CAPÍTULO 9
Intrusos con coleta y celos mal disimulados
A las diez menos cuarto de la mañana, ya he borrado y reescrito el mismo correo tres veces.
No porque el correo sea complicado.
De hecho, es bastante sencillo. Solo tengo que confirmar las fechas de una reunión, adjuntar el presupuesto actualizado y pedir a producción que revise unas cifras antes de enviarlo a dirección. Podría hacerlo con los ojos cerrados.
El problema es que llevo diez minutos leyendo la misma frase y pensando en cualquier cosa menos en el correo.
En concreto, en un hotel.
En una habitación.
En una conversación que no terminó como debería haber terminado.
Y, sobre todo, en Noah.
—Si sigues mirando esa pantalla así, creo que el ordenador va a empezar a sentirse juzgado.
Levanto la cabeza.
Noah está apoyado en el marco de la puerta de la sala de reuniones, con una carpeta bajo el brazo y un café en la mano.
—No estoy mirando la pantalla de ninguna manera.
—Llevas diez minutos con la misma expresión.
—Estoy concentrada.
—Claro.
—¿Qué quieres?
—Entrar.
Miro la sala.
—Ya estás dentro.
—Entonces voy mejor de lo que pensaba.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo al ordenador, aunque una sonrisa traicionera amenaza con aparecer.
Noah se sienta frente a mí y deja la carpeta sobre la mesa.
—Victoria quiere que revisemos el informe de Hamilton & Reed antes de comer.
—Lo sé.
—También quiere que preparemos una propuesta para el siguiente proyecto.
Levanto la mirada.
—¿El siguiente?
—Parece que quedaron bastante contentos.
Intento mantener una expresión neutral, pero algo cálido se me instala en el pecho.
—Eso es bueno.
—Mucho.
—¿Cuándo nos lo han confirmado?
—Esta mañana.
—¿Y por qué no me lo has dicho antes?
—Porque llevabas diez minutos intentando intimidar un correo electrónico.
Lo miro.
—Eres insoportable.
—Buenos días.
—Llevamos media hora trabajando.
—Me parecía un buen momento para empezar.
Niego con la cabeza.
Y durante unos minutos todo vuelve a ser normal.
O lo más parecido a normal que puede ser algo entre Noah Bennett y yo después de lo que pasó ayer.
Hablamos del proyecto, revisamos cifras, discutimos sobre una partida del presupuesto y, poco a poco, me descubro relajándome.
Él no menciona el casi beso. Yo tampoco.
Ninguno de los dos hace referencia a la conversación del coche ni a la forma en que estuvimos a centímetros de hacer algo que habría complicado muchísimo las cosas.
Quizá sea mejor así.
Quizá podemos volver a ser nosotros.
Compañeros.
Amigos, si queremos llevar la palabra tan lejos.
Nada más.
Estoy empezando a creer que puedo conseguirlo cuando la puerta se abre.
—Perdón por el retraso.
Una mujer entra en la sala con el teléfono en una mano y un café en la otra.
Tiene unos treinta años, el pelo oscuro recogido en una coleta impecable y esa clase de seguridad que no necesita anunciarse porque se nota en la forma en que entra en una habitación.
No la conozco.
O, al menos, no personalmente.
Ella sí conoce a Noah.
Lo sé antes incluso de que diga su nombre.
—Noah.
Su expresión cambia.
No mucho.
Solo lo suficiente.
Una sonrisa distinta.
Más relajada.
—Laura.
Se acercan y ella le da dos besos.
Dos.
Normales.
Completamente normales.
No tengo ningún motivo para fijarme.
Así que, naturalmente, me fijo.
—Sophie —me susurra Noah al pasar junto a mí—, ella es Laura Mitchell, directora de cuentas de Hamilton & Reed. Laura, Sophie Hayes, nuestra coordinadora principal para el proyecto.
Nuestra.
Me quedo con esa palabra durante un segundo más de lo necesario.
Laura me sonríe.
—Por fin te conozco.
—¿Por fin?
—Noah lleva semanas hablando de ti.
Giro lentamente la cabeza hacia él.
