CAPÍTULO 8
Reglas invisibles y treguas silenciosas
El domingo por la mañana debería ser sencillo. Debería consistir en terminar las últimas comprobaciones, recoger el material que queda en el hotel, despedirnos de Hamilton & Reed y volver a casa.
Eso es todo, un día más de trabajo, un viaje de vuelta, fin del proyecto.
Y, en teoría, también fin de la habitación compartida.
En teoría.
Abro los ojos antes de que suene la alarma y, durante unos segundos, me quedo mirando el techo.
No pienso en Noah, no pienso en la cama, no pienso en la conversación de anoche, no pienso en nada.
Hasta que escucho su voz.
—Llevas despierta cinco minutos.
Cierro los ojos.
—No.
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque estás respirando como si estuvieras intentando no hacer ruido.
Me giro lentamente.
Noah está despierto, apoyado sobre un codo, mirándome.
—Eso no tiene sentido.
—Tiene muchísimo sentido.
—¿Estabas observándome?
—No.
—Acabas de decir que sabías que llevaba cinco minutos despierta.
—Porque te conozco.
La respuesta me deja callada y Noah parece darse cuenta.
—Quiero decir...
—Ya sé lo que quieres decir.
—Bien.
—Perfecto.
Silencio.
—Buenos días.
—Buenos días.
Nos quedamos mirándonos un segundo, demasiado.
Soy la primera en apartar la vista.
—¿Qué hora es?
—Las siete.
—¿Y por qué estás despierto?
—Porque tú me has despertado.
—No he hecho ruido.
—Exacto. Ese es el problema.
—No te entiendo.
—Intentas despertarte sin hacer ruido, pero respiras demasiado fuerte.
—No respiro fuerte.
—Lo haces cuando estás nerviosa.
—No estoy nerviosa.
—Claro.
Me incorporo.
—Tenemos trabajo.
—Sí.
—Entonces levántate.
—Ya voy.
Mientras cojo mi ropa, intento ignorar la sonrisa que aparece en mi cara.
No debería gustarme esto.
La facilidad.
Las bromas.
La manera en que ya no tengo que pensar cada palabra antes de decirla.
Pero me gusta.
Y esa es una información que prefiero guardar para mí.
A las ocho estamos en el salón principal.
El evento de la noche anterior ha dejado poco trabajo pendiente, pero tenemos que supervisar el desmontaje y comprobar que no quede nada del material de Hamilton & Reed en el hotel.
Mientras el equipo trabaja, yo reviso la lista.
—Photocall.
—Recogido.
—Pantallas.
—En camino.
—Material promocional.
—En cajas.
—Documentación.
—Conmigo.
Levanto la mirada.
Noah sostiene una carpeta.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estabas mirando.
—Estaba comprobando que tenías la documentación.
—Claro.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que crees que me estoy preocupando por ti.
—No creo que te estés preocupando por mí.
—Bien.
—Creo que te gusta tenerme localizado.
—Noah.
—¿Qué?
—Trabaja.
—Sí, jefa.
Me alejo antes de que pueda ver que estoy sonriendo.
A las diez, casi todo está terminado.
Hamilton & Reed nos ha confirmado que el evento ha sido un éxito y Victoria nos llama para felicitarnos.
—Estoy muy orgullosa de vosotros —dice.
Noah me mira desde el otro lado de la mesa y yo intento no sonreír demasiado.
—Gracias —respondo.
Victoria continúa hablando unos minutos sobre el feedback del cliente y sobre la posibilidad de que nuestra agencia reciba nuevos proyectos gracias al evento.
Cuando cuelgo, dejo el móvil sobre la mesa.
—¿Qué ha dicho?
—Que están muy contentos.
—¿Y?
—Que probablemente nos lleguen más proyectos de este tipo.
Noah sonríe.
—Eso es bueno.
—Sí.
—Muy bueno.
—Sí.
Me mira.
—¿Y?
—¿Qué?
—Estás intentando no emocionarte.
—No.
—Sí.
—No.
—Sophie.
—¿Qué?
—Estás sonriendo.
—¿Y qué?
—Nada.
Se encoge de hombros.
—Me gusta verte así.
La frase me deja completamente quieta.
Noah también parece darse cuenta de lo que acaba de decir.
Durante un segundo ninguno habla.
—Quiero decir... —empieza.
—Ya.
