CAPÍTULO 6
Despertar al otro lado de la línea
La primera sensación que tengo al despertarme es calor.
La segunda es que estoy demasiado cómoda.
La tercera llega cuando abro los ojos y descubro que una mano descansa a pocos centímetros de la mía.
Me quedo inmóvil.
Durante un instante no entiendo por qué estoy en una cama que no es la mía, en una habitación de hotel que no reconozco del todo y por qué hay alguien respirando tranquilamente al otro lado del colchón.
Entonces recuerdo el viaje, el evento, la recepción, la habitación equivocada, la única cama y Noah.
Cierro los ojos durante un segundo.
Genial.
Anoche conseguí dormirme a pesar de tenerlo al lado. Esta mañana, aparentemente, mi cerebro ha decidido que lo más razonable es despertarme con plena conciencia de que está aquí.
No miro hacia él inmediatamente. Me concentro en el techo, en el ruido lejano del aire acondicionado y en la luz tenue que se cuela por las cortinas. Intento recordar las reglas que establecí ayer.
No cruzar la línea imaginaria.
No tocar sus cosas.
No hacer comentarios.
No convertir aquello en algo raro.
Abro los ojos de nuevo.
La mano sigue ahí.
La suya.
No está tocándome. Ni siquiera está especialmente cerca. Solo ha quedado apoyada sobre la sábana, justo al otro lado de esa frontera absurda que inventé para convencerme de que dormir con Noah Bennett era una situación perfectamente normal.
Y, por algún motivo, recuerdo exactamente lo que sentí anoche cuando me desperté y noté su mano cerca de la mía.
Calor.
Nada más.
Eso es lo que me digo.
Nada más.
Me incorporo con cuidado y miro el reloj.
6:17.
Perfecto .
Tengo casi dos horas para ducharme, vestirme, revisar el programa del evento, comprobar los horarios de montaje y desayunar antes de que llegue el primer proveedor.
También tengo exactamente cero ganas de volver a mirar a Noah.
Así que me levanto.
Cinco minutos después estoy en el baño, cepillándome los dientes mientras intento ignorar el hecho de que estoy sonriendo.
No sé por qué. Y eso me molesta todavía más.
Cuando salgo del baño, Noah está despierto. Está sentado en el borde de la cama, mirando el móvil, todavía con la camiseta negra de anoche.
Levanta la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Silencio.
Los dos nos quedamos mirándonos durante un segundo demasiado largo. Entonces Noah señala la cama.
—Creo que hemos sobrevivido.
—No hables tan pronto.
—¿Por qué? ¿Hay algún riesgo de que me mates antes del desayuno?
—Depende de cómo te comportes.
Se levanta y se estira, completamente tranquilo.
—Entonces intentaré portarme bien.
—Hazlo.
—Lo intentaré.
—No es lo mismo.
—Ya lo sé.
Cojo mi bolso de la silla.
—¿Has dormido bien? —La pregunta sale antes de que pueda detenerla.
Noah arquea una ceja.
—¿Te preocupa?
—No.
—Ah.
—Solo estoy preguntando.
—Ya.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—Sophie, literalmente me estoy despertando.
—Pues deja de hacerlo de esa manera.
Una sonrisa empieza a aparecer en su boca.
—Buenos días a ti también.
Me giro para esconder la mía.
—No hagas esto raro.
Detrás de mí, Noah se ríe.
—¿Esto?
—Sí. Esto.
—¿Compartir habitación?
—No.
—¿Compartir cama?
Me vuelvo.
—Especialmente eso.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Perfecto.
—Nada raro.
—Nada raro.
Noah asiente con solemnidad.
—Profesionales.
—Exacto.
—Compañeros de trabajo.
—Exacto.
—Dos personas adultas perfectamente capaces de dormir en una misma cama sin convertirlo en algo extraño.
—Exacto.
Hace una pausa.
—Aunque tú anoche ocupaste bastante más de la mitad.
Lo miro fijamente.
—No ocupé más de la mitad.
—Sophie.
—Noah.
—Estaba en mi lado.
—Eso es físicamente imposible.
—Tengo pruebas.