Noah parece ligeramente sorprendido.
—No exageres.
—No exagero.
Laura deja el café sobre la mesa.
—Me habló de ti cuando empezamos a preparar el evento. Dijo que eras la persona más organizada que había conocido.
Miro a Noah.
Él se encoge de hombros.
—Era un comentario profesional.
—Claro.
Laura se ríe.
Y no sé por qué eso me molesta.
No debería.
No me importa.
Noah puede hablar de mí con quien quiera. Laura puede encontrarlo divertido. Incluso puede conocerlo desde hace años si le apetece.
No tiene nada que ver conmigo.
Me siento.
Abro el portátil.
—¿Empezamos?
Noah me mira durante un segundo.
—Sí.
La reunión empieza.
Y debería ser fácil.
Tenemos una agenda clara, números concretos y varios puntos que revisar.
Pero Laura y Noah tienen una facilidad entre ellos que me resulta inesperadamente irritante.
Se interrumpen.
Se entienden.
Terminan frases.
Ella recuerda una anécdota de otro proyecto y él se ríe.
—No vuelvas a contar esa historia —dice Noah.
—¿Por qué? Fue culpa tuya.
—Fue culpa de un proveedor.
—Que tú elegiste.
—Porque tú dijiste que era bueno.
—Y lo era.
—Durante veinte minutos.
Todos se ríen.
Yo también.
Porque la historia es divertida, pero mientras lo hago, siento algo extraño en el estómago. No es celos, por supuesto que no.
Es... No sé.
Irritación.
Eso, Irritación.
Y además estoy cansada.
Y tengo mucho trabajo.
Y Laura habla demasiado.
Eso explica perfectamente por qué me molesta.
Noah se inclina hacia ella para mirar algo en su portátil, ella le toca el brazo mientras señala la pantalla. No pasa nada, nada en absoluto. Pero mi mandíbula se tensa y me obligo a mirar mis notas.
—Sophie.
Levanto la cabeza.
—¿Sí?
Laura me está hablando.
Tardo un segundo en recordar de qué calendario habla.
—Creo que podemos adelantar la primera fase dos días, pero necesitaríamos confirmación de producción antes del viernes.
—Perfecto.
Noah me mira.
Hay algo en sus ojos.
Como si hubiera notado mi pequeño despiste.
Aparto la mirada.
La reunión continúa durante casi una hora.
Cuando termina, Laura recoge sus cosas y se acerca a Noah.
—¿Tienes cinco minutos?
—Claro.
—Quería comentarte lo del proyecto de Manchester.
—Sí. Dame un segundo.
Los veo salir juntos.
Y no sé por qué me quedo mirando la puerta cerrarse.
Me digo que no importa, me lo repito mientras guardo mis documentos.
No importa.
Noah es mi compañero.
Eso es todo.
Y lo que haya entre él y Laura no es asunto mío.
A las doce y cuarto estoy revisando un presupuesto cuando escucho una carcajada al otro lado de la oficina.
No necesito levantar la cabeza para saber de quién es, pero lo hago de todas formas.
Laura sigue allí. Está de pie junto a la mesa de Noah, enseñándole algo en el teléfono.
Él se ríe y ella le da un pequeño golpe en el hombro.
Yo vuelvo a mirar la pantalla.
El número que tengo delante no tiene ningún sentido.
Lo borro y lo vuelvo a escribir, pero sigue sin tener sentido.
—¿Estás enfadada con el Excel? —la voz de Noah aparece a mi lado.
Levanto la vista.
—No.
—Llevas dos minutos mirando la misma cifra.
—Estoy pensando.
—Eso parece peligroso.
—Noah.
—¿Sí?
—¿Qué quieres?
Él mira mi pantalla.
—Ayudarte.
—No necesito ayuda.
—Ya.
Se queda ahí.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás haciendo esa cara.
—¿Qué cara?
—La de "estás haciendo algo mal pero todavía no sé cómo demostrártelo".
Me recuesto en la silla.
—No estoy haciendo ninguna cara.
—La estás haciendo ahora mismo.
—Vete con Laura.
Lo digo antes de poder evitarlo..
