No te soporto CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Cuatro horas de carretera y miradas de reojo

Hay personas con las que puedes pasar cuatro horas en un coche sin que resulte incómodo.

Noah Bennett no es una de esas personas.

O, al menos, eso es lo que me digo mientras dejo mi bolso en el asiento trasero, cierro el maletero y miro el coche de Noah aparcado frente a la oficina.

Son las siete y diez de la mañana de un viernes, hace frío y tengo un café en la mano que necesito más de lo que me gustaría admitir. El fin de semana que llevo semanas preparando por fin ha llegado.

Hamilton & Reed.

Tres días.

Un evento que puede decidir si dentro de unos meses sigo siendo coordinadora junior o si, por fin, consigo el ascenso por el que llevo trabajando demasiado tiempo.

Y cuatro horas encerrada con Noah Bennett.

Victoria nos ha pedido que salgamos temprano para poder llegar antes del mediodía y revisar personalmente el montaje del hotel.

El equipo de producción llegará después, pero nosotros necesitamos estar allí para coordinar las últimas entregas, comprobar el espacio y asegurarnos de que nada vuelva a intentar destruir nuestro calendario.

Después del problema del hotel del miércoles, no pienso confiar en que las cosas salgan bien por sí solas.

—Buenos días, Hayes.

Levanto la vista.

Noah está apoyado contra la puerta del conductor con dos vasos de café en las manos y una expresión demasiado despierta para alguien que también lleva despierto desde antes de las siete.

—No me digas que has llegado tarde.

—Son las siete y diez.

—Exactamente.

—Y tú ya estás aquí.

—Llevo quince minutos.

Lo miro.

—¿Quince?

—Diecisiete, en realidad.

—Eso es preocupante.

—¿Que haya llegado antes que tú?

—Que tengas una relación tan extraña con el reloj.

Me tiende uno de los cafés.

—Toma.

No lo cojo inmediatamente.

—¿Qué es?

—Café.

—Eso ya lo había deducido.

—Entonces estamos empezando el viaje con muy buen pie.

Miro el vaso.

—¿Cómo sabes cómo lo tomo?

—Porque llevamos tres años trabajando en el mismo sitio.

—Eso no responde a mi pregunta.

—Leche, sin azúcar.

Frunzo el ceño.

—¿Me estás diciendo que sabes cómo tomo el café?

—También sé que odias las reuniones que empiezan a las ocho, que no soportas que alguien llegue cinco minutos tarde, que organizas los documentos por colores y que, cuando estás nerviosa, ordenas cosas que ya están ordenadas.

Me quedo mirándolo.

—Eso último no es verdad.

—Ayer reorganizaste tres veces la carpeta de Hamilton & Reed.

—Porque estaba mal organizada.

—Estaba exactamente igual que antes.

—No.

—Sí.

—No.

—Sophie.

—Noah.

Me mira durante un segundo y después me tiende de nuevo el café.

—Sin azúcar.

Esta vez lo cojo.

Está exactamente como me gusta.

Y eso, por alguna razón, me incomoda más de lo que debería.

—Gracias.

—De nada.

Abro la puerta del copiloto.

—Voy delante.

—Lo suponía.

—¿Qué significa eso?

—Que probablemente también quieras controlar la ruta.

—Ya la he revisado.

Noah suelta una carcajada.

—Por supuesto que sí.

Los primeros cuarenta minutos transcurren sorprendentemente bien.

Quizá porque tenemos trabajo.

Quizá porque Noah conduce y yo puedo revisar por última vez el programa del evento.

O quizá porque los dos estamos haciendo un esfuerzo consciente por no recordar que vamos a pasar cuatro horas juntos dentro de un espacio de apenas unos metros cuadrados.

Tengo el portátil abierto sobre las piernas cuando Noah habla.

—¿Has desayunado?

—Sí.

—Eso no es una respuesta.

—Sí lo es.

—¿Qué has desayunado?