—¿Qué pruebas?
Se encoge de hombros.
—Mi memoria.
—Eso no es una prueba.
—Para mí sí.
Cojo una almohada y se la lanzo.
La atrapa antes de que le dé en la cara.
—Violencia a estas horas. Qué manera tan bonita de empezar el día.
—Vístete.
—Sí, jefa.
—No me llames así.
—Como quieras, jefa.
Salgo de la habitación antes de que pueda decir nada más.
Y mientras camino por el pasillo hacia el ascensor, me doy cuenta de algo que debería preocuparme mucho más de lo que lo hace.
Por primera vez desde que nos asignaron este proyecto, estar a solas con Noah no me resulta agotador.
Me resulta fácil.
Y eso sí que es un problema.
A las siete y cuarto estoy sentada en una mesa del restaurante del hotel revisando por tercera vez el programa del evento.
Tengo el portátil abierto, una libreta al lado y una taza de café delante.
Mi café.
No el de la máquina.
Uno decente.
Estoy revisando el horario de llegada de los invitados cuando alguien deja un plato frente a mí.
Levanto la mirada. Noah.
—He pedido por los dos.
Miro el plato. Huevos, tostada, fruta. Después lo miro a él.
—¿Por qué?
—Porque ayer no cenaste suficiente.
—Sí cené.
—Comiste cuatro patatas.
—Cinco.
—Eso no cuenta como cena.
—No necesito que controles lo que como.
—No lo controlo. Solo intento evitar que te desmayes en mitad del evento.
—No me voy a desmayar.
—Eso mismo dijiste ayer antes de comerte el croissant.
No puedo evitarlo. Sonrío. Solo un poco. Noah se sienta enfrente.
—Además, sé que cuando estás nerviosa te olvidas de comer.
Levanto la mirada.
—¿Cómo sabes eso?
Él se encoge de hombros.
—Te observo.
La frase cae entre nosotros. Noah parece darse cuenta de cómo ha sonado porque inmediatamente añade:
—En el trabajo.
—Claro.
—Por motivos profesionales.
—Por supuesto.
Bajo la mirada hacia mi plato, no sé por qué esa explicación me tranquiliza y me decepciona al mismo tiempo.
—Gracias.
—De nada.
Empiezo a comer mientras Noah revisa su móvil.
Durante unos minutos no hablamos. Y resulta extraño lo cómodo que es el silencio, no necesito llenarlo. No necesito estar pendiente de lo que dice. No necesito pensar en una respuesta. Solo estoy desayunando con Noah Bennett. Como si fuera lo más normal del mundo.
Hasta que levanta la vista.
—Tienes una mancha de café.
Me limpio la comisura de los labios.
—¿Aquí?
—No.
Se señala el otro lado.
Me limpio.
—¿Aquí?
—Tampoco.
—Entonces dime dónde.
Noah se inclina ligeramente hacia delante y señala con el dedo.
—Ahí.
Me paso la servilleta.
—¿Ahora?
—Sí.
—Bien.
—Aunque ahora tienes otra.
Lo miro.
—¿Estás disfrutando esto?
—Muchísimo.
Le lanzo una mirada de advertencia. Él sonríe.
—Ya está. No digo nada más.
Y, por alguna razón, me descubro pensando que me gusta cuando se ríe conmigo.
No de mí. Conmigo. La diferencia debería ser insignificante. No lo es.
A las nueve menos cuarto estamos en el salón principal del hotel. El evento empieza a las seis de la tarde, pero llevamos semanas preparando cada detalle como si fuera una operación militar.
Flores.
Iluminación.
Escenario.
Pantallas.
Mesas.
Branding.
Catering.
Invitados.
Patrocinadores.
Todo tiene que estar exactamente donde debe. Y, durante las primeras horas, todo parece ir bien. Demasiado bien.
Hasta que una de las empresas de sonido nos informa de que uno de los altavoces principales está dando problemas.
Me acerco con el responsable técnico.
—¿Cuánto tiempo?
—Veinte minutos para cambiarlo.
Miro el reloj.
—Tenemos quince.
—Entonces necesitaré quince.
—Eso espero.
