No te soporto CAPÍTULO 4 #2
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CAPÍTULO 4 #2

—Estaba intentando entender cómo alguien puede escuchar música instrumental de piano mientras discute sobre presupuestos.

—Me ayuda a concentrarme.

—A mí me hizo querer saltar por la ventana.

—Dramático.

—Realista.

—Pon tu música.

—¿Seguro?

—Sí.

Noah conecta el móvil.

Empieza una canción que no conozco.

No es especialmente estridente. Es tranquila, con una melodía que llena el coche sin exigir atención.

—¿Te gusta? —pregunta.

—Sí.

—¿Sorprendida?

—Un poco.

—¿Por qué?

—No sé. Te imaginaba escuchando algo mucho más... ruidoso.

—¿Como qué?

—No sé. Algo que diga "soy insoportable y lo sé".

—Eso no es un género musical.

—Contigo podría serlo.

Me mira un segundo y vuelve a la carretera.

—Te vas a arrepentir de haber venido conmigo.

—Llevo tres años arrepintiéndome.

—Y aquí sigues.

No respondo.

Porque no tengo una buena respuesta.

A falta de una hora para llegar, el cansancio empieza a aparecer.

Apoyo la cabeza contra el reposacabezas y cierro los ojos solo un momento.

Solo un momento.

No pretendo dormirme.

De verdad que no.

Pero cuando vuelvo a abrirlos, el paisaje ha cambiado y Noah ha bajado el volumen de la música.

—¿Cuánto tiempo? —pregunto, todavía desorientada.

—Veinte minutos.

Me incorporo.

—¿Me he dormido?

—No.

—¿Seguro?

—Has cerrado los ojos veinte minutos y has respirado profundamente. Técnicamente, no tengo pruebas.

Le miro con los ojos entrecerrados.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Sí te estás riendo.

—Un poco.

Me paso una mano por el pelo.

—Qué vergüenza.

—¿Por qué?

—Porque me he dormido.

—Sophie, estabas cansada.

—No estoy cansada.

—Claro.

—No lo estoy.

—Por supuesto.

—Noah.

—Sophie.

Le doy un pequeño golpe en el hombro.

—Deja de hacer eso.

—¿El qué?

—Hablarme como si tuvieras cuarenta años y yo fuera una adolescente.

—Tengo veintisiete.

—Precisamente.

—Y tú veinticuatro.

—No hace falta que lo recuerdes.

—Solo digo que sobrevivirás a una siesta.

—No ha sido una siesta.

—Como quieras.

Me giro hacia la ventanilla para esconder una sonrisa.

Y entonces lo noto.

El coche está más silencioso.

La música sigue sonando a un volumen bajo y Noah no intenta llenar el espacio con una broma.

Simplemente conduce. Y, por alguna razón, ese gesto me gusta más de lo que debería.

No sé cuánto tiempo pasa antes de que volvamos a hablar.

—¿Puedo preguntarte algo?

Miro a Noah.

—Depende.

—¿Siempre has querido trabajar en eventos?

La pregunta me pilla desprevenida.

—No.

—¿No?

—No exactamente.

—Entonces, ¿qué querías hacer?

Miro por la ventanilla.

—Algo que pudiera controlar.

Noah suelta una risa.

—Eso no es una profesión.

—Lo sé.

—Aunque contigo probablemente podrías convertirlo en una.

—Muy gracioso.

—Gracias.

Me quedo unos segundos pensando.

—En realidad, no tenía una idea concreta.

—¿Nunca?

—No. Sabía que quería hacer algo bien. Algo en lo que pudiera demostrar que era buena.

—¿A quién?

La pregunta me hace girar la cabeza.

—¿Qué?

—¿A quién querías demostrarle que eras buena?

Lo miro.

No esperaba esa pregunta.

—A mí misma.

Es la respuesta automática.

Noah parece saber que no es toda la verdad.

Pero no insiste.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Siempre quisiste trabajar aquí?

Esta vez tarda un poco más en responder.