—Café.

—Eso no es desayuno.

—También he comido una tostada.

—¿A qué hora?

—A las seis y media.

Me mira brevemente antes de volver a concentrarse en la carretera.

—¿Y has dormido?

—Sí.

—¿Cuánto?

—No sé.

—Sophie.

—¿Por qué estás interrogándome?

—Porque tienes cara de haber dormido cuatro horas.

—Tengo mi cara de siempre.

—Exactamente.

Le doy un golpe suave en el brazo con el programa que tengo en la mano.

—Conduce.

—Eso estoy haciendo.

—Pues sigue.

Sonríe.

Durante unos minutos vuelve a reinar el silencio.

Me sorprende descubrir que no es incómodo.

La carretera se extiende delante de nosotros, todavía bastante vacía a esa hora, y la ciudad va desapareciendo poco a poco por las ventanillas.

Noah conduce con una mano apoyada en el volante y la otra descansando cerca del cambio de marchas.

Lleva una camiseta gris, vaqueros oscuros y una chaqueta que probablemente se ha puesto sin pensarlo demasiado.

Es extraño verlo así.

Sin camisa, sin acreditación, sin el portátil bajo el brazo y sin la expresión de persona que está preparada para solucionar un problema en cualquier momento.

Parece más joven.

Más normal.

Casi.

—¿Qué? —pregunta.

Aparto la mirada de inmediato.

—Nada.

—Llevas mirándome treinta segundos.

—Estaba pensando.

—Eso explica la cara de concentración.

—Estaba pensando en el evento.

—Claro.

Vuelvo a mirar el portátil.

—¿Qué?

—Nada.

—Noah.

—Sophie.

—¿Qué ibas a decir?

—Que me alegra saber que no estabas intentando averiguar si tengo alguna virtud.

—No estaba haciendo eso.

—Menos mal. Habría sido una búsqueda bastante larga.

No puedo evitar reírme.

Es una risa pequeña, apenas un sonido, pero Noah la escucha.

No dice nada.

Solo sonríe un poco más mientras vuelve a mirar la carretera. Y me doy cuenta, demasiado tarde, de que acaba de ganar otra pequeña batalla.

A la hora y media paramos en una estación de servicio.

—Cinco minutos —digo mientras me desabrocho el cinturón—. Necesito revisar una llamada.

—Claro.

—Y tú puedes tomar un café.

—Ya tengo uno.

—Otro.

—¿Te preocupa que deje de funcionar?

—Me preocupa que te quedes dormido al volante.

—Qué considerada.

—No lo interpretes mal.

—Jamás.

Bajo del coche antes de que pueda responder.

Cuando salgo de la tienda con una botella de agua y un paquete de frutos secos, Noah está apoyado contra el coche hablando por teléfono.

No parece el mismo Noah que conozco en la oficina.

Está escuchando.

De verdad.

No interrumpe. No bromea. No intenta llenar cada silencio con alguna ocurrencia.

Cuando termina la llamada, guarda el móvil y me mira.

—¿Todo bien?

—Sí.

—¿Seguro?

Asiento.

—Era mi madre.

No sé por qué me sorprende.

—¿Tu madre?

—Sí.

—¿Te llama antes de un evento importante?

—Me llama antes de todo.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Depende de si sabe que tengo cosas que hacer.

—Entonces malo.

—Exactamente.

Nos quedamos un momento en silencio.

—¿Te llevas bien con ella?

Noah se encoge de hombros.

—Sí. Bastante.

—¿Y con tu padre?

La pregunta sale antes de que pueda decidir si es demasiado personal.

Noah no parece molesto.

Solo tarda un poco más en responder.

—También.

Hace una pausa.

—Aunque no somos especialmente buenos hablando de cosas importantes.

Hay algo en su tono que hace que no quiera seguir preguntando.

Así que no lo hago.

—Bueno —digo—. Al menos tienes una familia normal.