Antes de que pueda responder, Noah aparece a mi lado.
—¿Qué pasa?
Le explico rápidamente la situación. Él mira al técnico.
—¿Puedes dejar funcionando el principal mientras cambias el otro?
—Sí, pero tendremos que bajar el volumen.
Noah mira el escenario.
—Hazlo.
Lo miro.
—¿No afectará a la prueba?
—No si ajustamos el resto.
—¿Estás seguro?
—Sí.
El técnico asiente y se marcha.
Yo me quedo mirando el escenario.
—¿Cómo sabías que se podía hacer?
—No lo sabía.
Me giro hacia él.
—¿Perdona?
—Lo he preguntado.
—Has dicho que sí.
—He dicho que sí porque él ha dicho que sí.
—Eres imposible.
—Pero ha funcionado.
Y tiene razón.
Otra vez. Me odio un poco por admitirlo. Durante toda la mañana pasa algo parecido.
Cada vez que aparece un problema, Noah no intenta demostrar que sabe más que nadie. No levanta la voz. No toma decisiones por mí. Simplemente aparece, pregunta qué necesitamos y se pone a solucionarlo.
Cuando un proveedor llega con veinte minutos de retraso, él consigue que otro cubra parte del montaje.
Cuando falta una caja de material promocional, localiza al responsable del transporte.
Cuando una de las patrocinadoras pide cambiar su ubicación, Noah me pregunta qué prefiero hacer antes de mover nada.
Y cuando alguien del equipo pregunta quién tiene la última palabra sobre el programa, Noah responde sin siquiera mirarme:
—Sophie.
La palabra me sorprende más de lo que debería. El chico asiente y se marcha. Yo miro a Noah.
—Podrías haber contestado que lo decidimos los dos.
—Lo decidimos los dos.
—Entonces...
—Pero tú diriges el proyecto.
Lo dice con absoluta naturalidad. Sin dramatismo. Sin buscar que lo escuche nadie. Como si fuera un hecho.
—Gracias.
Noah me mira durante un segundo.
—No tienes que darme las gracias por decir la verdad.
Y vuelve al trabajo.
Me quedo observándolo unos segundos, hay algo en él que no termino de entender.
No es solo que sea competente, es que no parece necesitar demostrarlo.
Yo llevo tres años intentando demostrar que merezco estar aquí.
Él parece no necesitar que nadie se lo confirme. Y, por primera vez, me pregunto si quizá esa diferencia explica más de nosotros de lo que pensaba.
A las cuatro de la tarde, el salón está prácticamente listo. Queda una última prueba de iluminación y una revisión completa del recorrido de los invitados. Estoy revisando una lista cuando Noah aparece a mi lado.
—¿Has comido?
Levanto la mirada.
—Sí.
—¿Qué?
—No sé.
—Sophie.
—Algo.
—Eso no es una respuesta.
—No recuerdo.
Suspira.
—Ven.
—¿Adónde?
—A comer.
—No tengo tiempo.
—Tienes diez minutos.
—Noah...
—Cinco.
Lo miro.
—¿Estás negociando contigo mismo?
—Sí.
—Eres ridículo.
—Y tú tienes hambre.
Quiero discutir, de verdad, pero mi estómago decide traicionarme en ese preciso momento.
Noah levanta las cejas.
—Gracias por confirmar mi argumento.
—No has oído nada.
—Lo he oído todo.
Cinco minutos después estoy comiendo un sándwich en una pequeña sala detrás del escenario.
Noah está sentado enfrente, revisando unos mensajes.
—¿Siempre haces esto? —pregunto.
Levanta la mirada.
—¿Qué?
—Cuidar de todo el mundo.
Su expresión cambia ligeramente.
—No de todo el mundo.
—¿No?
—No.
—Entonces, ¿de quién?
Me mira.
Durante un segundo no responde, después deja el móvil sobre la mesa.
—De la gente que me importa.
Algo en mi pecho se mueve, no sé exactamente qué.
Así que hago lo que mejor se me da cuando una conversación empieza a acercarse demasiado a algo que no quiero mirar de frente.
Cambio de tema.
