No te soporto CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

Una habitación, una cama y cero opciones de huir

Hay algo que he aprendido después de tres años trabajando en eventos: nunca digas que todo está bajo control.

Es como invocar al desastre.

Y, aparentemente, también funciona con las habitaciones de hotel.

—Lo siento muchísimo. Tenemos un problema con la segunda habitación.

Miro a la recepcionista.

Después miro a Noah.

Él tiene la misma expresión que probablemente tengo yo.

Una mezcla entre paciencia profesional y la sospecha de que, si alguien dice una palabra más, voy a empezar a gritar.

—¿Qué tipo de problema? —pregunto.

La recepcionista vuelve a mirar la pantalla.

—La reserva aparece duplicada en el sistema.

—¿Duplicada?

—Sí. Parece que la habitación que tenían asignada fue reasignada esta mañana por un error de disponibilidad.

Parpadeo.

—Pero tenemos una confirmación.

—Lo sé, señorita Hayes.

—Con fecha de llegada de hoy.

—Sí.

—Y dos habitaciones.

—Sí.

—Entonces no entiendo cómo una de ellas puede no estar disponible.

La recepcionista parece sinceramente incómoda.

—Yo tampoco.

Noah se acerca un poco más al mostrador.

—Eso es tranquilizador.

Le lanzo una mirada.

—No ayudes.

—Estoy intentando.

—Pues deja de intentarlo.

La recepcionista carraspea.

—Puedo ofrecerles una solución.

Inmediatamente siento que se me tensan los hombros.

—¿Cuál?

—Tenemos una habitación disponible.

—Perfecto.

—Pero es una habitación superior.

Espero.

—¿Y?

La mujer mira a Noah.

Luego a mí.

—Es una habitación con una cama grande.

Silencio.

Durante un segundo no entiendo lo que acaba de decir.

Después sí.

—¿Una cama?

—Sí.

—¿Una cama grande?

—Sí.

Miro a Noah.

Noah me mira a mí.

Y algo en su expresión me dice que está haciendo un esfuerzo considerable por no sonreír.

—No —digo.

La recepcionista parpadea.

—¿Perdón?

—No.

—Sophie —dice Noah.

—No.

—Todavía no he dicho nada.

—Pero estabas a punto.

—¿Y qué iba a decir?

—No lo sé, pero no.

La recepcionista parece cada vez más incómoda.

—Puedo comprobar otros hoteles de la zona, si quieren.

Miro el reloj. Las once cuarenta y siete.

Tenemos que estar en la sala principal en menos de una hora.

Tenemos proveedores llegando.

El equipo de producción espera instrucciones. El montaje empieza en dos horas.

Y encontrar otro hotel ahora mismo significaría perder como mínimo una hora entre desplazamientos, check-in y reorganización.

Además, estamos en viernes. No quiero ni imaginar cómo estarán las reservas.

—¿No tienen otra habitación? —pregunto.

—Lo siento. Tenemos ocupación completa.

—¿Ni una habitación individual?

—No.

—¿Una suite?

—La suite es la que les estoy ofreciendo.

—¿Con una cama?

—Sí.

Cierro los ojos durante un segundo.

Esto no puede estar pasando.

No después del miércoles. No después de todo el trabajo. No ahora.

—¿Podemos poner una cama supletoria? —pregunto.

La recepcionista niega con la cabeza.

—La habitación no permite añadir otra cama.

—¿Un sofá?

—Es un sofá pequeño.

—¿Y un colchón?

Noah carraspea a mi lado.

Lo miro.

—¿Qué?

—Nada.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Te estás riendo por dentro.

—Un poco.

Me vuelvo hacia la recepcionista.

—¿Y no hay absolutamente ninguna otra opción?

—Puedo ofrecerles dos habitaciones mañana.

—¿Mañana?

—Sí. A primera hora.

—Pero necesitamos dos habitaciones esta noche.

—Lo sé.

Respiro profundamente. Esto es una pesadilla. Una muy cara. Una con vistas a una habitación que voy a tener que compartir con Noah Bennett.

—¿Qué hacemos? —pregunto sin apartar la mirada de la recepcionista.

Noah tarda un segundo en contestar.

—Podemos buscar otro hotel.

—Ya te ha dicho que está todo lleno.

—Podemos intentarlo.

—No tenemos tiempo.

—Entonces nos quedamos aquí.

