Capítulo 168
—¿Adónde me llevas?
Irene no obtuvo respuesta. Barray comprobó que se había despertado sin contratiempos, y cerró la puerta sin mostrar emociones.
A través de la ventanilla que tenía al lado de la cama, se distinguían unas montañas escarpadas con la cima nevada. Podrían estar sobrevolando los Alpes, pensó.
Lo primero que notó fue la presión en los oídos, señal de que descendían.
Los motores aminoraron la marcha y el avión se escondió entre nubes, hasta que el golpe seco del tren de aterrizaje al desplegarse la avisó de que estaban a punto de tomar tierra.
De pronto, desapareció la neblina y la pista emergió a escasos metros.
Había llegado el momento de la verdad.
Estuvieran donde estuviesen, lo que fuera a suceder estaba próximo.
El aparato se posó con suavidad y rodó hasta detenerse. Irene se asomó de nuevo. No se veía más que un bosque cercano. Era un aeropuerto pequeño en un enclave apartado. Le habría gustado saber de plantas, quizá así habría podido determinar la zona.
La puerta se abrió.
—Bajamos —dijo Barray, críptico.
Irene cogió el abrigo que estaba colgado de la percha y se lo puso. El mareo había desaparecido, no así la migraña. Se tomó unos segundos para sí misma, si no salía no tendría que enfrentarse al destino. Era una sensación irreal en la que necesitaba creer.
—Irene, por favor .
Había que afrontar lo que viniera. Cruzó la puerta. No había nadie de la tripulación, solo Barray, que habló cordial, como si lo que sucedía no fuera dramático.
—Si me permites, ma chérie —dijo al tiempo que sacaba un pañuelo de seda para cubrirle los ojos.
Irene lo miró dolida, se dio la vuelta y le dejó hacer. Se mantenía digna, pero sin ganas de hablar con su secuestrador, con el que días atrás había compartido lecho en el desierto de Dubái y que le había provocado sensaciones que no había experimentado antes. Esas vivencias eran irrecuperables.
La ayudó a descender del avión sin tropezar.
Al tener los ojos tapados, se dispararon los demás sentidos; escuchaba las pisadas que bajaban los escalones acompasadas con cantos de pájaro y un vehículo al ralentí, que debía de estar a escasos metros, en la pista. Olía a tierra mojada y a ozono, había llovido.
—No me vas a decir dónde estamos.
—Todo a su tiempo. No hay prisa, ¿recuerdas?
Se abrió la puerta del coche y Barray la introdujo en el interior con cuidado de que no se golpeara la cabeza.
Un todoterreno, por la altura. Se sentó a su lado y se aproximó.
Le vino a la memoria la travesía por el desierto, cuando el vaivén de las dunas los acercaba y alejaba a su antojo.
Percibió el aroma de su loción de afeitar, como entonces.
La respiración se le entrecortó, pensó que la iba a besar.
La privación obligada de los sentidos era sensual y morbosa.
Barray cogió el cinturón de seguridad y se lo pasó cerca del pecho, rozándolo levemente.
Después, dio dos toquecitos al asiento de delante.
El chófer arrancó.