CAPÍTULO 3
Crisis y treguas forzadas
El problema de trabajar con Noah Bennett es que, cuando espero que se equivoque, nunca lo hace.
Llevo dos días intentando encontrar algo que pueda utilizar en su contra.
No necesito una gran cosa. No estoy buscando descubrir que falsifica facturas, que llega tarde a todas partes o que tiene una extraña colección de muñecos de porcelana escondida en su casa.
Me conformaría con una pequeña incompetencia.
Un correo enviado a la persona equivocada.
Un cálculo mal hecho. Una llamada que se le haya olvidado devolver.
Algo.
Cualquier cosa que me permita recuperar el equilibrio.
Pero Noah parece decidido a hacer mi trabajo mucho más difícil.
El miércoles por la mañana estoy sentada en una de las salas de reuniones, rodeada de muestras de materiales, presupuestos impresos y planos del hotel, cuando aparece con dos cafés y una bolsa de papel.
—No.
Ni siquiera levanto la cabeza.
—Buenos días a ti también.
—No quiero nada.
—No sabes qué llevo.
—Seguro que algo que no necesito.
Noah deja la bolsa sobre la mesa.
—Un desayuno.
Levanto la mirada.
—¿Por qué?
—Porque llevas desde las ocho mirando esos planos y todavía no has comido.
—Son las diez.
—Exactamente.
—Puedo alimentarme sola.
—No lo dudo.
Saca un cruasán de la bolsa y lo deja delante de mí.
—Pero aparentemente hoy no lo estás haciendo.
Lo miro.
Después miro el cruasán.
Después vuelvo a mirarle a él.
—No puedes comprarme con comida.
—No estaba intentando comprarte.
—¿Entonces?
—Intentaba evitar que te desmayaras encima del presupuesto.
—Eso sería bastante humillante.
—Para ti o para mí.
—Para los dos.
—Perfecto. Entonces estamos de acuerdo.
Se sienta frente a mí y abre su portátil.
Intento ignorar el cruasán.
Dura exactamente treinta segundos.
Lo cojo.
—No significa que te lo agradezca.
—Por supuesto.
—Ni que esto vaya a convertirse en una costumbre.
—Jamás.
—Ni que me caigas mejor.
Noah levanta la vista.
—Eso último no me lo creo.
Frunzo el ceño.
—¿Perdona?
—Nada.
Empieza a escribir.
Yo doy un mordisco al cruasán.
Está recién hecho.
Lo odio.
No a él.
El cruasán.
Claro.
Durante los siguientes minutos intento concentrarme en el presupuesto, pero resulta complicado cuando Noah está sentado delante de mí y parece decidido a demostrar que puede ser útil incluso sin que nadie se lo pida.
—He revisado la propuesta de iluminación —dice al cabo de un rato.
—Ya la revisé ayer.
—Lo sé.
—Entonces ¿para qué?
—Porque el proveedor que nos han recomendado no tiene disponibilidad para el montaje completo.
Levanto la mirada.
—¿Cómo lo sabes?
—Le he llamado esta mañana.
Dejo el bolígrafo.
—¿Y?
—Puede hacerlo, pero necesita empezar antes.
—¿Cuánto antes?
—Dos horas.
—No podemos.
—Lo sé.
—Entonces no nos sirve.
—Tengo otra opción.
Abre una carpeta en su portátil y me enseña una propuesta.
La reviso.
—Es más cara.
—Sí.
—Mucho más.
—También es más fiable.
—No podemos subir el presupuesto sin consultarlo con Victoria.
—No he dicho que lo hagamos.
Señala la pantalla.
—Solo quiero que tengamos alternativas antes de hablar con ella.
Me quedo callada.
Es difícil discutir con alguien que, en lugar de llevarme la contraria, está pensando exactamente en el siguiente problema antes de que aparezca.
—Vale —digo.
—¿Vale?
—Vale.
