No te fíes de ellos Capítulo 151
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Capítulo 151

Pensó en utilizar una moto de alquiler, pero estaba demasiado nerviosa para conducir.

Así que paró un taxi y le pidió que la llevara al parque del Capricho.

Si el tráfico era fluido a esas horas de la tarde, llegaría en menos de veinte minutos.

Antes de que el exministro le comentara las pruebas que había encontrado, pretendía que le explicara si la Corporación había influido en su nombramiento como responsable del departamento de restauración.

Nada más arrancar, le entró una llamada de un número desconocido. Semanas atrás no habría respondido, pretenderían que se cambiase de compañía eléctrica, pero, de un tiempo a esta parte, lo habitual era recibir noticias que le trastocaban los planes. Vivía en una frenética huida hacia delante.

Temerosa, descolgó mientras el taxista, servicial, bajaba el volumen de la radio.

—¿Irene? —dijo una voz al otro lado.

Le sonaba familiar. Y oír su nombre la serenó.

—Sí.

—Soy Nacho, no me cuelgues.

—¡Nacho! —repitió, exaltada—. ¡¿Estás bien?! Creía que te había pasado algo. Te he intentado localizar.

—Me tenías bloqueado.

—¡Ya, joder, ¿qué esperabas?! Te portaste fatal en el monasterio. He visto tus mensajes, pero no conseguía dar contigo.

—Estoy bien —la tranquilizó—. La Corporación se acercaba demasiado. He tenido que borrar mis redes sociales y cambiar el número de móvil. ¿Y tú ?

—Han pasado muchas cosas. Lo del monasterio era un montaje, ya te contaré. Y ahora está lo de Max Utiel.

—¿Qué pasa con él?

—Hemos… quedado —dijo insegura bajando la voz.

—¿Te ha vuelto a llamar?

Irene, ante la mirada curiosa del taxista, cogió los cascos inalámbricos del bolsillo del pantalón, se los puso y decidió sincerarse.

—Me quiere enseñar unos documentos en persona.

—Voy contigo.

—Te mando la localización mientras hablamos.

—Mejor compárteme la tuya en tiempo real, por si acaso os movéis.

Irene buscó cómo hacerlo y la envió a la vez que Nacho se explicaba con precipitación.

—En estos días, he contactado con un profesor de universidad.

—Lo he oído en uno de tus mensajes.

—Es italiano, y por lo visto lleva tiempo detrás de una organización secreta que nació en el Renacimiento en el entorno de los Sforza, que estaban enfrentados a los Médicis. Cada familia ejercía la influencia a su manera, los Médicis se preocupaban más por las finanzas y los Sforza, por lo militar.

—Y apostaron por diferentes artistas —añadió Irene, emocionada por el posible descubrimiento—. Los Sforza, por Leonardo, mientras que los Médicis lo hacían por Miguel Ángel.

—Podría tratarse del origen de la Corporación. Según mis datos, Da Vinci sería el primer artista extorsionado.

—Con la acusación de sodomía, que después quedó en nada.

—Eso es. Y el cuadro Salvator Mundi.

—¡Joder! —exclamó Irene, asustada por lo que se intuía de la Corporación.

—Es una locura cómo lo hicieron, cómo va pasando el poder de unos a otros. Y solo hemos descubierto la punta del iceberg…

—Ya me lo ampliarás con calma cuando esto acabe.

—También he hablado con la policía, me parecieron de fiar .

—Me tranquiliza que me digas eso, porque yo también. Creo que están al tanto de lo que ocurre. Le voy a decir a Utiel que se ponga en contacto con ellos.

—Que lo haga con la inspectora Baltanás.

—OK. Tengo la tarjeta. Yo hablé con un inspector de su equipo —dijo Irene mientras el vehículo salía de la A2 y giraba en la rotonda hacia la avenida de Logroño—. Voy a llegar enseguida.

—Yo tardaré un rato. Estoy lejos.

—Si Utiel te descubre, igual se asusta. Yo creo que tiene miedo de que vayan a por él.

—Lo entiendo, pero si te enseña documentos relevantes, acudid a la inspectora inmediatamente.

—Te veo después de que hablemos.

Nada más colgar, el taxista subió el volumen de la radio; el locutor comentaba que se había encontrado un tema inédito entre los archivos que guardaba Emcy en su ordenador.

Y que se estrenaría en unos días en todas las plataformas.

Al fondo, se divisaba el aparcamiento cercano al parque. El crepúsculo caía sobre Madrid.