Capítulo 156
Nacho había dejado el coche hacía menos de cinco minutos en el aparcamiento de enfrente del parque del Capricho y deambulaba por los alrededores.
El partido de fútbol en el campo de la Alameda de Osuna continuaba.
Los gritos de los jugadores y de los aficionados se acrecentaban y tensaban al vecindario.
Impaciente porque Irene no diera señales de vida, se dirigió hacia la valla del parque.
Tras asegurarse de que no le observaban, la saltó por la parte más oscura.
Consultó el móvil; el navegador le señalaba el lugar en el que se había apagado el teléfono de la restauradora.
Al principio, pensó que se lo habría exigido el exministro, pero llevaba demasiado tiempo sin contactar.
Corrió entre sombras hasta dejar atrás la Casa de la Vieja, y se adentró por el sendero estrecho por el que había transitado Irene hacía unos minutos, hasta llegar al lago.
Comprobó de nuevo las indicaciones de la aplicación y reanudó la carrera bordeando el agua.
El puente de hierro, recortado por la luz de la luna, resultaba amenazador entre la bruma. Era el punto que marcaba la última ubicación.
Ni rastro de Irene.
Entonces, vio la hondonada en penumbra. Desde arriba no se apreciaba si había alguien escondido.
Bajó apresurado por las escaleras de piedra sin dar con ella.
Se temía lo peor. Se lanzó al suelo y removió los arbustos y la hojarasca por si estuviera tendida, pero tampoco la encontró.
Empezó a angustiarse, iba de un lado a otro sin saber dónde más buscar .
—¡¡Irene!!
Tras recorrer las inmediaciones sin éxito, se detuvo para valorar la situación. Más calmado, sacó el teléfono y llamó a la inspectora Baltanás, que le colgó a la primera vibración.