—Tenemos que revisar el orden de las presentaciones.
Noah sonríe, pero no insiste.
—Claro.
Y por alguna razón, se lo agradezco.
El evento comienza a las seis.
A las seis y cinco, quiero llorar.
A las seis y veinte, quiero comprobar que todos los proveedores siguen vivos.
A las siete menos cuarto, estoy convencida de que voy a sobrevivir.
Y a las ocho, cuando miro desde un lateral del salón y veo a los invitados conversando, las luces exactamente como las habíamos diseñado y la pantalla principal funcionando sin problemas, siento algo que llevaba meses esperando sentir.
Orgullo.
No solo porque todo esté saliendo bien.
Porque lo hemos hecho.
Noah aparece a mi lado.
—Está funcionando.
—Sí.
—¿Estás feliz?
Miro el salón.
—Mucho.
—Se te nota.
—¿Tanto?
—Sí.
—¿Cómo?
—Has dejado de fruncir el ceño.
Me río.
—No frunzo el ceño tanto.
—Lo haces muchísimo.
—Cállate.
—Ahí está.
—¿El qué?
—La Sophie que conozco.
Le doy un pequeño golpe con el hombro.
—Idiota.
—De nada.
Nos quedamos unos segundos mirando el evento.
No hay necesidad de decir nada.
Y entonces Noah baja ligeramente la voz.
—Lo has hecho muy bien.
Lo miro.
Esta vez no hay broma, no hay sonrisa burlona.
Solo está él.
Y la sinceridad en su mirada.
—Lo hemos hecho bien.
Noah niega con la cabeza.
—Sí. Pero tú has liderado esto.
No sé qué responder. Así que simplemente asiento.
Y, por alguna razón, esas cuatro palabras significan más de lo que deberían.
Volvemos a la habitación pasadas las once. Estoy agotada.
Me quito los zapatos nada más entrar y los dejo junto a la puerta.
—No pienso moverme durante los próximos veinte minutos.
Noah deja la chaqueta sobre una silla.
—Yo voto por treinta.
—Aceptado.
Me dejo caer en el sofá y Noah se sienta en el otro extremo.
Durante unos minutos no hablamos, solo descansamos. Es diferente a la noche anterior, ayer la habitación parecía demasiado pequeña. Hoy no.
Quizá porque ya no siento que tenga que estar pendiente de cada movimiento suyo.
Quizá porque después de todo el día trabajando juntos, compartir este espacio parece menos extraño.
O quizá porque, de alguna manera, Noah ha dejado de sentirse como alguien con quien estoy atrapada.
Ahora simplemente está aquí.
Conmigo.
—¿Sabes qué es lo peor? —digo.
—¿Qué?
—Que creo que mañana vamos a tener que volver a trabajar juntos.
Noah gira la cabeza hacia mí.
—Qué tragedia.
—Una auténtica pesadilla.
—No sé cómo vamos a superarlo.
—Yo tampoco.
Nos quedamos en silencio.
Y esta vez soy yo la que sonríe primero.
Noah lo ve.
No dice nada.
Solo sonríe también.
Más tarde, cuando apagamos las luces y cada uno se coloca en su lado de la cama, ya no necesito imaginar una línea invisible entre nosotros.
Sigo teniendo mi lado. Él tiene el suyo.
Y, por primera vez, no me preocupa demasiado que estén tan cerca.
Cierro los ojos.
—Buenas noches, Noah.
—Buenas noches, Sophie.
Silencio.
Después de unos segundos, lo escucho.
—Sophie.
—¿Qué?
—Has cruzado la línea.
Abro los ojos.
—¿Qué?
—Tu mano.
Miro hacia abajo.
Tiene razón.
Mi mano está unos centímetros dentro de su lado de la cama.
La retiro inmediatamente.
—Ha sido sin querer.
—Claro.
—No te acostumbres.
Su risa llega desde la oscuridad.
—Demasiado tarde.
Me doy la vuelta para ocultar la sonrisa.
Y esta vez, cuando cierro los ojos, no pienso en lo extraño que es dormir al lado de Noah Bennett.
Pienso en lo extraño que sería volver a dormir sola.