No te soporto CAPÍTULO 1
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CAPÍTULO 1

El arte de ignorar a Noah Bennet

Hay tres cosas que sé con absoluta certeza.

La primera: el café de la máquina de la tercera planta sabe a agua sucia.

La segunda: si quieres que algo salga bien, tienes que hacerlo tú misma.

Y la tercera, quizá la más importante de todas:

Noah Bennett es insoportable.

No en plan dramático, de esos enemigos de película a los que una quiere ver arder en una hoguera mientras suena música épica de fondo.

No. Lo mío con Noah es mucho más personal y, probablemente, bastante más ridículo.

Es el tipo de persona al que una preferiría no encontrarse en el ascensor cuando lleva cinco minutos de retraso, porque sabe perfectamente que va a pulsar el botón de cerrar las puertas justo antes de que llegue.

Es el tipo de persona que consigue hacerte perder la paciencia sin necesidad de levantar la voz, simplemente con una sonrisa demasiado tranquila y un comentario que parece inocente hasta que te das cuenta de que llevaba diez segundos esperando a que reaccionaras.

Y Noah siempre consigue que reaccione.

Llevo tres años trabajando en Bennett & Cole Events y, durante esos tres años, he desarrollado una habilidad que considero bastante más útil que cualquiera de las que aparecen en mi currículum: sé ignorar a Noah Bennett.

O, al menos, sé fingir que lo ignoro.

He aprendido a caminar por la oficina sin levantar la mirada cuando le veo apoyado en alguna mesa hablando con alguien.

Sé responder a sus comentarios con una sonrisa educada, de esas que significan exactamente lo contrario de lo que aparentan.

Sé sentarme en una reunión a su lado sin darle el gusto de comprobar que me pone nerviosa.

Incluso he conseguido perfeccionar el arte de beber café mientras él habla sin atragantarme cuando dice alguna de sus estupideces.

Es una habilidad que me ha costado años perfeccionar.

Por eso, cuando una voz aparece detrás de mí aquella mañana, mientras intento terminar una presentación que debería haber acabado hace veinte minutos, sé perfectamente quién es sin necesidad de girarme.

—¿Vas a seguir mirando la pantalla como si pudieras obligarla a funcionar por pura fuerza de voluntad?

No levanto la vista.

—Sí.

Hay un pequeño silencio detrás de mí.

—Llevas diez minutos.

—Once.

—Eso explica por qué la presentación sigue exactamente igual.

Aprieto los labios para contener una sonrisa que, bajo ninguna circunstancia, pienso regalarle.

—Estoy pensando.

—Ah.

La forma en que dice esa única palabra consigue que parezca que acaba de descubrir algo extraordinario.

Finalmente levanto la vista.

Noah está apoyado contra el borde de la mesa de al lado, con los brazos cruzados sobre el pecho y esa expresión relajada que tanto me irrita.

Lleva una camisa azul con las mangas remangadas hasta los antebrazos, unos vaqueros oscuros y el pelo ligeramente despeinado, como si acabara de levantarse cinco minutos antes y hubiera decidido que peinarse era un esfuerzo innecesario.

Es una de esas personas que parecen estar bien incluso cuando no lo intentan.

Lo cual, sinceramente, me parece injusto.

—¿En qué? —pregunta.

—En cómo conseguir que te vayas.

Su sonrisa se ensancha.

—Podrías pedírmelo.

—Podría.

—Pero no lo vas a hacer.

—No quiero darte la satisfacción.

—Entonces estamos ante un punto muerto.

—No exactamente. Tú estás en mi espacio personal y yo estoy intentando trabajar.

Noah baja la mirada hacia mi mesa.

—¿Esto es tu espacio personal?

—Sí.

—Interesante. Yo pensaba que era una mesa de oficina.

—Noah.

—Sophie.

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Entonces vete.

—Solo venía a preguntarte si has terminado la presentación de Hamilton & Reed.