—Que normalmente estás estresada.
—Gracias.
—No era un insulto.
—Lo sé.
—Solo...
—No tienes que explicarlo.
Asiente.
—Vale.
Pero el ambiente ha cambiado.
Solo un poco.
Lo suficiente para que los dos lo notemos.
A mediodía, el hotel está prácticamente vacío.
El equipo ha empezado a recoger sus cosas y algunos proveedores ya se han marchado. Tenemos unas horas antes de volver a casa, así que decidimos aprovecharlas para revisar por última vez el espacio donde se celebró el evento.
Camino por el salón vacío mientras Noah recoge unas últimas cajas.
—¿Te das cuenta de que hace una semana pensaba que este fin de semana iba a ser horrible?
—¿Solo hace una semana?
—No seas idiota.
—Lo intento.
—No parece.
Me siento en uno de los escalones del escenario.
—Ha salido bien.
—Ha salido muy bien.
—Sí.
—¿Te sorprende?
—Un poco.
—¿Por qué?
Lo miro.
—Porque trabajar contigo no ha sido tan horrible como esperaba.
Noah se lleva una mano al pecho.
—Eso es lo más bonito que me has dicho nunca.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
—Era un cumplido pequeño.
—Lo guardaré.
—Haz lo que quieras.
Noah se sienta a mi lado, no demasiado cerca, pero tampoco demasiado lejos.
Miramos el salón.
—¿Qué vas a hacer cuando volvamos? —pregunta.
—Dormir.
—Eso es todo.
—Probablemente.
—¿Ni una copa para celebrar?
—No.
—¿Una cena?
—No.
—¿Una vida social?
—No.
—¿Un poco de diversión?
—No.
—¿Sabes que tienes veinticuatro años, verdad?
—Perfectamente.
—A veces pareces tener sesenta.
—Gracias.
—Era un cumplido.
—No lo parecía.
—Lo era.
Me río.
Noah me mira.
—Ahí está otra vez.
—¿Qué?
—La sonrisa.
—¿Qué pasa con mi sonrisa?
—Nada.
—Entonces deja de mirarla.
—No puedo.
La frase sale demasiado rápido.
Los dos nos quedamos quietos.
Noah aparta la mirada primero.
Yo noto que mi corazón ha acelerado ligeramente.
No mucho.
Solo lo suficiente.
—¿Qué has dicho? —pregunto.
Noah vuelve a mirarme.
—Que...
Se detiene.
Por primera vez desde que lo conozco, parece no tener una respuesta preparada.
—Nada.
—No.
—Sophie...
—Has dicho que no puedes.
—No puedo qué.
—Dejar de mirarla.
Silencio.
Noah se pasa una mano por el pelo.
—Porque me gusta.
La palabra queda suspendida entre nosotros. Me quedo mirándolo.
—¿Mi sonrisa?
Asiente.
—Sí.
No sé qué hacer con eso, así que hago lo único que se me ocurre.
Me río.
—Eso es ridículo.
—Probablemente.
—Ni siquiera sonrío tanto.
—Lo sé.
—Entonces...
—Precisamente por eso.
Mi risa desaparece lentamente.
Noah no está bromeando, no esta vez.
Hay algo diferente en su mirada.
Algo que no había visto antes.
—Noah...
Él baja la mirada hacia mis manos.
—No tienes que decir nada.
—Yo...
—De verdad.
—No sé qué decir.
—Entonces no digas nada.
Y por primera vez en toda nuestra relación, no sé cómo responderle.
Pasamos la siguiente hora revisando cosas que probablemente no necesitan ser revisadas.
Es una forma de evitar la conversación, lo sé.
Él también.
Pero ninguno lo menciona.
A las dos y media decidimos comer algo antes de salir. El restaurante del hotel está prácticamente vacío.
Nos sentamos en una mesa junto a la ventana.
Noah mira el menú.
—¿Qué quieres?
—Lo que sea.
—Eso es mentira.
—¿Por qué?
—Porque siempre sabes lo que quieres.
—No siempre.
—Casi siempre.
—Vale. Pasta.
—¿Qué pasta?
—La que quieras.
—Eso no funciona.
—Entonces elige tú.
Sonríe.
—Perfecto.
Pedimos y durante unos minutos hablamos del trabajo, del viaje de vuelta y de todo lo que tendremos que hacer el lunes.