—Estás empezando a decirme que sí.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Pongo los ojos en blanco y vuelvo a mis documentos.
La preparación del evento avanza más rápido de lo que esperaba.
Y eso, en parte, es gracias a Noah.
Lo reconozco únicamente porque estamos solos en la sala y porque no existe ninguna posibilidad de que mis palabras salgan de aquí.
Noah tiene una forma de trabajar completamente distinta a la mía.
Yo necesito verlo todo, tocar cada detalle, comprobar cada cifra y tener un calendario tan preciso que podría utilizarse para organizar una misión espacial.
Él trabaja por bloques. Mira el problema completo, encuentra lo que puede fallar y empieza a construir soluciones alrededor de eso.
Al principio me parecía desordenado.
Ahora empiezo a comprender que no lo es.
Simplemente piensa de otra manera.
—El proveedor de iluminación no puede confirmar hasta el viernes —dice mientras revisa una hoja de cálculo.
—Entonces buscamos otro.
—Ya lo he hecho.
Levanto la cabeza.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
—¿Y tienes presupuesto?
—Tres.
—¿Tres opciones?
—Tres proveedores.
Dejo el bolígrafo.
—¿Tú duermes?
Noah sonríe sin levantar la mirada.
—A veces.
—Empiezo a pensar que eres un robot.
—¿Te tranquilizaría?
—Muchísimo.
—Entonces puedo fingir.
Vuelvo a mirar mis documentos.
—No necesito que hagas todo antes de que yo pueda hacerlo.
—No estoy intentando hacerlo todo.
—Pues lo parece.
Noah cierra el portátil.
—¿Quieres saber qué estoy intentando hacer?
—Me temo que sí.
—Que esto salga bien.
La respuesta es tan sencilla que no sé qué hacer con ella.
—Eso también quiero yo.
—Lo sé.
—Entonces estamos de acuerdo.
—Parece que sí.
Nos quedamos en silencio unos segundos.
Es extraño.
No incómodo.
Simplemente extraño.
Porque hace una semana habría hecho cualquier cosa por no compartir una sala con él durante más de cinco minutos. Ahora llevamos horas trabajando juntos y el silencio entre nosotros no necesita ser rellenado.
Me doy cuenta de que Noah está mirándome.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez.
—Estaba pensando.
—¿En qué?
—En que eres diferente cuando trabajas.
Me tenso ligeramente.
—¿Diferente cómo?
—Más tranquila.
Suelto una pequeña risa.
—Eso es porque no estás hablando.
—Qué cruel.
—Es verdad.
—No parece.
—¿Qué quieres decir?
Noah se encoge de hombros.
—Que pensé que eras mucho más difícil.
—¿Más difícil que qué?
—Que esto.
Señala la mesa, los documentos, el proyecto entero.
—Pensé que íbamos a discutir cada cinco minutos.
—Todavía podemos.
—Ya lo sé.
Sonríe.
—Pero no lo estamos haciendo.
No sé por qué esa observación me incomoda.
Quizá porque yo también lo he pensado.
Quizá porque llevo dos días esperando que trabajar con él sea un desastre y, en lugar de eso, está siendo sorprendentemente fácil.
Demasiado fácil.
—No te acostumbres —digo.
—Eso me suena familiar.
—Porque te lo he dicho varias veces.
—Y todavía no me has explicado por qué.
—Porque eres tú.
Noah sonríe.
—Empiezo a sospechar que eso es lo más bonito que me has dicho nunca.
—No lo era.
—Para mí sí.
Pongo los ojos en blanco.
—Sigamos trabajando.
—Sí, jefa.
—No me llames así.
—Sí, jefa.
Le lanzo un bolígrafo.
Lo atrapa en el aire.
Y esa vez los dos nos reímos.
A las doce, Victoria aparece en la puerta.
—¿Cómo va?
—Bien —respondo.
Noah gira el portátil hacia ella.