—No.

Hay algo diferente en su voz.

No es una broma.

—¿Y qué querías hacer?

Noah mantiene la mirada en la carretera.

—Irme.

—¿Irte adónde?

—A cualquier sitio.

Sonríe, pero es una sonrisa distinta a las que conozco. No tiene esa facilidad habitual, esa seguridad que parece acompañarlo incluso cuando todo sale mal.

—Cuando tenía veintidós años me ofrecieron un trabajo en Manchester —dice.

Parpadeo.

—¿En serio?

Asiente.

—Una agencia bastante grande. Buen sueldo. Proyectos enormes. Era exactamente lo que quería.

—¿Y por qué no te fuiste?

No responde inmediatamente.

Durante unos segundos solo se escucha el motor.

—Porque mi hermano tuvo un accidente.

La frase cae entre nosotros con una sencillez que la hace todavía más difícil de procesar.

—Noah...

—Está bien.

—No tienes que...

—Lo sé.

Hace una pausa.

—Pero no podía irme.

Me quedo callada.

No sé qué decir. Por primera vez desde que conozco a Noah, tengo la sensación de que cualquier broma estaría completamente fuera de lugar.

—¿Qué pasó?

—Nada que no esté bien ahora.

No es una respuesta, pero entiendo que no quiere entrar en detalles.

—¿Fue grave?

Noah asiente ligeramente.

—Bastante.

Mira un momento por el retrovisor.

—Estuvo meses sin poder hacer una vida normal.

—Lo siento.

—Ya pasó.

Lo dice con tranquilidad, pero sus dedos se tensan ligeramente sobre el volante.

—Mi madre estaba destrozada. Mi padre trabajaba todo el día. Mi hermano necesitaba ayuda durante meses. Así que me quedé.

—¿Y el trabajo?

—Lo rechacé.

—¿Sin más?

—Sin más.

—Pero era lo que querías.

—Sí.

Noah dice esa palabra con una tranquilidad que me sorprende.

No hay resentimiento.

No hay orgullo.

Solo un hecho.

—¿Nunca te arrepentiste?

Esta vez sí sonríe.

—Claro que sí.

La respuesta me hace mirarlo.

—¿Entonces?

—Entonces también sabía que, si me iba, iba a arrepentirme más.

No sé por qué esa frase me afecta tanto.

Quizá porque durante los últimos días he estado convencida de que Noah es exactamente lo contrario a mí. Que él improvisa mientras yo planifico. Que él se arriesga mientras yo calculo. Que él se toma las cosas con ligereza mientras yo cargo con ellas antes de que ocurran.

Pero quizá no sea eso.

Quizá simplemente aprendió a esconder lo que le importa.

—¿Y qué pasó con tu hermano?

Noah tarda unos segundos en responder.

—Se recuperó.

Sonríe.

Esta vez sí parece una sonrisa auténtica.

—Ahora está perfectamente.

—¿Y tú?

Me mira de reojo.

—¿Yo qué?

—¿Qué pasó contigo?

La pregunta parece sorprenderlo.

—Nada.

—No te creo.

—¿Por qué?

—Porque después de renunciar a algo así, no puedes decir simplemente "nada".

Noah vuelve a mirar la carretera.

—Supongo que aprendí que los planes están muy bien hasta que la vida decide hacer otra cosa.

—Eso suena sospechosamente parecido a algo que me dirías para que dejara de preocuparme por todo.

—Puede ser.

—No me sirve.

—Lo sé.

Hay un silencio largo.

No incómodo.

Más bien extraño.

Como si acabáramos de cruzar una línea que ninguno de los dos había visto.

—Nunca me lo habías contado —digo finalmente.

Noah me mira un instante.

—Nunca me lo habías preguntado.

—No pensé que hubiera algo que preguntar.

—La gente suele pensar que me conoce bastante rápido.

—¿Y no?

—No.

Hay algo en la forma en que lo dice que hace que el aire dentro del coche parezca cambiar.