La sonrisa desaparece de mi cara.

Hamilton & Reed.

El nombre consigue que toda mi atención vuelva inmediatamente a la pantalla.

—Casi.

—Eso significa que no.

—Significa que casi.

—Entonces no.

Le miro.

—¿Tú la has terminado?

—Ayer.

—Claro que sí.

—¿Eso ha sonado a cumplido?

—No.

—Una pena.

Noah se inclina ligeramente hacia delante y mira la pantalla por encima de mi hombro.

Su colonia llega hasta mí y, por alguna razón que me niego a analizar, me resulta familiar.

Quizá porque llevamos tres años compartiendo oficina.

Quizá porque mi cerebro ha decidido almacenar información completamente inútil sobre él.

—La diapositiva seis está demasiado cargada —dice.

Me giro lentamente hacia él.

—¿Perdona?

—La seis. Hay demasiada información.

—La información es necesaria.

—No toda.

—Sí, toda.

—Sophie, llevas tres párrafos sobre el historial de la empresa.

—Porque es importante.

—Es una presentación para un cliente, no una tesis doctoral.

—Gracias por tu aportación.

—De nada.

—¿Has terminado?

—Todavía no.

—¿Qué más quieres?

Noah señala la pantalla.

—La parte del presupuesto. Yo cambiaría el orden.

—No voy a cambiar el orden.

—¿Por qué?

—Porque lo he pensado.

—Eso no es una razón.

—Para mí sí.

Él se ríe por lo bajo.

Y ahí está otra vez.

Esa sonrisa.

Esa maldita sonrisa que aparece cada vez que consigue hacerme enfadar.

—¿Siempre eres así? —pregunta.

—¿Así cómo?

—Tan...

Hace una pausa deliberada.

—¿Tan qué?

—Controladora.

Le miro fijamente.

—¿Quieres conservar los dientes?

—Mucho.

—Entonces elige bien la siguiente palabra.

Noah parece considerar la posibilidad de callarse. Durante aproximadamente medio segundo.

—Intensa.

—Mucho mejor.

—También podría haber dicho insoportable.

—Eso habría sido bastante irónico viniendo de ti.

—¿Ves? Esto es exactamente lo que me gusta de ti.

Me quedo quieta.

Él también.

Durante un instante ninguno dice nada.

Después Noah carraspea y recupera esa expresión despreocupada.

—Que siempre tienes una respuesta.

—No te acostumbres.

—Demasiado tarde.

Antes de que pueda contestar, alguien grita su nombre desde el otro lado de la oficina.

—¡Noah!

Él gira la cabeza.

—¡Voy!

Después vuelve a mirarme.

—No olvides corregir la seis.

—No olvides meterte en tus asuntos.

—También te quiero, Hayes.

Y se marcha.

Me quedo mirando su espalda mientras se aleja entre las mesas.

No debería haber sonreído.

Pero lo hago.

Solo durante un segundo.

Después vuelvo a mi ordenador y decido que, a partir de ese momento, Noah Bennett deja oficialmente de existir.

A las diez y cincuenta y ocho, estoy frente al despacho de Victoria con una carpeta bajo el brazo y la sensación de que llevo todo el día conteniendo la respiración.

Sé que debería estar tranquila. He trabajado demasiado para llegar hasta aquí como para dejar que los nervios me hagan dudar ahora.

Durante las últimas ocho semanas he revisado presupuestos hasta medianoche, he preparado propuestas durante los fines de semana y he aprendido más de proveedores, contratos y logística de lo que probablemente hubiera aprendido en un año entero de universidad.

No lo he hecho porque alguien me lo pidiera. Lo he hecho porque quiero crecer.

Quiero demostrar que puedo estar al frente de un proyecto.

Quiero dejar de ser la persona que recibe un correo a las siete de la tarde con un «¿puedes encargarte de esto?» y termina solucionando los problemas de todo el mundo mientras otra persona aparece al día siguiente para llevarse el mérito.