La conversación vuelve a ser fácil.
Hasta que deja de serlo.
—¿Puedo preguntarte algo? —dice Noah.
—Depende.
—¿Por qué estás tan empeñada en conseguir ese ascenso?
La pregunta me sorprende.
—Ya lo sabes.
—Sé que lo quieres.
—Entonces...
—No sé por qué.
Me quedo mirando mi vaso.
—Porque lo necesito.
—¿Para qué?
—Para demostrar que puedo.
—¿A quién?
La pregunta me toca un lugar incómodo.
—A mí.
Noah asiente.
—Eso pensaba.
—¿Y qué?
—Nada.
—No.
—¿Qué?
—Dilo.
Suspira.
—Creo que eres mucho más dura contigo misma de lo que eres con cualquier otra persona.
No respondo.
Porque tiene razón.
—¿Y eso es malo?
—No necesariamente.
—Entonces...
—Pero debe ser agotador.
Miro por la ventana.
—Lo es.
—¿Por qué no te permites simplemente disfrutar de las cosas?
—Porque si me relajo, puedo perderlas.
Noah guarda silencio.
—¿Quién te enseñó eso?
La pregunta me pilla desprevenida.
—Nadie.
—Entonces, ¿de dónde viene?
Pienso durante unos segundos.
—Supongo que de mí.
—No.
Lo miro.
—¿No?
—De algo que pasó.
No sé por qué, pero la seguridad de su voz me hace bajar la guardia.
—Mi padre perdió su trabajo cuando yo tenía dieciséis años.
Noah no dice nada.
—Fue una época complicada. Mi madre empezó a trabajar más horas y yo empecé a ayudar en casa. No fue una tragedia ni nada así. Salimos adelante. Pero creo que desde entonces me quedó esa sensación de que cualquier cosa puede desaparecer de un día para otro.
Noah escucha.
No intenta arreglarlo.
No me dice que todo irá bien.
Solo escucha.
—Por eso necesitas tenerlo todo controlado.
Asiento.
—Supongo.
—Tiene sentido.
—¿No vas a decirme que debería relajarme?
—No.
—¿Por qué?
—Porque sé que no funciona así.
Sonrío ligeramente.
—Gracias.
—De nada.
La camarera deja la comida.
Durante unos segundos ninguno habla.
Y entonces Noah dice:
—Además, creo que tienes derecho a querer algo muchísimo.
Levanto la mirada.
—¿Qué?
—El ascenso.
—Ah.
—Quieres ese puesto.
—Sí.
—Entonces ve a por él.
—Eso intento.
—No. Lo estás haciendo.
La diferencia entre las dos cosas me golpea.
Intentarlo.
Hacerlo.
Quizá tenga razón.
Después de comer, subimos a la habitación para recoger nuestras cosas.
Es extraño pensar que dentro de unas horas ya no estaremos aquí.
La cama está deshecha, mi ropa está sobre una silla, el cargador de Noah está en la mesilla.
Hay dos vasos de agua junto a la cama.
Una de mis horquillas ha aparecido en el suelo, al lado de sus zapatos.
Pequeñas cosas.
Detalles insignificantes.
Y, sin embargo, siento una extraña sensación de final.
No del proyecto, de esto, de nosotros encerrados en una habitación, de las conversaciones nocturnas, de despertarme y saber que él está al otro lado.
No debería importarme, pero me importa.
Noah está guardando unas camisas en su maleta cuando me encuentra mirándolo.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez nada.
—Estaba pensando.
—Eso siempre es peligroso.
—Cállate.
Él sonríe.
—¿Qué pensabas?
—Que mañana volveremos a la oficina.
—Sí.
—Y todo será normal.
—¿Quieres que sea normal?
La pregunta me deja quieta.
—Sí.
—Vale.
Pero su voz no suena convencida.
—¿Tú no?
Noah cierra la maleta.
—No sé.
—¿Qué significa eso?
—Que no sé si quiero que sea exactamente como antes.
No digo nada.
Él tampoco.
La distancia entre nosotros parece reducirse aunque ninguno se mueve.
—Noah...
—Sophie.
Nos miramos.
No hay bromas.
No hay trabajo.
No hay nadie más.
Solo estamos nosotros.
Y durante un segundo tengo la sensación de que algo está a punto de ocurrir.
No sé quién se mueve primero.
Quizá los dos.