Noah me mira.
Yo también.
Mierda.
No era eso lo que quería decir.
—¿Perdón?
—Que tienes trabajo con ella.
—Sí.
—Pues eso.
—Sophie.
—¿Qué?
—¿Te pasa algo?
—No.
—Vale.
No se mueve.
—¿Qué?
—Nada.
—Has dicho "vale" como si no me creyeras.
—Porque no te creo.
Frunzo el ceño.
—No tienes que creerme.
—Ya.
—Porque no pasa nada.
—Perfecto.
—Perfecto.
Nos miramos durante unos segundos.
Y entonces Noah baja ligeramente la voz.
—¿Estás enfadada conmigo?
La pregunta me descoloca.
—No.
—¿Con Laura?
—Tampoco.
—Entonces...
—Estoy trabajando.
Él observa mi pantalla.
—Llevas cinco minutos con el mismo presupuesto.
—Porque estoy trabajando.
Una sonrisa mínima aparece en su boca.
—Claro.
—No sonrías.
—No estoy sonriendo.
—Sí estás sonriendo.
—Un poco.
—Noah.
—Sophie.
Y durante un instante estamos otra vez en aquella habitación, demasiado cerca, demasiado conscientes.
Solo que ahora estamos en mitad de la oficina y hay quince personas a nuestro alrededor.
Él se aparta.
—Te dejo trabajar.
—Gracias.
Da dos pasos y se gira.
—Por cierto.
—¿Qué?
—Laura tiene novio.
Parpadeo.
—No te he preguntado.
—Lo sé.
—Entonces, ¿por qué me lo dices?
—No lo sé.
Y se marcha.
Me quedo mirándolo.
Idiota .
Vuelvo a la pantalla, pero ya no puedo concentrarme. Porque ahora tengo otra información que no necesitaba.
Laura tiene novio.
Y, contra toda lógica, una parte de mí se siente aliviada. Lo cual es muchísimo peor que estar celosa, porque significa que quizá sí lo estoy.
A las dos, salgo a por comida, necesito aire.
Y distancia.
Además de cinco minutos en los que nadie me hable.
Estoy a punto de cruzar la puerta cuando escucho a Noah detrás de mí.
—¿Vas a comer?
—Sí.
—Voy contigo.
—No hace falta.
—Ya lo sé.
Sigo caminando, pero él me alcanza.
—¿Sigues enfadada?
—No estaba enfadada.
—Entonces, ¿sigues siendo desagradable?
—Eso sí.
—Perfecto.
Caminamos juntos hasta el café de la esquina.
Durante un rato no hablamos, pero no es incómodo, y eso es lo que más me preocupa.
Con Noah, incluso el silencio empieza a sentirse demasiado natural.
Pedimos comida y nos sentamos junto a la ventana.
Él me mira.
—¿Puedo hacerte una pregunta?
—Depende.
—¿Por qué te ha molestado?
—¿Qué?
—Lo de esta mañana.
Miro mi comida.
—No me ha molestado.
—Sophie.
—Noah.
—No tienes que contarme nada.
Levanto la vista.
Su tono ha cambiado, ya no está bromeando.
—Pero no me gusta que te enfades conmigo y no saber por qué.
Eso me desarma un poco.
—No estoy enfadada contigo.
—Entonces dime qué pasa.
Suspiro.
—No pasa nada.
Él asiente lentamente.
—Vale.
Y esta vez sí lo creo.
No insiste, no intenta sacarme una confesión. Simplemente empieza a comer.
Eso debería tranquilizarme, pero en cambio, me hace sentir todavía peor.
—Laura es simpática —digo finalmente.
Noah levanta la vista.
—Sí.
—Y parece que os conocéis bastante.
—Trabajamos juntos hace dos años.
—Ah.
—¿Eso es todo?
—¿El qué?
—Lo que quieres saber.
Niego con la cabeza.
—No quiero saber nada.
—Vale.
—De verdad.
—Vale.
Me quedo callada unos segundos.
—¿Te gusta?
Noah deja el tenedor.
La pregunta ha salido de mi boca sin permiso.
—¿Laura?
—Sí.
