Capítulo 162
Irene estaba obnubilada con las notas que viajaban por el salón.
La cabeza le daba vueltas. Era terrible, lo que había deducido junto a Nacho se confirmaba: la Corporación existía y extorsionaba desde hacía siglos a los artistas con el fin de que trabajasen para ellos.
Barray dirigía la intriga, y su jefe parecía ser Jans Timmermans.
—Pero, ya sabías cómo funcionaba, ¿no? —preguntó amable el francés. A sus ojos, la restauradora era transparente.
—¿Y la canción de Emcy…?
—Hoy en día se ha perdido el valor de la espera, ¿no crees?
Irene no supo qué responder. Se sentía frágil al corroborar la verdad. Diminuta. Parte de un engranaje.
—¿Por qué yo?
—Porque eres íntegra, ya te lo dije. Esa compañera tuya habría dado problemas por su ego. Estaba enfadada con el mundo y habría pretendido hacerse famosa, cuando lo relevante es la obra de los artistas, de Goya, de Mozart, de Leonardo o de Kafka —citó confirmando las sospechas de Irene.
—Me habéis utilizado.
—No lo veas así. Has llegado a donde no hubieras ni imaginado a pesar de tu valía.
Te merecías el puesto, y no has hecho nada por lo que puedas sentirte culpable.
Como imaginarás, es un Goya auténtico, los problemas con la Inquisición fueron desagradables y tuvimos que solucionarlos, y el hombre que adelantó dinero a Mozart al verlo enfermo lo hizo por el bien de la cultura. Una motivación extra ayuda.
—Habéis chantajeado a los artistas durante siglos.
—Siempre a la sombra del poder. Da igual quién mande: los reyes, la Inquisición, los gobiernos democráticos, necesitan de gente como nosotros.
—Y no solo con los artistas, ¿verdad? —aventuró Irene.
Michel Barray sonrió.
—Y ahora ¿qué va a pasar? —preguntó con miedo. Estaba a punto de llorar por la tensión.
—Has juntado las piezas. Fuiste al monasterio y al archivo de Casbas. Debo reconocer que no lo esperaba. Has sido más inteligente de lo que suponíamos, puedes estar orgullosa. Encontraste el sello en el cuadro.
—Igual que el que tú tienes tatuado.
—Así es. Y Carlos, en Londres, con una buena oferta, no va a ser un problema.
—¿Queríais alejarlo?
—Estás mejor sin él.
—Cabrones… —murmuró.
—Una pena, las cosas podrían haber sido de otro modo. Le caíste muy bien al señor Timmermans.
Irene se sintió indispuesta. Y entró en pánico.
No debería haber bebido de la copa, pero cuando llegaron tenía la boca seca y no se imaginó que llevara un sedante.
El mareo se adueñaba de su cuerpo; empezó por dolor de cabeza, hormigueo en los brazos y debilidad en las piernas.
Trató de alcanzar la puerta, pero no era capaz de sostenerse.
Barray dejó de tocar, se levantó, la recogió antes de que impactara contra el suelo y la depositó con suavidad en el entarimado.
Se miraron. Michel Barray resultaba dulce como la muerte.
—Ma chérie…
Fueron las últimas palabras que oyó antes de perder la consciencia.