No te fíes de ellos Capítulo 152
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Capítulo 152

El taxi la dejó enfrente de la tapia del parque romántico del Capricho.

Pagó, se bajó de un salto y buscó la entrada.

Había refrescado, por lo que se subió el cuello del abrigo.

A su espalda, se jugaba un partido de fútbol en las instalaciones de la Alameda de Osuna, y se oían gritos y jolgorio.

El ver que la zona estaba concurrida la tranquilizó mientras caminaba hacia la puerta de piedra tallada y reja de hierro forjado, flanqueada por dos pilares robustos.

El conjunto, mandado construir por la duquesa que había dado nombre al barrio, estaba inspirado en los jardines neoclásicos franceses del siglo XVIII .

Cuando Irene alcanzó la verja comprobó que estaba cerrada. Sin nadie en las inmediaciones que pudiera descubrirla, optó por saltar la valla lateral. No era alta y lo consiguió sin problema.

Una vez dentro, miró el emplazamiento que le había enviado Max Utiel. La aplicación la guiaba hacia el norte del jardín, que era lo bastante extenso como para desorientarse.

Eligió el sendero de la izquierda y avanzó hasta la Casa de la Vieja, construida con paredes de mampostería, cubierta a dos aguas por tejas antiguas y con una estructura de madera que sustentaba un pequeño balcón.

De aspecto deteriorado y lúgubre, imitaba una humilde casa de labranza de la época.

Sin embargo, las últimas luces del ocaso le conferían un aspecto tenebroso, como sacada de un cuento de brujas.

Se detuvo. La niebla le remitía a las pinturas nocturnas magistralmente ejecutadas por John Atkinson Grimshaw.

De fondo, se oían tambores. Pegado al Capricho, había un camping para caravanas en el que se organizaban conciertos.

La percusión la acompañó al internarse por el camino oscuro y estrecho por el que la guiaba el navegador.

Los arbustos de ambos lados se tocaban en las copas y semejaban un túnel secreto.

Al ir a encender la linterna, le saltó un mensaje de Nacho.

«Llego en diez minutos».

Irene tecleó la respuesta.

«Espérame en la verja, si convenzo a Utiel, llamamos juntos a la policía».

Lo envió e iluminó el suelo de tierra para no trastabillar.

Tras recorrer más de cincuenta metros, agradeció que el sendero se despejara. Al fondo, quedaba el estanque de los cisnes, navegable en su día, y el embarcadero. Ya estaba cerca de donde había sido citada por el exministro. Un sitio perfecto para hablar con intimidad.

Recibió un nuevo mensaje: «Ya estoy. La espero».

Apretó el paso, ansiosa por conocer los documentos que le iba a revelar.

¿Demostrarían la implicación definitiva de Barray?

¿Tendría datos de la Corporación que corroborasen lo investigado por Nacho?

Envalentonada, rodeó el estanque, que en el siglo XIX tuvo un cenador en la isla central y por cuyas rocas caía una pequeña cascada.

El ruido del agua se entremezclaba con los tambores, que resonaban lejanos.

Aun así, hacían vibrar sus órganos internos y acrecentaban la emoción.

La humedad le calaba los huesos cuando llegó a la cabaña revestida con bambú, al estilo oriental, que había servido para guardar las barcas de recreo. No había puerta y el interior permanecía a oscuras. Con el teléfono, iluminó el pequeño cobertizo.

Estaba vacío.

A unos metros, el estrecho puente de hierro que salvaba la ría. El más antiguo de los construidos en España, con dos arcos que sustentaban la estructura sencilla pero elevada, como los de Venecia, para que las falúas de la duquesa navegasen por debajo.

No había nadie, salvo un cisne negro que nadaba indolente.

Irene miró en las distintas direcciones sin ver a Max Utiel. Le acababa de escribir, no podía estar lejos. Se encontraba a menos de diez metros del punto de encuentro, una cavidad situada en la hondonada que tenía debajo, cubierta por arbustos y matojos.

Dudó si sería allí. Al asomarse a la barandilla, escuchó el ruido de hojas que se movían.

—Irene —susurró una voz que la sobresaltó.