CAPÍTULO 7 #2
—¿No afectará a la prueba?
—No si ajustamos el resto.
—¿Estás seguro?
—Sí.
El técnico asiente y se marcha.
Yo sigo mirando el escenario.
—¿Cómo sabías que se podía hacer?
—No lo sabía.
Me giro hacia él.
—¿Perdona?
—Lo he preguntado.
—Has dicho que sí.
—He dicho que sí porque él ha dicho que sí.
—Eres imposible.
—Pero ha funcionado.
Y tiene razón.
Otra vez.
Me odio un poco por admitirlo.
Durante las siguientes horas pasa algo parecido.
Cada vez que aparece un problema, Noah no intenta demostrar que sabe más que nadie. No levanta la voz. No toma decisiones por mí. Simplemente aparece, pregunta qué necesitamos y se pone a solucionarlo.
Cuando un proveedor llega con veinte minutos de retraso, consigue que otro cubra parte del montaje.
Cuando falta una caja de material promocional, localiza al responsable del transporte.
Cuando una de las patrocinadoras pide cambiar su ubicación, Noah me pregunta qué prefiero hacer antes de mover nada.
Y cuando uno de los responsables del equipo pregunta quién tiene la última palabra sobre el programa, Noah responde sin siquiera mirarme:
—Sophie.
La palabra me sorprende más de lo que debería.
El chico asiente y se marcha.
Yo miro a Noah.
—Podrías haber contestado que lo decidimos los dos.
—Lo decidimos los dos.
—Entonces...
—Pero tú diriges el proyecto.
Lo dice con absoluta naturalidad, sin dramatismo, sin buscar que lo escuche nadie. Como si fuera un hecho.
—Gracias.
Noah me mira durante un segundo.
—No tienes que darme las gracias por decir la verdad.
Y vuelve al trabajo.
Me quedo observándolo unos segundos.
Hay algo en él que no termino de entender.
No es solo que sea competente, es que no parece necesitar demostrarlo.
Yo llevo tres años intentando demostrar que merezco estar aquí. Él parece no necesitar que nadie se lo confirme.
Y, por primera vez, me pregunto si quizá esa diferencia explica más de nosotros de lo que pensaba.
A media mañana ocurre algo que no esperaba.
Una de las asistentes de producción, Clara, se acerca a nosotros con una carpeta contra el pecho.
Tiene veintidós años, lleva trabajando en la agencia poco más de seis meses y todavía conserva esa mezcla de entusiasmo y miedo que yo recuerdo perfectamente de cuando empecé.
—Perdón por molestar.
—No molestas —dice Noah inmediatamente—. ¿Qué necesitas?
Clara mira primero a Noah y después a mí.
—Estoy intentando localizar al proveedor de las acreditaciones. No me cogen el teléfono y necesitamos confirmar que van a traer las de los invitados VIP.
—Dámelo.
Noah coge la carpeta.
—¿Es el número que aparece aquí?
—Sí.
—Vale. Lo llamo yo.
Clara parece aliviada.
—Gracias.
—Y tranquila.
Ella asiente.
—Es que pensé que...
—No pasa nada. Lo solucionamos.
La chica se marcha.
Yo miro a Noah.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando raro.
—No.
—Sí.
—Solo pensaba que normalmente la gente te pone nerviosa.
—¿La gente?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eres...
Se detiene.
—¿Qué?
—Muy tú.
—Eso no tiene ningún sentido.
—Lo sé.
Noah se ríe.
—Gracias, supongo.
—No era un cumplido.
—Lo sé.
—Entonces no sonrías.
—No puedo evitarlo.
A las doce, mientras revisamos el seating plan , escucho a alguien llamar a Noah desde el otro extremo del salón.
—¡Noah!
Él se gira.
Es uno de los camareros.
Noah deja inmediatamente lo que está haciendo y camina hacia él.
No sé qué ha ocurrido, pero por la expresión del hombre parece importante.
Me acerco unos segundos después.
