No te soporto CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

El lado que no estaba en el currículum

La mañana siguiente empieza de una forma que no esperaba.

No porque ocurra nada extraordinario. De hecho, durante los primeros minutos no ocurre absolutamente nada.

Solo existe esa clase de silencio tranquilo que se instala en las habitaciones de hotel cuando todavía es demasiado temprano para que el edificio parezca completamente despierto: el zumbido constante del aire acondicionado, algún ruido lejano procedente del pasillo, el tráfico amortiguado detrás de las ventanas y la respiración pausada de la persona que duerme al otro lado de la cama.

Abro los ojos despacio y durante unos segundos no sé dónde estoy.

Después veo el techo blanco, la cortina gris y la mesilla que no reconozco, y todo vuelve a su sitio.

El hotel.

Hamilton & Reed.

Sábado.

Noah.

Giro ligeramente la cabeza, sigue dormido.

Esta vez está de espaldas a mí, con una mano debajo de la almohada y el pelo completamente despeinado.

La camiseta que lleva se ha arrugado durante la noche y una parte de la sábana está enredada alrededor de sus piernas.

No tiene absolutamente nada que ver con el Noah de la oficina, el que entra por la puerta con una sonrisa de medio lado y una respuesta preparada para cada una de mis quejas.

Este Noah parece más joven.

Más tranquilo.

Y quizá ese sea el problema. Porque últimamente estoy empezando a descubrir demasiadas versiones de él.

El Noah que trabaja bien.

El Noah que sabe cuándo necesito ayuda, aunque no la pida.

El Noah que me compra café sin preguntarme cómo lo quiero.

El Noah que me habló de su hermano durante el viaje.

El Noah que ayer consiguió que todo un equipo mantuviera la calma cuando parecía que el evento podía complicarse.

Y ahora este.

El que duerme.

El que no está intentando hacerme reír ni provocarme ni demostrar nada.

Me doy cuenta de que llevo demasiado tiempo mirándolo.

Aparto la vista.

No.

Definitivamente no.

No voy a empezar el sábado observando a Noah Bennett dormir. Tengo suficientes problemas sin añadir ese a la lista.

Me incorporo con cuidado y miro el reloj.

7:18.

No está mal.

En realidad, es más tarde de lo que suelo levantarme cuando tengo un evento. Probablemente porque ayer terminé tan agotada que mi cuerpo decidió que, por una vez, podía dejar de funcionar como un reloj.

Me deslizo fuera de la cama, cojo mi ropa y entro en el baño.

Mientras me lavo la cara, intento organizar mentalmente el día.

Tenemos que revisar el salón principal antes de que llegue el equipo de catering, comprobar la iluminación, supervisar las pruebas técnicas, revisar el seating plan, coordinar la llegada de los invitados y, sobre todo, conseguir que todo funcione sin que nadie tenga que saber cuántas cosas pueden salir mal detrás de las puertas cerradas.

Es la parte del trabajo que más me gusta, la parte que nadie ve, la que empieza cuando todavía no hay música, ni vestidos, ni copas, ni gente sacándose fotos frente al photocall, la parte en la que todo es cables, horarios, listas y problemas.

La parte en la que siento que sé exactamente qué estoy haciendo.

Cuando salgo del baño, Noah ya está despierto.

Está sentado en el borde de la cama, mirando el móvil, con la cabeza ligeramente inclinada hacia delante. Levanta la vista cuando me oye.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me quedo quieta un momento.

No sé por qué.

Quizá porque todavía tengo demasiado presente que ayer por la noche nos acostamos sin necesidad de hablar sobre dónde estaba cada uno. No hubo una línea imaginaria. No hubo discusiones sobre el espacio. No hubo bromas incómodas.

Solo dormimos.

Juntos.

Y, de alguna manera, eso empieza a parecer normal.

—¿Qué hora es? —pregunta.

—Las siete y veinte.

Noah deja caer la cabeza hacia atrás.

—No.

—¿No qué?

—Es demasiado pronto.

—Tenemos que estar abajo en cuarenta minutos.

—Eso es prácticamente de madrugada.

—Son las siete y veinte.

—Exactamente.

—Levántate.

Noah abre un ojo.

—¿Siempre das órdenes por la mañana?

—Solo cuando trabajo con personas que necesitan que las despierten.

—No necesito que me despiertes.

—Llevas treinta segundos sentado intentando convencerte de que sigues dormido.

—Estoy reflexionando.

—Estás durmiendo con los ojos abiertos.

—También es una habilidad.

Me cruzo de brazos.

—Noah.

—Sophie.

—Tenemos trabajo.

—Lo sé.

—Entonces muévete.

Suspira exageradamente, se levanta y se estira.

—Eres agotadora.

—Y tú eres lento.

—Buenos días a ti también.

Cojo mi bolso.

—Voy abajo.

—Voy contigo.

Me giro.

—No hace falta.

—Ya lo sé.

—Entonces, ¿por qué vienes?

Se pone el reloj y se encoge de hombros.

—Porque me apetece desayunar contigo.

La respuesta es tan sencilla que no sé qué hacer con ella.

Noah sale de la habitación antes de que pueda responder. Me quedo mirando la puerta durante un segundo, después niego con la cabeza.

No, no voy a pensar en eso.

El restaurante está más lleno que el día anterior.

Algunos invitados del evento desayunan antes de marcharse y varios miembros del equipo ya están repartidos por las mesas con los portátiles abiertos.

Hay llamadas en voz baja, camareros entrando y saliendo y ese ambiente extraño de los hoteles durante los fines de semana: gente que acaba de despertarse mezclada con gente que lleva trabajando desde las seis.

