No te soporto CAPÍTULO 3 #2
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CAPÍTULO 3 #2

—Y si aumentamos el presupuesto sin autorización, Victoria va a matarme.

—No va a matarte.

—Es una forma de hablar.

—Ya lo sé.

—Y todavía no hemos hablado de la presentación.

Noah vuelve a mirar el correo.

—La presentación necesita esa instalación.

—Exactamente.

—Entonces no podemos tocarla.

—No.

—Vale.

Deja el portátil sobre la mesa.

—Entonces no tocamos la instalación.

—¿Y qué hacemos?

Noah coge uno de los planos y lo extiende sobre la mesa.

—Movemos el resto.

Le miro.

—No hay espacio.

—Siempre hay espacio.

—No en una sala de ese tamaño.

—Entonces hacemos que lo haya.

Durante los siguientes diez minutos trabajamos en silencio.

Noah mide distancias.

Yo reviso las dimensiones.

Él elimina una zona.

Yo la vuelvo a colocar.

Él mueve una mesa.

Yo niego con la cabeza.

—No.

—¿Por qué?

—Porque bloqueamos la salida.

—Tienes razón.

La mueve.

—¿Y así?

Me inclino sobre el plano.

—Demasiado cerca del escenario.

—Entonces retrasamos la primera fila.

—Eso afecta a prensa.

—Los ponemos en el lateral.

—No tienen visibilidad.

—Entonces cambiamos la posición de las cámaras.

Me quedo mirándole.

—Eso implica hablar con producción.

—Ya estoy pensando en ello.

—Y el cliente va a tener que aprobarlo.

—Sí.

—Y los patrocinadores también.

—Sí.

—Y el hotel.

—Sí.

Le miro fijamente.

—Esto se nos está yendo de las manos.

Noah levanta la mirada.

—No.

Su voz es tranquila.

—Se ha complicado.

—Es lo mismo.

—No.

Se acerca un poco más a la mesa.

—Que algo se complique no significa que esté fuera de control.

Me quedo callada. No sé si lo dice por el proyecto o por mí. Probablemente por las dos cosas.

Antes de que pueda preguntárselo, alguien llama a la puerta.

Victoria.

Entra con el móvil en la mano.

—¿Qué ha pasado?

Miro a Noah.

Él me mira a mí.

Y durante un segundo tengo la sensación de que los dos estamos pensando exactamente lo mismo.

Esto es mío. Yo soy la responsable del proyecto. Y yo tengo que explicarlo.

Cojo aire.

—El hotel acaba de informarnos de que la instalación eléctrica de la sala no soporta la configuración que habíamos aprobado para la presentación.

Victoria frunce el ceño.

—¿Cómo que no la soporta?

Le explico la situación. La sala, la potencia, la salida de emergencia, la alternativa y las seis horas adicionales de montaje.

Mientras hablo, Victoria permanece completamente seria.

Cuando termino, mira los planos.

—¿Tenemos una solución?

—Estamos trabajando en ello.

—¿Cuánto nos costaría?

—Todavía no lo sabemos.

—¿Y el cliente?

—Aún no lo sabe.

Victoria asiente lentamente.

—Pues tiene que saberlo.

Mi estómago se revuelve.

—¿Ahora?

—No.

Victoria mira el reloj.

—En una hora.

—¿Una hora?

—Quiero que tengáis una propuesta antes de hablar con ellos. No podemos llamar a Hamilton & Reed para decirles que tenemos un problema. Tenemos que llamarles para decirles que hemos encontrado una solución.

Asiento.

—Vale.

Victoria mira a Noah.

—¿Puedes encargarte de producción y proveedores?

—Sí.

Después vuelve a mirarme.

—Y tú habla con el hotel. Necesito que averigües exactamente qué ha ocurrido y qué están dispuestos a asumir.

—De acuerdo.

Victoria se dirige a la puerta, pero antes de salir se detiene.

—Sophie.

—¿Sí?

—Esto no es necesariamente culpa vuestra.

No sé por qué escuchar esas palabras me produce todavía más presión.

Porque sé lo que significa el no necesariamente .

Victoria se marcha.

La puerta se cierra.

Me quedo mirando el plano.

—Genial.

Noah recoge el portátil.

—No ha ido tan mal.

—¿Cómo puedes decir eso?

—Porque Victoria no nos ha quitado el proyecto.

—Todavía.

Noah se queda quieto.

—Sophie.