Lo miro.

Él vuelve la vista a la carretera.

—¿Por qué me lo cuentas ahora?

Se encoge de hombros.

—Llevamos casi tres horas juntos. Algo tenía que hacer para que no me odiases durante las cuatro.

Me río, aunque noto una presión extraña en el pecho.

—No te odio.

Las palabras salen demasiado rápido.

Noah gira ligeramente la cabeza hacia mí.

—¿No?

Me doy cuenta de lo que he dicho.

—Quiero decir...

—No, no. —Sonríe—. Déjalo así.

—No te emociones.

—Demasiado tarde.

Vuelvo a mirar por la ventanilla.

No digo nada durante varios minutos.

Pero algo ha cambiado.

Porque ahora sé que el hombre que hace bromas cuando todo se complica es también el hombre que renunció a algo que quería para quedarse cuando su familia lo necesitó.

Y, de repente, algunas cosas empiezan a tener sentido.

Su paciencia.

Su forma de cuidar a los demás sin hacerlo parecer importante.

La facilidad con la que detecta cuándo alguien necesita ayuda.

Incluso la manera en que, el miércoles, cuando todo empezó a salir mal, nunca me preguntó de quién había sido la culpa.

Simplemente se puso a solucionar el problema conmigo.

Miro de nuevo hacia él.

Noah sigue conduciendo como si no acabara de contarme algo que probablemente no cuenta casi nunca.

Y, por primera vez, me pregunto cuánto más hay detrás de esa sonrisa.

La pregunta debería incomodarme. En cambio, me descubre queriendo saber la respuesta.

Llegamos al hotel poco después de las once y media.

El edificio es enorme, moderno y bastante más impresionante de lo que parecía en las fotografías.

Noah aparca y salimos del coche.

—Bien —digo, cogiendo mi bolso—. Ahora empieza lo divertido.

—¿Eso significa que hasta ahora no lo era?

—No.

—Qué pena.

Entramos en el vestíbulo.

Hay movimiento por todas partes. Personal del hotel, proveedores, carros con cajas, empleados llevando material de un lado a otro.

Mi cerebro cambia automáticamente de modo.

Trabajo.

Reviso el móvil.

Tres mensajes.

Dos llamadas perdidas.

Un correo del hotel.

Otro de producción.

Y uno de Victoria.

—Tenemos que ir primero a recepción —digo.

—¿Por qué?

—Necesito confirmar las habitaciones.

Noah se queda quieto un instante.

—¿Las habitaciones?

—Sí.

—¿No estaba confirmado?

—Sí.

—Entonces, ¿por qué tenemos que confirmarlo?

Le miro.

—Porque es un hotel.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Porque las reservas pueden cambiar.

—¿Incluso cuando están confirmadas?

—Sí.

—Eso suena ilegal.

—No lo es.

—Debería serlo.

Camino hacia recepción.

Noah me sigue.

La recepcionista nos sonríe.

—Buenos días. ¿En qué puedo ayudarles?

Saco la documentación.

—Tenemos una reserva a nombre de Bennett & Cole Events. Dos habitaciones.

La recepcionista teclea.

Noah se acerca a mi lado.

—¿Dos habitaciones? —murmura.

Le lanzo una mirada.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo estabas pensando.

—Puede.

La recepcionista levanta la vista.

—Sí, aquí la tengo.

Sonrío, aliviada.

—Perfecto.

—Una habitación está preparada y la otra...

Hace una pausa.

Mi estómago se tensa.

—¿La otra?

La mujer vuelve a mirar la pantalla.

—Tenemos un pequeño inconveniente con la segunda reserva.

Miro a Noah.

Él me mira a mí.

Y, por primera vez desde que hemos salido de la oficina, ninguno de los dos tiene nada gracioso que decir.

Porque conozco esa frase. Un pequeño inconveniente en nuestra profesión, casi nunca significa algo pequeño.

Y tengo la desagradable sensación de que este fin de semana acaba de complicarse mucho más de lo que debería.