Él me observa. Y entonces sonríe.
No como cuando se burla de mí.
Esta vez es una sonrisa mucho más pequeña, más tranquila.
—No.
—Ah.
Vuelvo a mirar mi comida.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sería incómodo trabajar así.
—¿Así cómo?
—Ya sabes.
—No, no sé.
Levanto la mirada y él sigue observándome.
—Noah...
—¿Qué?
—No hagas preguntas.
—Tú has empezado.
—Ya lo sé.
Sonríe.
—Entonces quizá debería dejarte terminar.
—Sí.
—De acuerdo.
Comemos en silencio, pero esta vez no es incómodo.
Es peor.
Porque debajo del silencio hay algo que ninguno de los dos está diciendo, algo que empezó en un hotel, algo que casi ocurrió y que ahora, de repente, parece mucho más real.
La tarde transcurre deprisa. A las cinco, Laura se marcha, pero antes de irse, se acerca a mi mesa.
—Sophie.
—¿Sí?
—Solo quería decirte que el evento del viernes fue increíble.
—Gracias.
—Noah tenía razón sobre ti.
La miro.
—¿Qué dijo?
Laura sonríe.
—Que eres muy buena.
Me quedo sin saber qué responder.
—Gracias.
—Y que, cuando quieres algo, eres imposible de parar.
No puedo evitar una pequeña sonrisa.
—Eso sí me lo creo.
Laura se ríe.
—Me alegro de haberte conocido.
—Igualmente.
Cuando se marcha, miro hacia la mesa de Noah y él está observándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Deja de decir eso.
—¿Qué?
—Nada.
Se ríe.
—¿Qué te ha dicho?
—Que soy buena.
—Lo eres.
—Y que soy imposible de parar.
—También.
—¿Tú le has dicho eso?
—Sí.
No sé por qué esas palabras me afectan más de lo que deberían.
—Gracias.
Él se encoge de hombros.
—Es verdad.
Vuelve a trabajar, yo hago lo mismo.
Y por primera vez durante todo el día, consigo respirar.
Quizá el problema no es Laura, quizá el problema nunca fue Laura, quizá el problema es que Noah empieza a importarme de una forma para la que todavía no tengo nombre.
Y eso sí que no sé cómo solucionarlo.
Son casi las siete cuando termino el último correo, la oficina está mucho más vacía.
Recojo mis cosas y me pongo el abrigo, veo a Noah, que sigue trabajando.
—¿No te vas?
—En cinco minutos.
Asiento.
Estoy a punto de marcharme cuando él me llama.
—Sophie.
Me giro.
—¿Sí?
Duda.
Por primera vez desde que lo conozco, parece no saber exactamente qué decir.
—Lo del viernes...
El corazón me da un pequeño golpe.
—¿Sí?
—No quiero que estés incómoda conmigo.
Me quedo quieta.
—No estoy incómoda.
—Bien.
—¿Tú lo estás?
Él tarda un segundo en responder.
—No.
Y por alguna razón, sé que está diciendo la verdad.
—Entonces estamos bien.
—Sí.
Me mira.
—Estamos bien.
Sonrío.
—Buenas noches, Noah.
—Buenas noches, Sophie.
Salgo de la oficina y solo cuando las puertas del ascensor se cierran me permito apoyar la cabeza contra la pared y cerrar los ojos.
Estoy celosa.
La conclusión llega con una claridad insoportable.
No quiero estarlo.
No tengo derecho a estarlo.
Noah y yo no somos nada.
Ni siquiera nos hemos besado.
Y, aun así, durante todo el día he estado pendiente de dónde estaba, con quién hablaba, de si Laura le tocaba el brazo, de si se reía con ella de la misma manera que se ríe conmigo.
Lo peor es que ahora sé que Laura tiene novio y eso me ha tranquilizado.
Y mientras las puertas del ascensor bajan hacia la planta baja, solo puedo pensar una cosa:
Estoy metida en un problema.
Porque quizá Noah Bennett no es el único que está empezando a sentir algo.
Y si eso es verdad, entonces el casi beso del hotel no fue un accidente, fue una advertencia.