Noah me mira.

—¿La tuya no?

—Normal no es la palabra que utilizaría.

—¿Cuál utilizarías?

Me apoyo contra el coche.

—Organizada.

—Eso suena exactamente a ti.

—No sé si es un insulto.

—No lo es.

Hay algo diferente en su expresión.

No está bromeando.

—Mi madre siempre dice que, si quieres que algo salga bien, tienes que estar preparada para cuando salga mal.

—Parece que os parecéis.

—Supongo.

—¿Y tu padre?

Miro hacia la carretera.

—Él es más de improvisar.

—Ah.

—Y eso me pone nerviosa.

—Ya.

Lo miro.

—¿Qué significa ese "ya"?

—Que tiene sentido.

—¿Qué tiene sentido?

—Que seas como eres.

No sé qué contestar.

No porque no tenga respuesta.

Porque tengo demasiadas.

—¿Y cómo soy?

Noah me sostiene la mirada.

Durante un segundo parece que va a hacer una broma.

No la hace.

—Responsable.

Espero.

—Intensa.

—Eso sí ha sido un insulto.

—No.

—Sí.

—No he dicho que sea algo malo.

—Tampoco has dicho que sea bueno.

Sonríe ligeramente.

—No todo tiene que ser bueno o malo, Sophie.

Lo miro.

—Eso es muy profundo para las ocho y media de la mañana.

—Tengo mis momentos.

—Pocos.

—Pero memorables.

Vuelvo a reírme.

Volvemos al coche y retomamos la carretera.

Durante un rato hablamos de cosas pequeñas.

Películas malas que hemos visto hasta el final por puro orgullo. El peor jefe que hemos tenido. La comida del hotel que probablemente será demasiado cara para lo mediocre que estará.

Descubro que Noah odia el cilantro.

Él descubre que yo no sé conducir con cambio manual.

Yo descubro que él aprendió a cocinar porque, según dice, sobrevivir a base de comida para llevar durante tres años le pareció una "decisión cuestionable".

—Eso explica muchas cosas —digo.

—¿Qué cosas?

—Tu personalidad.

—¿Mi personalidad sabe cocinar?

—No. Tu personalidad es comida para llevar.

—Eso ha sido bastante cruel.

—Gracias.

—De nada.

A las diez y cuarto llevamos más de la mitad del trayecto.

He terminado de revisar el programa, los horarios y la lista de proveedores.

Noah ha respondido unas quince llamadas, ha enviado varios mensajes y ha conseguido solucionar un problema con la empresa de iluminación sin siquiera detener el coche.

No sé cómo lo hace.

Lo peor es que empieza a gustarme cómo trabaja.

No debería.

Pero me gusta.

No porque sea perfecto.

Precisamente porque no lo es.

Noah no revisa cada detalle como yo. No necesita tener todo delante para saber qué hacer. Confía en la gente, delega y, cuando algo se tuerce, no pierde tiempo preguntándose por qué ha ocurrido.

Busca la solución.

Es una forma de trabajar completamente distinta a la mía.

Y, por desgracia, funciona.

—¿Qué escuchas? —pregunta.

—¿Qué?

—Llevas diez minutos mirando por la ventana con cara de estar pensando demasiado.

—Estaba pensando.

—Eso ya lo hemos establecido.

—En el trabajo.

—Eso es lo preocupante.

Le miro.

—¿Qué escuchas?

—Música.

—Eso también lo puedo deducir.

—Entonces, ¿por qué preguntas?

—Porque quiero saber qué música escucha la persona que tiene una playlist de tres horas titulada "concentración máxima".

Abro mucho los ojos.

—¿Cómo sabes que tengo esa playlist?

—Porque la conectaste al altavoz de la sala de reuniones el martes.

Me tapo la cara con una mano.

—No.

—Sí.

—¿La escuchaste?

—Durante casi cuarenta minutos.

—¿Y no dijiste nada?