Y, sobre todo, quiero que Victoria me mire algún día y no vea a la coordinadora junior de veinticuatro años que todavía necesita que alguien revise sus decisiones.

Quiero que vea a alguien preparado.

Alguien en quien pueda confiar.

Llamo dos veces a la puerta.

—Adelante.

Entro.

Victoria está sentada detrás de su escritorio, revisando unos documentos. Levanta la mirada y me sonríe.

—Sophie. Siéntate.

Y entonces veo quién está sentado en la otra silla.

Noah.

Naturalmente.

Porque aparentemente el universo ha decidido que hoy todavía no he sufrido suficiente.

Él levanta la mirada del móvil y me dedica una sonrisa tranquila.

—Buenos días.

—Buenos días.

Intento que mi voz suene normal… No sé si lo consigo.

Me siento a su lado y dejo la carpeta sobre la mesa. Noah se inclina ligeramente hacia mí.

—¿Nerviosa?

—No.

—Mientes fatal.

—Y tú hablas demasiado.

—Eso no es una respuesta.

—Tampoco era una pregunta.

Victoria carraspea.

—¿Podemos empezar?

Los dos nos callamos.

Victoria junta las manos sobre la mesa y nos observa durante unos segundos antes de hablar.

—Os he llamado porque tenemos una oportunidad bastante importante para la agencia.

Mi espalda se endereza inmediatamente.

Ahí está.

La frase que llevaba semanas esperando.

Victoria continúa.

—Hamilton & Reed va a celebrar su evento anual dentro de seis semanas. Este año han decidido ampliar considerablemente el proyecto y quieren que nosotros nos encarguemos de toda la organización, desde la producción hasta la coordinación con proveedores, invitados y patrocinadores.

Abro la carpeta.

Hay varias páginas con información sobre el evento.

Mi corazón empieza a acelerarse.

Conozco a Hamilton & Reed. Todo el mundo en la oficina conoce a Hamilton & Reed. Es uno de nuestros clientes más importantes y conseguir que este evento salga bien podría significar mucho para la agencia.

Victoria desliza una segunda carpeta hacia mí.

—He revisado los proyectos que has coordinado durante el último año, Sophie, y creo que estás preparada para asumir la dirección de este.

Durante un segundo no sé qué decir.

La miro.

—¿En serio?

—En serio.

Una sonrisa empieza a aparecer en mi cara antes de que pueda evitarlo.

—Yo...

Me aclaro la garganta.

—Sí. Claro. Por supuesto. Me encantaría.

—Lo sé.

Victoria sonríe.

—Precisamente por eso te lo estoy ofreciendo.

Miro la documentación otra vez.

Hay una sensación extraña en mi pecho. Una mezcla de ilusión y miedo que no sé separar.

Esto es lo que quería.

La oportunidad.

La posibilidad de demostrar que puedo hacerlo.

Durante los últimos meses había empezado a preguntarme si Victoria realmente me veía preparada para dar el siguiente paso. Nunca me había dicho que no, pero tampoco me había dicho que sí.

Hasta ahora.

—Gracias —digo finalmente—. De verdad. No voy a decepcionarte.

—No espero que no cometas errores. Espero que sepas solucionarlos cuando aparezcan.

Asiento.

—Lo haré.

—Lo sé.

Y entonces Victoria dice las palabras que consiguen borrar la sonrisa de mi cara.

—Por eso quiero que trabajes con Noah.

Giro lentamente la cabeza.

Noah me está mirando.

No sonríe.

Todavía.

—¿Con Noah?

—Sí.

—Entiendo.

No entiendo.

En absoluto.

Victoria continúa hablando como si acabara de decirme que vamos a compartir una impresora.

—Noah tiene experiencia con este cliente y ha llevado proyectos similares. Tú estarás al frente de la coordinación general, pero él se ocupará de la parte comercial y de producción contigo.

—Claro.

