No te soporto CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Cuándo supiste que querías trabajar en esto?

Sonríe.

—No estoy seguro de haberlo sabido nunca.

Lo miro.

—¿En serio?

—En serio.

—Pero eres bueno.

—Eso no significa que lo haya sabido siempre.

—Entonces, ¿qué querías hacer?

Noah se queda mirando el escenario vacío.

—Cuando era pequeño quería hacer muchas cosas.

—¿Como cuáles?

—Astronauta.

Me río.

—No te rías.

—Lo siento.

—También quería ser músico.

—Eso sí me lo creo.

—Y fotógrafo.

—¿En serio?

—Sí.

—¿Y qué pasó?

Se encoge de hombros.

—Crecí.

No me gusta la respuesta.

—Eso suena triste.

—No lo es.

—Un poco sí.

Noah me mira.

—Quizá solo cambiaron las cosas.

Y pienso en lo que me contó durante el viaje.

Su hermano, Manchester, la decisión que tomó, la vida que podría haber tenido.

De repente lo veo de otra manera.

No como alguien que tuvo exactamente lo que quiso, sino como alguien que aprendió a construir algo distinto con lo que tenía.

—¿Te arrepientes? —pregunto.

Noah sabe exactamente a qué me refiero.

—A veces.

—¿Y otras?

—Otras no.

—¿Cómo puedes vivir con eso?

Sonríe ligeramente.

—No puedes cambiar una decisión que tomaste con la información que tenías entonces.

Me quedo callada.

—Creo que eso es lo que más me cuesta —digo.

—¿Qué?

—Aceptar que no puedo saber cómo van a salir las cosas.

—Ya.

—Me gustaría tener garantías.

—A todos.

—Tú no.

—Yo también.

—No lo parece.

—Porque no dejo que eso decida por mí.

Lo miro.

—¿Y cómo lo haces?

Noah tarda un momento en responder.

—Supongo que aprendí que algunas cosas pueden salir mal aunque hagas todo bien.

La frase me golpea más de lo que esperaba. Porque eso es exactamente lo que llevo años intentando evitar.

Volvemos a la habitación pasadas las once.

Estoy agotada.

Me quito los zapatos nada más entrar y los dejo junto a la puerta.

—No pienso moverme durante los próximos veinte minutos.

Noah deja la chaqueta sobre una silla.

—Yo voto por treinta.

—Aceptado.

Me dejo caer en el sofá, Noah se sienta en el otro extremo.

Durante unos minutos no hablamos, solo descansamos. Es diferente a la noche anterior.

Ayer la habitación parecía demasiado pequeña. Hoy no.

Quizá porque ya no siento que tenga que estar pendiente de cada movimiento suyo.

Quizá porque después de todo el día trabajando juntos, compartir este espacio parece menos extraño.

O quizá porque, de alguna manera, Noah ha dejado de sentirse como alguien con quien estoy atrapada.

Ahora simplemente está aquí, conmigo.

—¿Sabes qué es lo peor? —digo.

—¿Qué?

—Que creo que mañana vamos a tener que volver a trabajar juntos.

Noah gira la cabeza hacia mí.

—Qué tragedia.

—Una auténtica pesadilla.

—No sé cómo vamos a superarlo.

—Yo tampoco.

Nos quedamos en silencio, y esta vez soy yo la que sonríe primero.

Noah lo ve, no dice nada.

Solo sonríe también.

Después de unos minutos, me levanto para prepararme para dormir.

El hace lo mismo.

Nos movemos por la habitación con una familiaridad que no debería existir después de tan poco tiempo. Yo dejo el móvil sobre la mesilla. Él apaga una de las lámparas. Yo compruebo la alarma. Él cierra las cortinas.

Ninguno pregunta dónde va a dormir el otro, ninguno necesita hacerlo.

Cuando finalmente me meto en la cama, noto que algo ha cambiado.

No en la habitación, sino en mí.

Ya no necesito imaginar una línea invisible, sigo teniendo mi lado. Él tiene el suyo.

Y, por primera vez, no me preocupa demasiado que estén tan cerca.

Apagamos la luz.

—Buenas noches, Sophie.

—Buenas noches, Noah.

Silencio.

Unos segundos.

—¿Sophie?

—¿Sí?

—Gracias por confiar en mí.

Abro los ojos en la oscuridad.

No sé qué responder.

Porque no recuerdo haberle dicho que confío en él, pero quizá no hace falta decirlo.

—Buenas noches, Noah.

—Buenas noches.

Cierro los ojos.

Intento dormir, pero no puedo.

Porque ahora que conozco un poco más al hombre que hay detrás de todas las bromas, me doy cuenta de algo que resulta mucho más peligroso que descubrir que Noah Bennett puede ser agradable.

Me gusta la persona que es cuando cree que nadie está mirando.

Me gusta cómo trata a la gente que no puede darle nada a cambio.

Me gusta que recuerde cómo tomo el café.

Me gusta que se dé cuenta cuando no he comido.

Me gusta que no necesite llevarse el mérito.

Me gusta que, cuando me dice que lo estoy haciendo bien, no parece decirlo para hacerme sentir mejor.

Lo cree.

Y quizá eso sea lo que más me preocupa.

Porque hasta ahora podía convencerme de que todo lo que había entre nosotros era una cuestión de circunstancias.

El proyecto.

El trabajo.

El viaje.

La habitación.

La cama.

Pero ahora empiezo a entender que el problema no es que haya tenido que pasar tiempo con Noah Bennett.

El problema es que cuanto más tiempo paso con él, más difícil resulta encontrar una razón para seguir odiándolo.

Me giro hacia mi lado de la cama.

A mi espalda, Noah respira tranquilamente.

Cierro los ojos.

Y por primera vez desde que empezó todo esto, no pienso en cuánto me irrita.

Pienso en cuánto me queda por descubrir.

Y eso, mucho más que compartir una cama con él, es lo que empieza a darme miedo.