Giro la cabeza hacia él.

—¿Perdona?

—Tenemos una habitación.

—Con una cama.

—Sí.

—Una cama.

—Sophie, sé contar.

—No es gracioso.

—No estoy intentando que lo sea.

Y, por primera vez desde que hemos llegado, Noah deja de sonreír.

—Podemos dormir por turnos.

Lo miro.

—No.

—¿No?

—No pienso hacer turnos para dormir.

—Entonces duermo yo en el suelo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque es absurdo.

—¿Entonces?

—No lo sé.

Noah me observa durante unos segundos.

—Podemos compartir la cama.

Lo miro fijamente.

—No.

—Vale.

—No.

—Lo has dejado bastante claro.

—Perfecto.

—Perfecto.

La recepcionista nos mira con una mezcla de incomodidad y compasión.

—Puedo darles dos tarjetas de acceso.

—Gracias —digo, antes de que Noah pueda decir algo más.

Cojo las tarjetas.

Una para mí.

Otra para él.

Las guardo en el bolso.

—Vamos.

—¿Así de fácil?

—No.

—Entonces, ¿por qué caminas?

—Porque si me quedo aquí cinco minutos más, voy a empezar a discutir con una pantalla de ordenador.

Noah coge nuestras maletas.

—Yo llevo esto.

—Puedo llevar mi maleta.

—Ya la tengo.

—Noah.

—Sophie.

—Dámela.

—No.

—¿Por qué?

—Porque tienes el portátil, el bolso y tres carpetas.

—Puedo con ello.

—Ya lo sé.

La respuesta me desarma durante un segundo.

No dice que no pueda. No intenta hacerme sentir inútil.

Simplemente sigue caminando con mi maleta. Y no sé qué hacer con eso.

La habitación está en la tercera planta.

Cuando Noah abre la puerta, entro primero. Y tengo que admitirlo, es preciosa. Mucho más bonita de lo que esperaba.

Tiene una pequeña zona de estar junto a la ventana, un escritorio, un sofá de dos plazas y una cama enorme en el centro.

Una cama.

Demasiado enorme.

Me quedo quieta.

—Bueno —dice Noah detrás de mí—. Al menos no podemos decir que la habitación es mala.

—No.

—Eso es positivo.

—No estoy buscando positivos.

—Ya me había dado cuenta.

Dejo el bolso sobre el escritorio. Miro la cama. Después miro el sofá. Y vuelvo a mirar la cama.

—Yo duermo en el sofá.

Noah deja las maletas junto al armario.

—Ni hablar.

—No voy a dormir contigo.

—No he dicho que tengas que hacerlo.

—Entonces dormiré en el sofá.

—Es demasiado pequeño.

—Tú eres más alto.

—Precisamente.

—Entonces tú duermes en el sofá.

—Tampoco.

—¿Por qué?

—Porque no voy a hacerte dormir incómoda después de un día entero trabajando.

Me cruzo de brazos.

—No necesito que me cuides.

—No te estoy cuidando.

—Sí.

—Estoy intentando encontrar una solución.

—Pues encuentra otra.

—Estoy en ello.

Lo dice tan tranquilamente que casi me enfado más.

—¿No te molesta?

—¿El qué?

Señalo la habitación.

—Esto.

—Compartir habitación. Una cama. Todo esto.

Noah me mira.

Y, durante un instante, parece que va a bromear.

Pero no lo hace.

—Claro que me resulta incómodo.

No esperaba esa respuesta.

—¿Sí?

—Sí.

—Ah.

—Sophie, eres mi compañera de trabajo.

—Exacto.

—Y además me caes mal.

Lo miro.

—Gracias.

—De nada.

Una sonrisa aparece en la esquina de su boca.

—Pero también sé que estás cansada, que llevas semanas trabajando para que este evento salga bien y que probablemente mañana vas a querer arrancarme la cabeza si no duermes.

—Eso es bastante probable.

—Entonces encontraremos una solución.

Me quedo callada.

Hay algo extrañamente tranquilizador en la forma en que lo dice.

No hay doble intención. No hay una broma escondida. Solo una certeza.

Lo solucionaremos.

Como el miércoles. Como el resto de las cosas.

—Vale —digo finalmente.

—Vale.

—Pero hay normas.

Noah arquea una ceja.

—Por supuesto que hay normas.

—Primera: no cruzar la línea.