—Tenemos casi cerrado el presupuesto y hemos encontrado una alternativa para iluminación.
Victoria revisa los documentos.
—¿Ya?
—Sí.
Nos mira a los dos.
—Esto va más rápido de lo que esperaba.
—Estamos trabajando bien —dice Noah.
La miro.
Victoria me mira.
Y por un segundo siento que estamos teniendo una conversación silenciosa que Noah no comprende.
Entonces Victoria sonríe.
—Me alegro.
Se marcha.
Yo vuelvo a mis papeles.
—¿Qué?
Noah me observa.
—Nada.
—Tienes esa cara.
—¿Qué cara?
—La de cuando estás intentando averiguar qué está pensando alguien.
—No hago eso.
—Lo haces constantemente.
—No.
—Sí.
—No.
—Sophie.
—¿Qué?
—Victoria está contenta.
—Eso parece.
—Y tú estás contenta.
Levanto la vista.
—Estoy trabajando.
—No he dicho lo contrario.
—Entonces no entiendo qué quieres.
Noah se queda callado durante un momento.
—Nada.
Y vuelve a su ordenador.
Pero ahora soy yo la que se queda mirándolo.
A las cuatro y doce de la tarde llega el problema. Lo sé porque, cuando aparece el correo en mi pantalla, miro automáticamente la hora antes de abrirlo.
Asunto: Hamilton & Reed — Technical Restrictions
Espero encontrar una confirmación.
No la encuentro.
Leo el primer párrafo.
Después el segundo.
Vuelvo al principio.
Algo dentro de mí empieza a tensarse.
—No puede ser.
Noah levanta la cabeza desde el otro lado de la mesa.
—¿Qué?
No respondo inmediatamente. Sigo leyendo, como si las palabras fueran a cambiar si las miro el tiempo suficiente.
No cambian.
El hotel acaba de informarnos de que la instalación eléctrica necesaria para la presentación de producto no puede utilizarse en la zona que habíamos reservado para el escenario.
La potencia disponible es insuficiente y, además, la estructura que el cliente quiere instalar ocupa una parte del acceso de emergencia.
Eso ya sería suficientemente malo.
Pero hay una segunda parte.
La sala alternativa que podría soportar las necesidades técnicas está ocupada durante la mañana del evento.
Y la única franja disponible obligaría a adelantar el montaje casi seis horas.
Seis horas.
Mi estómago se encoge.
—Noah.
Él se levanta al instante.
—¿Qué pasa?
Le paso el portátil.
Lee el correo sin decir nada.
Cuando termina, su expresión ha cambiado.
Ya no está sonriendo.
—¿Cuándo nos han dicho esto?
—Ahora.
—¿Nunca antes?
—No.
—¿Victoria lo sabe?
—No.
Noah vuelve a leer el correo.
—Esto no estaba en la documentación inicial.
—Lo sé.
—Tenemos confirmación por escrito de que la sala cumplía los requisitos.
—Lo sé.
—Entonces esto es problema del hotel.
—También lo sé.
Me levanto y empiezo a caminar por la sala.
—Pero al cliente no le va a importar de quién sea el problema.
Noah no responde.
—Hamilton & Reed no va a querer saber que el hotel se ha equivocado. Van a querer saber cómo vamos a solucionarlo.
—Lo solucionaremos.
Me giro hacia él.
—¿Cómo?
No responde inmediatamente.
Y eso me preocupa más que cualquier cosa que pudiera decir.
—Tenemos que comprobar si podemos cambiar la distribución.
—Ya la hemos cambiado tres veces.
—Entonces habrá que cambiarla una cuarta.
—Noah, si movemos el escenario, perdemos espacio para los patrocinadores.
Si reducimos la zona de patrocinadores, tenemos que renegociar los espacios contratados.
Si adelantamos el montaje seis horas, necesitamos personal adicional y el proveedor de iluminación tendría que venir antes. Eso significa más dinero.
—Sí.