No te soporto CAPÍTULO 3 #3
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CAPÍTULO 3 #3

Explico los cambios.

La nueva distribución.

El acceso de proveedores.

La ampliación eléctrica.

El horario de montaje.

El coste adicional.

Cuando termino, espero.

El director de marketing frunce el ceño.

—¿Eso significa que nuestros patrocinadores tendrán menos espacio?

—No.

—¿Seguro?

—Sí. Hemos reorganizado la distribución sin reducir la superficie contratada. Lo único que cambia es la posición.

La responsable del evento interviene.

—¿Y la prensa?

—Mantendrá acceso directo a la zona de presentación. Hemos movido las cámaras para que la nueva posición no afecte a la visibilidad.

Ella asiente.

—¿Y el montaje empezará a las seis?

—Sí.

—Eso significa que el hotel tendrá actividad durante más tiempo.

—Ya lo hemos confirmado con ellos y han aceptado las condiciones.

El director de marketing mira sus documentos.

—¿Y cuánto va a costarnos?

Aquí está.

La pregunta que llevo esperando desde que empezó la llamada.

Respiro.

—El hotel asumirá una parte del coste adicional y nosotros hemos renegociado el resto con los proveedores. El incremento final será de...

Digo la cantidad.

Silencio.

Un segundo.

Dos.

Tres.

—¿Y no podemos evitarlo?

Antes de que responda, Noah interviene por primera vez.

—No sin comprometer la instalación que vuestro equipo pidió para la presentación.

El tono de su voz es tranquilo.

Seguro.

—Hemos revisado varias alternativas antes de llegar a esta. Esta es la única que mantiene la instalación, la capacidad de invitados y los espacios de patrocinadores sin alterar el programa.

El cliente le mira.

—¿Y estáis seguros?

Noah me mira.

Yo asiento.

—Sí.

La palabra sale de mi boca con mucha más seguridad de la que siento.

Pero esta vez no estoy sola.

La conversación dura otros veinte minutos.

Al final, Hamilton & Reed aprueba la propuesta.

Cuando la pantalla se apaga, me quedo quieta.

Noah cierra el portátil.

—Bueno.

—Bueno.

—No nos han despedido.

Suelto una risa cansada.

—Es una forma bastante optimista de resumirlo.

—Me gusta buscar el lado positivo.

—¿Cuál es el lado positivo?

Noah se inclina hacia atrás.

—Que acabamos de solucionar un problema que hace tres horas parecía capaz de destruir medio proyecto.

Le miro.

—No lo hemos solucionado.

—¿No?

—Todavía tenemos que hacerlo realidad.

—Eso es verdad.

Se levanta.

—Entonces supongo que será mejor que nos pongamos con ello.

Miro el reloj.

Son casi las siete y media.

—Noah.

—¿Sí?

—Gracias.

Se queda quieto.

—¿Por qué?

—Por ayudarme.

Durante un instante parece sorprendido.

Después sonríe, pero esta vez no hay burla en su expresión.

—De nada.

Cojo mis cosas.

—Ahora sí que me voy a casa.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿No vas a revisar el presupuesto otra vez?

—No.

—¿Ni una vez?

—Ni una.

—Estoy impresionado.

—No te acostumbres.

—Jamás.

Salimos juntos de la oficina.

El edificio está casi vacío y las luces de algunas plantas ya se han apagado. Afuera sigue lloviendo, y el reflejo de las farolas se extiende por la acera mojada.

Me detengo bajo el toldo de la entrada.

Noah saca las llaves del coche.

—Te llevo.

—Puedo pedir un taxi.

—Ya sé.

—Entonces...

—Está lloviendo.

—Eso ya lo has dicho.

—Y tú sigues intentando discutir conmigo.

—Porque no necesito que me lleves.

Noah me mira.

—Sophie.

—¿Qué?

—Después de doce horas trabajando juntos, ¿de verdad vas a gastar energía en discutir conmigo por un trayecto de quince minutos?

Lo pienso.

—No.

—Perfecto.

Empieza a caminar hacia el coche.

—¿Vas a cenar?

—Supongo.

—¿Eso significa que no?

—Significa que no lo sé.

Se vuelve hacia mí.

—Hay un restaurante cerca.

—¿Estás intentando invitarme otra vez?

—Sí.

—Pensaba que la primera vez te había quedado claro que no.

—La primera vez dijiste que no podías.

—Porque tenía trabajo.

—Y ahora no tienes.

Tiene razón.

Otra vez.

—¿Solo cenar?

—Solo cenar.

—¿Y hablar del proyecto?

—Si quieres.

—No quiero.

Noah sonríe.

—Entonces no hablaremos del proyecto.

Le sigo hasta el coche.

—Una hora.

—Una hora.

—Y después me llevas a casa.

—Hecho.

—Y no vas a hacer ningún comentario raro.

Noah abre la puerta del copiloto.

—No prometo nada.

Le miro.

—Noah.

—Vale. Lo intentaré.

Me siento en el coche.

Y mientras él rodea el vehículo para ocupar el asiento del conductor, me doy cuenta de que el problema del hotel no ha sido lo peor que podía ocurrir.

De hecho, quizá haya sido exactamente lo contrario.

Porque durante las últimas tres horas he visto una versión de Noah Bennett que no conocía.

No al hombre que se pasa el día sonriendo.

No al compañero que disfruta provocándome.

No al chico al que parece caerle bien todo el mundo.

He visto al profesional que mantiene la calma cuando todo empieza a complicarse.

Al hombre que no intenta llevarse el mérito.

Al compañero que, cuando me he quedado sin aire, me ha recordado que no estaba sola.

Y eso es peligroso.

Mucho más peligroso que compartir una oficina con él.

Porque ahora sé que debajo de todas esas bromas hay alguien en quien podría llegar a confiar.

Y no estoy segura de qué me asusta más:

descubrir que Noah Bennett no es como pensaba...

o descubrir que quizá me guste más así.