Capítulo 167
Una habitación de lujo cerca de la Gran Vía de Madrid, que tan bien había pintado Antonio López.
La moqueta beis, los zapatos negros y los calcetines del mismo color. Una butaquita un tono más oscuro, con el traje gris, la camisa clara y la corbata cobriza cuidadosamente doblados. El vaso de agua en la mesilla y un bote de pastillas abierto.
Y vacío.
Todos los indicios apuntaban a que Max Utiel se había suicidado, pero Lola sabía que no, que el escenario estaba preparado con precisión: el teléfono apagado, el sobre que contenía las fotos de su pareja con otra persona, y papel y bolígrafo del hotel como si hubiese estado a punto de escribir una nota y al final se hubiera arrepentido.
La jueza Manrique había solicitado hacerse cargo por si tenía relación con el cuadro de Goya y el asesinato de Emcy. No dudaba que así fuera, otra cuestión sería demostrarlo.
—Déjennos un momento a solas —dijo a los de científica, que acababan de llegar, y al subinspector Fanjul, que salió de inmediato. Estaba muy colaborador, comprendía por lo que pasaba su jefa.
Ya habían hablado por teléfono, y la inspectora Baltanás la había puesto al día de los acontecimientos, incluida la inquietante desaparición de Irene Llamas.
—¿La encontraremos?
—Me temo que no.
La jueza Manrique asumió las malas expectativas, y estudió el cuerpo desnudo y sin vida de Max Utiel, en posición fetal sobre la cama. ¿Habría sufrido ?
—Hasta que se haga la autopsia no tendremos confirmación.
—A estas alturas, creo que ambas sabemos que no vamos a descubrir nada que desdiga el suicidio.
Recorrieron el dormitorio con la esperanza de que se les hubiera escapado alguna prueba.
—No veo la carpeta que, supuestamente, iba a entregar a la restauradora —dijo Lola.
—Me temo que estará en manos de la Corporación.
—¿A quién podremos encausar?
—Al chófer, como colaborador necesario en la huida de la asesina de Ariztimuño, y poco más —señaló la magistrada tras un breve balance—. Las imágenes que tiene del inspector Campos son circunstanciales.
—Demuestra que tenían relación.
—Quizá lo más inteligente sea hacer un poco el paripé, soltarlo y pincharle el teléfono, aunque dudo que vaya a hacer algo que lo inculpe.
—Lo han usado y ya no les sirve —concluyó Lola.
—Revisaremos las cuentas un tiempo, por si recibe pagos. Tal vez consiga que lo expedienten, incluso que lo echen del cuerpo.
—Poco consuelo. No vamos a llegar a la ministra Yolanda Cano, ¿verdad?
—Me temo que no, le correspondería al Supremo. Ya sabe, los aforados —asumió Manrique.
Como jueza de instrucción sabía que, si no llevaba bien justificado el auto, el juicio sería una pérdida de dinero para el contribuyente. Odiaba cuando no conseguía una condena posterior a sabiendas de que el implicado era culpable.
Se quedaron en silencio. El tiempo se había detenido para Max Utiel en aquella noche de mayo.
—¿Su hija, bien?
—Sí, gracias.
—Eso es lo importante. Bueno… Hasta aquí hemos llegado, entonces.
Lola asintió con amargura.