Capítulo 157
Había sido buena idea dejar objetos por el suelo.
El intruso, tras descerrajar la puerta principal, tropezó y soltó un improperio en inglés.
Manuela aventuró que no iba a decir la contraseña.
Aunque le quedaba un tramo hasta la terraza de atrás y tendría que comprobar las habitaciones de camino, ella se preparó para saltar a la vivienda del vecino.
Lo había hecho en una ocasión en la que había olvidado las llaves, sin decírselo a su madre.
Pero no era tan fácil y sí un tanto irresponsable.
Aguardó sin hacer ruido hasta que no le quedase más remedio.
¿Dónde estaría Vance?
Aguzó el oído: por más que el asaltante se esforzaba en ser silencioso, escuchaba aproximarse los pasos.
No le quedaba otra que saltar. Con cuidado de no delatarse retiró el cubo y las escobas que estaban apoyadas en la pared, y se disponía a trepar por el pavés cuando una sombra irrumpió en la terraza y fue a por ella.
Por fortuna, se tropezó con los objetos que acababa de dejar en el piso y, aunque la alcanzó, no consiguió atraparla.
La adolescente, ágil, saltó por encima del hombre, que, a su vez, levantó el brazo y la derribó.
Manuela reptó hasta entrar en la cocina y cerró la puerta de cristal tras ella.
Dolorida, se dirigió hacia la salida de la casa.
El atacante, que no era otro que Denzel Owens, hizo añicos el ventanal de la terraza con la culata de la pistola y la persiguió.
Manuela corría por el pasillo y, cuando fue a pasar de largo el salón, unas manos fornidas la atraparon y tiraron de ella hacia dentro. Quedó presa del corpachón que la retenía. Jadeante, pensó que era el final .
Los asaltantes eran dos.
—Burrito —susurró sin pronunciar la erre la persona que la tenía sujeta.
Después, la soltó y le hizo una señal para que se ocultara detrás del sofá.
Se agazapó ahí. Aunque la habitación estaba en tinieblas, comprobó que Vance tenía el revólver desenfundado.
El perseguidor se acercaba a la carrera.
Cuando lo tuvo a su altura, el estadounidense irrumpió en el pasillo y lo embistió.