Miro a Noah.

—Perfecto.

—Perfecto —repite él.

Victoria parece satisfecha.

—Además, como el evento es fuera de la ciudad, tendréis que desplazaros el viernes por la mañana y quedaros hasta el lunes.

Mi mirada vuelve a Victoria.

—¿Quedarnos?

—Sí.

—¿Los dos?

Victoria arquea una ceja.

—Sophie, no voy a enviarte sola a gestionar un evento de este tamaño.

—No, claro. Lo entiendo.

Noah se reclina en su silla.

—No te preocupes. Prometo comportarme.

Le lanzo una mirada.

—Eso es precisamente lo que me preocupa.

Victoria nos observa durante unos segundos.

—¿Hay algún problema entre vosotros?

—No —respondemos los dos.

Nos miramos.

—Ninguno —añade Noah.

—Perfecto. Porque necesito que esto funcione.

Victoria empieza a explicar fechas, horarios y objetivos, pero durante unos segundos me cuesta concentrarme. La palabra viernes sigue dando vueltas en mi cabeza.

Viernes.

Sábado.

Domingo.

Lunes.

Cuatro días.

Con Noah.

Cuatro días trabajando, viajando, comiendo y, probablemente, soportando sus comentarios.

Puedo hacerlo.

Claro que puedo hacerlo.

Es trabajo.

No importa que Noah sea insoportable. No importa que me saque de quicio. No importa que tenga esa habilidad irritante para saber exactamente qué decir para hacerme perder la paciencia.

Voy a demostrar que estoy preparada.

Cuando la reunión termina, recojo mis cosas y me levanto.

—Sophie.

Me giro.

Noah sigue sentado.

—¿Qué?

—Deberíamos organizar el viaje.

—Podemos hacerlo mañana.

—¿Mañana?

—Sí.

—¿No prefieres hacerlo hoy?

—No.

—¿Por qué?

—Porque quiero disfrutar de las últimas horas de mi vida en paz.

Se ríe.

—Qué exagerada.

—No sabes ni la mitad.

Salgo del despacho.

No he recorrido ni cinco metros cuando escucho sus pasos detrás de mí.

—Hayes.

No me giro.

—¿Qué?

—¿Conduces?

—Sí.

—Perfecto.

Ahora sí me giro.

—¿Perfecto por qué?

—Porque yo odio conducir.

Le miro durante unos segundos.

—Pues qué pena.

—¿Por qué?

—Porque yo tampoco pienso conducir cuatro horas mientras tú duermes a mi lado.

—No dormiría.

—Claro.

—Podría entretenerte.

—Noah.

—¿Qué?

—No quiero que me entretengas.

—Eso es lo que dices ahora.

—Eso es lo que digo siempre.

Él sonríe.

—Entonces vamos a llevarnos muy bien.

—No cuentes con ello.

Me doy la vuelta y empiezo a caminar.

—¡Sophie!

—¿Qué?

—Va a ser divertido.

Me detengo.

Miro por encima del hombro.

Noah sigue allí, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa que empieza a parecerme demasiado peligrosa.

—Para ti, quizá.

—Ya veremos.

Sigo caminando.

Mientras vuelvo a mi mesa, intento concentrarme en todo lo que tengo que preparar para el proyecto. El presupuesto, los proveedores, los horarios, la presentación, el viaje. Hay muchísimo trabajo por delante y no pienso permitir que nada me distraiga de mi objetivo.

Este proyecto puede cambiar mi carrera.

Puede ser exactamente la oportunidad que estaba esperando.

Y voy a hacerlo bien.

Voy a hacerlo perfecto.

Porque esta vez no pienso conformarme con ser la persona que está detrás del proyecto asegurándose de que nadie se dé cuenta de todo el trabajo que hace.

Esta vez voy a estar al frente.

Y no voy a dejar que nadie, absolutamente nadie, me lo quite.

Especialmente Noah Bennett.