Nos sentamos en una esquina tranquila.

Noah pide café para los dos sin preguntarme.

Lo miro.

—¿Cómo sabes lo que tomo?

—Llevamos tres años trabajando juntos.

—Eso no significa que tengas que saberlo.

—Sé muchas cosas sobre ti.

Levanto una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Dime una.

Noah parece pensárselo.

—No soportas que alguien llegue tarde.

—Eso lo sabe todo el mundo.

—Te comes las fresas primero.

Miro mi plato.

Hay fresas.

Y, efectivamente, acabo de coger una.

—Eso es casualidad.

—Te muerdes el interior de la mejilla cuando estás nerviosa.

Dejo de masticar.

—No hago eso.

—Lo estás haciendo ahora.

Me quedo completamente quieta. Noah sonríe.

—También odias que te digan que estás nerviosa.

—Porque no lo estoy.

—Claro.

—No lo estoy.

—Sophie.

—¿Qué?

—No estoy diciendo que sea algo malo.

Bajo la mirada hacia el plato.

—¿Y qué más sabes?

Noah se apoya en el respaldo de la silla.

—Que no te gusta pedir ayuda.

—Eso no es verdad.

—Es completamente verdad.

—Pido ayuda.

—Cuando ya has intentado solucionar algo tú sola seis veces.

—Eso sigue siendo pedir ayuda.

—Supongo.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Qué sé yo de ti?

Noah se queda pensativo.

—Muy poco.

—Eso no es cierto.

—Entonces dime algo.

Lo miro, podría decir muchas cosas.

Que le gusta provocar, que siempre parece estar de buen humor, que es incapaz de tomarse en serio una discusión conmigo durante más de cinco minutos, que sabe desenvolverse con los clientes.

Que tiene una facilidad irritante para hablar con cualquier persona.

Pero ninguna de esas cosas parece suficiente. Quiero decir algo que sea realmente suyo.

—Te preocupas mucho por la gente.

La sonrisa desaparece ligeramente de su cara. No parece incómodo, solo sorprendido.

—¿Eso sabes de mí?

—Sí.

—¿Por qué?

—Porque lo haces.

Noah baja la mirada hacia el café.

—No sé si eso es necesariamente cierto.

—Lo es.

—Puede que simplemente me guste que las cosas funcionen.

—No hablo del trabajo.

Levanta los ojos, nos miramos durante unos segundos.

Por un instante tengo la sensación de que va a hacer una broma.

No la hace.

—Quizá —dice finalmente—. No sé.

El camarero llega con el desayuno y la conversación se rompe, pero no desaparece. Se queda ahí, debajo de todo lo demás.

A las ocho y media ya estamos en el salón principal.

El evento de la noche anterior salió bien, pero eso no significa que podamos relajarnos.

En eventos, que algo funcione un día no garantiza absolutamente nada al siguiente.

Un cable puede fallar, un proveedor puede cambiar una entrega, una pantalla puede decidir dejar de funcionar justo cuando más la necesitas o alguien puede despertarse con la brillante idea de modificar el programa completo tres horas antes de la apertura.

Por eso reviso todo.

Dos veces.

A veces tres.

Mientras camino por el salón con mi carpeta en la mano, voy tachando puntos de la lista.

Escenario.

Correcto.

Iluminación.

Correcta.

Pantallas.

Correctas.

Mesa de recepción.

Correcta.

Photocall.

Correcto.

Material de patrocinadores.

Correcto.

Me detengo frente a una de las mesas.

Está desplazada unos centímetros.

No debería importarme.

Me importa.

La muevo.

—Sabía que ibas a hacer eso.

No necesito girarme para saber quién es.

—¿Hacer qué?

—Mover esa mesa.

—Está mal colocada.

—Estaba tres centímetros fuera de sitio.

—Precisamente.

Noah se coloca a mi lado.

—¿Sabes que nadie se habría dado cuenta?

—Yo sí.

—Ese es exactamente mi argumento.

Lo miro.

—¿Qué argumento?

—Que necesitas descansar.

—No necesito descansar.

—Sophie.

—No.

—Llevas tres días durmiendo cuatro horas.

—Estoy bien.

—Eso dicen todas las personas que están a punto de desmayarse.

—No me voy a desmayar.

—Eso también lo dijiste ayer.

—Y no me desmayé.

—Porque te obligué a comer.

—No me obligaste.

—Te persuadí intensamente.

No puedo evitar una sonrisa.

—Eres insoportable.

—Y tú estás moviendo muebles antes de las nueve de la mañana.

—Porque alguien tiene que hacerlo.

—No.

—¿No?

—Porque para eso está el equipo.

Señala a dos personas que están al otro lado del salón.

—Si les dices que la muevan, la moverán.

—Lo sé.

—Entonces deja de hacerlo tú.

—No es tan fácil.

—Sí lo es.

—No para mí.

Noah me observa durante unos segundos.

No dice nada.

Y esa vez soy yo la que aparta la mirada.

A las nueve y cuarto llega el primer problema. Uno de los altavoces principales está dando fallos.

Me acerco al responsable técnico inmediatamente.

—¿Cuánto tiempo necesitas?

—Veinte minutos para cambiarlo.

Miro el reloj.

—Tenemos quince.

—Entonces necesitaré quince.

—Eso espero.

Antes de que pueda seguir hablando, Noah aparece a mi lado.

—¿Qué pasa?

Le explico la situación.

Él mira al técnico.

—¿Puedes dejar funcionando el principal mientras cambias el otro?

—Sí, pero tendremos que bajar el volumen.

Noah mira el escenario.

—Hazlo.

Lo miro.