Capítulo 147
Irene no veía salida a su situación.
Deambulaba de regreso al museo, consciente de que dilataba el trayecto por el parque del Retiro.
Se había perdido por los caminos intrincados que daban a la Chopera, cada vez más alejada de su destino.
Necesitaba paz cuando, en realidad, era hora de tomar decisiones.
Hasta ese momento, las circunstancias la habían arrastrado: Michel Barray, Nacho, Yolanda Cano, Francisco Altares habían marcado los tiempos.
Debía tomar la iniciativa.
La temperatura era agradable y las hojas de los árboles se mecían ajenas a su desasosiego.
Aminoró la marcha para buscar en el bolso la tarjeta que había dejado la policía en la visita al departamento, y que le había entregado Clarice, desconfiada.
Tenía el número de la UDEV y el nombre de Dolores Baltanás.
Marcó el teléfono y esperó. Respondió una voz masculina que le indicó que la inspectora no estaba en esos momentos, pero que era de su grupo, y que cualquier cosa que le dijera se la transmitiría.
Decidió confiar.
—El otro día vinieron ustedes al Museo del Prado y preguntaron por mí.
—¿Usted es…?
—Irene Llamas.
—Ah, sí. Pues dígame.
—No sé por dónde empezar .
—Sabemos que ha estado fuera, en Dubái, ¿verdad?
—Eso es secundario. Hay cosas más importantes.
—¿Qué cosas, señorita Llamas?
Esa pregunta la obligaba a replantearse la situación. ¿Qué era lo más importante?
—Tal vez… —dijo, y se frenó antes de continuar.
—Tal vez —repitieron al otro lado de la línea.
—Es complicado.
—Lo sabemos, descuide.
—¿Conocen ustedes a Michel Barray? —preguntó la restauradora.
—¿Quién?
—Es el representante de los dueños del cuadro de Goya que nos trajeron.
—Y, al final, ¿es de verdad auténtico?
—Sí, lo es.
—Pero había cierta información sobre la pintura que usted no había compartido con sus compañeros de trabajo.
—No quería que se metieran en líos.
—¿Qué tipo de líos?
La llamada no tenía sentido si ocultaba lo que sabía. Se decidió.
—Mire…, sé que no es fácil de creer: Barray representa a una organización que chantajea a artistas para conseguir de ellos cuadros u obras inéditas —explicó del tirón.
—¿Los amenaza?
—No estoy segura de cómo lo hacen.
—¿Y para qué querrían las obras?
—Las sacan al mercado pasado un tiempo, pueden ser siglos. Eso es lo que ha ocurrido con el Goya.
—¿Me dice que llevaba escondido desde hace más de doscientos años?
Irene se sintió ridícula por la teoría, pero era lo que pensaba.
—Dicen que lo encontraron en un monasterio, pero yo lo he visitado y no estuvo allí .
—¿Ha ido usted a ese monasterio?
—Es una historia larga. Y hay algo más.
—Dígame.
—Creo que la muerte de Emcy…, la cantante —explicó.
—Sí, sabemos quién es.
—Ambos sucesos podrían estar relacionados: el asesinato de Emcy y la aparición del Goya. Y Michel Barray podría estar implicado.
Su interlocutor guardó silencio.
—¿Oiga?
—Estoy tomando nota para comunicárselo a la inspectora Baltanás. ¿Michel Barray, dice?
—Sí.
—¿Alguien más sabe lo que me cuenta?
Irene dudó, pero eligió mentir.
—Solo yo.
—Ha hecho bien en llamarnos. La información nos va a ser muy útil. Cuando hable con la inspectora es probable que nos volvamos a poner en contacto con usted.
—Claro, lo que necesiten.
—No investigue por su cuenta, haga el favor, podría ser peligroso. Nosotros nos ocupamos. Le voy a dar mi número personal para que contacte conmigo, en cualquier circunstancia.
Irene sacó un lápiz y un pequeño cuaderno que llevaba para hacer apuntes del natural y que no utilizaba desde que la nombraron directora del departamento. Apuntó el móvil que le dictaban.
—Gracias —dijo, reconfortada.
—Y quédese también con mi nombre: soy el inspector Miguel Campos.