Capítulo 146
La clase estaba plagada de niños menores de cuatro años que se manchaban las manos de pintura, las colocaban sobre pliegos de papel y los embadurnaban con entusiasmo.
Irene los observaba a través del ventanal que daba al pasillo, asombrada porque Carmela Rojo hubiera compatibilizado su trabajo en el museo con la enseñanza; y juraría que se divertía al interactuar con los más pequeños de la academia.
Tras limpiar los dedos del más chiquito, se sintió observada y miró hacia fuera del aula.
Se topó con los ojos de la restauradora, que, al ser descubierta, saludó como si se apreciaran.
Quince minutos más tarde, Carmela la había hecho esperar incluso después de que acabara la clase, paseaban las dos por los jardines de la plaza del Doctor Laguna, enfrente de la escuela infantil.
—¡¿A qué has venido?! —dijo recuperando el tono habitual tras encender un cigarro—. ¿Querías regodearte con tu triunfo?
Irene titubeó, no se había preparado el discurso, estaba desorientada.
—Bueno, no era mi intención.
—No esperaba volverte a ver.
—¿Estás bien? —preguntó Irene.
—¿A qué te refieres?
—Te fuiste de repente. No sabía si te había sucedido algo.
—Me invitaron a dejarlo, pensé que estabas al tanto.
Irene negó con la cabeza.
—Me ofrecieron una buena prejubilación. Demasiado buena, la verdad, me querían quitar de en medio .
—Tenías que haber sido tú la elegida para dirigir el departamento.
Carmela se detuvo, no esperaba un reconocimiento así. La miró con parsimonia al tiempo que daba una calada profunda al cigarro. Tenía los dedos amarillentos.
—¿Y eso?
A Irene le costaba encontrar las palabras precisas, procuraba no desvelar lo que sabía sobre la Corporación.
—Fue raro. No creas que no lo pensé. Yo tengo buen currículum…, creo, pero soy joven para el puesto, no es lo normal en una institución tan académica. Tú tenías más experiencia en el departamento. Supongo que te lo merecías.
Una punzada de ego le sobrevino a Carmela, que, no obstante, continuaba herida.
—Yo no habría aceptado las presiones, y lo sabían.
—Y yo sí.
—Las cosas no se hacen de ese modo, imponiendo, exigiendo plazos imposibles. Somos el Museo del Prado —dijo con orgullo—, la pinacoteca más importante del mundo, los que más sabemos de Goya, de Velázquez o del Bosco.
Irene asintió en silencio, desarbolada por el razonamiento.
—¿Te han pagado por expertizar el cuadro?
—¡No! —respondió desde el alma—. Creo que realmente es un Goya —añadió en su defensa.
—Yo también, si te soy sincera. Es el cuadro más asombroso que he tenido delante. Y a estas alturas, he visto cualquiera que merezca la pena. Para mí, por encima de Las meninas, El nacimiento de Venus o Las tres gracias y, no digamos, La Gioconda.
A Irene la tranquilizó que estuvieran de acuerdo.
Con las cosas terribles que habían ocurrido, al menos tenía la esperanza de que la pintura quedase para disfrute de la humanidad, aunque el destino de La muerte de Clara del Rey fuera incierto .
—Lo que tengo meridiano es que no quiero saber nada más de esa gente. Me alegro de haberme quitado de en medio. Tú solita te has metido en este lío, del que no vas a poder salir.
Carmela tiró el cigarro al suelo, lo pisó con ganas y regresó a su exilio elegido, rodeada de niños.