión anterior.

Compruebo la hoja de cálculo y frunzo el ceño.

—Tienes razón.

—Lo sé.

—No empieces.

—No he dicho nada.

Le doy un golpe suave con el bolígrafo en el brazo.

—Idiota.

Él se ríe y vuelve a su ordenador.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Creo que tenemos un problema.

—¿Cuál?

—Nos estamos volviendo eficientes.

—Eso no es un problema.

—Para nuestra relación profesional sí.

—¿Por qué?

Me mira con una expresión divertida.

—Porque si empezamos a llevarnos bien, ¿de qué vamos a discutir?

—Siempre encontraremos algo.

—Eso espero.

La frase parece sencilla, pero durante un segundo ninguno de los dos añade nada.

Yo vuelvo a la pantalla.

Él también.

Y seguimos trabajando.

A las diez y cuarto, ya hemos revisado casi toda la propuesta y empiezo a pensar que quizá este proyecto sea incluso más importante de lo que Victoria ha dejado entrever.

Hamilton & Reed quiere organizar una serie de eventos durante el próximo año, no solo uno, y si conseguimos cerrar esta primera presentación podríamos tener trabajo para varios meses.

Para mí significaría algo más que una buena línea en el currículum.

Significaría demostrar que puedo ocupar un puesto que hasta ahora parecía reservado para personas con más experiencia.

—Estás pensando demasiado —dice Noah.

Levanto la mirada.

—¿Cómo sabes eso?

—Porque llevas cinco minutos sin pasar de página.

—Estoy revisando.

—No. Estás anticipando problemas que todavía no existen.

—Eso no es verdad.

—Sophie, acabamos de comprobar el presupuesto, la producción y los proveedores. No hay ningún incendio.

—Todavía.

—Ese "todavía" es exactamente lo que me preocupa.

Me apoyo contra el respaldo.

—Quiero hacerlo bien.

Su expresión cambia ligeramente.

—Ya lo sé.

—No quiero que Victoria piense que el evento salió bien por casualidad.

—No lo piensa.

—No puedes saberlo.

—Sí puedo.

—¿Por qué?

Noah deja el bolígrafo sobre la mesa.

—Porque estaba allí. Vio cómo trabajaste. Todo el mundo lo vio.

Me quedo callada.

Él continúa, esta vez sin bromear.

—No tienes que demostrar cada cinco minutos que mereces estar en esta sala. Ya estás aquí.

No sé por qué sus palabras me afectan tanto. Quizá porque se parecen demasiado a algo que me dijo antes. A esa idea que parece empeñado en repetirme hasta que, algún día, consiga creérmela.

—¿Siempre eres así?

—¿Así cómo?

—Tan... tranquilo.

Se ríe.

—No.

—No parece.

—Es porque tengo una estrategia.

—¿Cuál?

—Si entro en pánico, tú entras en pánico más. Entonces somos dos personas en pánico y nadie arregla nada.

No puedo evitar reírme.

—Qué considerado.

—Intento aportar.

A las once y media, Victoria entra en la sala con dos cafés y una carpeta.

—¿Cómo vais?

—Bien —respondo.

—Demasiado bien —añade Noah.

Victoria nos mira alternativamente.

—Eso me preocupa más que cualquier otra cosa viniendo de vosotros.

—Estamos madurando —dice él.

—No exageremos —respondo.

Victoria deja la carpeta sobre la mesa y se sienta. Revisa la presentación, hace un par de preguntas y señala algunas modificaciones que quiere antes de la reunión del jueves. Cuando terminamos, mira directamente hacia mí.

—Sophie, quiero que presentes tú la propuesta.

No esperaba que lo dijera tan pronto.

—¿Yo?

—Sí. Tú has llevado la coordinación del proyecto anterior y quiero que seas tú quien exponga la parte principal. Noah puede encargarse de las cuestiones comerciales y de producción.

Asiento.

—De acuerdo.

—¿Algún problema?

—Ninguno.

Victoria sonríe ligeramente.

—Perfecto. Quiero que empieces a asumir más visibilidad, Sophie. Ya te lo he dicho antes, pero creo que estás preparada.

No sé qué decir durante un segundo.

—Gracias.

—No me las des todavía. Hazlo bien el jueves y entonces hablamos.

Se levanta, recoge la carpeta y sale.

Me quedo mirando la puerta durante unos segundos.

—¿Ves? —dice Noah.

—¿Qué?

—Te lo dije.

—¿El qué?

—Que eres buena.

Bajo la mirada para esconder la sonrisa.

—No empieces.

—No estoy empezando nada.

—Lo parece.

—Solo estoy constatando un hecho.

—¿Y desde cuándo eres tan amable?

—Desde que me he dado cuenta de que me gusta verte contenta.

El silencio que sigue me hace levantar la cabeza.

Noah parece darse cuenta de lo que acaba de decir.

No retrocede, pero tampoco añade nada.

Yo tampoco.

—Voy a revisar la presentación —digo finalmente.

—Sí.

Me concentro en el ordenador.

Pero ya no estoy pensando en la presentación.

Estoy pensando en esa frase.

Me gusta verte contenta.

Podría significar cualquier cosa.

Probablemente no significa nada.

Y, sin embargo, mi corazón parece no haber recibido el mensaje.

A la una y media, estamos todavía trabajando.

Noah cierra el portátil y se estira en la silla.

—Necesito comer.

—Yo también.

—Eso ha sonado casi humano.

—No abuses.

—¿Bajamos?

—Tengo que terminar esto.

—Puedes terminarlo después.

—No.

—Sophie.

—Noah.

—Llevas trabajando desde las ocho.

—Tú también.

—Sí, pero yo soy más sensato.

Suelto una risa.

—Eso es mentira.

—Demuestra que no.

—No tengo tiempo.

—Entonces hagamos una apuesta.

Levanto la mirada.

—¿Qué apuesta?

La sonrisa aparece lentamente en su cara.

—Si termino mi parte del informe antes que tú termines la tuya, bajas a comer conmigo.

—¿Y si gano yo?

—Te invito a cenar.

Me quedo mirándolo.

—Eso no tiene sentido.

—¿Por qué?

—Porque las dos opciones implican que pasemos tiempo juntos.

—Exactamente.

—Entonces no es una apuesta.

—Para mí sí.

—Noah...

—Además, puedes elegir el sitio.

—No necesito que me invites a cenar.

—No he dicho que lo necesites.

—Entonces, ¿por qué quieres hacerlo?

Se encoge de hombros, pero hay algo en su expresión que no parece una broma.

—Porque me apetece.

La respuesta es tan sencilla que me deja sin una réplica inmediata.

—No puedes hacer eso.

—¿Qué?

—Decir cosas normales cuando estoy intentando discutir contigo.

—Lo siento.

—No parece que lo sientas.

—No mucho.

Lo miro unos segundos.

—De acuerdo.

—¿De acuerdo?

—Acepto.

Su sonrisa se hace más grande.

—Perfecto.

—Pero pongo las condiciones.

—Por supuesto.

—Si gano yo, eliges tú el restaurante.

—¿Y eso qué tiene de malo?

—Mucho. Tienes un gusto cuestionable.

—Eso es una acusación grave.

—Y si gano tú, tú eliges.

—Hecho.

—Y nada de sitios pretenciosos.

—Hecho.

—Y nada de hablar de trabajo durante la cena.

—Eso será difícil.

—Entonces perderás.

Noah extiende la mano por encima de la mesa.

—Trato.

Miro su mano.

Por alguna razón, estrechársela me parece mucho más íntimo de lo que debería.

Aun así, lo hago.