—¿Qué línea?

Señalo imaginariamente el centro de la cama.

—Esa.

—¿Has dibujado una línea invisible?

—Sí.

—¿Con qué?

—Con la imaginación.

—Muy profesional.

—Segunda: no roncar.

—No ronco.

—Todo el mundo que ronca dice eso.

—Tú tampoco sabes si roncas.

—Porque duermo sola.

—Buen argumento.

—Tercera: no tocar mis cosas.

—No pensaba hacerlo.

—Cuarta: no hacer comentarios.

—¿Sobre qué?

—Sobre esto.

Noah asiente.

—Trato hecho.

—Y quinta...

Me detengo.

Él espera.

—¿Qué?

—No sé.

Noah sonríe.

—Cinco reglas en total. Muy tú.

—¿Tienes algún problema?

—Ninguno.

—Perfecto.

—Perfecto.

Dos horas después, la habitación ya no parece una habitación de hotel. Parece una oficina.

Hay planos sobre la mesa, carpetas abiertas, móviles cargando, acreditaciones, horarios y una lista de proveedores que ha crecido considerablemente desde que llegamos.

El problema de las habitaciones queda temporalmente olvidado porque tenemos un problema más urgente.

Uno de los proveedores de mobiliario ha llegado con parte del pedido equivocado.

—No puede ser —murmuro.

Noah mira las cajas.

—¿Qué falta?

—Las mesas altas.

—¿Cuántas?

—Ocho.

—¿Y qué han traído?

—Mesas redondas.

—Perfecto.

Le miro.

—No digas eso.

—Era sarcasmo.

—No me hace gracia.

—Lo sé.

Se agacha junto a una de las cajas y revisa la etiqueta.

—Han mezclado nuestro pedido con el de otra empresa.

—¿Puedes solucionarlo?

—Voy a intentarlo.

Coge el teléfono.

Mientras habla con el proveedor, yo reviso el plano.

Cinco minutos después vuelve.

—Van a traer las mesas correctas en cuarenta minutos.

Le miro.

—¿Cómo?

—He hablado con ellos.

—¿Y?

—Y les he explicado que, si no llegan, su logo desaparece de nuestro informe de proveedores.

—¿Has amenazado con eso?

—No.

—¿Seguro?

—He sido muy amable.

—Eso es peor.

Se ríe. Y, contra todo pronóstico, yo también.

A las siete y media hemos terminado el montaje principal. Estamos agotados.

Yo estoy sentada en el sofá revisando el programa de mañana mientras Noah sale de la ducha con una camiseta negra y el pelo todavía húmedo.

Levanto la mirada sin querer. Y la aparto inmediatamente.

—¿Qué? —pregunta.

—Nada.

—Otra vez "nada".

—Estoy revisando el horario.

—Llevas mirando la misma página desde hace cinco minutos.

—Estoy concentrada.

—Claro.

—¿Vas a empezar?

—No.

Se sienta en el extremo contrario del sofá. Hay una distancia razonable entre nosotros. Demasiado razonable. Y, por alguna razón, soy consciente de ella.

—¿Quieres pedir algo? —pregunta.

—¿Para cenar?

—Sí.

Miro el reloj.

—No quiero bajar.

—Podemos pedir aquí.

—¿Tú eliges?

—Eso es peligroso.

—Lo sé.

Pedimos comida.

Mientras esperamos, Noah abre una botella de agua y me la tiende.

—Toma.

—Gracias.

Bebo.

—¿Estás bien?

—Sí.

—No pareces.

—Estoy cansada.

—Eso sí te lo acepto.

Apoyo la cabeza contra el respaldo.

—Ha sido un día largo.

—Sí.

—Y mañana será peor.

—Probablemente.

—Qué tranquilizador.

—Intento ser realista.

Me giro hacia él.

—¿Sabes qué?

—¿Qué?

—Hoy me has caído bastante menos mal.

Noah se lleva una mano al pecho.

—Eso es enorme.

—No exageres.

—Creo que voy a apuntarlo en el calendario.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Sonrío.

Y entonces recuerdo algo.

—Lo que me contaste esta mañana.

Noah me mira.

—¿Qué pasa?

—Lo de tu hermano.

Su expresión cambia ligeramente.

—Ah.

—No tienes que hablar de ello.

—Lo sé.

—Solo quería decirte que...

Me detengo. No sé qué quiero decir exactamente.

