No te soporto CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Cafés, planos y un equipo inesperado

A las ocho y cuarto de la mañana siguiente ya estoy en la oficina.

No porque me guste madrugar. No porque sea una persona especialmente responsable y, desde luego, no porque tenga ganas de ver a Noah Bennett.

Estoy aquí porque tengo un proyecto enorme encima de la mesa, un ascenso en juego y una lista de cosas pendientes que podría ocupar tres páginas enteras.

Si voy a dirigir el evento de Hamilton la analiza, encuentra los posibles problemas y propone una alternativa.

Y lo peor de todo es que la mayoría de las veces tiene razón.

—No podemos poner a los patrocinadores principales en esa zona —dice, señalando el plano del salón.

—¿Por qué?

—Porque desde ahí no tendrán buena visibilidad del escenario.

—Sí la tendrán.

—No.

—Sí.

Noah gira el portátil hacia mí y señala el plano.

—Mira la columna.

Me inclino hacia delante.

—¿Qué pasa con ella?

—Bloquea parcialmente la pantalla.

Me quedo callada.

Tiene razón.

Otra vez.

—Podemos mover la mesa.

—Y entonces bloqueamos la salida lateral.

Miro el plano.

—Podemos cambiar la distribución.

—Eso es lo que estaba pensando.

Le miro.

—No sonrías.

—No estoy sonriendo.

—Sí estás sonriendo.

—Quizá porque me gusta tener razón.

—Eres insoportable.

—Y tú acabas de aceptar mi idea.

—No confundas una cosa con la otra.

Noah se ríe.

Y, por primera vez, no me molesta.

Eso sí me preocupa.

Seguimos trabajando. La conversación se convierte poco a poco en una especie de partida de ajedrez.

Yo propongo una cosa, él encuentra un inconveniente; él propone otra, yo le encuentro dos.

Ninguno de los dos parece dispuesto a ceder fácilmente, pero, de alguna manera, al cabo de una hora tenemos más trabajo hecho del que probablemente habríamos conseguido por separado.

No quiero reconocerlo.

Ni siquiera mentalmente.

Pero hacemos buen equipo.

—Necesitamos confirmar el número de invitados antes de cerrar el catering —digo, señalando una de las hojas.

—Ya he hablado con ellos.

Levanto la cabeza.

—¿Qué?

—Con el catering.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—Noah.

—¿Qué?

—Llevamos aquí una hora.

—Exactamente.

—¿Y en esa hora has llamado al catering, revisado el presupuesto, hablado con comercial y comprobado el plano?

—Sí.

—¿Tienes algún problema de sueño?

Se ríe.

—¿Eso es preocupación por mi salud?

—Es curiosidad profesional.

—Estoy bien.

—No parece.

Noah se recuesta en la silla.

—Tú también deberías descansar alguna vez.

—Yo duermo.

—¿Cuántas horas?

—Las suficientes.

—Eso no es una cantidad.

—No te importa.

—Correcto.

Vuelve a mirar el portátil, pero puedo ver la sonrisa en la comisura de sus labios.

—Entonces deja de preguntarme cosas personales.

—Vale.

—Gracias.

—¿Qué hiciste anoche?

Levanto la cabeza lentamente.

—Acabas de decir que no ibas a preguntar.

—He cambiado de opinión.

—Eres imposible.

—Eso ya lo sabías.

Quiero responderle, pero en ese momento entra Clara, una de las coordinadoras junior, con una carpeta bajo el brazo.

—Perdón. ¿Interrumpo?

—No —respondo demasiado rápido.

Noah me mira.

—Sí —dice al mismo tiempo.

Clara nos observa a los dos.

—Vale.

—No interrumpes —corrijo.

—Yo no he dicho nada —responde Noah.

—Precisamente.

Clara deja unos documentos sobre la mesa.

—Victoria quiere que tengáis esto antes de la reunión.

—Perfecto. Gracias.

Cuando se marcha, Noah me mira.

—¿Siempre mandas tú?

—Cuando estoy trabajando, sí.

—¿Y fuera del trabajo?

—No es asunto tuyo.

—Lo tendré en cuenta.

Vuelvo a mirar la documentación para evitar que vea que estoy sonriendo.

A las diez y media tenemos nuestra primera reunión formal con el equipo.

Somos seis personas alrededor de una mesa grande, con portátiles abiertos, cafés por todas partes y una cantidad preocupante de post-its pegados a la pared.

Victoria nos ha dado libertad para organizar el proyecto como consideremos conveniente, lo que significa que, por primera vez desde que entré en la empresa, estoy sentada en una mesa donde las decisiones importantes dependen de mí.

Me gusta.

Mucho.

Explico el calendario, reparto responsabilidades y marco las fechas límite. Estoy acostumbrada a hablar en reuniones, pero esta vez noto una diferencia. Todos están tomando notas. Todos me están escuchando.

Cuando termino, miro alrededor.

—¿Alguna duda?

Una de las diseñadoras levanta la mano.

—¿Quién aprobará los cambios finales?

—Yo.

Noah interviene desde mi derecha.

—Sophie.

Le miro.

—¿Sí?

—¿No sería mejor que los dos los revisáramos antes de enviarlos al cliente?

Hay un silencio breve.