—¿Todo bien?
El camarero niega con la cabeza.
—Tenemos un problema con el servicio de la mesa de los directivos.
Noah le pide que se lo explique.
El hombre habla rápido, el escucha sin interrumpir. Después hace un par de preguntas y finalmente asiente.
—Vale. Lo hacemos así.
—Pero necesitaremos dos personas más.
—Te las consigo.
—¿De dónde?
—Del turno de la tarde.
—¿Y no les hará falta allí?
—Sí, pero durante cuarenta minutos no.
El hombre asiente.
—Gracias.
Noah le da una palmada ligera en el hombro.
—Tranquilo. Está controlado.
El hombre se marcha, yo lo miro.
—¿Qué ha pasado?
—Se habían quedado cortos de personal para una parte del servicio.
—¿Y?
—He reorganizado dos personas.
—¿De dónde?
—Del turno de la tarde.
—¿No te correspondía hacerlo?
—No.
—Entonces, ¿por qué lo has hecho?
Noah parece sinceramente confundido por mi pregunta.
—Porque hacía falta.
Eso es todo.
Porque hacía falta.
Como si fuera suficiente explicación.
Me doy cuenta de que quizá ahí está el problema. Yo estoy acostumbrada a pensar que cada decisión tiene que tener una razón estratégica. Una consecuencia. Un cálculo.
Noah, en cambio, parece funcionar de otra manera.
Ve algo que necesita hacerse y lo hace. Sin esperar reconocimiento. Sin convertirlo en una oportunidad para demostrar que es mejor que los demás.
Simplemente porque puede ayudar.
—¿Qué? —pregunta.
—Nada.
—Llevas diez segundos mirándome.
—Estoy pensando.
—Eso me preocupa.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Aparto la mirada, pero esta vez no puedo evitar sonreír.
A la una y media, estoy intentando comer de pie mientras reviso una lista de invitados. Noah me quita la carpeta de las manos.
—No.
—¿Qué haces?
—Comes sentada.
—No tengo tiempo.
—Sí tienes.
—No.
—Sophie.
—Noah.
—Siéntate.
—No puedes darme órdenes.
—No te estoy dando órdenes.
—Sí.
—Te estoy pidiendo que te sientes.
—Es exactamente lo mismo.
—No.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que si fueran órdenes, tendría que ser tu jefe.
—Y no lo eres.
—Correcto.
—Entonces...
—Siéntate.
Lo miro.
—Eres increíble.
—Gracias.
Me siento.
Él deja la carpeta delante de mí.
—Cinco minutos.
—Tengo tres.
—Cinco.
—Cuatro.
—Hecho.
—¿Has negociado conmigo para conseguir un minuto más?
—Sí.
—Estás enfermo.
—Probablemente —me río.
Y cuando me doy cuenta de que lo estoy haciendo, intento disimularlo.
No funciona, Noah me está mirando.
—¿Qué?
—Nada.
—¿Por qué me miras?
—Porque estás sonriendo.
—No estoy sonriendo.
—Sí.
—No.
—Sophie.
—Come.
—Ya estoy comiendo.
—Entonces deja de hablar.
—Eso sí que no.
A las cuatro de la tarde, el salón está prácticamente listo.
Queda una última prueba de iluminación y una revisión completa del recorrido de los invitados.
Estoy revisando una lista cuando Noah aparece a mi lado.
—¿Has comido?
Levanto la mirada.
—Sí.
—¿Qué?
—No sé.
—Sophie.
—Algo.
—Eso no es una respuesta.
—No recuerdo.
Suspira.
—Ven.
—¿Adónde?
—A comer.
—No tengo tiempo.
—Tienes diez minutos.
—Noah...
—Cinco.
Lo miro.
—¿Estás negociando contigo mismo?
—Sí.
—Eres ridículo.
—Y tú tienes hambre.
Quiero discutir.
De verdad.
Pero mi estómago decide traicionarme en ese preciso momento.