Que lo entiendo. Que me impresionó. Que ahora lo veo de otra manera. Que quizá estaba equivocada sobre él.

Ninguna de esas cosas parece suficiente.

—Que gracias por contármelo.

Noah baja la mirada durante un instante.

—De nada.

—No suelo hacer esto.

—¿El qué?

—Confiar rápido.

Él levanta los ojos hacia mí.

—No lo estás haciendo.

—¿No?

—No.

Hace una pausa.

—Solo me has contado que no confías rápido.

No puedo evitar sonreír.

—Idiota.

—De nada.

La comida llega antes de que pueda responder.

A las once y cuarto, estamos oficialmente derrotados.

El día ha terminado. El evento está listo. Los móviles están en silencio. Y la habitación está en penumbra.

He cambiado el vestido de trabajo por un pijama y estoy sentada en el borde de la cama mientras miro la línea imaginaria que he trazado mentalmente entre Noah y yo.

Él está al otro lado, todavía con una camiseta y unos pantalones de dormir.

—¿Estás segura de que esto va a funcionar? —pregunta.

—No.

—Perfecto.

—Pero tenemos que intentarlo.

—De acuerdo.

Me meto en la cama.

Noah apaga la luz.

La habitación queda completamente a oscuras.

Durante unos segundos ninguno de los dos habla. Puedo escuchar el aire acondicionado. El ruido lejano de la carretera. Y la respiración de Noah al otro lado de la cama.

Esto es ridículo. Es solo una cama. Solo una habitación. Solo Noah.

Aunque precisamente esa última parte es el problema.

—Sophie.

—¿Qué?

—La línea.

—¿Qué pasa con ella?

—Creo que me estoy acercando demasiado.

Me incorporo ligeramente.

—¿Qué?

Escucho su risa.

—Estoy bromeando.

—No tiene gracia.

—Lo sé.

—Eres insoportable.

—Buenas noches, Hayes.

Me dejo caer de nuevo sobre la almohada.

—Buenas noches, Bennett.

Cierro los ojos.

Intento dormir.

Pero entonces noto que Noah se mueve. El colchón se hunde ligeramente. Mi cuerpo se tensa.

—¿Qué haces?

—Nada.

—Te has movido.

—Tengo derecho a moverme.

—Sí.

—Entonces, buenas noches.

—Buenas noches.

Pasan unos segundos.

—Sophie.

—¿Qué?

—Estás en mi lado.

Abro los ojos en la oscuridad.

—¿Cómo sabes cuál es tu lado?

—Porque llevas diez minutos ocupando tres cuartas partes de la cama.

Me incorporo.

—No es verdad.

—Sí.

—No.

—Sophie.

—Noah.

—Tienes una pierna encima de mi lado.

Me quedo completamente quieta.

—No.

—Sí.

—No.

—No pasa nada.

—No estoy haciendo eso.

—Lo estás haciendo ahora mismo.

Retiro la pierna inmediatamente.

—Esto es culpa tuya.

—Claro.

—La cama es demasiado pequeña.

—Es enorme.

—Para una persona.

—Entonces tienes una solución.

—¿Cuál?

—Dejar de moverte.

—No me estoy moviendo.

—Acabas de empujarme.

—No te he empujado.

—Acabas de hacerlo otra vez.

—Porque estás en mi lado.

—No hay lados.

—Claro que los hay.

—¿Quieres que vuelva a dibujar la línea?

Me río a pesar de mí misma.

—Cállate.

—Buenas noches.

—Buenas noches.

Esta vez intento dormir de verdad. Y, poco a poco, lo consigo. Sin pensar en la cama. Sin pensar en Noah. Sin pensar en la línea imaginaria.

Hasta que, en algún momento de la noche, me despierto brevemente. No sé por qué. Solo sé que está oscuro. Que hace frío. Y que, medio dormida, noto algo cálido junto a mi mano.

No me muevo. No quiero abrir los ojos, pero reconozco el tacto.

La mano de Noah está muy cerca de la mía.

No sé si se ha movido él o si me he movido yo. No importa. Retiro lentamente la mano y me giro hacia el otro lado.

Me obligo a volver a dormir.

Porque una cosa es compartir una habitación con Noah Bennett.

Y otra muy distinta es empezar a preguntarme qué pasaría si dejara de importarme tanto que estuviéramos compartiendo una cama.