Quizá ninguno.
Pero Noah está más cerca.
Mucho más cerca.
Puedo ver el cambio en su expresión.
Ya no está sonriendo.
Sus ojos bajan lentamente hacia mi boca.
Mi respiración se corta.
No debería.
No debería estar pasando.
Pero tampoco me aparto.
—Esto es una mala idea —susurro.
—Probablemente.
—Somos compañeros.
—Lo sé.
—Y estamos trabajando juntos.
—Lo sé.
—Y...
—Sophie.
—¿Qué?
Su voz baja.
—Dime que me aparte.
Mi corazón late demasiado rápido.
Podría hacerlo.
Debería hacerlo.
Sería lo sensato.
Pero no digo nada.
Noah espera.
No se acerca más.
Solo espera.
Y eso, de alguna manera, hace que todo resulte todavía más intenso.
Levanto la mirada hacia sus ojos.
Después hacia sus labios.
Y justo cuando creo que va a besarme...
Suena el teléfono.
Los dos nos apartamos como si hubiéramos recordado de golpe dónde estamos.
Mi teléfono.
Lo miro.
Victoria.
Cierro los ojos.
—Claro.
Noah se pasa una mano por el pelo y da un paso atrás.
—Será importante.
—Sí.
Contesto.
—¿Sophie?
—Hola, Victoria.
Intento que mi voz suene normal.
No lo consigue.
Noah se gira y empieza a guardar cosas en la maleta.
Pero puedo sentirlo.
La tensión sigue ahí.
Como una electricidad silenciosa que ninguno sabe cómo apagar.
Victoria me habla durante unos minutos sobre el informe final y sobre una reunión del lunes.
Yo respondo.
Tomo notas.
Asiento.
Hago exactamente lo que llevo años haciendo.
Trabajo.
Pero una parte de mí sigue atrapada en los treinta segundos anteriores.
Cuando cuelgo, la habitación está en silencio.
Noah está junto a la ventana.
—¿Todo bien? —pregunta.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
Asiente.
—Bien.
Lo miro.
Quiero decir algo.
No sé qué.
—Noah...
Se vuelve.
—¿Sí?
Abro la boca.
Nada sale.
Él espera.
Finalmente niego con la cabeza.
—Nada.
Noah asiente lentamente.
—Vale.
Y esta vez no sonríe.
El viaje de vuelta empieza dos horas después.
No hablamos demasiado durante los primeros kilómetros, no porque estemos enfadados, sino porque ninguno sabe muy bien qué hacer con lo que casi pasó.
Yo miro por la ventana.
Noah conduce.
La música está baja.
Todo parece normal.
Pero no lo es.
En algún momento, Noah rompe el silencio.
—¿Quieres que hablemos de ello?
Sigo mirando por la ventana.
—No sé.
—Está bien.
—¿Tú quieres?
—Sí.
Me giro.
Sus manos siguen sobre el volante.
Su mirada está fija en la carretera.
—Pero no quiero presionarte.
—No me estás presionando.
—Bien.
Silencio.
—¿Qué habría pasado? —pregunto.
Noah tarda unos segundos en responder.
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
Sonríe ligeramente.
—Probablemente te habría besado.
Mi corazón da un golpe.
—Ya.
—Y probablemente después habríamos tenido que decidir qué hacer con eso.
—Exacto.
—Lo cual habría sido complicado.
—Mucho.
—Especialmente porque mañana tenemos que trabajar juntos.
—Sí.
Noah asiente.
—Por eso te pregunté que me dijeras que me apartara.
Lo miro.
—¿Y si no quería?
Esta vez sí gira la cabeza un segundo.
Solo un segundo.
Pero es suficiente.
—Entonces habría sido un problema.
—¿Por qué?
—Porque creo que llevaba demasiado tiempo queriendo hacerlo.
No sé qué decir, así que vuelvo a mirar por la ventana. El paisaje pasa rápido al otro lado del cristal, Noah no vuelve a hablar durante varios minutos y yo tampoco, pero ahora hay algo diferente.
Una certeza.
No sé qué somos, no sé qué vamos a hacer, no sé si aquello fue un momento aislado o el principio de algo que no deberíamos empezar, pero sé una cosa.
Cuando estuvimos a centímetros de besarnos...
No quería apartarme.
Y esa es la primera verdad sobre Noah Bennett que me da auténtico miedo.