Noah levanta las cejas.
—Gracias por confirmar mi argumento.
—No has oído nada.
—Lo he oído todo.
Cinco minutos después estoy comiendo un sándwich en una pequeña sala detrás del escenario.
Noah está sentado enfrente, revisando unos mensajes.
—¿Siempre haces esto? —pregunto.
Levanta la mirada.
—¿Qué?
—Cuidar de todo el mundo.
Su expresión cambia ligeramente.
—No de todo el mundo.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿de quién?
Me mira.
Durante un segundo no responde, después deja el móvil sobre la mesa.
—De la gente que me importa.
Algo en mi pecho se mueve. No sé exactamente qué.
Así que hago lo que mejor se me da cuando una conversación empieza a acercarse demasiado a algo que no quiero mirar de frente.
Cambio de tema.
—Tenemos que revisar el orden de las presentaciones.
Noah sonríe, pero no insiste.
—Claro.
Y por alguna razón, se lo agradezco.
El evento comienza a las seis. A las seis y cinco, quiero llorar.
A las seis y veinte, quiero comprobar que todos los proveedores siguen vivos.
A las siete menos cuarto, estoy convencida de que voy a sobrevivir.
Y a las ocho, cuando miro desde un lateral del salón y veo a los invitados conversando, las luces exactamente como las habíamos diseñado y la pantalla principal funcionando sin problemas, siento algo que llevaba meses esperando sentir.
Orgullo.
No solo porque todo esté saliendo bien. Porque lo hemos hecho.
Noah aparece a mi lado.
—Está funcionando.
—Sí.
—¿Estás feliz?
Miro el salón.
—Mucho.
—Se te nota.
—¿Tanto?
—Sí.
—¿Cómo?
—Has dejado de fruncir el ceño.
Me río.
—No frunzo el ceño tanto.
—Lo haces muchísimo.
—Cállate.
—Ahí está.
—¿El qué?
—La Sophie que conozco.
Le doy un pequeño golpe con el hombro.
—Idiota.
—De nada.
Nos quedamos unos segundos mirando el evento, no hay necesidad de decir nada. Y entonces Noah baja ligeramente la voz.
—Lo has hecho muy bien.
Lo miro.
Esta vez no hay broma, no hay sonrisa burlona.
Solo está él.
Y la sinceridad en su mirada.
—Lo hemos hecho bien.
Noah niega con la cabeza.
—Sí. Pero tú has liderado esto.
No sé qué responder. Así que simplemente asiento.
Y, por alguna razón, esas cuatro palabras significan más de lo que deberían.
Cuando el último invitado se marcha, son casi las diez y media.
El salón empieza a vaciarse lentamente. Las luces se atenúan, los camareros recogen las últimas copas y el equipo técnico comienza a desmontar parte del material.
Me quedo unos minutos más, no porque haga falta. Simplemente porque todavía no estoy preparada para marcharme.
Hay algo especial en ver cómo un espacio que llevaba semanas imaginando finalmente existe.
Todo lo que estaba en mi cabeza está ahora delante de mí.
El escenario.
Las luces.
Las mesas.
Las flores.
Los logotipos.
La gente.
Todo.
Noah aparece a mi lado.
—¿Qué haces?
—Mirándolo.
—¿Y?
—Intento recordar cómo se siente.
—¿Cómo se siente qué?
—Conseguir algo que llevas mucho tiempo intentando hacer bien.
Noah se queda callado.
—¿Lo recuerdas? —pregunta.
—¿Qué?
—La primera vez que hiciste algo que te hizo sentir así.
Pienso durante unos segundos.
—Sí.
—¿Qué fue?
—Mi primer evento importante.
—¿Cuántos años tenías?
—Veintidós.
—¿Y salió bien?
Me río.
—No.
—¿No?
—Fue un desastre.
—Entonces, ¿por qué lo recuerdas?
—Porque fue la primera vez que entendí que quería hacer esto.
Noah asiente.
—Tiene sentido.