—¿Qué?

—Mírame.

No quiero hacerlo.

Pero lo hago.

—Esto no significa que hayas hecho mal tu trabajo.

—No he dicho eso.

—Lo estás pensando.

—No puedes saber lo que pienso.

—No.

Hace una pausa.

—Pero puedo verte.

No sé qué contestar.

Noah coge la chaqueta.

—Voy a producción.

—Yo voy a llamar al hotel.

—Bien.

Da un paso hacia la puerta.

—Y Sophie.

—¿Sí?

—No estás sola en esto.

Lo dice como si fuera lo más normal del mundo.

Como si fuera evidente.

Y quizá para él lo sea.

Para mí no.

Estoy acostumbrada a asumir los problemas antes incluso de que alguien me los entregue. A pensar que, si algo sale mal, debería haberlo previsto. A creer que pedir ayuda significa que no has hecho suficiente.

Pero Noah no parece pensar así.

Y eso me desconcierta.

A las cinco menos diez tengo al director del hotel al teléfono.

A las cinco y veinte sigo hablando con él.

A las cinco y cuarenta he conseguido que acepten cubrir parte del coste del montaje adicional, pero no todo.

A las cinco y cincuenta y cinco tengo una nueva propuesta.

A las seis y cinco, Noah vuelve a la sala.

—Tengo buenas noticias.

—Yo también.

—Tú primero.

Le enseño el correo del hotel.

—Aceptan adelantar el acceso de proveedores y asumir el coste de la ampliación eléctrica.

Noah sonríe.

—Eso es bastante bueno.

—No todo.

—¿Qué falta?

—El montaje empieza a las seis de la mañana.

—Vale.

—Y necesitamos ocho personas adicionales.

—Ya las tengo.

Le miro.

—¿Qué?

—He hablado con producción.

—¿Ya?

—Sí.

—¿Y el proveedor de iluminación?

—Confirmado.

—¿A las seis?

—A las cinco y media.

Me quedo mirándole.

—¿Cómo?

—He llamado.

—¿Y han aceptado?

—Sí.

—¿Sin aumentar el precio?

—Con un pequeño suplemento.

—¿Cuánto?

Me dice la cantidad.

Es menos de lo que esperaba.

Mucho menos.

—¿Cómo has conseguido eso?

Noah se encoge de hombros.

—He hablado con ellos.

—Ya.

—¿Qué?

—Nada.

Me dejo caer en la silla.

Por primera vez en casi dos horas siento que puedo respirar.

—Tenemos una solución.

—Tenemos una solución.

Noah se sienta frente a mí.

—Ahora solo falta convencer al cliente.

Miro el reloj.

—En cincuenta minutos.

—Perfecto.

—¿Perfecto?

—Nos sobran cuarenta y cinco.

—Eres imposible.

—Y tú estás sonriendo.

Me llevo una mano a la cara.

No me había dado cuenta.

Noah sonríe.

—Te queda bien.

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Lo has pensado.

—Eso sí.

Y, contra todo pronóstico, me río.

Porque el proyecto sigue siendo un desastre.

Porque tenemos una llamada complicada dentro de menos de una hora.

Porque todavía no sabemos si Hamilton & Reed va a aceptar los cambios.

Pero por primera vez desde que llegó aquel correo, ya no siento que esté intentando solucionar el problema yo sola.

Y eso cambia algo.

No en el proyecto, sino en mí.

La llamada con Hamilton & Reed empieza a las seis y media.

Nos conectamos desde la sala de reuniones pequeña porque la grande está ocupada. Victoria se une durante los primeros minutos, aunque deja claro que Sophie llevará la conversación.

Cuando aparecen en pantalla el director de marketing y la responsable del evento por parte del cliente, noto que el corazón me late un poco más rápido.

No debería.

He preparado la reunión.

Tengo los planos delante.

Tengo los presupuestos.

Tengo la alternativa.

Tengo respuestas.

Aun así, no puedo evitar pensar en la frase de Victoria.

No podemos llamarles para decirles que tenemos un problema.

No.

Tenemos que llamarles con una solución.

—Buenas tardes —empiezo—. Gracias por conectaros con tan poca antelación. Hemos recibido una actualización técnica por parte del hotel que afecta a la configuración inicial de la sala, pero hemos trabajado en una alternativa que nos permite mantener la presentación exactamente como estaba prevista.

Noah está sentado a mi lado.

No interviene.

Todavía.