No sé si lo hace para ayudarme o para cuestionarme delante de todo el equipo.

—Puedo revisarlos yo.

—Lo sé.

—Entonces no entiendo por qué—

—Porque el cliente tiene varias exigencias comerciales que quizá yo pueda detectar antes.

Su tono es tranquilo.

No está intentando llevarme la contraria.

Está intentando aportar.

Y eso me obliga a elegir entre enfadarme por principio o reconocer que tiene sentido.

Elijo lo segundo.

—Vale. Los revisamos juntos antes de enviarlos.

Noah asiente.

—Perfecto.

La reunión continúa.

Cuando termina, todos empiezan a recoger sus cosas y, poco a poco, la sala se vacía.

Yo me quedo sentada revisando mis notas.

Noah sigue frente a mí.

—¿Qué?

—Nada.

—Llevas treinta segundos mirándome.

—Estaba pensando.

—Eso parece peligroso.

—¿Siempre haces eso?

—¿Qué?

—Contradecirme delante de todo el mundo.

Noah deja el bolígrafo sobre la mesa.

—No te estaba contradiciendo.

—Lo parecía.

—Te estaba apoyando.

Frunzo el ceño.

—¿Cómo?

—Porque si vas a dirigir este proyecto, necesitas que alguien te diga cuando algo puede mejorarse. Y prefiero hacerlo yo antes de que lo haga el cliente.

No esperaba esa respuesta.

—Podrías haberlo dicho después.

—Podría.

—Entonces ¿por qué no lo hiciste?

Noah me mira durante unos segundos.

—Porque creo que deberías acostumbrarte a que no todo el mundo que te lleva la contraria está intentando quitarte autoridad.

La frase me golpea más de lo que debería.

Aparto la mirada.

—No necesito que me enseñes a dirigir un proyecto.

—No he dicho eso.

—Lo has insinuado.

—No.

Hace una pausa.

—Pero sí creo que tienes algo que demostrarte a ti misma.

Vuelvo a mirarle.

—¿Qué significa eso?

Noah se encoge de hombros.

—Que estás tan preocupada por demostrar que puedes hacerlo que a veces te olvidas de que ya has demostrado que puedes hacerlo.

No sé qué decir.

Y eso es algo que odio.

Porque Noah siempre tiene una respuesta.

Pero esta vez no quiero encontrar una.

Recojo mis papeles.

—Tenemos mucho trabajo.

—Sí.

—Voy a revisar el presupuesto.

—Yo voy a llamar al hotel.

—Perfecto.

Me levanto.

—Sophie.

Me giro.

—¿Qué?

—Lo estás haciendo bien.

Lo dice sin sonrisa.

Sin broma.

Sin esa expresión de suficiencia que suele acompañar sus comentarios.

Simplemente lo dice.

Y durante un instante no sé qué hacer con esas palabras.

—Gracias.

Noah asiente.

—De nada.

Sale de la sala.

Yo me quedo allí unos segundos más.

No debería importarme lo que piense.

Pero me importa. Y eso es un problema.

A la una y media estoy comiendo delante del ordenador cuando aparece un correo nuevo. Lo abro.

De: Noah Bennett

Asunto: Viaje

Tenemos que reservar hotel y transporte. He encontrado tres opciones. Te las dejo adjuntas.

La segunda tiene mejor sala de reuniones. La tercera tiene mejor restaurante. La primera está más cerca del lugar del evento.

Debajo hay tres opciones perfectamente organizadas, con precios, distancia hasta el lugar del evento, horarios y una pequeña nota al lado de cada una.

Me quedo mirando el correo.

No sé por qué, pero me hace gracia que haya hecho exactamente lo que yo habría hecho. Respondo.

De: Sophie Hayes

Asunto: RE Viaje

La primera.

La respuesta llega casi inmediatamente.

De: Noah Bennett

Asunto: RE RE Viaje

Sabía que elegirías esa.

Frunzo el ceño.

De: Sophie Hayes

Asunto: RE RE RE Viaje

¿Por qué?

Su respuesta tarda unos minutos en llegar.

De: Noah Bennett

Asunto: RE RE RE RE Viaje

Porque es la opción práctica.

De: Sophie Hayes

Asunto: RE RE RE RE RE Viaje

Correcto.

Él responde:

De: Noah Bennett

Asunto: RE RE RE RE RE RE Viaje

Empiezas a conocerme.

Miro la pantalla durante unos segundos antes de cerrar el correo, no pienso contestar más.

Dos minutos más tarde llega un mensaje.

Sonrío.

No debería, pero sonrío.

Y entonces escribo:

La respuesta aparece inmediatamente.

Apoyo la espalda contra la silla y miro la pantalla.

No sé exactamente cuándo ocurrió.

Quizá fue esta mañana.

Quizá ayer.

Pero algo ha cambiado. No mucho, solo un poco.

Lo suficiente para que Noah haya dejado de ser simplemente el compañero insoportable que me tocó por mala suerte.

Ahora es también el compañero que sabe hacer su trabajo, el que me escucha, el que me lleva la contraria cuando cree que tiene razón, el que, para mi desgracia, parece entenderme un poco mejor de lo que me gustaría.

Y eso es mucho más peligroso.

Porque odiar a Noah Bennett era fácil.

Trabajar con él quizá no lo sea tanto.